Te Mentiría

Minnewater 26.08.2019

Te mentiría si dijera que ha sido fácil ocultarlo tanto tiempo,
O si dijera que no he tenido miedo desde el primer día.

Te sorprendería saber las veces que recuerdo aquella tarde,
O cuando diseñamos el primer plano de nuestro hogar.

Te encantaría saber lo feliz que me haces al amanecer juntos,
O lo que siento cada vez que nos besamos en los labios.

Desearías verte la cara al saber la pregunta que viene a continuación,
Porque, al final todo esto, sólo era una treta para preguntarte,

Susana, ¿quieres casarte conmigo?

Reto Poember (Primera Semana)

Durante el mes de noviembre estoy participando en el reto de Rojo Bosque, consistente en escribir un poema durante cada día del mes donde aparezca cada palabra elegida, los voy publicando en mi cuenta de Instagram. Aquí os dejo los cinco primeros días de esta semana:

Siempre
Yo estaba allí,
tan solo buscaba un motivo más para soñar
y poder elevarme sobre esa pequeña nube
agarrado al cordel de un globo de helio
-el mismo que nunca me compraron de pequeño-.
Cuando lo vi,
no pude resignarme a hacerlo realidad
aquel globo con un personaje que no conocía,
era lo que siempre había deseado en mi interior.
Aunque ahora estoy demasiado dejado para volar.

Dormir
Mirarme en tus ojos es como hacerlo en esos espejos enfrentados
Que se repiten hasta el infinito cada vez más pequeños
Mientras la vista se fija en un puto concreto y se paraliza
Haciéndome consciente que podría dormir dentro de ellos.

Violeta
Tu recuerdo se me presenta en tonos violeta,
que me llevan a los campos de mi niñez
donde, ingenuo, jugaba con esas flores del mismo color.
Y son ellas las que me retornan al presente.
Compartes tanto con ellas, y a la vez eres tan fugaz
que me da hasta un poco de miedo perderte
si tardo un poco más en volver a mirarte.

Ladrillo
La misma arcilla que construye obras de arte en manos del alfarero,
dentro del tejar crea ladrillos.
El mismo ladrillo que da forma y calor a una casa que será hogar,
levanta muros que separan.
Y el muro que nos separa también nos hace creer que alcanzará a protegernos,
aunque nos aisle, aunque me aleje de ti.
Los mismos elementos se transforman en antagonías sin llegar a sentirlo.

Miedo
Comenzar a sentir cómo se va cayendo todo,
que las historias son cíclicas y se repiten,
el miedo al error es cada vez más intenso,
ser conocedor de los pasos correctos a dar,
repetir mentalmente cien veces la respuesta
y que el acto sea distinto, de la peor forma posible.

Locura

El miedo a…
perderme en tus ojos
llegar hasta tu sonrisa
y no poder escapar.

La osadía de…
mirarme en tus ojos
saborear tu sonrisa:
no querer escapar.

El miedo a…
encontrarte sobre la cama
sentir el contorno de tu cuerpo
y no poder dejarlo.

La osadía de…
desnudarte sobre la cama
besar cada poro de tu cuerpo:
no querer dejarlo.

El miedo a…
mantener los ritmos al compás
evadirte del mundo exterior
y no poder alcanzarte.

La osadía de…
latir nuestros corazones al compás
parar el tiempo del exterior:
no querer alcanzarte.

El miedo a…
no comprender la magia
desaparecer en un bosque
y no poder volver.

La osadía de…
crear hechizos de magia
descubrir el amor en un bosque:
no querer volver.

Maktub

No sé muy bien por qué, pero de repente dije: “Estamos en este mundo sólo una vez”.
“Estamos aquí ahora”, dijo Verónica, como si pensara que era importante recordarlo.
{Jostein Gaarder; La joven de las naranjas}

Familia al completo en el Albergue de Miño.

