Rutinas Diarias

Fue una tarde cuando la vi, sin saber aún quién era ella, ni qué significaría para mí en el futuro. Como de costumbre, salía a dar ese paseo diario al que me había obligado varios años atrás cuando acepté un pequeño perro de la perrera. Necesitaba un amigo en casa, una compañía que no fuera sólo mi soledad, y éste animal fue la terna de la pareja. Desde entonces, todas las mañanas, y todas las tardes, salimos a dar un paseo por la ciudad.El paseo de la mañana suele ser corto, sólo por mi manzana. Y el de la tarde, a veces noche según esté el trabajo en la oficina, sí es más largo y solemos bajar al parque que está a unas cuantas calles de mi casa. En estos casos, cuando llevas varios años con una misma rutina llegas a extrañarla si por algún motivo algún día faltas a ella, y es lo que me sucede en las vacaciones; no tengo más remedio que dejar a Sultán con unos amigos, o algunos familiares y cuando estoy fuera en el hotel, en la casa rural, en la playa… o donde sea, le echo de menos, y no os negaré que alguna vez he mirado el reloj y me he ido corriendo a la habitación para cumplir con mi rutina, hasta que me daba cuenta que no era así y se me quedaba cara de bobo.

Sin embargo, ése es sólo uno de los efectos de la rutina, hay otro y fue el que me hizo conocer a aquella mujer. Como iba diciendo, la rutina hace que te acostumbres también a ver ciertas caras, que llegues a entablar una cierta camarería entre los que, como tú, están paseando a sus mascotas. Lo hagas como lo hagas, al final acabarás conociendo la rutina del resto de personas también. Y por eso aquella chica me extrañó tanto, no la había visto antes; y tampoco a su mascota, quieras o no, también llevas un registro mental de los perros que se pasean en el parque, y quien los trae, y quien no.

Aquella chica podría llevar el perro de otra persona, pero no. No había visto nunca a ese animal ni a aquella mujer, de eso estaba claro. Teniendo claro eso, sólo me quedaba pensar si aquella mujer estaba empezando una rutina, o si por el contrario sólo le habían dejado al perro para que lo paseara y éste era el primer parque que había encontrado. Todo dependería de si la veía el día siguiente. Que desgraciadamente no fue así. No la volví a ver en toda la semana, lo que descartaba la rutina, lo que indicaba que el perro podría ser de unos amigos, ¿pero quién deja su perro a otra persona por sólo un día? Imagino alguien que lo quiere demasiado. Yo lo haría.

Pasaron varios días sin volver a verla, casi se había olvidado el recuerdo de mi memoria. Es lo que tienen los momentos fugaces. Sin embargo, una mañana volví a verla, ésta vez tenía otro par de perros diferentes al primero que vi. ¿Cómo podía ser? Después, la tarde siguiente volví a verla con los mismos perros de la mañana en el parque. De nuevo, varios días sin verla. Hasta que tres o cuatro días después, iba con cuatro perros. ¿Tantos animales iban a ser suyos o de amigos? Me parecía muy raro, sobre todo por su irracionalidad en el número y la continuidad. Y, entonces decidí acercarme a ella, preguntarle qué estaba haciendo con tantos perros, si eran de algún amigo, si eran suyos, y porqué la veía unas veces y otras no, si lo normal era que, como todos los demás, siguiera una rutina diaria. Su respuesta me sorprendió:

–Me dedico a pasear perros de la gente. Éste es mi trabajo.

Ése era su trabajo. Estuvimos hablando mientras dábamos varias vueltas sobre la arena del parque, hasta que soltamos a los animales dentro del recinto habilitado para ellos. Nos sentamos y me explicó que al principio le parecía raro, sentía vergüenza de ir con los animales por la calle, pero sobre todo lo que más le costó fue dar el paso, atreverse a poner los carteles para que la gente le llamara si no podía atender las necesidades de sus mascotas. Sin embargo, hoy, y hasta que no encuentre algo mejor ésa es su forma de vivir. Y también la mía. A los pocos meses me echaron de la oficina, la crisis decían. Maldita crisis. Y, pensé en la conversación con la chica, convertir mi rutina en un trabajo, ¿por qué no? Ahora, según el día paseo perros por una zona u otra de la ciudad, según los clientes y donde estén. Pero, todas las tardes me guardo un hueco para dedicárselo sólo a ella, y sobretodo, a Sultán.

España va bien

Un día más. La misma rutina. Sacar el coche del garaje, girar a la derecha, tener cuidado en el ceda el paso, no se ve bien quién viene. Unos cincuenta metros y a la izquierda. Paso de peatones. Salir, y meter segunda. La glorieta, tercera salida, dirección a la capital, y tercera. Quinientos metros y cuarta. Coger la incorporación a la autovía, reducir a tercera antes de entrar; siempre hay tráfico. Encender la radio, el mismo programa de siempre, las mismas noticias económicas: España va de mal en peor. El paro vuelve a subir. Meter quinta al coche antes de que hablen de la deuda y la prima de riesgo. Mirar el reloj, llego bien al trabajo –como siempre–. Tengo que entregar el informe. Girar a la derecha mientras reduces a cuarta en la curva peligrosa. Pensar que lo has perdido todo. Algo distinto. Girar hacia la izquierda, hacia el puente. Saber que lo pierdes todo para siempre.

