La Última Sonrisa del Caos del Hombre Asomándose al Infinito

Hace ya mucho tiempo que no escribo, pero hace mucho más que no lo hago del Camino de Santiago; la última entrada sobre el mismo fue Maktub, allá por 2014. Cinco largos años, cinco años donde todo cambió e incluso volvió a cambiar, cinco años que han dado tiempo a tatuarme una cruz de Santiago en el gemelo, a volver como turista por aquellas tierras, o a que haya pasado más tiempo sin haber peregrinado que las veces que lo recorrí.

Siempre me ha sido difícil concentrar toda la esencia del propio camino en pocas palabras, pero a la vez también ha sido desde la primera vez que lo recorrí, una de las pocas cosas de mi vida que me pasaría horas y horas hablando, a pesar de no hacerlo casi nunca. Aunque, sí es cierto que, quizá sea porque lo echo de menos que, poco a poco voy hablando más sobre el Camino y termino por contar siempre las mismas anécdotas.

En estos días, he estado leyendo las viejas entradas, las viejas libretas que me llevé para anotar mis pensamientos, he estado rememorando recuerdos e incluso viejas amistades peregrinas que vivieron varios años tras el peregrinaje y después, por algún motivo, a veces absurdo a veces el tiempo y la dejadez, se terminaron apagando. Pero, sobre todo, lo que me ha ayudado a recordar ha sido eso de la tecnología, ya que, los que somos un poco melancólicos lo tenemos más fácil, hoy en día casi todas las aplicaciones que tengan fotografías o textos suelen darte avisos de “Un día como hoy”, “En este día”, “Hoy hace X años” y similares. He vuelto a ver muchas fotos de aquellos días.

Incluso, ahora sonrío, al leer las cosas que dije, que no recuerdo haber pensado, quizá sea también por aquello de que la memoria magnifica los recuerdos, pero tras terminar mi primer camino, a mi compañero le dije “Una vez y basta. Esto es para hacerlo sólo una vez”, qué joven y equivocado estaba, lo he hecho cuatro veces y sigo pensando en repetir.

He tenido, y tengo durante todos estos años a muchos comperegrinos en mi cabeza, cada uno por un motivo diferente, con algunos viví un día, una semana, incluso pocas horas o todo un viaje, pero recuerdo especialmente a Juan (autor de Galicias) e Ignacio, con los que compartí un par de días en mi primer Camino, que todos los años, durante una semana, dejaban su vida y se lanzaban a hacer el Camino, o parte de él. Aquella comperegrinación fue breve, pero me gustaría poder parecerme y tener la paz y humildad que Juan trasmitía allá donde iba.

Igualmente, hace unos días, el primo de mi novia, que está comenzando en las fuerzas armadas, me contó que aquello, en parte, tiene más de mental que de físico y con esa misma expresión me trasportó a aquel albergue de Fonfría, que también novelé, cuando oí a dos chicos catalanes decir que el Camino era sólo físico, sólo era andar y cargar peso. Qué equivocados estaban, y qué poco lejos llegaron en aquellas etapas.

Etapas… Por pequeñas etapas, quizá esa deba ser la forma en la que yo vuelva a hacer el Camino, esa o volver a completar el Camino inglés, que es de los más cortos, sino el que más.

Desde la primera vez que lo hice, o desde la primera vez que quise repetirlo, me recuerdo comentando que por etapas pierde todo el sentido, porque cuando comienzas a estar en forma, a no pesar tanto el caminar, a saber aguantar el dolor es cuando tienes que volver, la sensación de no terminar de llegar a ningún sitio en concreto… pero también como escribí una vez, ¿es lo importante la meta? Es cierto, que, cuando he sido peregrino la sensación de llegar a Compostela ha sido, a veces, difusa y que incluso, la última vez que lo hice no llegué por mi propio pie y no ocurrió nada. No dejó de tener esa magia ni ese recuerdo especial. ¿Vamos?

