Marketing

Entiéndelo bien –me dijo– todo lo que ves fuera es marketing: todo. Y tenía razón, jamás lo había pensado así hasta que escuché sus palabras; es cierto, todos intentamos vender un producto. Precio, promoción y plaza complementan la ecuación.

Mira a tu alrededor. Haz un esfuerzo. Cualquier persona que veas, lleva su propia máscara y de ti depende, solo de ti, ser capaz de mirar más allá de ella y descubrir sus verdaderas intenciones, y entonces sí, entonces comprar o rechazar. Porque nada es lo que ves. La vida –prosiguió– consiste en hacerte siempre el fuerte, da igual a quien arrastres en tu camino. Vivimos con una máscara bajo la cual ocultamos nuestros sentimientos y los problemas. No vales nada si no tienes una vida de ensueño: si te falta el dinero a fin de mes, si no ligas cada noche con alguien distinto, si cenas en casa en vez de en los mejores restaurantes.

Yo no fui consciente hasta aquellos momentos, sí es cierto que me había fijado en el alarde de los “trofeos de caza”, pero no tanto como un producto a vender. Siempre había pensado que la gente se movía por otros instintos, que intentaban crecer y ayudarse mutuamente. Me equivoqué. Y una vez más volvía a descubrir que la Economía está mucho más presente en mi vida de lo que pensaba: todo está relacionado y nadie es lo que aparenta ser. Claro que intentan crecer, cazar y conseguir presas, pero sin ayuda a los demás y sí con su ayuda. Porque, al menor descuido, descubres que bajo la suave piel del cordero se esconde el lobo más atroz.

Sé que si hubiese dependido de mí nunca habría sido capaz de adivinar todo aquello. Ella solo intentaba protegerme de la propia inocencia, «juventud divino tesoro«. El problema estaba en que ni ya era joven, ni mi cuerpo era un tesoro. Siempre me entregué al máximo (o eso pensaba), siempre quise autoconvencerme que recibía lo correcto (o eso quería imaginar), pero sobretodo jamás supe analizar a la gente (estaba seguro de ello por mucho que me aferrase en mirar a los ojos, en fijarme en los gestos), nunca fui capaz de ver más allá de las máscaras. Corderos… eso es lo que he visto siempre, nunca lobos que muerden…

Y no es hasta que alguien más sabio que tú, alguien en quien crees confiar, te habla de las máscaras (y tú solo piensas en quimeras), y ves que tal vez tenga razón. Para ti aquello solo era algo residual, tonterías de niños pequeños, algo que a ti no te tocaba del mismo modo… días malos que, con toda tu buena intención, intentabas arreglar con consejos de libros de autoayuda que ni tú mismo te aplicabas. Pero el problema nunca es tan superficial, hay que entrar más al detalle, investigar las cuatro “P” y darte cuenta que vivimos en un mundo de falsedad.

Aquel que te da su mano hoy, mañana te la morderá. El instinto del lobo no cambia por mucho tiempo que lleve la piel. Solo es algo coyuntural por lo que hoy está a tu lado, una gestión para crecer, venderte un producto -cualquiera- al mejor precio, mostrártelo deseable con su mejor publicidad y en una plaza cualquiera.

Pero también depende de ti la forma de decir que no quieres ese producto. Ningún vendedor acepta un cambio en la demanda del consumidor mientras su oferta, aparente, se mantenga igual. Has de tener mucho cuidado –volvió a decir–, sobre todo con las máscaras… porque, acaso tú, ¿no llevas siempre una máscara?

