Locura

El miedo a…
perderme en tus ojos
llegar hasta tu sonrisa
y no poder escapar.

La osadía de…
mirarme en tus ojos
saborear tu sonrisa:
no querer escapar.

El miedo a…
encontrarte sobre la cama
sentir el contorno de tu cuerpo
y no poder dejarlo.

La osadía de…
desnudarte sobre la cama
besar cada poro de tu cuerpo:
no querer dejarlo.

El miedo a…
mantener los ritmos al compás
evadirte del mundo exterior
y no poder alcanzarte.

La osadía de…
latir nuestros corazones al compás
parar el tiempo del exterior:
no querer alcanzarte.

El miedo a…
no comprender la magia
desaparecer en un bosque
y no poder volver.

La osadía de…
crear hechizos de magia
descubrir el amor en un bosque:
no querer volver.

Salamanca

Salamanca

Quisiera creer que aprendí, que llegué a comprender que por muy lejos que vaya, por muchos kilómetros que recorra de una forma u otra, los problemas van a seguir estando a mi lado; que escapar no siempre, o más bien nunca, es la solución. Pero ha de ser que soy mal alumno y sigo repitiendo el curso porque esa lección nunca logro aprobarla, y sigo huyendo tan lejos como puedo, siempre a solas, creyendo que así será mejor, que así podré enfrentarme a todo aquello de lo que huyo. Pero el suspenso no logra desaparecer y ya no quedan convocatorias para volver a intentarlo.

Habría otra oportunidad, o la hubiese habido. La otra asignatura que podría servir para convalidar esta es aquella de la que todos me hablan, que todos me recomiendan y yo no logro encontrarle el encanto, porque me falta algo de valor (ya sabes aquello de teatro y disciplina, máscaras y marketing). Ya sabes, eso de decir las cosas a la cara. A veces, bastaba con eso y habría aprobado. Pero no todo acaba ahí, porque si te hubiese dicho que me gustabas la nota correspondería al bien; un te quiero sincero, notable. Y sí me hubiera esforzado, si realmente lo hubiese apostado todo, si me hubiese entregado al máximo y haberte hecho entender que habría podido llegar a amarte –aunque entre tú y yo, casi casi llegué– y que ahora, tras tantos kilómetros de por medio nada tiene solución, el sobresaliente. Y si todo lo hubiese dicho mirándote a los ojos, sin que me temblara la voz, cogiéndote de la mano y besándote… ahí habría estado la Matrícula de Honor.  Pero al seguir solo, sigo suspenso.

Créeme, no lo digo solo por decir (no, esta vez no), esas asignaturas son más difíciles de lo que parecen, y son para chicos sinceros. Personas que no se esconden, que se atreven y que saben no dañarán a nadie ni con sus palabras ni sus actos, ni tan siquiera a ellos mismos. Y, como sabes, yo no soy un chico sincero, simplemente soy un chico bueno, bueno de esos que ya no quedan… Aunque en el fondo sé que da igual ser un chico sincero o uno bueno, porque tú, tú siempre elegirás al chico malo. El malo, aquel que la primera vez que te vea cuente la historia más inverosímil y te bese mientras fumáis o ese otro que, también la primera vez, te trate como si ya estuvieses en su cama y no deje centímetro de tu piel por tocar.

¿Lo único bueno de todo esto? Que el curso está empezando ahora, que aún puedo elegir ser bueno, sincero o malo, o ser yo mismo y tal vez aprenda que de nada sirve viajar a solas setecientos kilómetros, o mil, o varios miles; que tampoco sirve pasarme tres, siete o diez horas en un coche o un tren. Tal vez aprenda también que por muy bien que lo haga, que por mucho que cuide y mire por ti esperando algo más ese algo nunca llegue (ni siendo sincero). Quizá entienda que me equivoco en la idea anterior y si cuando tuve la oportunidad te hubiese besado todo habría sido distinto (o igual pero sabría que al menos, lo intenté y no haría daño a nadie). Porque ahora yo, yo sigo estando solo; y tú, tú… no quiero saberlo pero aprobaste todo.

Otro Amanecer

Hacía pocos meses que había llegado hasta aquel bloque de pisos, mi familia siempre había vivido en el otro lado de la ciudad, en el lado sur, y ahora, yo me independizaba en el norte. El piso cuando lo vi me gustó demasiado, no sabría la razón de porqué fue así, pero me enamoró, tenía algo mágico; por eso, a pesar de la crisis me decidí a comprarlo como fuese. En el banco, al principio, no estaban muy dispuestos a darme la hipoteca, pero, en cuanto les dije quiénes eran mis padres, y que firmarían como avales cedieron.