La frase, es de Camilo José Cela, y fue la que me encontré a la llegada al (o salida del) paseo marítimo de Fisterra.
Y, las fotos que lo acompañan, instantáneas de los cuatro años que peregriné, de 2011 a 2014: Vía de la Plata, Epílogo, Primitivo, e Inglés.

Traspaso, cambio de estado

Hace unos días Facebook me recordaba que hace cuatro años publicaba una entrada resumiendo lo que fueron aquellos 365 días. Sé que suena tópico decirlo, pero esta vez es cierto que la vida ha cambiado mucho desde aquel entonces, y pocas cosas de las que representaron aquel año siguen hoy por hoy presentes. Es más, hay recuerdos que si ni siquiera el paso del tiempo ha logrado mantener intactos y ahora tienen otro sabor.

En la citada entrada comentaba que la única constante en mi vida era el trabajo, en el que por aquel entonces llevaba casi tres años. Fue mi primer trabajo, y en una época como la que estamos viviendo desde hace ya tantos años, y sobre la que también escribí en La Mirada del Hoy, no puedo quejarme y estoy muy agradecido a todo lo que ese trabajo ha traído a mi vida personal y profesional. Una de las cosas que más recuerdo en estos días fue una conversación con un ex compañero, el que me contaba que uno de sus antiguos jefes le dijo una vez que los proyectos profesionales han de durar seis años, que después de ese tiempo, se pierde la ilusión y la motivación, y uno empieza a estancarse.

Cuando dejé la empresa llevaba seis años y medio, y aunque mis compañeros y jefes no parecían entenderlo demasiado hoy en día sé que tomé la decisión correcta. Por mi cumpleaños, una antigua compañera de la universidad me escribió para comentarme que en su empresa estaban buscando auditor con un perfil similar al mío. Quedamos un día, hablamos, hice una entrevista, me dieron muy buena sensación los jefes y el despacho en general, me gustaba mucho el proyecto que me propusieron, y sobre todo tenía la ilusión por volver a empezar, y el apoyo de quién más importa.

El cambio no fue una decisión fácil, supe que dejaba muchas cosas atrás, buenos recuerdos, grandes compañeros, experiencias únicas, pero también malos tragos y momentos duros en soledad. Cuando comuniqué la decisión intentaron hacerme cambiar de opinión, pero ya estaba tomada y mi círculo más cercano me apoyaba, aunque al final, nadie vive tu vida y nadie se pone en tus zapatos, por eso no importa mucho lo que te digan los demás.

Aprendí mucho en esos más de seis años, desarrollé proyectos y mejoré otros, pero necesitaba el cambio, necesitaba ver qué había más allá y poder crear mi propia carrera. Y ya hace casi tres meses, fue a principios de octubre, cuando comencé en el nuevo despacho y, desde entonces, no ha habido un solo día en el que no me alegre de la decisión que tomé; atrás quedaron los días que me levantaba haciéndome preguntas de difícil respuesta. El nuevo trabajo me gusta y disfruto cada día realizando las nuevas tareas, aprendiendo cada vez más, asumiendo nuevas responsabilidades, sabiendo que cuentan conmigo desde el primer momento, sintiéndome parte del equipo y aportando lo mejor de mí en todo lo que hago.

Cuando he comenzado a escribir esta entrada no tenía en mente hablar solo del trabajo, sino hacer un breve resumen de mi vida durante este año, pero necesitaba escribir sobre ello ya que ha sido el mayor cambio. También, quería recordar que la web en sufrió uno de los mayores cambios visuales y de resideño desde que comencé con ella en 2012 haciéndola más visual y con un estilo más moderno.

A pesar de todo, sí hay algo que comentaba en la antigua publicación, y que se ha mantenido como una constante, esto han sido los viajes, y cada vez más. Es cierto que tenido menos sabores de reencuentro con viejos amigos y no ha habido tampoco tiempo para los peregrinos del Camino, pero sí han sido con la persona más adecuada con la que podía hacerlos.

