Bohemio

Era tarde, muy tarde. Estaba tan oscuro que apenas se podían distinguir las luces de las farolas en las aceras. Las calles por las que pasaba estaban vacías y él sentía esa soledad en su corazón: ese hueco que deja un amor cuando se va sin razón comprensible. Había pasado toda su juventud junto a ella y ella ahora se había deshecho de él como si sólo fuese un bolígrafo usado al que ya no extraer más tinta. Como si él fuese el bolígrafo de aquel día de mayo en la clase de Ciencias Sociales qué se le cayó a ella y él lo recogió para devolvérselo… Desde aquel día habían estado juntos y ahora se separaban como si no compartieran recuerdos en común.

¿Y todo por qué? Todo por ese chico que conoció cuando salió con las amigas, o eso le había dicho a él, igual se conocían desde antes. En diez años nunca habían estado separados, nunca se habían peleado, ni discutido, ni siquiera se habían fijado en otras personas. Todo era perfecto para ellos hasta aquel día. Vivían absortos en su burbuja lejos de la vida real, pero al menos en ella fueron felices hasta que la burbuja explotó. Y ahora él estaba sólo y ella acompañada; él sentía el frío de las noches de verano y ella el calor. Ese calor que tantas veces tiempo atrás disfrutaron juntos, ese calor que se torna en frío cuando sólo queda el amargo sabor del recuerdo.

Caminaba solo por las calles. Sin rumbo, sin ilusión por llegar a ninguna parte, sin nadie que le esperase en su destino, sin un motivo por el que vivir. En su espalda podía sentir el peso de la vieja alegría disipada a la sombra de un desamor. Caminaba como quién sabe que su hora ha llegado y ya no hay marcha atrás, caminaba hacia su verdugo que no era otro que el desamor y el desamparo. Sin embargo, él no iba a la horca, no caminaba hacia una guillotina, ni estaba condenado a la silla. Su viaje era más duro, venía del Cielo e iba camino al Infierno. Un Infierno del que difícilmente podría salir; sólo podría sacarlo una persona y esa persona estaba en el Cielo acompañada, estaba demasiado lejos de allí y no tendría ganas de rescatarlo pues fue ella quién lo dejó caer.

Aquella noche era sábado y al cruzar una calle comienza el ruido de los pubs y discotecas. En la siguiente se intensifica y en las calles comienza a verse algunas personas. Son las cinco de la madrugada y la noche es oscura pero a la gente no le importa eso, está acompañada por sus amigos y algunos litros de alcohol en el cuerpo. Pero Raúl está solo, vacío, triste… Su alma desesperada y sus ojos cansados de tanto llorar: de llorar por un amor insalvable y muerto sin una razón que le alivie el corazón.

Demasiada gente, demasiados locales en los que abandonarse a beber y olvidar las penas, pero teme encontrársela a ella en alguno de aquellos. Sigue andando aún más lejos, ya ni siquiera recuerda cuando comenzó a andar. A cada paso que da vuelve a haber menos gente y las calles se retornan oscuras. Al final acabó entrando en el local más solitario que encontró, no había nadie en la calle esperando, ni en los alrededores, si quiera tiene luces que anuncien el nombre de aquel bar. Parece un local de mala muerte, un local dónde morir, ni siquiera hay un portero.

Y por fin, justo delante de la puerta consigue ver el nombre de aquel local, El Cruce de Caminos, dice un rótulo de neón apagado. Cree que es ridículo porque no está en ningún cruce de dos calles, ni hay intersecciones cerca, pero de todas formas decide entrar. La puerta ha de abrir él y siente como si moviera el mundo entero, tras días de llanto y desilusión no tiene apenas fuerzas.

Al entrar allí una niebla densa carga el aire, una mezcla de tabaco y drogas. Sus ojos enrojecidos por las lágrimas y el humo distinguen algunas miradas no muy contentas de verle allí a él, parece ser que no es bien recibido. A duras penas puede respirar en aquel lugar. Los ojos entre ceñidos se clavan en su cuerpo, tal vez piensen en pegarle. Asustado gira su mirada lentamente hacia lo que quiere creer que es la barra de aquel bar, en aquella pared cree distinguir algunas botellas de alcohol. Por primera vez desde que entró ve una mirada que parece sonriente, alegre… como de una mujer. Es como si el humo desapareciera y pudiera mirar directamente a aquellos ojos.

Esos ojos se acercan, ambos caminan hacia el encuentro. La chica es hermosa, es la belleza que ha estado buscando tanto tiempo. La luz de su corazón antes apagada ahora vuelve a brillar, no lo puede creer. Mientras unos labios le besan, le hacen suyo, se apoderan de él… Todo ha cambiado, todo ha resurgido con el beso de aquella camarera, con su magia. Vuelva a la realidad y cree comenzar a entender el nombre de aquel bar y pide una cerveza, una gran jarra de cerveza, para comenzar de cero hace falta valor.

¿Ves aquellos molinos de allí?

Salí con un motivo en mente,
y ahora voy buscando mi propio Camino.

L'última fletxa, por Raúl R.
L’última fletxa, por Raúl R.

