Fisterre (I de III)

¿Por qué hice el Camino? Supongo que esa es la pregunta que sigo haciéndome. ¿Por qué elegí empezar en Astorga? Ésa es fácil. Necesitaba un sitio para empezar de cero, donde poder unirme a más desconocidos, y en aquella ciudad leonesa no habría problemas: sería uno más. Sólo un peregrino en busca de darle sentido a su vida.Tal y como leería el día siguiente en una iglesia a la salida de aquella preciosa ciudad, lo importante no es la meta; sino, el encuentro con el monte, con el río, con el rumbo que has perdido… con el mismo Dios quizás.

En aquella ciudad leonesa empecé a encontrar el verdadero sentido de mi vida. Dormí en el Albergue de peregrinos Siervas de María, y en la habitación pude notar cierta camaradería entre los peregrinos, lo que me hizo pensar que se habían conocido en otras etapas previas del Camino. Con el pasar de los días descubrí que ello no tenía por qué ser así. El Camino une y enseña. Sobretodo enseña a quien es capaz de mirar con buenos ojos, a quien es capaz de aprender de algo tan vivo como el sentimiento de miles de peregrinos en busca de ese encuentro, persiguiendo el rumbo de sus vidas.

A partir de aquella mañana, cuando dejé Astorga, conocí a mucha gente. Con unos intimé. Con otros sólo fue el buen camino. Y con algunos hablé en los finales de etapas. Sin embargo, centrándome en el primer grupo de peregrinos, podía decir que fueron dos mujeres las que más marcaron mi Camino por distintas razones, por ámbitos diferentes. La primera de ellas la conocí en Villafranca del Bierzo, un pequeño pueblo al que llegaría días después; a la otra en Negreira, ya pasada la triste y gris ciudad de Santiago, donde muchos acabaron su viaje.

Mi primer día fue diferente. Distinto de lo que había esperado en un principio. Peculiar, por decirlo de algún modo. Fueron 26 kilómetros –o eso decía la guía– los que separaban la ciudad de la aldea de Foncebadón. Sin embargo, la subida hasta aquel pueblo desolado por el tiempo y malsufrido por los que allí vivían hizo que aquel camino y aquella soledad psíquica no me dejaran reflexionar sobre lo que había dejado atrás. Sobre la relación que murió poco antes de salir, pero hospitalizada durante meses.

Pensaba, ingenuo de mí, que el Camino en una sola etapa sería capaz de darme todo lo que yo no había conseguido en más de catorce meses: clarividencia. Claridad para ver qué hacer con mi relación, ver en qué me había equivocado, qué no había sido capaz de entregar. Sensatez para entender si debía pedir una segunda oportunidad. Respuestas es lo que buscaba. Pero lo único que encontré aquel día fueron montañas empinadas. No hubo tiempo para nada. Ni siquiera para recriminarle nada, ni tampoco a mí.

Aquella noche hablé poco con los peregrinos, me acosté pronto. Estaba demasiado cansado, pero sólo físicamente. A la mañana siguiente no tuve nada que dejar en la Cruz del Ferro como habían hecho, y estaban haciendo, tantos peregrinos. Yo sólo llegué hasta Ponferrada, y almorcé en un pequeño bar retirado de lo que era el Camino con un par de peregrinos que conocí en el sótano de la habitación. En el mismo albergue donde vi por primera vez a Blanca.

Aquel bar, era la típica tasca de pueblo. Pequeña, oscura, con poca gente y, sobretodo, peculiar. Muy peculiar. Demasiado peculiar. Estrambótica. Con un mapa en la pared tan mágico que hasta la leyenda rezaba: “Todos los animales son iguales, pero unos más que otros”. Una estructura que debías interpretar, ya que carecía de los espacios y señas a los que estamos acostumbrados. Según me explicaron, aquello era un mapamundi: un águila imperial con el símbolo de un elemento químico en el pico, que ahora no recuerdo, representaba a América. El punto del mapa que correspondería a Europa sólo tenía la iconografía de la bomba atómica, de la explosión. África, sí era un mapa físico con un agujero. Europa y África habían sucumbido al hambre y a la guerra, Asia, o el punto que correspondería a China y Japón, era la energía nuclear, el átomo rodeado de los iones. Según el mapa, y la interpretación que había logrado descifrar, los asiáticos arrasarían el resto del mundo. Se olvidaba de oriente medio.