Este año me han llevado, por supuesto, a Barcelona, casi todos los meses, ciudades andaluzas que nunca había visitado, la isla de Tenerife por el mes de mayo además de dos bodas muy especiales, y viajes a países que tampoco habría imaginado… En el verano, como ha sido habitual en los últimos tres años, ha sido un viaje de varias semanas al extranjero; este año, Italia, Croacia y Eslovenia. Le tengo que dar las gracias a Mire, porque sin ella, no se me habría ocurrido la idea de viajar a los países bálticos y descubrir, entre otras, las maravillas que esconde el país de Liubliana.

En referencia a la literatura ha sido un año en el que se ha quedado un poco de lado, he escrito y leído menos (sigue pendiente terminar mi próximo poemario, Recuerdos de Tu Soledad). A veces, por falta de tiempo muchas veces y por priorizar otros aspectos que tenían una caducidad inferior otras. A mediados de diciembre me presenté al examen que me daría el derecho a ser auditor firmante; he dedicado muchas horas y mucho tiempo y espero que tenga sus frutos, lo defendí lo mejor que pude y pase lo que pase sólo será una prueba más. El único mes que sí escribe diariamente fue en noviembre con el reto de Poember, de Siracusa Bravo, y respeté el reto escrupulosamente (salvo un día que publiqué a las ocho de la mañana).

Y, en el término de la amistad, algunos se han ido alejando, otros se han forjado más fuerte, y algunos que se quedaron hace tiempo en el camino a los que me gustaría volver a acercarme que me hacen pensar en más y futuros viajes; porque, aunque nunca suela estar ahí os llevo en mi mente mucho tiempo (sabiendo que sin estar no sirve para nada).

Y, sin más, me despedido desde el mismo lugar donde pasé los últimos días del año en el pasado 2016, disfrutando de las hermosas vistas que desprende el ventanal del hotel, como lo hice en aquel 2013:

Ahora, para estos meses que entran se presentan nuevos retos e ilusiones, así que solo resta encontrar la ilusión y la fuerza necesaria para poder enfrentarlos sin miedo, ‘porque el reto no está en poder ganar al gigante, sino en poder superar el miedo a enfrentarse con él’: Carpe Diem.

Este Momento

–¿Dónde estás, Dan?
-Aquí
–¿Qué hora es?
-Ahora
–¿Qué eres?
-Este momento.
{El Guerrero Pacífico}

Hace pocos días que hemos dicho adiós al año 2014, y como he venido haciendo los años anteriores toca hacer resumen y balance de todo lo vivido durante estos 365 días, aunque esta vez un poco más leve: somos este momento.

Y, por otro lado, con el tiempo, como es natural, se van diluyendo los recuerdos y se entremezclan con otros que posiblemente no tengan nada que ver o sucedieron en otros lugares y momentos, pero quedan en nuestra memoria en una amalgama difícil de discernir. Pero en el fondo, esto también es magia y como leí en un libro de Albert Espinosa, “Quizás lo que más impacta es que, siempre que vuelves, el recuerdo es diferente”.

Entrando en esos recuerdos no sé bien por dónde empezar. En términos literarios ha sido un año productivo y de novedades, por un lado vio la luz la (hasta ahora) última antología de di-fusión-a2, Sexo Oral en la que participé y la presentamos en Vélez-Málaga a mediados de marzo. Poco antes, si no recuerdo mal, presentamos La Mirada del Hoy de la misma asociación en Algeciras, lugar donde he vuelto dos veces más a recitar (y otras muchas por amistad), la primera de ellas fue en junio para el II Encuentro de Jóvenes Letras y la otra hace poco, en octubre, para el II Encuentro de Poetas de Ahora. De ambos encuentros tengo muy gratos recuerdos por la gente con los que lo compartí, y aunque había nervios por recitar ante un gran público quiero creer que no me defendí tan mal, pero sí aprendí que aún queda mucho camino por recorrer en esto de los recitales, este año seguiremos avanzando y trabajando para mejorar.

