Parando…

Basar mi felicidad en tu estado de ánimo es la mayor locura que he hecho nunca.

Pero mi risa está atada a ti, no quiero creer que te ame porque no siento que «eso» sea algo tan leve; pero sí te has tornado importante en mí, en mis días y mi mente. No sé cómo lo haces, pero sólo contigo logro olvidar al resto. Solo contigo puedo hacer desaparecer demonios.

Pero lejos de ti, o si te siento y veo mal todo vuelve a derrumbarse y no sé qué hacer.

Y se me pasa por la cabeza de nuevo grandes locuras que no me llevarán a ningún lado, porque vuelvo a sentirte prohibida, a creer (y saber) que este sentimiento es solo de una dirección, y temporal. No tengo nada que darte haga te quedes aquí, no puedo parar el tiempo por siempre pero sí soñar locuras y no llorar en la noche.

No llorar.

Girando…

Me desperté en medio de la noche. Aún tenía el sabor de tus besos en mis labios. Me asusté. Había tenido una pesadilla, un maldito secuestro que me alejaba de ti. Te abracé en la cama y cerré los ojos. Me susurraste: «no te asustes, pequeño». Me asusté aún más, pero ya no por el sueño, sino por el infinito amor que sentí en aquel momento, por el miedo a no ser capaz de entregarte todo lo que tú merecías… Y lloré, pero tú eso no llegaste a saberlo jamás: mezclé mis lágrimas con la humedad de mis besos en tu espalda y todo volvió a empezar entre los dos…

Yo apartaba tu pelo, y tú te dejabas hacer. Yo besaba tu espalda con una suavidad infinita, y tu cuerpecito se encogía y temblaba. Tú te girabas y me mirabas a los ojos. Me besabas, nos besábamos. Caricias que recorrían nuestro cuerpo. Música celeste al compás de la respiración, orquesta guiada con la batuta de los besos. Y volvimos a entregarnos al destino, a nuestra pasión.

Y recordé, una vez más, aquellas frases que había leído hace algún tiempo en alguna página del universo digital:
«Desde entonces mi vida ha sido la constante búsqueda de esa palabra, de esa metáfora, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de ese primer beso. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada».

Y, volví a sentirme frágil, pequeño, a igual que la primera persona que expresó aquel sentimiento, como la primera vez que nos besamos. Y me hubiera gustado encontrarme con él alguna vez, contarle que la poesía es magia, pero su búsqueda no tiene final. Hay cosas que nunca se pueden explicar. Esa sensación, ese instante mágico es simplemente eso: magia.

Y, esta vez sí que no pude evitar que me vieras llorar, y otra vez tu voz susurrándome «no te asustes, pequeñ. Y temblé como eso mismo, como un niño pequeño al entender que hasta los mejores trucos de magia tienen su fin. Que nuestra historia era una quimera que nos mantenía vivos, una pequeña esperanza que hacía nuestro mundo diferente: lo hacía girar.

Y, en aquella cama, tú, la chica, la persona que siempre había sido frágil a los ojos de los demás me sostenías la mano, la ponías encima de tu pecho y decías:
«Tal vez todo sea una quimera. Sé que nuestro amor es efímero, ¿acaso no crees que el miedo no me aterra? También lo hace, pero cuando siento mi corazón latir sé que lo hace por ti y por eso no me preocupo. Siéntelo tú también, estos latidos son los que importan ahora: olvida el resto».

Y nos volvimos a besar, sin importar lo que durara aquel sueño, el miedo no podía detener nuestro mundo: él seguiría girando. ¿Hasta cuándo? Sólo el sabor de tus besos en mis labios era la respuesta. Y eso me encantaba.

