El Juego de lo Imposible

La suerte es estar en el lugar correcto en el momento adecuado; yo estaba en el punto incorrecto en el tiempo erróneo.

Desde el principio sabía todo aquello imposible: me puse una venda en los ojos. Doble función: no vislumbrarme con su belleza y no sufrir más por lo imposible. ¿Ser el amante de alguien? ¿Ser una vía de escape? ¿Saber esa persona nunca será mía, y aun así enamorarme? Todo eso podía pasarme a mí, simple mortal que había de soportar demasiados parches para, mí ya, maltrecho corazón y aun así seguía librando aquella batalla feroz, sin esperanza a ganar.

Sé que algo signifiqué –anhelo significar aún– para la dueña de mis besos prohibidos. Quizás yo sólo sea la chispa haga explotar esta reacción, pero no formaré parte de ella. Distintos elementos químicos que se mezclan y transmutan por el calor, mas en el resultado no entra el oxígeno que hizo convertirlos. Y cuando pasa el tiempo, ¿hay alguien recuerde la llama? Creo, ni ella misma: se consumió. Entonces, ¿mereció la pena? No lo sé. Sin ella -sin mí- nada habría sido, y esos reactivos no habrían podido reaccionar.

¿Quién soy yo? ¿Qué puedo pedirle? ¿A qué puedo aspirar? ¿Qué consigo al soñar? ¿Nadie. Nada. A caer. Dolor. No entendí por qué me dejaste volver a soñar…

Pienso en ella, y me hago daño al saberlo imposible: enamorarme de ella fue fácil. El problema estuvo en seguir adelante. Me repito mil veces no volver a caer en su juego. Ése que quiero creer lo hará sin maldad. Ése que sé tan bien las reglas que no debería dañarme. Pero no puedo pensar en otra cosa no sea ella. Me rompo por dentro. Necesito evitarlo, huir de este dolor que me produzco yo solo al caer una en una en todas las trampas del juego que nos alejan y acercan. ¿Que lo dejara todo por mí? ¿Qué, a pesar de nuestros besos fugitivos, algún día acabáramos juntos? Eso era más difícil. Esas cosas sólo suceden en las películas: la realidad duele.

Y entonces, ¿por qué sigo haciéndolo? No lo sé. No sé nada. ¿La venda? No sirvió. Ella sigue estando ahí, como el dolor. Mas es hablar con ella y dejo a un lado el dolor. Pero sé éste sólo retrocede a tomar fuerza: lo olvido y la veo a ella. Empiezo a vivir en la tangente de la realidad. Tangente que nunca será mi futuro, sino una evasión a su vida, un puñal desintencionado a la mía que me dice todo o nada. Alas y libertad a un sueño, a una realidad que ataca y me derrumba en los silencios, en los momentos no compartidos vividos con otro, el que la disfrutará.

Y duele tanto porque el amor es tan grande, que aún a pesar de disfrutar de sus besos me duele. Porque sé no disfrutaré siempre de ellos, es más, ni siquiera ahora puedo hacerlo cuando lo deseo: hay que escapar del reloj, de los ojos avizores que espían, de su amante… porque yo, sólo soy el amante. Por eso, he de dejar de insistir, he de dejar de hacerme daño: todo esto vivo ahora es maravilloso. Aunque no quiero vivir engrupido con algo nunca será: no quiero mentir a nadie: ni a ella, ni a él, ni a mí.

Sí, lo daría todo por intentarlo, por estar a su lado, pero somos tan distintos y es tan imposible que ¿de qué serviría? Al final sólo soy un punto de apoyo, quizás la chispa haga explotar esta reacción pero no parte de ella… la chispa que desea inmolarse en la combustión de su amor.