También, gracias a estos encuentros, he podido conocer e intimar con grandes personas y poetas que ya empiezan a formar parte de mi vida, y aunque “todo en mi vida es temporal”, lo temporal también tiene distintas formas de duración que es lo importante y lo único que importa es ir viviendo el presente el día a día.

Agosto, como he estado haciendo en los últimos años fue dedicado al camino, y ya hablé de ello en Maktub y también aprendí, y lo he estado llevando a la práctica (aunque aún quedan muchas circunstancias a las que enfrentarse), que a veces hay que arriesgarse y enfrentarse a los miedos y sea cual sea el resultado, sea la respuesta que sea siempre será mejor que la duda y te abrirá nuevos caminos por recorrer y lecciones por aprender para quien sepa verlas.

Acercándonos al final del otoño, en noviembre cumplí otro gran sueño, ir a Barcelona a la aventura y conocer a un gran amiga con la que llevaba mucho tiempo compartiendo historias virtuales, y de nuevo también gracias a la literatura, en este caso, a raíz del último libro que publicará, por el momento, Di-fusión-a2 en el que ella participará. Gracias a esto retomamos la amistad con más fuerza y me llevó, como digo, hasta aquellas tierras que tanto me gustan y tanta magia me transmiten. Hoy, gracias a ese encuentro, y a otra amiga un poco más al norte (también escritora), intento ver la vida de otra forma: viviendo el presente y aceptando lo que tengo y soy, y si no estoy contento con algo luchando por cambiarlo.

Y, finalmente, en Navidad me he dedicado a repartir un poco de magia de la mejor forma que he podido a personas que quiero y aprecio, no sé si lo conseguí, pero si alguna vez hice a alguna de estas personitas feliz habrá merecido la pena.

Las Cosas que Nunca te Dije – I

          Querida Sandra:

Nunca te dije que no me creí aquello que me contaste para que no pudiéramos vernos cuando habíamos planeado hacer el amor –aunque eso solo lo supiese yo–. Tampoco te dije nunca pero lo hago ahora, que mi intención cuando quedamos era hacernos el amor tras la cena, por eso había elegido un lugar romántico, un lugar especial: nuestro japonés. Jamás te dije se me hacía raro estar con otra persona y amarte a ti.

Nunca te dije el infierno que es mi vida durante las noches, ni te comenté que la locura me acecha al despertar y se infiltra en mí cada mañana hasta que consigue robar la poca felicidad que puedo recuperar en los sueños; jamás te insinué que durante el día la razón y las desilusiones no me dejan sonreír, pero como siempre fui buen actor consigo alzar una mueca en mi cara que evita preguntas indiscretas. Tampoco te dije nunca que muchas noches, cerca del alba, tu recuerdo me despierta y me desvela; ni te hice saber que este era el motivo para evitar dormir con mi, ahora, ex pareja y rehuir sus preguntas. Jamás te dije, hasta ahora, nada de esto. ¿Pero qué importa? Sabía, sé mi lugar.

Imagino no será necesario que recuerde como nos conocimos, a nadie le interesa y esta carta quedará solo entre nosotros dos; sin embargo, por muy atrás que eche los recuerdos, por lejos que evada las reminiscencias, ahí estás tú: desde siempre. Hemos crecido a la par, sorteando problemas, amistades, exámenes, cambios e incluso amores… mientras he estado enamorado de ti, en silencio y sin atreverme a decir nada.

La vida es caprichosa, le gusta jugar y nosotros siempre aceptamos la partida aunque nuestras cartas no sean las mejores, porque contamos con un as en la manga: nuestra cara de póquer. ¿Cuántas veces habremos quedado los cuatro cuando teníamos pareja?