Mirar con el Alma

Muchos dicen que lo peor que les podría pasar sería quedarse ciegos, eso es porque no han sido ciegos de nacimiento como yo. Para alguien que ve, la oscuridad puede ser su mayor problema pero para alguien que jamás vio nada, lo peor que le puede pasar es enamorarse en silencio de una voz y no encontrar el valor para darle a conocer el dictado de tu corazón.Fui ciego desde que nací, ahora tengo treinta años y me gusta decir que mi vida es azul. Sí, sé que la gente que ve dice que su vida es gris cuando es triste o apática, pero para mí, ¿qué importa el color si jamás sabré diferenciarlos? Así al menos me hago el interesante. Cuando era pequeño, mis padres me llevaron a los mejores oculistas y oftalmólogos que podían permitirse para ver si recuperaba la vista, fueron muchas operaciones pero nada sirvió para ayudarme. Sigo sin ver colores.Hace unos años me hicieron la última operación, decían que en esa recuperaría la vista de una vez por todas, pues bien, aún estoy esperando recuperarla. He sido un fracaso para todos los médicos que me han operado, pero es que, conmigo, no se podía hacer nada. Siempre he estado acompañado de un perro guía y de un bastón. Sólo ellos y mis padres han estado a mi lado durante toda mi vida, no me ha hecho falta la ayuda de nadie más para sobrevivir el día a día. Ni siquiera otros chicos invidentes han estado a mi lado, no estuvieron cuando aprendí a leer braille en aquel colegio, incluso entre nosotros siempre ha existido competencia y maldad. No me ha importado nunca, yo no soy así: tengo una vida azul.Ahora al fin he encontrado un trabajo. Siempre estuve receloso a hacerlo de este modo, pensaba que podría conseguirlo todo solo pero me equivoqué. No, no soy un gran abogado, ni médico, como a las madres les gusta; ni siquiera trabajador de mono azul. No, soy vendedor de cupones de la ONCE en una esquina de mi ciudad. Fui a la sede de la capital y pedí ayuda, a los pocos meses me lo concedieron.

Trabajo solo. Y no, tampoco tengo miedo a que me roben o me timen, estoy encerrado en un pequeño puesto, mi fortaleza, y tengo la regla de que antes de dar el cupón, he de coger el dinero. Y si son billetes comprobarlo con una máquina especial si son verdaderos o falsos. Y cuando llega la hora de cerrar, viene mi padre a recogerme y ayudarme con la recaudación. Esa es mi rutina.

Tal vez alguien pueda pensar que es un trabajo aburrido y monótono, que sólo estoy aquí porque no puedo aspirar a más. La verdad es que se equivoca. He estado trabajando en otros lugares pero no me llenaban, he estado ayudando a otras personas invidentes como yo, pero llegué a corroborar la idea que tenía de pequeño, llegué a darme cuenta de que hasta en las personas con discapacidad intentan pisarse unas a otras. Sí, discapacitados, no me gusta eso de con capacidades especiales, porque no es cierto, somos discapacitados para algunas cosas, igual que muchos de los que os creéis mejores no podéis hacer otras que nosotros sí o la mayoría de los capacitados. Todos tenemos alguna restricción en nuestra vida, más clara o menos, pero la tenemos: todos somos discapacitados en algún momento. No todos pueden escribir poemas, por ejemplo. O ser astronautas.

Si finalmente estoy en este trabajo es porque me gusta, porque aquí sí puedo despegar mis alas, aquí puedo tornar mi vida en amarillo, darle algo más de color a mi vida azul. Ninguno de vosotros sabrá jamás qué se siente al enamorarse de una voz, como me ha pasado a mí. Sé que podréis pensar que os miento y sí podéis hacerlo por teléfono, pero os juro que el sentimiento no es el mismo, en vuestras vidas está la opción de que os conozcáis o podréis ponerle los ojos y la boca de vuestra ex pareja, la nariz de aquel actor que tanto os gusta… Yo sólo puedo imaginar su cara, su cuerpo con imágenes que nunca contemplé.

Es algo difícil de explicar lo sé, pero es amor. Y el amor no se explica.

Oigo su voz todos los días, la oigo pasar con sus compañeras de trabajo, porque ella trabaja en una gran empresa, en la planta séptima. Trabaja en el departamento de recursos humanos, su pelo es castaño y su mirada azul como el cielo, su piel blanca. Sus labios son rojos como el fuego del infierno. Y su cuerpo está perfectamente dibujado. Al menos ella es así en mis pensamientos, en mis sueños. Sin haberlo visto jamás siempre me gustó el pelo castaño, marrón según dicen. Realmente no sé dónde trabaja, pero me gusta imaginar que lo hace en ese lugar.

Si no fuese ciego, algún día podría preguntarle, invitarla a una copa, acariciar su rostro, y comprobar que estaba en lo cierto. Pero eso no podrá ocurrir nunca. Ni siquiera me ha comprado un cupón, sólo he oído su voz al pasar por la calle. Ningún normal podría distinguir su aroma entre el de sus compañeras, pero yo, un discapacitado, sé que el suyo es el más dulce de todos y distinto su voz del ruido del mundo. Ésta entra en mi fortaleza y aquí se queda reverberando hasta que se difumina en mi sonrisa.

Si no fuese ciego, le propondría conocerla lejos de estas calles, en su habitación, en la mía. Recorrer con mis manos su cuerpo. Pero sé que por ahora, y para siempre, sólo podré hacer eso en mis sueños. En esos sueños en los que puedo ver, en los que ella me ve. Pero siendo ciego, sólo me queda esperar que se acerque a comprar un cupón, a que un día pasee sola y pueda sentir su aroma muy dentro de mí.

Siendo ciego sólo me quedan los sueños.