El Curriculum de Todos

Cerró la puerta con llave. Raudo. Tenía urgencia por ir al baño. Dejó algunos sobres en la mesa y no perdió un segundo. Se lavó las manos. Y, en el salón, encendió la tele. La rutina de siempre. Buscó cualquier concurso de los de televisión donde gente anónima respondiendo a varias preguntas ganan varios cientos, o miles de euros. Quizás esa sea su única solución: “dar el pelotazo”. El sueño español.

Desde el sofá sabía la respuesta a todas las preguntas. Incluso, se imaginaba dando juego en un plató de televisión; también imaginó también la ruta que haría el día siguiente: cogería el coche, haría 40 kilómetros y recorrería otra ciudad entregando curriculums en sobres. Un detalle que le diferencia del resto, piensa. Pero se equivoca. Hoy en día eso no es una diferencia, sólo más coste.

Cada día, en cada empresa que va, si tiene suerte lo aceptan, otras ni los cogen, saben que éstos no tienen dinero, aunque para él es un gasto que se ahorra. Y en raras ocasiones sí han aceptado ojear su curriculum, pero en otras, le han contado la realidad de la empresa: ERTES, ERES, BAII y FFPP negativos, pre y concursos de acreedores, liquidaciones, disoluciones… A veces le dan tanta información que llega a perderse entre las siglas contables.

De todas formas sabe que no puede decaer, ha de seguir intentándolo. Como la mayoría de los cinco millones y medio de parados: tras tu ciudad pasas a la capital de provincia, de ahí, si tenías algunos ahorros y una formación media-alta, a la capital de la comunidad. ¿Pero cuántos más y mejores que tú hay en la capital? Esa pregunta nunca la hacen en los concursos de la tele.

Anuncios en la televisión. Un pequeño avance del telediario. Otro político investigado por corrupción, e incluso parte de la familia real, que finalmente no saldrá imputada. Más muertes en Siria y la ONU sin actuar para evitarlo. Se esperan los nuevos (y peores) datos de la EPA, y por ende la bolsa de Madrid se ha desplomado. Nada nuevo.

Se acerca a la cocina para tomarse una coca cola. Aún le queda media lata de ayer. Coge uno de sus sobres. Lo abre. Revisa, una vez más, toda su vida. Sus metas, sus logros. Pero no sus fracasos. No hay hueco para ello en una carta de presentación así.

Piensa en salir fuera del país. Domina el inglés, y balbucea un poco el alemán. Pero sabe que fuera tampoco es fácil para ellos. Aunque si en un par de meses su suerte no cambia sí se irá fuera. Con lo que se gasta en gasolina, en sobres, y en todos esos gastos extras podría intentarlo.

Y ahora en la televisión ve un anuncio, con viejas glorias recordando lo que fuimos en el pasado: como si eso sirviera para cambiar el presente o demostrando el poco valor del que carece el futuro. El pasado no cambiará el futuro. Termina el anuncio, tampoco se han comentado los fracasos que cometimos antaño.

Expolio

Siempre creíste tenerlo todo bajo control,
Tu vida sólo era un leve guion que habías escrito,
Imaginabas que nada podría tambalear tu mundo,
Mas no contaste con ella y sus ojos color miel.

Un día de repente aquella mujer, una desconocida,
Te miró, te sonrió, te saludó, te tocó y te derrumbó.
A ti que siempre pensaste ser un frío pilar de mármol
Y con sólo pasar la leve brisa del viento femenino
Fuiste reducido a escombros como un templo griego expoliado.
Como un arrecife de coral tras un tsunami: devastado.

En aquel momento tu vida dejó de tener sentido,
¿Para qué te sirvió ese guion? Lo perdiste todo.
O tal vez no…

Devenir del Pasado

En ocasiones, sin buscarlo, sin desearlo,
Te sorprendes sonriendo, emocionado,
Recordando aquel viaje, aquellos días…

En otros momentos la memoria jugará en contra,
Aquellos días, aquel viaje, me hará llorar.
No todos los recuerdos son alegres siempre.

Puedes pensar haberlo vivido todo allí,
Tal vez no quedaron cosas por hacer,
Es lo que te dicta la alegría de tu pecho.

Mas, cuando cierro los ojos, reviviendo instantes,
Sentimientos y sensaciones imposibles acepto la realidad:
Quedó tanto que hacer, tanto por vivir. Tan poco tiempo.

El devenir de las lunas sólo dejará tu memoria y mis sueños
Ambos difuminados sin saber qué es qué: realidad o ficción.

Sin Pasado

Fuera llovía. Entró aquel filósofo en la cafetería. Allí todos saben que lo es, pero nadie dice nada. Aquella era una cafetería de un barrio pobre y marginado. El ambiente que había en ella no se podría decir que fuera el más apropiado para pensar o escribir. Sin ir más lejos, aquellas mesas donde él estaba sentado habrían sido limpiadas una vez: el día que salieron de la tienda de muebles. Y los sillones no estaban mucho mejor. Pero sin embargo, a pesar de estos pesares, para aquel filósofo ése era el mejor lugar para escribir y desarrollar sus ideas, él encontraba allí cierto encanto que no había hallado en el resto de la ciudad.