Siempre se me hizo extraño pero nunca era el momento para expresarlo, por eso solía pensar que estaba perdiendo una oportunidad para tenerte, ¿pero de verdad existió? Para mí fue muy difícil estar allí con ella, con él, contigo, conmigo… Enamorado de ti y haciendo un papel, fingiendo que solo éramos amigos, controlando muy bien los tiempos de habla y las miradas, no fijarme demasiado ni monopolizar la conversación, coger de la mano a mi ex y coquetear un poco: teatro y disciplina.

Sigamos recordando juntos antiguas escenas de nuestra vida: ahora el oriental. Hubo un momento en que te creí mía, me creí tuyo, o al menos que compartíamos más que un mismo espacio y tiempo. Fue en un restaurante, como tantas veces en aquel tiempo habíamos quedado en un oriental; este era nuevo para nosotros. A nuestras parejas no les hacía demasiada gracia la comida japonesa. La tuya sí la toleraba algo más, aunque prefería china o taiwanesa; pero, nosotros siempre fuimos de sushi, sashimi, makis y todo el sinfín de variedad. Para nosotros pedimos una bandeja con varias raciones de cada, con salsa de soja y wasabi, y, por supuesto, con la rosa de gari que tanto nos gusta a ambos.

Allí te sentí mía, me sentí tuyo y nunca te lo dije. ¿Las razones? Para no hacértelo saber la misma de siempre: miedo al rechazo y creer no era el momento. ¿Para el sentir? La unión que viví en ese momento, las miradas que expresaban todo el placer que sentíamos, compartir contigo los trozos de pescado, dar un bocado y ofrecértelo con mis palillos aunque sea de mala educación en la mesa japonesa, pero no estábamos en Japón aunque el nihonshu nos transportase hasta allí. Y todo sin que me –nos– importase lo más mínimo que en aquella mesa hubieran dos personas más, sin importar si aquello causaría una discusión en mi pareja (no sé si también en la tuya). Allí era donde quería volver para terminar haciéndote el amor…

Otras veces la pelea llegaba porque no quería quedarme a dormir con ella. Como escribí antes, evitaba que me preguntara en un desvelo nocturno o que me notase angustiado al despertar. Toda mi relación se basaba en el miedo a que me descubriese pensando en ti o amándote como te amaba o incluso utilizándola como un mero trámite para apaciguar el dolor de un alma herida. Y, como digo, la mayoría de las peleas coincidían en el tiempo con nuestros encuentros: causalidad.

Estudios

Llevaba dos meses sin apenas salir de su cuarto. Tan sólo unos momentos para comer, ducharse, y si creía tener tiempo para hablar con sus padres, pero desde el último mes ni siquiera hablaba con ellos. Incluso se duchaba cada dos días, estaba estudiando para los exámenes del último año de Arquitectura. Desde joven, desde que llegó por primera vez al instituto había estado estudiando sin parar, sin tener tiempo para relacionarse. Al llegar al instituto dejó atrás a sus antiguos amigos, algo que suele pasar a menudo, pero el problema no era aquel; sino, que no hizo otros nuevos. No tenía tiempo: debía estudiar. Tanto estudiar al final tuvo premio. Los profesores del instituto, incluso los más antiguos, no recordaban un alumno tan brillante en la Educación Secundaria.

Al llegar a bachiller ya tenía muy claro lo que quería estudiar. Sus padres, sus hermanos mayores, sus tíos, sus primos, sus abuelos, toda su familia le decían que estudiara Arquitectura, y él nunca dijo que no le gustase y siempre asintió hasta el punto de, con el tiempo, empezar a amar la carrera. En bachillerato y en selectividad sus notas solo fueron de matrículas de honor, como en la ESO. Todos estaban orgullosos de él, y él estaba cansado de tanto estudiar para conseguir ser el primero y no defraudar a nadie. Quería pasarse el verano descansando con los amigos, pero no tenía ninguno. Los había perdido a todos por centrarse en los estudios.

