Te Mentiría

Minnewater 26.08.2019

Te mentiría si dijera que ha sido fácil ocultarlo tanto tiempo,
O si dijera que no he tenido miedo desde el primer día.

Te sorprendería saber las veces que recuerdo aquella tarde,
O cuando diseñamos el primer plano de nuestro hogar.

Te encantaría saber lo feliz que me haces al amanecer juntos,
O lo que siento cada vez que nos besamos en los labios.

Desearías verte la cara al saber la pregunta que viene a continuación,
Porque, al final todo esto, sólo era una treta para preguntarte,

Susana, ¿quieres casarte conmigo?

El Collar de La Soledad

Ella cerró los ojos un momento, y mientras le seguía se dijo:
«Si he de llorar, que mis lágrimas sean por lo que he hecho,
y no porque haya perdido la oportunidad de hacerlo”.

En La Oscuridad de La Noche

Con sólo una palabra de tus labios te habría besado,
Si sólo hubieses sido capaz de entender mi mirada
Te habría amado bajo el manto de las estrellas,
Si sólo hubiese sido capaz de hablarte con mis ojos
Habríamos sido dos cuerpos unidos en un solo sentimiento.

Jamás llegué a sentir esa fuerza en mi interior,
Y sé que no la volveré a vivir: nada será igual después de ti.
Fuego por dentro, pasión desgarradora y movimientos de mimo:
Tocarte sólo con la mirada, moverme suave sin agitar el aire,
Flotar sobre tu olor sin estar a tu lado, sin saber distinguirlo.

Y ahora, ha pasado tanto tiempo que no entiendo
Cómo puedo echarte de menos si nunca te tuve.
No entiendo cómo se puede amar a un fantasma que no existió.
Los errores que se representan cada noche en mi cama,
Me narran todo lo que no fue, lo que nunca será…

Y aunque duerma con ellos, me levanto solo, sin ti.

Las sábanas no son ese escudo que de pequeños creímos,
No nos protegen de todo el dolor, ni de todos los miedos…
Los fallos nos dejan solos, ni quiera ellos nos acompañan.
Como aquel atardecer que de no haber existido aún sería feliz.

Y sin embargo, sigo sin entenderlo, sigo sin entender
Cómo a pesar de creer tenerlo todo me sigues faltando tú.
Sigo sin comprender cómo aquella felicidad que pudo ser plena no lo fue.
Dejé que tú lo hicieras todo, sabiendo que así tal vez
El sueño jamás llegaría a existir, y el Collar de la Soledad
Sería mi nueva realidad.

Escribo

Y al final supongo que era verdad aquello de que sólo escribo cuando estoy mal era cierto, ya ni escribo.

T’estimo, por Mireia Muñoz

Tu, que em toques dolçament
Entre carícies de seda…
Somrius, regalant-me
Tonelades d’amor…
Inicies a foc lent, un camí
Màgic, intrèpid, aventurer…
Obrint portes cap el meu cor.

{Mire, la fadeta}


Tú, que me tocas dulcemente
Entre caricias de seda…
Sonríes, regalándome
Toneladas de amor…
Inicias a fuego lento, un camino
Mágico, intrépido, aventurero…
Abriendo puertas hasta mi corazón.

Maktub

No sé muy bien por qué, pero de repente dije: “Estamos en este mundo sólo una vez”.
“Estamos aquí ahora”, dijo Verónica, como si pensara que era importante recordarlo.
{Jostein Gaarder; La joven de las naranjas}

Familia al completo en el Albergue de Miño.

Hace ya bastantes semanas regresé, otra vez, del Camino de Santiago, esta vez el itinerario elegido fue el Camino Inglés, poco más de 120 kilómetros desde Ferrol hasta Santiago. Fui solo, como siempre, y a pesar de ser la cuarta vez estaba aterrado, tenía miedo a lo que me podría encontrar. Pánico a lo que me depararía, o más bien de lo que no se me depararía: quizás poca gente, tal vez más duro de lo esperado, igual no podría desconectar tanto como necesitaba, o no encontraría nada ni nadie.

Las primeras etapas del Camino eran bastante cortas, al menos en la guía. La primera me llevó hasta Neda, llegué sobre las 11:30; fue un día raro, del que, ahora mismo, recuerdo dos cosas: la mirada de un gato y un pequeño texto que escribí a una chica; y por otro lado, el horóscopo de la revista Cuore (que llevaban otros peregrinos) para Virgo diciendo que conocería a alguien especial y no se equivocó…

Y todo por meterme en una conversación trivial entre dos chicas valencianas y dos peregrinos catalanes (de los que nos separaríamos y volveríamos a encontrarlos muy cerca de Santiago cuando todo había cambiado para todos). Y sin ser invitado a ella me dijeron que me parecía a Dani Rovira y si era primo de Pablo Alborán –como todos los malagueños–, por supuesto hubo tiempo para echarme más años de los que tengo. Tras aquellas bromas y la desilusión de saber que no, no soy primo de Pablo nos tomamos unas cañas, cenamos un bocata hecho a navaja con biofrutas, y nos acostamos pronto. Éramos peregrinos, el día comenzaría temprano, sobre las siete.