Aún hoy, en la noche, en la soledad, en la espera, recordaba cómo fue aquella mudanza en la que se perdieron algunos recuerdos, o eso decían los transportistas que se perdieron… pero daba igual, podría crear otros nuevos. ¿Quién necesita recuerdos? Crearé otros… Y eso es lo que estaba intentando hacer desde que llegó. La primera noche que estuvo allí hizo una pequeña fiesta para celebrar que había llegado, invitó a pocos amigos, pero menos fueron. También invitó a sus nuevos vecinos, y también fueron pocos, sólo una vecina de pelo rubio y ojos claros, parecía del este de Europa, pero a la vez parecía española, y por su acento latina…

Pero, en aquel momento allí quedó su encuentro en unas pocas palabras y un par de sonrisas, él estaba pletórico por haber llegado a la casa de sus sueños, y ella, estaba distraída de la rutina de siempre, como decían Barón Rojo, grupo que no dejó de sonar en toda la noche, y semanas después sería la banda sonora de sus recuerdos… Tras aquella noche, que acabó al amanecer del día siguiente, empezaron a nacer sus nuevos recuerdos, su nueva vida…

A pesar de que el banco no quiso darle la hipoteca él era un chico trabajador que trabajaba de 8 h. a 20 h., de lunes a viernes, la misma rutina… los mismos compañeros desagradecidos, y el mismo jefe egocéntrico que no tenía mayor mérito que haber nacido hijo del director de la empresa. Pero, su mundo estaba dispuesto a cambiar. Hacía varios años que había cortado con su chica, ese era un motivo por el que quería dejar atrás el sur de su ciudad, ella vivía allí.

Los primeros encuentros con sus vecinos eran fugaces, tan fugaces que ni siquiera se saludaban, excepto aquella mujer de pelo rubio; Tarja le dijo un día que se llamaba. De padre finés y madre española, de pequeña se había ido a vivir a Bahía Blanca. Y ahora estaba de nuevo en España con su hijo y su marido… y eran felices, o eso le dijo… Pasaban los días y misteriosamente coincidían más: Primero fue al llegar del trabajo ella llegando de la compra; luego, todos los días igual; empezaron a coincidir a las ocho de la mañana; a la hora del almuerzo… Y ella siempre le miraba, le saludaba y le sonreía.

E inevitablemente llegó el primer beso por parte de Tarja, él se quedó un poco paralizado, pero no pudo resistirse, y la agarró con fuerza, pero tan rápido como la agarró la soltó y separó. Hacía meses que no había tenido una relación con una mujer, pero Tarja era distinta estaba casada y con un hijo. Él se fue, pero le dijo que estuviese tranquila que no diría nada. Pasaron los días entre los dos, y no se volvieron a ver… pero cuando Alberto tenía desvanecida toda esperanza de reencontrarla, porque en el fondo le había gustado el beso, llegó ella por la espalda.

Alberto estaba entrando en su piso, y Tarja lo abrazó sin que él pudiera hacer nada y entraron en el pasillo, ella cerró la puerta antes de que pudiera verlos nadie. Y él, ya se había dado cuenta de que había sido ella la que le había empujado y por eso no gritó ni se asustó. Tan sólo quería preguntarle que quería, pero no le dio tiempo, su boca estaba siendo asediada por unos labios que le buscaban con deseo. Esta vez no podía resistirse a aquellos labios… a aquel cuerpo que le buscaba con desesperación… aquel instinto tan ansiado y que hacía recordar viejos recuerdos ya olvidados.

Ella le dijo ir a su cuarto, él cedió a la proposición, pero antes, encendió la minicadena, eligió el CD2 y buscó la canción 3, le haría el amor, pero ella tendría que mirar más allá y escuchar la letra de aquella canción:

«Dame la oportunidad de mostrarte cómo soy.
Ábreme tu corazón, déjame vivir en él.
Tal vez sea diferente, pero no va a ser peor que la rutina de siempre…
Dame la oportunidad de cambiar tu realidad…
Dame la oportunidad de llegar hasta el final…»

Última Oportunidad

Sentado en el sofá de casa mientras mi mujer veía en la televisión cualquier programa de aplanamiento mental, me levanté y cogí las llaves de casa. Cuando estaba con la puerta abierta, me giré:

Cariño, voy a por tabaco.
Pero… si tú no fumas. Se oyó pocas décimas de segundo después de que yo jamás volviese.

¿Cuál es el precio de un sueño?

