La Última Sonrisa del Caos del Hombre Asomándose al Infinito

Quien-Soy-III

Hace ya mucho tiempo que no escribo, pero hace mucho más que no lo hago del Camino de Santiago; la última entrada sobre el mismo fue Maktub, allá por 2014. Cinco largos años, cinco años donde todo cambió e incluso volvió a cambiar, cinco años que han dado tiempo a tatuarme una cruz de Santiago en el gemelo, a volver como turista por aquellas tierras, o a que haya pasado más tiempo sin haber peregrinado que las veces que lo recorrí.

Siempre me ha sido difícil concentrar toda la esencia del propio camino en pocas palabras, pero a la vez también ha sido desde la primera vez que lo recorrí, una de las pocas cosas de mi vida que me pasaría horas y horas hablando, a pesar de no hacerlo casi nunca. Aunque, sí es cierto que, quizá sea porque lo echo de menos que, poco a poco voy hablando más sobre el Camino y termino por contar siempre las mismas anécdotas.

En estos días, he estado leyendo las viejas entradas, las viejas libretas que me llevé para anotar mis pensamientos, he estado rememorando recuerdos e incluso viejas amistades peregrinas que vivieron varios años tras el peregrinaje y después, por algún motivo, a veces absurdo a veces el tiempo y la dejadez, se terminaron apagando. Pero, sobre todo, lo que me ha ayudado a recordar ha sido eso de la tecnología, ya que, los que somos un poco melancólicos lo tenemos más fácil, hoy en día casi todas las aplicaciones que tengan fotografías o textos suelen darte avisos de “Un día como hoy”, “En este día”, “Hoy hace X años” y similares. He vuelto a ver muchas fotos de aquellos días.

Incluso, ahora sonrío, al leer las cosas que dije, que no recuerdo haber pensado, quizá sea también por aquello de que la memoria magnifica los recuerdos, pero tras terminar mi primer camino, a mi compañero le dije “Una vez y basta. Esto es para hacerlo sólo una vez”, qué joven y equivocado estaba, lo he hecho cuatro veces y sigo pensando en repetir.

He tenido, y tengo durante todos estos años a muchos comperegrinos en mi cabeza, cada uno por un motivo diferente, con algunos viví un día, una semana, incluso pocas horas o todo un viaje, pero recuerdo especialmente a Juan (autor de Galicias) e Ignacio, con los que compartí un par de días en mi primer Camino, que todos los años, durante una semana, dejaban su vida y se lanzaban a hacer el Camino, o parte de él. Aquella comperegrinación fue breve, pero me gustaría poder parecerme y tener la paz y humildad que Juan trasmitía allá donde iba.

Igualmente, hace unos días, el primo de mi novia, que está comenzando en las fuerzas armadas, me contó que aquello, en parte, tiene más de mental que de físico y con esa misma expresión me trasportó a aquel albergue de Fonfría, que también novelé, cuando oí a dos chicos catalanes decir que el Camino era sólo físico, sólo era andar y cargar peso. Qué equivocados estaban, y qué poco lejos llegaron en aquellas etapas.

Etapas… Por pequeñas etapas, quizá esa deba ser la forma en la que yo vuelva a hacer el Camino, esa o volver a completar el Camino inglés, que es de los más cortos, sino el que más.

Desde la primera vez que lo hice, o desde la primera vez que quise repetirlo, me recuerdo comentando que por etapas pierde todo el sentido, porque cuando comienzas a estar en forma, a no pesar tanto el caminar, a saber aguantar el dolor es cuando tienes que volver, la sensación de no terminar de llegar a ningún sitio en concreto… pero también como escribí una vez, ¿es lo importante la meta? Es cierto, que, cuando he sido peregrino la sensación de llegar a Compostela ha sido, a veces, difusa y que incluso, la última vez que lo hice no llegué por mi propio pie y no ocurrió nada. No dejó de tener esa magia ni ese recuerdo especial. ¿Vamos?

La frase, es de Camilo José Cela, y fue la que me encontré a la llegada al (o salida del) paseo marítimo de Fisterra.
Y, las fotos que lo acompañan, instantáneas de los cuatro años que peregriné, de 2011 a 2014: Vía de la Plata, Epílogo, Primitivo, e Inglés.

¿Ves aquellos molinos de allí?

Salí con un motivo en mente,
y ahora voy buscando mi propio Camino.

L'última fletxa, por Raúl R.
L’última fletxa, por Raúl R.