Hace ya bastantes semanas regresé, otra vez, del Camino de Santiago, esta vez el itinerario elegido fue el Camino Inglés, poco más de 120 kilómetros desde Ferrol hasta Santiago. Fui solo, como siempre, y a pesar de ser la cuarta vez estaba aterrado, tenía miedo a lo que me podría encontrar. Pánico a lo que me depararía, o más bien de lo que no se me depararía: quizás poca gente, tal vez más duro de lo esperado, igual no podría desconectar tanto como necesitaba, o no encontraría nada ni nadie.

Las primeras etapas del Camino eran bastante cortas, al menos en la guía. La primera me llevó hasta Neda, llegué sobre las 11:30; fue un día raro, del que, ahora mismo, recuerdo dos cosas: la mirada de un gato y un pequeño texto que escribí a una chica; y por otro lado, el horóscopo de la revista Cuore (que llevaban otros peregrinos) para Virgo diciendo que conocería a alguien especial y no se equivocó…

Y todo por meterme en una conversación trivial entre dos chicas valencianas y dos peregrinos catalanes (de los que nos separaríamos y volveríamos a encontrarlos muy cerca de Santiago cuando todo había cambiado para todos). Y sin ser invitado a ella me dijeron que me parecía a Dani Rovira y si era primo de Pablo Alborán –como todos los malagueños–, por supuesto hubo tiempo para echarme más años de los que tengo. Tras aquellas bromas y la desilusión de saber que no, no soy primo de Pablo nos tomamos unas cañas, cenamos un bocata hecho a navaja con biofrutas, y nos acostamos pronto. Éramos peregrinos, el día comenzaría temprano, sobre las siete.

Pero antes de dormir, mientras pagábamos al hospitalero, nos presentamos. Recuerdo que una de ellas, para que las diferenciáramos, se presentó diciendo: “Rosa, como mi manchita rosa”. La otra chica, rubia y con una voluntad de hierro, Silvia. Y ellos, Juan Carlos y Francisco.

El día siguiente comenzó el verdadero camino, las risas, los desvíos por polígonos de Estrella Galicia, y las fotos en las cuestas para descansar y respirar… anduvimos no sé cuántos kilómetros, nos saltamos el albergue de Pontedeume porque como buen experto peregrino me lo pasé y no vi las flechas ni las conchas y como nos encontrábamos fuertes –unos más que otros– y con mucha voluntad –unas más que otros– continuamos hasta Miño, dejando atrás a los peregrinos catalanes. Por el camino nos encontramos a un voluntario del albergue que comentó que nos quedaba poco y nos dio ánimos a continuar. Llegamos sobre la hora del almuerzo y se asombró un poco al vernos allí. De hecho, a Rosa y a mí nos preguntó por nuestra hija: Silvia. Muchas veces me han echado más edad de la que tengo, pero nunca me habían hecho padre, y a Rosa y Silvia supongo que madre e hija tampoco.

Aquella tarde y aquella noche (con cena comunal incluida) fuimos intimando y conociéndonos más, contando parte de nuestras vidas, tonteando y compartiendo confidencias, o vacilando de gemelos y dando un beso de buenas noches antes de que todo el mundo volviese. Supongo que aquí fue empezando todo, aquel día empecé a adaptar mi papel e intentar cuidarlas y enseñarles todo lo que sabía del camino, de la magia lo inunda. Y, sobre todo comencé a comprender que yo también debía aprender de ellas: a ser más lanzado, a luchar por lo que quiero, a no tener miedo a los cambios, a llorar de rabia si hace falta y coger más fuerzas, a saltar al vacío… en definitiva a VIVIR y zacá el zaco al zó pa que ze zeque.

Al día siguiente, miércoles, la escala fue en Presedo: punto de inflexión, día de cambios.
El albergue estaba al lado de un cementerio en una calle donde no había nada más, y en la aldea tampoco. La comida se pidió a un restaurante a cuatro o cinco kilómetros, y allí compartimos mesa e historias con cordobeses y un madrileño-gallego, y taxi mediante cañas en el pueblo al caer la noche.