Él estaba sentado en su estudio como todos los días en sus últimos diez años. Por su trabajo tenía la suerte de poder hacerlo desde casa, fue lo que él siempre había soñado: un trabajo cómodo y con ordenadores: un trabajo de hombres. Era el encargado de supervisar los programas ofimáticos de la empresa, responder a los mails, y si se diese el caso reparar la página web, poco más. Su productividad era algo que le importaba poco, es más ni siquiera sabía si su función en aquella empresa era rentable o si sería mejor para ella externalizarlo.

Daba igual que no fuese el trabajador más productivo, era la empresa de su padre y no sería despedido, y mucho menos ahora que se casaba dentro de pocos meses con el prototipo de mujer que tanto había ansiado su padre: de buena familia, tan buena como la del subdirector general de una gran empresa con la que colaboraban, con la carrera de Filología Inglesa –una carrera de chicas– y con un pasado irrefutable. El resto le daba igual al padre: si era más o menos agraciada, o si era mejor o peor persona, si su hijo quería o no, e incluso si llegaban a amarse. Sólo le importaba aquellos cánones y que le dieran un hijo. Por eso, sus padres concertaron el matrimonio por los dos.

Para él no era su prototipo de mujer, ni de nada. Nunca sintió amor, es más, jamás sintió nada por ella más allá de la indiferencia pero tenía que ocultarlo con la máscara del amor… Estaba atrapado en una mentira de la que no podría salir. Eran tan distintos que ni siquiera coincidían en la hora de comer, de vez en cuando pasaban algunas temporadas viviendo juntos, y siempre habían almorzado por separado, cada uno a su hora como si coincidir en la mesa fuese algo imposible, como si en la mesa para reuniones familiares sólo cupiera una persona en aquellos momentos.

Sin embargo se iban a casar. En pocos meses firmarían un papel y unos votos que les mantendrían unidos hasta que la muerte los separase, porque para sus padres no existía el divorcio, para su padre la chica era perfecta. No obstante, para él sólo la idea de estar amarrado en un matrimonio sin amor era peor que la muerte, pero no lo sabía nadie: ni siquiera su hermano. Realmente su hermano nunca fue su “cajón de secretos” pero era el causante, al menos en cierto grado de que él estuviera hecho un mar de dudas y le apeteciera escapar de todo aquello.

La causa de las dudas era la amiga de su hermano. Tal vez si aquella chica nunca se hubiera presentado en su vida quizás él sentiría ahora algo por la que en el futuro sería su esposa, quizás habría podido llegar a sentir algo.

La amiga del hermano era una chica rubia con los ojos azules y un cuerpo perfecto: todo lo que él siempre había soñado, lo que nunca imaginó que existiría hasta que la vio en su casa, pero ella… Ella era demasiado para un chico tan simple como él, y encima su padre no se lo permitiría. Por todo eso jamás se atrevió a decirle nada, sólo el saludo alguna vez que le abrió la puerta de casa. Para colmo de males era bastante mayor y seguramente no querría estar con un niño como Felipe. Si todo eso fuese poco para destruir por completo sus sueños respecto a Alexa, no sabía si entre ella y su hermano había alguna relación más allá de la amistad.

Un día, mientras se dirigía al baño, se encontró a Alexa por los pasillos de su casa, no sabía que estaba allí, de saberlo no habría salido fuera. Se encontraron uno frente al otro, y él quedó mudo. Estaba como siempre: magnífica, con su mirada angelical y su cabello dorado… para él siempre fue una diosa imposible de alcanzar, su deseo más profundo, su quimera… Pero aquella tarde todo cambiaría y no sólo entre ellos dos porque aquel beso fue mucho más que eso: fue el romper con las convenciones de su familia y cumplir un sueño: su único sueño.

Ella se acercó en aquel pasillo, por primera vez en su vida Felipe estaba seguro de las intenciones de Alexa y sabía que le besaría, pero no sentía miedo por aquello. Se acercó a ella y se besaron, un extraño escalofrío recorrió su cuerpo, sentía una dudosa mezcla de realización y de castigo: por un lado había culminado su deseo pero por el otro le había sido infiel a su pareja, que no amaba, pero que era su futura esposa. Alexa se lo dijo al oído:

Lo que hacemos no está bien, pero lo necesito. Si hubieras renunciado a mi boca mis labios te hubiesen seguido hasta encontrar los tuyos. Necesitaba de tu sabor, cometer esta locura que quizás nos atormente por siempre.