Pero antes de dormir, mientras pagábamos al hospitalero, nos presentamos. Recuerdo que una de ellas, para que las diferenciáramos, se presentó diciendo: “Rosa, como mi manchita rosa”. La otra chica, rubia y con una voluntad de hierro, Silvia. Y ellos, Juan Carlos y Francisco.

El día siguiente comenzó el verdadero camino, las risas, los desvíos por polígonos de Estrella Galicia, y las fotos en las cuestas para descansar y respirar… anduvimos no sé cuántos kilómetros, nos saltamos el albergue de Pontedeume porque como buen experto peregrino me lo pasé y no vi las flechas ni las conchas y como nos encontrábamos fuertes –unos más que otros– y con mucha voluntad –unas más que otros– continuamos hasta Miño, dejando atrás a los peregrinos catalanes. Por el camino nos encontramos a un voluntario del albergue que comentó que nos quedaba poco y nos dio ánimos a continuar. Llegamos sobre la hora del almuerzo y se asombró un poco al vernos allí. De hecho, a Rosa y a mí nos preguntó por nuestra hija: Silvia. Muchas veces me han echado más edad de la que tengo, pero nunca me habían hecho padre, y a Rosa y Silvia supongo que madre e hija tampoco.

Aquella tarde y aquella noche (con cena comunal incluida) fuimos intimando y conociéndonos más, contando parte de nuestras vidas, tonteando y compartiendo confidencias, o vacilando de gemelos y dando un beso de buenas noches antes de que todo el mundo volviese. Supongo que aquí fue empezando todo, aquel día empecé a adaptar mi papel e intentar cuidarlas y enseñarles todo lo que sabía del camino, de la magia lo inunda. Y, sobre todo comencé a comprender que yo también debía aprender de ellas: a ser más lanzado, a luchar por lo que quiero, a no tener miedo a los cambios, a llorar de rabia si hace falta y coger más fuerzas, a saltar al vacío… en definitiva a VIVIR y zacá el zaco al zó pa que ze zeque.

Al día siguiente, miércoles, la escala fue en Presedo: punto de inflexión, día de cambios.
El albergue estaba al lado de un cementerio en una calle donde no había nada más, y en la aldea tampoco. La comida se pidió a un restaurante a cuatro o cinco kilómetros, y allí compartimos mesa e historias con cordobeses y un madrileño-gallego, y taxi mediante cañas en el pueblo al caer la noche.

Aquel día fue una de las pocas veces que he llegado a un albergue y no he encontrado sitio (estábamos casi todos los de las noches anteriores y el nuevo grupo). Lo único que sabía era que no quería irme de allí, no quería separarme de ellas. Las chiquitas me propusieron dormir las dos juntas en una cama pero era una locura y no descansarían, la hospitalera tendría colchones o algo… pero de allí no nos movíamos y no iban a compartir por mí después de tanto andar. Al final, cuando pagamos, haciendo el recuento sobraba una cama aunque siempre podría haber dormido en una colchoneta junto a Pedro, otro peregrino bastante peculiar de madre gallega, padre ruso y que trabajaba en Estados Unidos.

También fue en Presedo donde por primera vez en el viaje dediqué mayor tiempo del necesario a los fantasmas que se quedaron en la costa cuando debí prestar atención a los que allí estaban, y erré porque una cosa es saber lo que has de aprender y otra muy distinta es poner en práctica la lección: ojalá todo fuera tan fácil como hacer un buen nudo y tensar la cuerda.

A partir del día siguiente las cosas siguieron cambiando… el jueves tenía un regusto extraño, supongo el dolor iba creciendo en todos y por primera en vez en cuatro años abandonaba el Camino por una lesión de una comperegrina, de una parte de mi viaje. Y aunque algunos no lo entiendan, ellas iban juntas y yo solo, en aquel momento –y siempre– prima más el ayudar y compartir que el simple hecho de llegar andando, porque ya “éramos”, ya “íbamos”. Yo ya había estado otras veces en la ciudad de las estrellas, había llegado hasta ella andando y tenía dolores en el tobillo, perdía fuerzas y el cansancio comenzaba a ganar la partida. Lo que en un principio iba a ser algo simple y sencillo se me estaba complicando, el cambio de planes no me vino tan mal.