Aquel día fue una de las pocas veces que he llegado a un albergue y no he encontrado sitio (estábamos casi todos los de las noches anteriores y el nuevo grupo). Lo único que sabía era que no quería irme de allí, no quería separarme de ellas. Las chiquitas me propusieron dormir las dos juntas en una cama pero era una locura y no descansarían, la hospitalera tendría colchones o algo… pero de allí no nos movíamos y no iban a compartir por mí después de tanto andar. Al final, cuando pagamos, haciendo el recuento sobraba una cama aunque siempre podría haber dormido en una colchoneta junto a Pedro, otro peregrino bastante peculiar de madre gallega, padre ruso y que trabajaba en Estados Unidos.

También fue en Presedo donde por primera vez en el viaje dediqué mayor tiempo del necesario a los fantasmas que se quedaron en la costa cuando debí prestar atención a los que allí estaban, y erré porque una cosa es saber lo que has de aprender y otra muy distinta es poner en práctica la lección: ojalá todo fuera tan fácil como hacer un buen nudo y tensar la cuerda.

A partir del día siguiente las cosas siguieron cambiando… el jueves tenía un regusto extraño, supongo el dolor iba creciendo en todos y por primera en vez en cuatro años abandonaba el Camino por una lesión de una comperegrina, de una parte de mi viaje. Y aunque algunos no lo entiendan, ellas iban juntas y yo solo, en aquel momento –y siempre– prima más el ayudar y compartir que el simple hecho de llegar andando, porque ya “éramos”, ya “íbamos”. Yo ya había estado otras veces en la ciudad de las estrellas, había llegado hasta ella andando y tenía dolores en el tobillo, perdía fuerzas y el cansancio comenzaba a ganar la partida. Lo que en un principio iba a ser algo simple y sencillo se me estaba complicando, el cambio de planes no me vino tan mal.

Saltamos la etapa de Hospital de Bruma para dormir, ambulatorio y taxi mediante, dos noches en Sigüeiro en un albergue turístico, con una dueña un poco especial a la que la televisión gallega entrevistó poco después de lavarse el pelo tras el tratamiento con aceite de argán. Pero todo hay que decirlo: descansar abrazado sobre un colchón “viscolástico” y compartir confidencias en él, o sentado en el suelo de hormigón antes de que empiece o cuando escampa el chove miudiño hace que todo tome otro color aunque sigas teniendo la rodilla vendada, aunque sigas dándole vueltas a los errores (con el tiempo y la distancia es más fácil), porque, quillo, con una Estrella Galicia todo tiene otro color. Y ya el dormir en un colchón “Reford”, como el actor, lo vuelve a empeorar todo por mucho que lo anuncien como bueno, pero reencontrarte con peregrinos se agradece y compensa una mala noche con los riñones en el sueño –siempre mejor uno mal que tres–.

Finalmente, los dos últimos días de mi viaje los pasamos en Santiago, volviendo a reencontrarnos con peregrinos que nos acompañaron en el Camino, y como siempre acaba ocurriendo en los sueños: con el despertar. A veces no basta con una pequeña cena a oscuras en el jardín del albergue, ni con el cuadre de los días restantes para las niñas, ni siquiera con orujos y wiskis o ginebras, tampoco con un cigarro de liar fumado a modo de despedida, no basta con un abrazo… Las echo de menos. Echo de menos aquellos días, la fuerza de voluntad, los mi arma, el enseñarme refranes en valenciano, la mochila de hora de aventuras, la complicidad, las risas, y su manchita…

…quizás nos volvamos a encontrar, quizás no todo está escrito,
perquè plou poc però per a lo poc que plou, plou prou.

Las Cosas que Nunca te Dije – I

          Querida Sandra:

Nunca te dije que no me creí aquello que me contaste para que no pudiéramos vernos cuando habíamos planeado hacer el amor –aunque eso solo lo supiese yo–. Tampoco te dije nunca pero lo hago ahora, que mi intención cuando quedamos era hacernos el amor tras la cena, por eso había elegido un lugar romántico, un lugar especial: nuestro japonés. Jamás te dije se me hacía raro estar con otra persona y amarte a ti.