Carpe Diem, III

Mas al otro lado de la moneda todo es distinto. Nadia sí recuerda muy bien todo lo que pasó la noche anterior, sí recuerda que le dijo que no podía besar a Fernando y que éste la besó, la acompañó hasta el taxi y le pidió su número de móvil para volver a verse algún día, aunque no está segura de querer hacerlo. No puede romper una pareja. Fernando le gusta, pero no puede hacer algo que no quiere que le hagan a ella.Aún recuerda cómo se enteró que estaba comprometido, fue hace cuatro semanas, coincidieron desayunando; se fijó en la mano de Fernando, tenía una alianza, asustada y un poco decepcionada, le preguntó si estaba casado. Le dijo que aún no. Él devolvió la pregunta, y Nadia sólo dijo que estaba soltera.

Antes de anochecer José llegó a su casa y se encontró a Fernando viendo la televisión, tomaron un par de cervezas y hablaron sobre lo que pasó la noche anterior. Antes de que se fuera, José le dijo a Fernando:
–No se puede amar a un espejismo. A Nadia sólo la conoces desde hace unas semanas, apenas has hablado con ella, no es tiempo suficiente para conocer a alguien y amarla. Entiéndelo. No puedes echar toda tu vida por alto.

Al tiempo, Fernando llamó a Nadia. Quedaron para cenar, hablaron de lo que sucedió:

–Siento mucho si lo que hice te pudo molestar, de verdad. Sólo quiero que sepas dos cosas -dijo Fernando-. Cuando te pedí el beso no fue un capricho, si lo hice era porque lo sentía y lo necesitaba en ese momento; es más, lo volvería a hacer.
–¿Y lo segundo?
–Lo segundo es que has sido la primera mujer a la que he besado desde que estoy con mi novia, nunca creí en las infidelidades ni lo entendí hasta que te conocí. Jamás lo había hecho antes, y sé que jamás lo volveré a hacer.
–No te entiendo, ¿por qué lo arriesgas todo por mí? Jamás pensé que podría interesarte. Me dejaste en blanco.
–Lo sé y lo siento, pero… carpe diem, sólo vivimos una vez. Y no creo que hiciera daño a nadie.
–Quizás sí le hiciste daño a tu chica…
-repuso Nadia, Fernando calló durante unos segundos.

Le explicó que su novia ya no le hacía feliz, vivir con ella era como leer una novela: el protagonista no puede salir de los renglones que el autor dispuso para él. Su vida estaba escrita, y aquella noche quiso ser su propio señor. Por momentos ella llegaba a entenderlo, fueron abriendo aún más sus almas y dándose cuenta que aquello podría funcionar, Nadia ya no tenía miedo ni le importaba compartir cosas con Fernando. Y a Fernando cada vez le gustaba más y se acordaba menos de su novia.

Volvieron a algún pub, no les importaba el nombre, sólo querían estar juntos y seguir hablando sobre ellos. Conocerse más, en palabras de José: “necesitaba que Nadia dejara de ser un espejismo para él”.

Pero, por primera vez en toda la noche Fernando empezaba a tener miedo, se daba cuenta que todo podía ser perfecto junto a ella, y de hecho, aquella noche lo fue. Ella le habló de sus ilusiones de convertirse en una gran artista, de los trabajos para pagar sus sueños. Él sólo podía admirarla cada vez más; pero cuando Nadia preguntó si él tenía sueños, sólo pudo callar y decirle que algún día se los contaría. Nadia no se atrevió a volver a preguntar por su ex novia, ni por sus sueños, no quería hacerle sentir mal pues como alguien dijo: “suprimid la mentira, y habréis hecho imposibles las relaciones sociales”. Pensó que aquella noche él podría ser para ella, era soltero y soñador.

Sólo unas horas antes de que cerrasen el pub, Nadia dio otro paso hacia delante, aunque sin definir ningún camino –o eso temió Fernando–.
–¿Quieres hacer algo más? ¿Quizás tomar otra copa? -preguntó ella.
–No, por mí está bien.
–Bueno, pues… nos vamos ya, y mañana será otro día, ¿no?

Fernando no podía dejar que todo acabara así, no quería perderla para siempre ahora que estaba a conocerla más allá de sus ojos azules. Le dio otro beso, esta vez, sin preguntar nada, no hacía falta. Se fusionaron en aquel beso sin final, Nadia le cogió de la mano y lo arrastró hasta su casa. Allí pasó lo que el destino dejó que pasara entre los dos. Cuando Fernando miraba al azul infinito de la mirada de Nadia sólo podía pensar en una frase: Carpe Diem.

Carpe Diem, quizás algunos espejismos se tornan realidad cuando despiertan los sueños.