Alguna vez ya había tenido problemas con los vecinos de aquel suburbio, pero jamás pasaron de darle una pequeña paliza a la salida del bar y robarle lo que llevaba. Heridas que, como él decía, sanarían más tarde o temprano. Pero los hurtos de escaso valor material, y de grandes ideas, nunca más los podría volver a replicar, ya que como él pensaba para sus adentros: “Si una idea se va es que no merece la pena”. El perder los folios le dolía más que el dinero, o el dolor físico. En todos esos papeles se iban horas y horas de pensamientos, de sueños, de ideas que nadie jamás sabría ver igual que él. Y si le daban una paliza debería estar unos días en el hospital sin poder escribir.

Por eso para intentar evitar perder una idea, siempre escribía todo lo que le pasaba por su mente. Y ese bar era su mejor lugar. El dueño ya lo conocía y, para ser sinceros, no le agradaba demasiado que hubiese elegido su local para dejar volar su imaginación. Pero él era el único que pagaba sus copas en el mismo día, y podríamos decir también que en el mismo mes. Lo único que se tomaba siempre era un vaso de tubo con leche fría mezclado con un chorrito de Baileys. Si algún día consideraba que la leche no estaba lo suficientemente fría o tenía demasiado Baileys, le pedía al camarero que se llevara la copa, y le preparase otro solventando ese error. Luego pagaba ambas consumiciones, y se sentaba en la mesa.

No volvía a musitar palabra alguna en toda la tarde. Se acercaba al rincón, se sentaba y soltaba su pequeño maletín. Sacaba algunos folios, tres para ser exactos. Siempre tres como el número de bolígrafos que ponía encima de la mesa: azul, negro y rojo, en orden alfabético. Aunque siempre cogía sólo el azul para escribir.

Si le preguntaras a algún asiduo a aquel bar, como él, qué color usaba no sabría decírtelo pues su estancia permanecía tan distante y ausente que todos llegaban a abstenerse tanto que pensaban que ya no estaba allí y sólo tenían que echar la vista atrás para darse cuenta de que estaban en lo correcto. Pero siempre había alguien que decía que no, que aquel triste filósofo estaba allí aguardando que llegasen las nueve de la noche para marchar.

Y siempre era allí en la puerta de aquel garito donde le propiciaban las palizas para robarle unos pocos euros, aquellos gamberros siempre solían ser los mismos se habían vuelto tan rutinarios como él. Por eso, y porque el dinero no le sobraba cuando salía de casa sólo se llevaba lo suficiente para pagar dos trayectos de autobús y dos copas, la que se tomaba y otra por si había de pedírsela al camarero. Nada más, ni móvil, ni llaves, ni identificación, nada en sus bolsillos, y en su mano izquierda siempre el mismo maletín, lo único que le respetaban, con los tres folios y la terna de bolígrafos. Tan impolutos e intactos los útiles que parecía que nunca los hubiera utilizado, como si siempre fuesen los mismos. Como si aquel señor no fuera filósofo sino una sombra de lo que en un triste pasado fue. Lástima, aquel hombre ni siquiera era una sombra de un pasado: nunca tuvo pasado. Y si lo tuvo ahora no lo recuerda.

Él tan sólo sabe que vive en la calle bajo un árbol entre cartones, ni siquiera puede tener un triste banco como otros de sus compañeros nocturnos. Sólo sabe que cada día pide dinero por las mañanas y algo de comida. Unos días come más, otros pasa hambre, pero las monedas que consigue son para el autobús y las dos copas, y si obtiene algo más lo guarda en su maletín para cuando tenga el suficiente dinero ahorrado ir a la lavandería y lavar su ropa; ya comerá de la caridad, o no comerá. Pero ha de ir al bar a desarrollar sus ideas, siempre, pase lo que pase.

Además, su rutina es su rutina y no la puede dejar. La ropa la lleva siempre puesta, por eso necesita lavarla, no tiene otra. Pero que cualquiera que lo viera por el bar no sabría discernir si es vieja o nueva. Y esa es la razón de ir a aquel bar: está tan lejos de dónde pide dinero, de dónde lo ven dormir en la calle que allí él puede ser quién quiera ser, y puede que acierte con su vida pasada.

Su vida es tan triste que ni siquiera tiene un nombre, a nadie le importa cómo se llama este hombre de múltiples caras: por las mañanas es un vagabundo olvidado, por las tardes un filósofo que desarrolla sus ideas en un bar de mala muerte, y por la noche un alma arrinconada a los pies de un ciprés, como su pasado.

Él aún no lo sabe pero descansa bajo el mismo tipo de árbol que meses más tarde cubrirá sus restos mortales, pronto una de esas palizas será más grave que las de antes, y morirá desangrado en la puerta de aquel local, aferrado a aquel maletín como si su, ya inexistente, vida dependiera de los útiles de escritura que un día compró y jamás estrenó:

Porque él no sabía escribir.