Nunca te dije el infierno que es mi vida durante las noches, ni te comenté que la locura me acecha al despertar y se infiltra en mí cada mañana hasta que consigue robar la poca felicidad que puedo recuperar en los sueños; jamás te insinué que durante el día la razón y las desilusiones no me dejan sonreír, pero como siempre fui buen actor consigo alzar una mueca en mi cara que evita preguntas indiscretas. Tampoco te dije nunca que muchas noches, cerca del alba, tu recuerdo me despierta y me desvela; ni te hice saber que este era el motivo para evitar dormir con mi, ahora, ex pareja y rehuir sus preguntas. Jamás te dije, hasta ahora, nada de esto. ¿Pero qué importa? Sabía, sé mi lugar.

Imagino no será necesario que recuerde como nos conocimos, a nadie le interesa y esta carta quedará solo entre nosotros dos; sin embargo, por muy atrás que eche los recuerdos, por lejos que evada las reminiscencias, ahí estás tú: desde siempre. Hemos crecido a la par, sorteando problemas, amistades, exámenes, cambios e incluso amores… mientras he estado enamorado de ti, en silencio y sin atreverme a decir nada.

La vida es caprichosa, le gusta jugar y nosotros siempre aceptamos la partida aunque nuestras cartas no sean las mejores, porque contamos con un as en la manga: nuestra cara de póquer. ¿Cuántas veces habremos quedado los cuatro cuando teníamos pareja?

Siempre se me hizo extraño pero nunca era el momento para expresarlo, por eso solía pensar que estaba perdiendo una oportunidad para tenerte, ¿pero de verdad existió? Para mí fue muy difícil estar allí con ella, con él, contigo, conmigo… Enamorado de ti y haciendo un papel, fingiendo que solo éramos amigos, controlando muy bien los tiempos de habla y las miradas, no fijarme demasiado ni monopolizar la conversación, coger de la mano a mi ex y coquetear un poco: teatro y disciplina.

Sigamos recordando juntos antiguas escenas de nuestra vida: ahora el oriental. Hubo un momento en que te creí mía, me creí tuyo, o al menos que compartíamos más que un mismo espacio y tiempo. Fue en un restaurante, como tantas veces en aquel tiempo habíamos quedado en un oriental; este era nuevo para nosotros. A nuestras parejas no les hacía demasiada gracia la comida japonesa. La tuya sí la toleraba algo más, aunque prefería china o taiwanesa; pero, nosotros siempre fuimos de sushi, sashimi, makis y todo el sinfín de variedad. Para nosotros pedimos una bandeja con varias raciones de cada, con salsa de soja y wasabi, y, por supuesto, con la rosa de gari que tanto nos gusta a ambos.

Allí te sentí mía, me sentí tuyo y nunca te lo dije. ¿Las razones? Para no hacértelo saber la misma de siempre: miedo al rechazo y creer no era el momento. ¿Para el sentir? La unión que viví en ese momento, las miradas que expresaban todo el placer que sentíamos, compartir contigo los trozos de pescado, dar un bocado y ofrecértelo con mis palillos aunque sea de mala educación en la mesa japonesa, pero no estábamos en Japón aunque el nihonshu nos transportase hasta allí. Y todo sin que me –nos– importase lo más mínimo que en aquella mesa hubieran dos personas más, sin importar si aquello causaría una discusión en mi pareja (no sé si también en la tuya). Allí era donde quería volver para terminar haciéndote el amor…

Otras veces la pelea llegaba porque no quería quedarme a dormir con ella. Como escribí antes, evitaba que me preguntara en un desvelo nocturno o que me notase angustiado al despertar. Toda mi relación se basaba en el miedo a que me descubriese pensando en ti o amándote como te amaba o incluso utilizándola como un mero trámite para apaciguar el dolor de un alma herida. Y, como digo, la mayoría de las peleas coincidían en el tiempo con nuestros encuentros: causalidad.