Saltamos la etapa de Hospital de Bruma para dormir, ambulatorio y taxi mediante, dos noches en Sigüeiro en un albergue turístico, con una dueña un poco especial a la que la televisión gallega entrevistó poco después de lavarse el pelo tras el tratamiento con aceite de argán. Pero todo hay que decirlo: descansar abrazado sobre un colchón “viscolástico” y compartir confidencias en él, o sentado en el suelo de hormigón antes de que empiece o cuando escampa el chove miudiño hace que todo tome otro color aunque sigas teniendo la rodilla vendada, aunque sigas dándole vueltas a los errores (con el tiempo y la distancia es más fácil), porque, quillo, con una Estrella Galicia todo tiene otro color. Y ya el dormir en un colchón “Reford”, como el actor, lo vuelve a empeorar todo por mucho que lo anuncien como bueno, pero reencontrarte con peregrinos se agradece y compensa una mala noche con los riñones en el sueño –siempre mejor uno mal que tres–.

Finalmente, los dos últimos días de mi viaje los pasamos en Santiago, volviendo a reencontrarnos con peregrinos que nos acompañaron en el Camino, y como siempre acaba ocurriendo en los sueños: con el despertar. A veces no basta con una pequeña cena a oscuras en el jardín del albergue, ni con el cuadre de los días restantes para las niñas, ni siquiera con orujos y wiskis o ginebras, tampoco con un cigarro de liar fumado a modo de despedida, no basta con un abrazo… Las echo de menos. Echo de menos aquellos días, la fuerza de voluntad, los mi arma, el enseñarme refranes en valenciano, la mochila de hora de aventuras, la complicidad, las risas, y su manchita…

…quizás nos volvamos a encontrar, quizás no todo está escrito,
perquè plou poc però per a lo poc que plou, plou prou.

Secreto

¿El secreto de mi felicidad, de mi sonrisa? –dijo– Es más sencillo, y a la vez complicado, de lo que crees… El secreto está en no pensar, el resto depende de ti.

Cuando No Queda Nada

Dejé atrás todos mis sueños, jamás seguí mis instintos, estaba seguro que no me llevarían a ningún sitio: ¿Por qué caminar en busca de tus sueños si corres el riesgo de no alcanzarlos nunca? Esa fue la pregunta que me acompañó durante todos los días de mi vida y jamás le di una respuesta que me llevara a luchar por ellos. Era mejor guiarme por los deseos más oscuros y conseguir subir a la cima en solitario sin sueños, ni acompañantes.

Y ahora desde aquí observo mi vida, mis recuerdos, mis temores y mis fallos. Sí, es cierto lo que dicen: todo es como una película en la que el protagonista eres tú. ¿Y sabes que es lo más triste? ¿Sabes que he descubierto? Que fui como aquel califa cordobés, Abd al-Rahman III al-Nasir, que a lo largo de su reinado de cincuenta años tan sólo conoció catorce días de felicidad. Más de 18.000 días vividos y menos de medio mes de alegría.

Me siento tan raro. Observo todos mis movimientos, veo los errores e intento remediarlos, me aconsejo, me grito… pero sé que es inútil, ahora es tarde. Ya no queda nada por lo que luchar, ni nada que perder: todo se quedó atrás, todo lo dejé abajo. Quién quiera que dijese que nunca es tarde mintió, ya es tarde, siempre lo fue para mí. Ahora empiezo a entenderlo todo, y ahora que soy consciente ¿de qué me sirve? No puedo hacer nada, ni siquiera llorar, no quedan lágrimas que derramar. Todas se quedaron allí abajo en los ojos de los demás, nunca en los míos.

Me veo con veinte años, era todo lo que un hombre de esa edad desearía tener, pero aún así yo no tenía nada y no sentía nada. Por dentro mi vida estaba vacía: mi familia rota y yo estaba solo, sin nadie a mi lado. Y nunca la tendría ya que jamás luché por un amor. En aquellos tiempos me había enamorado de una mujer de treinta y tantos años, me habían cautivado sus ojos y su pelo pero la dejé escapar igual que ella dejaba escapar mis sonrisas.

Es en estos momentos cuando no queda nada cuando lo quiero todo, hasta decirle a aquella mujer de que la amaba, y que daría mi vida por estar a su lado. Pero, veo como en aquel momento preferí jugar a su juego de miradas esquivas y perderme por siempre de su vida. Desaparecer para siempre en la oscuridad que reporta la soledad, creyendo que tal vez así sería más feliz. Jamás acepté que podría dañarme la penumbra, siempre me sentí tan cobijado en ella. Cuán equivocado estaba.