Mil y Una Noches

Él tenía dieciocho años recién cumplidos, en concreto aquel día. Para muchos, ya era un adulto, pero para sí mismo: un niño pequeño e inocente. Tanto, que jamás se había enamorado, nunca sintió el calor de un beso en sus labios. Su madre siempre lo había protegido en desmedida, y ese año dejaría atrás su viejo pueblo para irse a la capital a estudiar, el sueño de tantos chicos de pueblo, irse a la capital para conocer mundo. Desde hacía varios meses ya tenía el piso alquilado, esperándolo a él. La próxima semana sería su prueba de fuego: vivir sin su madre.El día siguiente a su cumpleaños fue con los padres a su nuevo hogar, y lo dejaron sólo en aquella inmensidad, pero poco importaba: mañana sería el gran día, empezaría su carrera más deseada, Psicología. Aquella noche no pegó ojo, extrañaba la cama, estaba nervioso, pero sobre todo: sentía que tal vez al día siguiente su madre no le despertaría con el “Buenos días, es hora de levantarse” que durante tantos años le había estado regalando.Pero, al despertar ni siquiera le dio tiempo pensar. Llegaría tarde a su primer día, sin embargo, llegó demasiado pronto. Con la certeza del que sabe que su autobús escapa, él corrió. Tanto es así que llego a la parada y ni siquiera estaba allí el autobús de la línea 17. Desesperado miró su móvil, y se dio cuenta de la hora que era, aún faltaban algunos minutos para verlo aparecer por el horizonte de aquella calle. Se había estudiado el horario días antes. Montó en él, y durante todo el trayecto no miró a nadie tan sólo estaba absorto en sus pensamientos.

El camino para ser su primera vez lo hizo de una forma muy mecánica, y hasta que se sentó en su silla, al lado de la puerta ni siquiera se inmutó que había entrado en la facultad, y mucho menos que estaba esperando a que llegase el profesor con la mirada perdida en el pasillo. En él, entre la multitud una chica se cruzó con su mirada, de la boca de aquella chica salió un hola y de sus ojos una sonrisa. Él, un poco aturdido se los devolvió. Era alta, con el pelo castaño, no demasiado largo, ni demasiado corto, si pudiera llamarse ese estilo como normal, sería normal; tan normal que lo llevaba unos centímetros por debajo de los hombros. Tras aquel saludo, sin un motivo aparente, la chica desapareció y llegó el profesor a su primer día de realidad psicológica, quizás eso le serviría pues, en aquel momento estaba echo un mar de dudas.

Cuando acabaron todas aquellas horas, que en el fondo le parecieron infernales, salió de la facultad. En todo el día sólo habló con aquella chica que, posiblemente, no vería más. Aunque, el destino jugaba a su favor y la volvió a ver en la parada de autobús. Sin ser aún consciente era la tercera vez que se cruzaban miradas, y la segunda que lo hacían con palabras. Ella se bajó una parada antes que él, pero esta vez no se despidió, es más, ni siquiera se cruzaron miradas al salir… ya habría tiempo de eso, ya habría tiempo.

Pasaron casi tres años, mil días, y mil noches. Y él cada vez estaba más acostumbrado a la capital, cada día de esos, algo menos de, tres años la había hecho un poco más suya, y cada vez se sentía menos pueblerino. Mas seguía sin perder esa inocencia con la que llegó, seguía sin conocer el sabor de unos labios, o el cosquilleo de dos lenguas unidas. Seguía sin conocer el amor, y sin saber aún que se encontró tres veces con aquella mirada que lo persiguió durante tanto tiempo buscando, tener algo más de un saludo.

Y fue en la noche mil y una, cuando salieron de la facultad en aquella parada de bus dónde él se sinceró con ella, dónde ella se sorprendió y cambió todo para los dos. Él se lo dijo todo, tras el “hola” y la sonrisa, le dijo que nunca había besado a una chica, que nunca había estado enamorado de nadie, y que sólo ella con su sonrisa había conseguido robarle el corazón y los sentimientos, que se moría por probar sus labios, rozar sus bocas y sentirlo todo por primera vez con la magia de dos amantes enamorados. Y, ella accedió, y se besaron, por fin sus sueños se hicieron realidad. En aquella noche mágica, aquella noche de amor…

Desde entonces, a aquel beso siguieron muchas más palabras que los primeros “holas”, muchas más palabras que esa declaración inocente y, tal vez, descuidada. Desde aquel día empezó su nueva vida y su relación, para él la primera, para ella, nunca lo sabremos, pero sí sabremos que marcó una diferencia en su forma de ver la vida: la inocencia de él pasó a través de ella, para quedarse un poco dentro de sí, para estar aún más unidos.