En el fondo quería pensar que daba igual, tendría más tiempo para centrarse en la facultad y su futuro. Aquel verano lo pasó sin amigos. Pero al fin y al cabo: “¿quién los quiere si solo son un impedimento para avanzar? Si solo impiden escalar en la vida y hacen perder el tiempo”, pensaba una y otra vez. Llegó a la universidad. Aquello era mucho mejor de lo que imaginaba, de lo que le habían contado sus hermanos, pero no tenía tiempo para disfrutarlo. La época de los buenos momentos de estudiar poco habían acabado, ahora tenía que estudiar mucho más y no tendría la oportunidad de descubrir aquello. Ni de buscarse una pareja que le amara, ni nadie que se preocupase por él.

Y ahora han pasado tantos años, todos con las mejores notas de su promoción y algunas veces hasta los mejores proyectos de la historia de la facultad, pero esas fueron menos, aunque también las hubo… En definitiva, había grandes empresas privadas y públicas para las que había trabajado de becario en sus vacaciones. Y ahora, en cuanto acabara ese examen ya tenía sitio en una empresa de gran renombre internacional. Pero, claro, tendría que acabarlo, ya que daban por hecho que lo aprobaría con buena nota. Toda su familia estaba pendiente a la llamada que dijera que ya había hecho el examen, y cómo él siempre decía: “me ha salido mal”. Tan mal como puede ser una matrícula de honor.

Las horas pasaban y también lo hacían los minutos; ya más de lo que solía tardar en hacer los exámenes. Al principio su familia pensó que como era el último quizás quería esmerarse más de lo que lo había hecho en toda su vida; algo difícil, la verdad. También pensaron que se había quedado hablando con los profesores: sus únicos amigos desde que pisó el fatídico instituto. Pero los minutos, los segundos, eran demasiados para seguir sosteniendo esas hipótesis: algo había pasado. Y sus sospechas se confirmaron cuando recibieron una llamada de la universidad, era el profesor que debía hacerle el examen. Les dijo que su hijo no había aparecido por allí, si ellos sabían que le había pasado.

Tras las pertinentes explicaciones por ambas partes la madre decidió llamarlo al móvil, “¿por qué no lo habré hecho antes?”, pensó. Pero su sorpresa fue mayúscula. El móvil de su hijo estaba en la casa, sonaba en su cuarto. “No puede ser… Me habré equivocado”, pensó, “habré llamado a su hermano”. Volvió a marcar y volvió a sonar el teléfono. Esta vez no había duda: su hijo no se había llevado el móvil, ni los libros, ni los apuntes para el examen, ni nada…

Sin embargo había una pequeña nota algo borrosa en el escritorio, como si la hoja hubiera sido mojada por leves gotas de agua. Pensó en si debía cogerla o no, a él no le gustaba que tocaran sus cosas: siempre fue un poco iracundo y solitario, por eso no le dolió tanto el no tener amigos. Pero la madre sintió una corazonada y tuvo que leer…

Desde que entré en el instituto nunca fui dueño de mi vida. Perdí toda unión con el mundo exterior, sólo importaban los libros. Ese fue el modo de pensar que me enseñasteis y hoy acabaría todo. Mañana todo sería distinto, no tendría que estudiar más… Y al fin sería libre… Pero no quiero esa libertad, estoy acostumbrado a vivir entre libros, y esa es mi única vida. Esa fue mi única vida… mañana no será nada.
Siento mucho no haber acabado esta carrera que tanto os gustaba y que a mí, como mucho, me llegó a resultar indiferente. Siento mucho no ser ese hijo que trabajará en Estados Unidos, Japón y Europa… A partir de ahora, con suerte, sólo seré un recuerdo.