Parando…

Basar mi felicidad en tu estado de ánimo es la mayor locura que he hecho nunca.

Pero mi risa está atada a ti, no quiero creer que te ame porque no siento que «eso» sea algo tan leve; pero sí te has tornado importante en mí, en mis días y mi mente. No sé cómo lo haces, pero sólo contigo logro olvidar al resto. Solo contigo puedo hacer desaparecer demonios.

Pero lejos de ti, o si te siento y veo mal todo vuelve a derrumbarse y no sé qué hacer.

Y se me pasa por la cabeza de nuevo grandes locuras que no me llevarán a ningún lado, porque vuelvo a sentirte prohibida, a creer (y saber) que este sentimiento es solo de una dirección, y temporal. No tengo nada que darte haga te quedes aquí, no puedo parar el tiempo por siempre pero sí soñar locuras y no llorar en la noche.

No llorar.

Roto

Y estas lágrimas que hoy derramo no son metáforas:
son reales. Enjuagan mi cara, mas no arrastran mi dolor.
El fin de un sueño, de toda una vida (aún por llegar).

Me dicen que tal vez esa hija que ansié nunca vendrá:
no entre mis brazos. Jamás compartirá mi esencia, mi sangre.
Walläda, Scheherazade, Daniela todo serán recuerdos
de algo que jamás sucedió (los peores).

Una enfermedad que hace dos años ni sabía existía:
¿el nombre? No importa; ¿mi vida? Seguirá aquí;
¿las consecuencias? Poco más leve dolor arbitrario;
¿la realidad? Un sueño perdido, mi mayor sueño.

¿La esperanza (si sí la hay)? Diagnóstico no definitivo.

— – —

Este pequeño poema lo publiqué hace algunos meses en el blog de Asociación Di-fusión-a2, desde entonces las cosas han cambiado, sé que sí hay esperanza. Pero, lo importante no es la historia que conlleva el poema, sino que allí, en el blog, una vez al trimestre subo algún poema o texto inédito, el miércoles próximo publicaré otro. Aparte, junto a mí hay grandes autores que también participan en él, echadle un ojo porque merece la pena, de verdad

Fisterre (II de III)

En el camino hacia Villafranca intimé con Blanca. Habían empezado en León, algunas etapas antes que yo. Se quedarían en Santiago, yo llegaría hasta Finisterra. Era morena, con el pelo largo, la piel oscura también, delgada tras el Camino. Unos ojazos verdes increíbles, y los días de viaje le habían tonificado las piernas, y el pecho resaltaba bajo las almohadillas de la mochila. Blanca… Blanca… Blanca… Su nombre resonaba en mi cabeza desde que me lo dijo aquella noche en el cuarto. Dormimos juntos. Recuerdo cómo se escondió en el saco para quitarse la ropa y dormir. Recuerdo tantas cosas de ella, y de nuestro primer día…Aquella tarde no comimos juntos. Yo no almorcé. Seguía pensando en el pasado y en la llamada del día anterior. Nunca se puede dejar de pensar en el pasado. Nunca se puede. Nunca. Blanca me preguntó cuál era el motivo de mi viaje: dichosa pregunta. Intenté responderle sin parecer pedante, pero a la vez interesante. No tenía la respuesta a la pregunta, por eso contrataqué hacia ella: ¿y cuál es tu motivo para hacer el Camino? Sí, lo recuerdo muy bien, ella usó viaje, yo Camino.

Yo simplemente quería un motivo para seguir y allí lo tenía. Era ella. El encuentro con el monte, con el río… con el mismo Dios quizás, la luz, la claridad… con Blanca.