Ahora sé que mi vida fue fruto de los siete pecados capitales: la ira y la envidia nunca me dejaron ser feliz; la lujuria y la gula destruyeron mi alma; la avaricia y la soberbia nunca me dieron lo suficiente; y la pereza acompañada del resto siempre me impidió luchar por los pocos sueños que me iban quedando. Pero todo eso ahora es muy fácil de ver e imposible de remediar. Ahora dispongo de toda la eternidad para recrearme en mis pocas virtudes y destruirme una vez más en mis errores, en los fallos que no deseaba ver. En aquellas noches de lujuria desenfrenada en las que creí ser feliz con prostitutas, dónde sólo importaba la lujuria para poseerlas, la avaricia de ser más que nadie, y la soberbia de creerme el mejor.

Sin embargo si hubiera encontrado el valor para mirar en mi alma hubiera descubierto que estaba vacía, tanto como mi vida. Me veo y me repugno al recordar cómo uno a uno fui pisoteando a todas las personas que se interpusieron en mi camino hacia la gloria, hacia el ascenso. Los humillé igual que desprecié a todos aquellos que intentaron ayudarme a ser mejor persona. Siento que nunca tuve un ápice de humanidad, ni creí necesitarla. Se me hacía tan fácil ascender solo que jamás pensé en hacerlo acompañado. Cegado por el poder mi único sueño, o eso creía, era subir más y más alto. Tan alto que todos supieran de mi nombre, de mi fama, de mis empresas… y ahora aquí ¿de qué me sirve un nombre?, ¿de qué me sirve un pasado?, ¿de qué me sirve el haberme creído un Dios cuando la felicidad nunca estuvo en mi vida?

Siento que fui como el sultán del sufí: a pesar de poseer dinero, poder y posición social, tenía dos esclavos: la avaricia y la ira, que hacían moverme de forma ruin. Sin embargo, aquel sultán se arrodilló ante un derviche harapiento, algo que yo jamás hice ante nadie. Ninguna vez me di por satisfecho, nunca acepté un no por respuesta de alguien más bajo que yo, y de personas más altas, muy pocas veces también. Pero lo perdí todo y todos aquellos que trabajaban para mí, todos los que me rodeaban me dieron la espalda: a mí que lo tuve todo y fui su señor. Aquello me enfureció aún más y sólo acabó por desprestigiar más mi caída y adelantar mi muerte. Hoy, al fin, soy consciente: nunca tuve la razón y mucho menos merecí una mano amiga.

Ahora por fin sé cuáles fueron mis catorce días de felicidad: trece de ellos fueron en mi infancia cuando aún era un alma pura y no estaba corrompida, cuando no tenía la edad suficiente para comprender lo que pasaba. Fueron doce años los que viví con mis padres, en los siete últimos empecé a ser consciente de la realidad de mi familia. Casi todas las noches escuchaba sollozos de mi madre o los gritos de mi padre. Mi padre obligaba a mi madre a prostituirse para pagar los gastos de la familia, y si ella no quería le pegaba hasta hacerla cambiar de idea. Yo jamás me enfrenté a mi padre, no encontraba el valor suficiente. Fue una noche en una discusión cuando a mi padre se le fue la mano y mató a mi madre, luego él se suicidó. Y yo quedé solo para el resto de mi vida.

Tras sus muertes quedé desamparado. Mi familia, o la que yo pensaba mi familia, me dio la espalda y me mandó a vivir a las calles de aquella fría ciudad, a los barrios bajos y fríos de aquel suburbio. Desde entonces y hasta mi muerte no hubo mayor felicidad que la contaminada por el alcohol, los vicios, las drogas, y los pecados.

El último día feliz de mi vida fue el último día de mi vida: cuando fui consciente de que todo acabaría. Y el día más triste, si tuviera que elegir sólo uno fue descubrir que estaba solo: que todos me odiaban como al mismísimo Belcebú.

El día de mi muerte empezaba a ser consciente de todos los errores, por eso cuando llegó la hora de la cita y vi acercarse la muerte con paso lento pero certero no intenté huir, ni pedí una segunda oportunidad, simplemente sonreí y fui feliz. Siempre he sido conocedor de mis errores pero jamás intenté remediarlos, ni siquiera evitarlos. Esa era la única forma que tenía de actuar vicio tras vicio, error tras error. Ahora para el resto de la eternidad sólo queda descansar y buscar a la dueña de las miradas esquivas para, ahora sí, luchar por pasar el tiempo junto a ella.

Mañana

–Lo único que te pido es que mañana, al recordarme, sonrías.

Él lo sabía muy bien, la realidad siempre nos supera y a veces lo único que se puede pedir a alguien es que te recuerde e incluso eso demasiado. Pero él lo intentaba siempre, intentaba hacerle feliz, evadirla de los problemas, sorprenderla… tratarla como algo más de lo que eran porque así tal vez, solo tal vez, mañana al recordarle, sonreiría.