Una vez más, realmente desde que empecé a trabajar, en agosto volví, por tercera vez, al Camino de Santiago, solo. Esto provoca que muchos me digan que estoy loco, que hay mil sitios más por conocer y recorrer, pero siempre les digo que no he hecho dos veces el mismo Camino y que lo que allí se siente es diferente a otros lugares aunque suene tópico, pero es la realidad. Por otro lado este año para mí también era distinto en la esencia: cambios en la situación personal que vivo y porque en el fondo sin ser consciente todo cambia y de un año a otro tú nunca eres el mismo, ni siquiera lo es tu meta. Cada año me ha movido un sentimiento para hacerlo: cumplir un sueño, alcanzar el fin del mundo, o la búsqueda.

Para este año, la elección fue fácil: me apetecía un Camino completo, y tenía sobre dos semanas… Quería un recomenzar, volver a los orígenes, empezar de nuevo: debía recorrer el Camino Primitivo, aquel que fue el origen de todos los caminos y discurre por tierras asturianas y gallegas; para mí, doce días de viaje hasta Santiago, y de improviso dos más para poder llegar a Finisterra, algo no concebido en mi primer proyecto donde las etapas eran algo más cortas, pero en el Camino uno aprende a que la vida no puede planificarse: tan sólo vivirla, sentirla y no pararse jamás. Sientes el dolor en las articulaciones, en el cuerpo en general, pero sigues andando porque hay algo aún más poderoso que te llama a continuar: crecer.

Sobre el propio camino algunos dicen que el Primitivo es más duro que el Francés, o la Vía de la Plata porque la mayoría son etapas rompepiernas con subidas y descensos, desniveles bastante fuertes en el mismo día, más subidas y descensos, escaleras hechas en el propio bosque para poder subir la pendiente, descensos interminables entre caminos de piedras, y etapas más largas y constantes que en el Francés. Quizás sea verdad, o tal vez sea sólo una coincidencia, pero éste ha sido el único año que visité al médico, al tercer día tenía inflamado los músculos del pie, me recetó varias pastillas y aunque el dolor continuase hasta después de haber acabado el Camino mi viaje continuó a pie por aquellas tierras, gracias en parte a los masajes que recibía y que ayudaban a apaciguar el dolor y el alma: siempre hay que avanzar.

La gente también me llama loco por hacer estos viajes sin nadie conocido (sí, me llaman loco por muchas cosas), pero creo firmemente que es otra parte de la esencia del Camino, la mayoría de los peregrinos que encontré lo hacían así. Quizá al hacer el viaje en soledad, buscando respuestas y tu propio camino acabas por obtener mejores respuestas a tus preguntas, por volver a reencontrarte con aquellos recuerdos que creíste perdidos, o por abrirte más a la gente, y también por escucharlas más a ellas: compartir miserias y logros.

Entiendes que todos cargan en su mochila con problemas y alegrías similares a las tuyas, las dudas que tú tuviste las atraviesan ellos ahora, y las mismas que ellos sufrieron las asumirás tú sin importar el tiempo o el espacio. Compartisteis, compartiréis, compartís mucho más que un simple viaje. Porque las apariencias nunca son lo que aparentan ser y a los cuarenta años puedes estar tan perdido como con veinte; con setenta te puedes reír con las mismas idioteces que un crío; puede que te encuentres con un gigante y comprendas que tiene tanto miedo como tú, que necesita de ese mismo abrazo… o que te pierdas en la inmensidad de unos ojos y sólo el ruido del mundo te devuelva a la realidad.

Y esas personas que llegan hasta ti como meros desconocidos o tú a ellos como un personaje más acaban compartiendo contigo su vida sin ser conscientes de que lo harían cuando una mañana, en San Juan de Villapañada, te dijeron si los acompañabas; estas personas son aquellas que en las noches compartieron litros de alcohol y en la mañana se sinceran; estas personas acaban compartiendo contigo los recuerdos de un pasado que no pudiste quemar ya que te conformaste con un cigarro; estas personas son las que te miran a los ojos y te susurran “¿qué?”, y tú te quedas sin palabras; estas personas son aquellas con las que haces promesas de volver a verte en un último abrazo que no esperabas y deseas cumplir la promesa con todas tus fuerzas; son las que te acompañan en tu búsqueda dentro y fuera, porque alguna promesa ya se cumplió.

Estas personas son las que te recuerdan una lección casi olvidada que aprendiste durante el primer viaje por tierras castellanoleonesas cuando, medio en serio medio en broma, los comperegrinos que te acompañaron aquellos días preguntaban si podías ver los molinos eólicos en el horizonte, y después respondían que esos mismos molinos los deberíais traspasar, muchas veces en el mismo día, por imposible que pareciera, por lejos y altos que estuvieran. Y a veces en la vida ocurre algo similar, te has de enfrentar a ella sin miedo, sabiendo que costará, que en el camino podrás caer pero si fijas la mirada en tu objetivo, si luchas por él mientras avanzas, llegará un momento, cuando alces la vista, donde entenderás que estás por encima de los molinos y por delante.

Así que… ¿ves aquellos molinos de allí? Pues vamos a atravesarlos…