Expectativas

Supongo que si hay algo que nunca aprenderé es a no hacerme ilusiones, sólo soy un niño pequeño que vuelve a caer en las mismas trampas. Alguien tan ingenuo que cuando le prometen mil veces que el imposible sí se harán realidad cae por muchas dudas que tuviera en su corazón; pero esas promesas que consiguen lapidar mis dudas nunca suceden. Y siempre sobreviene en el peor momento, cuando ya he repasado mil y una vez las cosas que haría (haríamos), e incluso las que diría. Y desoyendo a mis presentimientos sigo aferrado al sueño, una vez más, hasta que de repente la burbuja explota y me deja sin nada como al principio…

Recuerdo mi época de estudiante, en una de las asignaturas el profesor comenzó a hablar sobre las expectativas que se formaban los agentes económicos y en base a ellas había dos formas para enfrentarse al futuro. O eso es lo que quiere recordar mi ya desgastada memoria, porque a aquellas teorías nunca llegué a prestarle demasiada atención. La primera de ellas serían las expectativas racionales que decían que los agentes iban aprendiendo de sus errores del pasado y por tanto, poco a poco, sus expectativas se acercaban más a la realidad. Y, por otro lado, las adaptativas, que en función de lo ocurrido en el pasado predecirían lo que pasaría en el futuro: si antes fue mal esperarían a que el futuro también fuese mal.

Ahora ha pasado el tiempo, he tenido las oportunidades necesarias para hacer previsiones y formarme expectativas sobre lo que ocurrirá, me han hecho demasiadas promesas que no salieron tal y como se prometieron. Por eso creo que dentro de esa teoría macroeconómica no se me recoge: sigo cayendo en palabras que desde un principio sé no se cumplirán pero me aferro al sueño. No logro aprender de mis errores y siempre, sistemáticamente, vuelvo a caer en los mismos, vuelvo a equivocarme. Si fuesen adaptativas sabría que si en el pasado salió mal ahora también puede salir mal. E incluso con las racionales, habría ido aprendiendo de mis experiencias pasadas, de todos los errores y en este tiempo habría logrado comprender que las cosas nunca son como se imaginan, que la macroeconomía no se puede aplicar a la vida real, a esta hay que aplicar la Ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Nada más.

Aunque, realmente, yo también había prometido cosas que no pude cumplir. Lo recuerdo muy bien, fue durante un almuerzo, aquella promesa –que ni pensé ni cumplí– estaba contrapuesta a otra que había hecho antes –que sí había sido pensada, pero, como las que recibía, no había sido demandada–. Daba igual: ambas me dañarían igualmente. Imaginaba que prometer aquello me acercaría más al objetivo e intentando protegerme del dolor, del miedo y de las lágrimas lo hice… Nada sirvió de nada, porque volvieron las lágrimas y el dolor: la burbuja explotada y el quedarme sin nada.

No obstante, tal vez, a pesar de todo puede ser que sí haya aprendido algo de los errores: las cosas nunca suceden como quieres que sucedan por muchas promesas que haya y quizá todo estuviese dispuesto de un principio. Las promesas sólo estaban ahí para no dañar con imposibles, pero desde este lado todo parece demasiado cruel, dejarte soñar para caer a la tierra… pero… ¿y por qué no? Las casualidades no existen por mucho que quieran hacernos creer esa idea desde fuera. Todo tiene un motivo, una razón, un porqué.

Libre

Tanto tiempo a tu lado, tantas tierras visitadas
Hacías que ser libre pareciera tan fácil… que te creí.
Mas ahora la libertad son sólo unos barrotes,
Ni siquiera de oro o plata, sólo son vil realidad:
Jaula ínfima y angosta iluminada por una pantalla.
Me enseñaste a volar, y me sentí como en un sueño,
Tan alto, tan veloz y tan ágil que no pude recordar
La corbata, que cada mañana, aprieta mi cuello.
Quizás nos equivocamos, quizás lo hice todo mal,
Tal vez no estuvo bien arriesgar, tal vez no debí soñar.
La chaqueta, en cada visita, apresa mi alma más.
La poesía sólo fue un sueño abandonado por la economía.
Con Ella no podría vivir, la segunda plato caliente aseguró
mas… no sólo de pan vive el hombre: también necesita libros.