Una vez más, realmente desde que empecé a trabajar, en agosto volví, por tercera vez, al Camino de Santiago, solo. Esto provoca que muchos me digan que estoy loco, que hay mil sitios más por conocer y recorrer, pero siempre les digo que no he hecho dos veces el mismo Camino y que lo que allí se siente es diferente a otros lugares aunque suene tópico, pero es la realidad. Por otro lado este año para mí también era distinto en la esencia: cambios en la situación personal que vivo y porque en el fondo sin ser consciente todo cambia y de un año a otro tú nunca eres el mismo, ni siquiera lo es tu meta. Cada año me ha movido un sentimiento para hacerlo: cumplir un sueño, alcanzar el fin del mundo, o la búsqueda.

Para este año, la elección fue fácil: me apetecía un Camino completo, y tenía sobre dos semanas… Quería un recomenzar, volver a los orígenes, empezar de nuevo: debía recorrer el Camino Primitivo, aquel que fue el origen de todos los caminos y discurre por tierras asturianas y gallegas; para mí, doce días de viaje hasta Santiago, y de improviso dos más para poder llegar a Finisterra, algo no concebido en mi primer proyecto donde las etapas eran algo más cortas, pero en el Camino uno aprende a que la vida no puede planificarse: tan sólo vivirla, sentirla y no pararse jamás. Sientes el dolor en las articulaciones, en el cuerpo en general, pero sigues andando porque hay algo aún más poderoso que te llama a continuar: crecer.

Sobre el propio camino algunos dicen que el Primitivo es más duro que el Francés, o la Vía de la Plata porque la mayoría son etapas rompepiernas con subidas y descensos, desniveles bastante fuertes en el mismo día, más subidas y descensos, escaleras hechas en el propio bosque para poder subir la pendiente, descensos interminables entre caminos de piedras, y etapas más largas y constantes que en el Francés. Quizás sea verdad, o tal vez sea sólo una coincidencia, pero éste ha sido el único año que visité al médico, al tercer día tenía inflamado los músculos del pie, me recetó varias pastillas y aunque el dolor continuase hasta después de haber acabado el Camino mi viaje continuó a pie por aquellas tierras, gracias en parte a los masajes que recibía y que ayudaban a apaciguar el dolor y el alma: siempre hay que avanzar.

La gente también me llama loco por hacer estos viajes sin nadie conocido (sí, me llaman loco por muchas cosas), pero creo firmemente que es otra parte de la esencia del Camino, la mayoría de los peregrinos que encontré lo hacían así. Quizá al hacer el viaje en soledad, buscando respuestas y tu propio camino acabas por obtener mejores respuestas a tus preguntas, por volver a reencontrarte con aquellos recuerdos que creíste perdidos, o por abrirte más a la gente, y también por escucharlas más a ellas: compartir miserias y logros.

Entiendes que todos cargan en su mochila con problemas y alegrías similares a las tuyas, las dudas que tú tuviste las atraviesan ellos ahora, y las mismas que ellos sufrieron las asumirás tú sin importar el tiempo o el espacio. Compartisteis, compartiréis, compartís mucho más que un simple viaje. Porque las apariencias nunca son lo que aparentan ser y a los cuarenta años puedes estar tan perdido como con veinte; con setenta te puedes reír con las mismas idioteces que un crío; puede que te encuentres con un gigante y comprendas que tiene tanto miedo como tú, que necesita de ese mismo abrazo… o que te pierdas en la inmensidad de unos ojos y sólo el ruido del mundo te devuelva a la realidad.

Y esas personas que llegan hasta ti como meros desconocidos o tú a ellos como un personaje más acaban compartiendo contigo su vida sin ser conscientes de que lo harían cuando una mañana, en San Juan de Villapañada, te dijeron si los acompañabas; estas personas son aquellas que en las noches compartieron litros de alcohol y en la mañana se sinceran; estas personas acaban compartiendo contigo los recuerdos de un pasado que no pudiste quemar ya que te conformaste con un cigarro; estas personas son las que te miran a los ojos y te susurran “¿qué?”, y tú te quedas sin palabras; estas personas son aquellas con las que haces promesas de volver a verte en un último abrazo que no esperabas y deseas cumplir la promesa con todas tus fuerzas; son las que te acompañan en tu búsqueda dentro y fuera, porque alguna promesa ya se cumplió.

Estas personas son las que te recuerdan una lección casi olvidada que aprendiste durante el primer viaje por tierras castellanoleonesas cuando, medio en serio medio en broma, los comperegrinos que te acompañaron aquellos días preguntaban si podías ver los molinos eólicos en el horizonte, y después respondían que esos mismos molinos los deberíais traspasar, muchas veces en el mismo día, por imposible que pareciera, por lejos y altos que estuvieran. Y a veces en la vida ocurre algo similar, te has de enfrentar a ella sin miedo, sabiendo que costará, que en el camino podrás caer pero si fijas la mirada en tu objetivo, si luchas por él mientras avanzas, llegará un momento, cuando alces la vista, donde entenderás que estás por encima de los molinos y por delante.

Así que… ¿ves aquellos molinos de allí? Pues vamos a atravesarlos…