Mirar con el Alma

Muchos dicen que lo peor que les podría pasar sería quedarse ciegos, eso es porque no han sido ciegos de nacimiento como yo. Para alguien que ve, la oscuridad puede ser su mayor problema pero para alguien que jamás vio nada, lo peor que le puede pasar es enamorarse en silencio de una voz y no encontrar el valor para darle a conocer el dictado de tu corazón.Fui ciego desde que nací, ahora tengo treinta años y me gusta decir que mi vida es azul. Sí, sé que la gente que ve dice que su vida es gris cuando es triste o apática, pero para mí, ¿qué importa el color si jamás sabré diferenciarlos? Así al menos me hago el interesante. Cuando era pequeño, mis padres me llevaron a los mejores oculistas y oftalmólogos que podían permitirse para ver si recuperaba la vista, fueron muchas operaciones pero nada sirvió para ayudarme. Sigo sin ver colores.Hace unos años me hicieron la última operación, decían que en esa recuperaría la vista de una vez por todas, pues bien, aún estoy esperando recuperarla. He sido un fracaso para todos los médicos que me han operado, pero es que, conmigo, no se podía hacer nada. Siempre he estado acompañado de un perro guía y de un bastón. Sólo ellos y mis padres han estado a mi lado durante toda mi vida, no me ha hecho falta la ayuda de nadie más para sobrevivir el día a día. Ni siquiera otros chicos invidentes han estado a mi lado, no estuvieron cuando aprendí a leer braille en aquel colegio, incluso entre nosotros siempre ha existido competencia y maldad. No me ha importado nunca, yo no soy así: tengo una vida azul.Ahora al fin he encontrado un trabajo. Siempre estuve receloso a hacerlo de este modo, pensaba que podría conseguirlo todo solo pero me equivoqué. No, no soy un gran abogado, ni médico, como a las madres les gusta; ni siquiera trabajador de mono azul. No, soy vendedor de cupones de la ONCE en una esquina de mi ciudad. Fui a la sede de la capital y pedí ayuda, a los pocos meses me lo concedieron.

Trabajo solo. Y no, tampoco tengo miedo a que me roben o me timen, estoy encerrado en un pequeño puesto, mi fortaleza, y tengo la regla de que antes de dar el cupón, he de coger el dinero. Y si son billetes comprobarlo con una máquina especial si son verdaderos o falsos. Y cuando llega la hora de cerrar, viene mi padre a recogerme y ayudarme con la recaudación. Esa es mi rutina.

Tal vez alguien pueda pensar que es un trabajo aburrido y monótono, que sólo estoy aquí porque no puedo aspirar a más. La verdad es que se equivoca. He estado trabajando en otros lugares pero no me llenaban, he estado ayudando a otras personas invidentes como yo, pero llegué a corroborar la idea que tenía de pequeño, llegué a darme cuenta de que hasta en las personas con discapacidad intentan pisarse unas a otras. Sí, discapacitados, no me gusta eso de con capacidades especiales, porque no es cierto, somos discapacitados para algunas cosas, igual que muchos de los que os creéis mejores no podéis hacer otras que nosotros sí o la mayoría de los capacitados. Todos tenemos alguna restricción en nuestra vida, más clara o menos, pero la tenemos: todos somos discapacitados en algún momento. No todos pueden escribir poemas, por ejemplo. O ser astronautas.

Si finalmente estoy en este trabajo es porque me gusta, porque aquí sí puedo despegar mis alas, aquí puedo tornar mi vida en amarillo, darle algo más de color a mi vida azul. Ninguno de vosotros sabrá jamás qué se siente al enamorarse de una voz, como me ha pasado a mí. Sé que podréis pensar que os miento y sí podéis hacerlo por teléfono, pero os juro que el sentimiento no es el mismo, en vuestras vidas está la opción de que os conozcáis o podréis ponerle los ojos y la boca de vuestra ex pareja, la nariz de aquel actor que tanto os gusta… Yo sólo puedo imaginar su cara, su cuerpo con imágenes que nunca contemplé.

Es algo difícil de explicar lo sé, pero es amor. Y el amor no se explica.

Oigo su voz todos los días, la oigo pasar con sus compañeras de trabajo, porque ella trabaja en una gran empresa, en la planta séptima. Trabaja en el departamento de recursos humanos, su pelo es castaño y su mirada azul como el cielo, su piel blanca. Sus labios son rojos como el fuego del infierno. Y su cuerpo está perfectamente dibujado. Al menos ella es así en mis pensamientos, en mis sueños. Sin haberlo visto jamás siempre me gustó el pelo castaño, marrón según dicen. Realmente no sé dónde trabaja, pero me gusta imaginar que lo hace en ese lugar.

Si no fuese ciego, algún día podría preguntarle, invitarla a una copa, acariciar su rostro, y comprobar que estaba en lo cierto. Pero eso no podrá ocurrir nunca. Ni siquiera me ha comprado un cupón, sólo he oído su voz al pasar por la calle. Ningún normal podría distinguir su aroma entre el de sus compañeras, pero yo, un discapacitado, sé que el suyo es el más dulce de todos y distinto su voz del ruido del mundo. Ésta entra en mi fortaleza y aquí se queda reverberando hasta que se difumina en mi sonrisa.

Si no fuese ciego, le propondría conocerla lejos de estas calles, en su habitación, en la mía. Recorrer con mis manos su cuerpo. Pero sé que por ahora, y para siempre, sólo podré hacer eso en mis sueños. En esos sueños en los que puedo ver, en los que ella me ve. Pero siendo ciego, sólo me queda esperar que se acerque a comprar un cupón, a que un día pasee sola y pueda sentir su aroma muy dentro de mí.

Siendo ciego sólo me quedan los sueños.