Mientras estábamos comiendo recibí una llamada de mi pasado, de la chica que había dejado atrás, y me sentí como Europa, una vieja furcia de la que no quedaba nada. Maltratada por todo lo que tenía alrededor. Y en ese momento entendí, que el Camino es para desconectar. Apagué el móvil. Sólo lo encendía cuando reservaba algún albergue.

Era mi segundo día y ya había cambiado todo.

Jugando a ser Dios

En su habitación tecleaba insaciablemente las teclas de su viejo ordenador, y en la pantalla aquellas letras iban contando la historia de alguien. Esa persona que nunca existió. Ésa que nunca respiro más allá de un soplo de tinta virtual. Aquella que jamás le amó. Aquella que sólo tenía la conciencia que otro Ser había dispuesto para ella. Pero sin embargo su único amigo, su vía de escape, su forma de volar.En la soledad del día, cuando el resto de las personas trabajaban él vivía esa historia, se convertía en su propio protagonista: respiraba, adquiría conciencia. Amaba; le amaban.Aquel personaje era su único amigo, y a la vez su alter ego pero en el fondo alguien que no existía. Desde las paredes de tu habitación, con sólo una tenue luz en el techo, y la claridad de la pantalla de tu ordenador no puedes vivir demasiadas aventuras, pero sí hay personas que pueden vivir por ti, puedes otorgarle tus sueños, tus metas, hacer que luchen por lo que tú no eres capaz, o entregarse al amor que tú dejaste escapar.

En los últimos años apenas había vivido su vida, se había centrado en otros mundos: los literarios. Tanto propios, como de otros grandes autores consagrados y otros aún desconocidos. Pero era allí donde se sentía Dios. Había crecido entre libros, y siempre disfrutó con la narrativa, con el poder que tienen los autores sobre sus creaciones. Autores que, a veces, resultan demasiado benévolos con sus personajes, autores que les hacen sufrir por amor, y otros que impiden nunca alcancen su objetivo, ése tesoro que buscan; incluso otros que sólo nos han de contar la historia de esos seres. ¿Por qué actúan como actúan? Por qué… Todos ellos eran Dioses de sus pequeños mundos, y él también quería sentir esa sensación.

Sin embargo, aquel juego se le había escapado de las manos.

Incluso ni Dios, de existir, puede ser omnipresente en todo el Universo; él sí quería serlo: omnipresente. Ése sería su adjetivo. Quería saber a cada instante lo que pensaban sus personajes, lo que pasaba por sus mentes. Qué harían cuando estaba durmiendo, o cuándo estaba escribiendo sobre otros personajes, ¿de verdad era dueño de su creación? ¿Y si no lo era? ¿Su personaje estaría de acuerdo con él? ¿Actuaría como el disponía? ¿Estaría motivado, sin sus dictados, para llegar a alcanzar sus fines?

Quería entregarle sus sueños a su creación, pero debía estar seguro que ella quería recibirlos. Y por eso se pasaba las horas en la habitación, escribiendo y borrando casi cada frase que escribía. El personaje debía sentir como él, pero no podía ser él. Tenían que luchar por las mismas metas, conseguir que todo aquello pareciera natural, pero tenía que ser artificial: sólo una salida para que a su creación no le diese tiempo a cambiar de idea.

A veces, incluso, se iba al principio de su trabajo, a las primeras páginas de aquella novela que estaba escribiendo sin descanso. Buscaba alguna coma, alguna palabra que no hubiese escrito él, que no recordara haber escrito y que cambiara por completo el rumbo de su historia. Siempre las encontraba. Esas palabras, esos signos de puntuación para él lo habían escrito sus personajes cuando estaba durmiendo, cuando no era el señor de ellos. Su desesperación iba en aumento. ¿Cómo iba a poder convencer a alguien de aquellos caminos que seguían sus personajes si ni él los comprendía? ¿Cómo convencerte que no era él pero a la vez sí lo era?