La estúpida manía de resumir los años

Hasta hace escasos minutos no tenía preparada la entrada de esta semana, y tampoco tenía muy claro cuál sería. Había pensado en algún relato que aún no he llegado a escribir o en esto mismo, en un pequeño resumen de lo que ha sido este año que se acaba igual que hice el año pasado.

Por ahora, 2013 ha sido un año de contrastes, de cambios… Quizás la mayor estabilidad haya estado en el trabajo, donde la rutina ha seguido prácticamente igual que antes, aunque sí es cierto que se han visto pequeños cambios. Algunos compañeros ya no están allí y han llegado otros nuevos. Es innegable que todo es constante cambio.

En mis vacaciones tampoco han existido grandes cambios, volví al Camino de Santiago, por otra ruta, pero tenía claro que necesitaba aquello: desconectar y tiempo para pensar, tiempo para mí. Ya hablé hace un par de meses de aquella experiencia, y aún quedan muchas cosas por recordar, lecciones que compartir e historias por revivir. Fue un Camino distinto, suena raro y quizá no sepa explicarlo, pero sentí menos obligación, disfruté más del momento y pensé menos en el presente y el futuro: Carpe Diem. Fueron varios días donde hice grandes amigos, donde compartí experiencias, y donde me deshice de muchas cosas para poder llevarme otras.

Carpe Diem es también una de las frases que más le he repetido a una amiga en estos meses; tanto para ella, como para mí, como para mi ex, la vida cambió. Dejamos atrás nuestras relaciones de largo tiempo y nos enfrentamos a otro tipo de vida, tal vez al mayor cambio que pudimos vivir en el año. Pero hemos seguido sobreviviendo, avanzando en el juego de la oca y superando molinos. Yo, personalmente, descubrí que sólo fue un cambio de situación pero la relación sigue estando y es lo que agradezco.

Durante el año también he tenido tiempo para viajar, más que ningún otro año en mi vida. No solo por los viajes del trabajo, que estos han seguido ahí e incluso se han alejado de las primeras que conocí, sino por viajes personales. Y, como no podía ser de otra forma, algunos de estos viajes han sido gracias al Camino, y sirvieron para reencontrarme con viejos amigos algunos con los cuales nunca se perdió la relación y otros con los que ésta estuvo algo más fría. Otros han sido gracias a la escritura y han sido reencuentros con sabor a primera vez que se tornaron más allá de la pantalla. Aunque, de todos estos viajes creo que Madrid ha sido mi destino predilecto, porque entre unas cosas y otras he estado por allí cuatro o cinco veces reforzando una amistad que, como digo, comenzó en el Camino, continuó en el tiempo pero en la distancia durante dos años, y ahora volvimos a reencontrarnos en persona.

En esos viajes también hubo tiempo para la propia Andalucía, por fin este año pisé las ocho provincias, en algunas (Almería y Jaén) sólo de pasada por sus carreteras pero en otras me enfrenté a nuevos sueños y retos: molinos. Viajes en soledad, otros en silencio.

Literalmente ha sido un año fructífero, si los tres anteriores estuvieron consolidados por mis libros en este participé junto a Asociación Di-fusión-a2 en un libro que ya vio la luz, La Mirada del Hoy y en la segunda edición de Sexo Oral que la verá pronto. Y uno de los grandes molinos al que me enfrenté a raíz de un viaje andaluz ha sido el volver a recitar en público y acortar mis poemas (este molino aún está por sobrepasar), y empezar a programar nuevas ilusiones…

En resumen, este año que está a punto de dejarnos ha sido un buen año, de cambios pero de crecimiento. Un tiempo donde me enfrenté a miedos, donde he superado molinos, y donde creo que soy feliz. Ahora, para estos meses que entran se presentan nuevos retos e ilusiones, así que solo resta encontrar la ilusión y la fuerza necesaria para poder enfrentarlos sin miedo, “porque el reto no está en poder ganar al gigante, sino en poder superar el miedo a enfrentarse con él”: Carpe Diem.