Caminamos varios días sin problemas, hasta que llegamos a Sarria donde fue necesario reservar albergue. Tuve que volver a encender el teléfono y llamar, y lo que ello implicaba: recibir mensajes de llamadas perdidas. Varias de mi familia, que sin dudar devolví. Después también tenía más llamadas de mi pasado, que volví a obviar, pero me hicieron daño. Blanca lo notó sólo con mi mirada porque no dije palabra…

Cuánto más quieres que algo desaparezca, más daño te hace. Si no podías con ello has hecho bien en dejarlo.
Pero… –acerté a decir– ¿cómo sabes eso? Si aún no he podido decir nada; si ni siquiera he podido asimilarlo yo.
Shhhh. No digas nada. –Y entonces me besó.

Le seguí el beso. Y no dijimos nada de aquello, apagué el móvil y olvidé los recuerdos. Al menos lo intenté. Renacer. Y de nuevo, una ciudad-encuentro, un punto de origen para muchos. La ciudad más cercana de Santiago donde entregan la compostelana. Por lo tanto, otro buen lugar para comenzar. Para ser uno más. Sólo un peregrino, un peregrino solo en busca de darle un sentido a su vida. Y quizás lo estaba encontrando, o tal vez estaba yendo demasiado rápido. Shhhh.

Desde Sarria a Portomarín, y de éste a Palas de Rei. Dos días que pasaron muy rápido, aunque clarividentes. O eso pensé. No hubo comentarios sobre aquel beso, pero cada vez que la miraba a los ojos veía algo más. Un brillo especial. Una compenetración más allá de las palabras o de los amantes. No encendí más el móvil: no hacía falta. La relación había acabado antes de dar el primer paso, antes de sujetar por primera vez la mochila, de clavar el bordón en tierras castellanoleonesas y yo había renacido en aquella ciudad con un beso. Los problemas habían desaparecido, o al menos, se habían ocultado bajo la luz de unos labios. Todo un mundo de sombras empezaba a nacer en mi interior.

Llegamos a Melide, ciudad donde era imposible pasar sin probar el fantástico pulpo a la gallega de la pulpería Ezequiel. En el almuerzo, el grupo de Blanca, y entonces también el mío, sufrió una baja. Pero, con una sonrisa provocada por la felicidad que da el saber que has cumplido tu Camino, tu misión. Se quedó en el albergue de Melide a dormir, nosotros, por la tarde, avanzamos hasta Castañeda. Blanca y yo, dormimos en un pequeño albergue privado, el Albergue Santiago. Dormimos los dos en una habitación. Solos.

Y desde entonces mi camino, mi vida, mi cometido ha sido la constante búsqueda de esa palabra que explique, de esa metáfora que exprese, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de dar ese beso, ese primer beso que abra la puerta al resto. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada. Perdido en la inmensidad del océano que son sus ojos. Ahogado en lo eterno de lo efímero. Sin palabras que lo describan.

Hicimos el amor cuando su boca consiguió rescatarme del aguamarina de sus ojos.

El día siguiente, y tras ocultar nuestra historia, llegamos a Pedrouzo. En la noche, cuando todos dormían aprovechando que mi litera era la del suelo, y que cualquier ruido sería ocultado entre los ronquidos, abrí la puerta y salí a la calle. Encendí el móvil. Esperé. Saqué un cigarro. Lo encendí. Primera calada. Editor de mensajes. Segunda calada. Activar texto predictivo. Expulsar todo el humo. 5-6-0-7-4-3-6-8-6. Tercera calada. Enviar. Apagar el cigarro. Apagar el móvil. Volver a la cama. No lograr dormir.

El fin del viaje no pudo tener peor epitafio. Desde la Plaza del Obradoiro Santiago de Compostela era una ciudad gris, triste, y fea. Una ciudad gris forjada sobre las rocas de sus grandes monumentos, sobre la catedral que poco a poco iba dejando paso al musgo en las infinidades de sus torres. Triste porque la niebla era su segundo apellido, y ésta, en la noche, no dejaba ver aquel campo estrellado que rezaba en el primero. Y fea porque abandoné mi amor peregrino allí. Un amor insólito, romero y penitente. Herrado y errado.