El Curriculum de Todos

Cerró la puerta con llave. Raudo. Tenía urgencia por ir al baño. Dejó algunos sobres en la mesa y no perdió un segundo. Se lavó las manos. Y, en el salón, encendió la tele. La rutina de siempre. Buscó cualquier concurso de los de televisión donde gente anónima respondiendo a varias preguntas ganan varios cientos, o miles de euros. Quizás esa sea su única solución: “dar el pelotazo”. El sueño español.

Desde el sofá sabía la respuesta a todas las preguntas. Incluso, se imaginaba dando juego en un plató de televisión; también imaginó también la ruta que haría el día siguiente: cogería el coche, haría 40 kilómetros y recorrería otra ciudad entregando curriculums en sobres. Un detalle que le diferencia del resto, piensa. Pero se equivoca. Hoy en día eso no es una diferencia, sólo más coste.

Cada día, en cada empresa que va, si tiene suerte lo aceptan, otras ni los cogen, saben que éstos no tienen dinero, aunque para él es un gasto que se ahorra. Y en raras ocasiones sí han aceptado ojear su curriculum, pero en otras, le han contado la realidad de la empresa: ERTES, ERES, BAII y FFPP negativos, pre y concursos de acreedores, liquidaciones, disoluciones… A veces le dan tanta información que llega a perderse entre las siglas contables.

De todas formas sabe que no puede decaer, ha de seguir intentándolo. Como la mayoría de los cinco millones y medio de parados: tras tu ciudad pasas a la capital de provincia, de ahí, si tenías algunos ahorros y una formación media-alta, a la capital de la comunidad. ¿Pero cuántos más y mejores que tú hay en la capital? Esa pregunta nunca la hacen en los concursos de la tele.

Anuncios en la televisión. Un pequeño avance del telediario. Otro político investigado por corrupción, e incluso parte de la familia real, que finalmente no saldrá imputada. Más muertes en Siria y la ONU sin actuar para evitarlo. Se esperan los nuevos (y peores) datos de la EPA, y por ende la bolsa de Madrid se ha desplomado. Nada nuevo.

Se acerca a la cocina para tomarse una coca cola. Aún le queda media lata de ayer. Coge uno de sus sobres. Lo abre. Revisa, una vez más, toda su vida. Sus metas, sus logros. Pero no sus fracasos. No hay hueco para ello en una carta de presentación así.

Piensa en salir fuera del país. Domina el inglés, y balbucea un poco el alemán. Pero sabe que fuera tampoco es fácil para ellos. Aunque si en un par de meses su suerte no cambia sí se irá fuera. Con lo que se gasta en gasolina, en sobres, y en todos esos gastos extras podría intentarlo.

Y ahora en la televisión ve un anuncio, con viejas glorias recordando lo que fuimos en el pasado: como si eso sirviera para cambiar el presente o demostrando el poco valor del que carece el futuro. El pasado no cambiará el futuro. Termina el anuncio, tampoco se han comentado los fracasos que cometimos antaño.

Girando…

Me desperté en medio de la noche. Aún tenía el sabor de tus besos en mis labios. Me asusté. Había tenido una pesadilla, un maldito secuestro que me alejaba de ti. Te abracé en la cama y cerré los ojos. Me susurraste: «no te asustes, pequeño». Me asusté aún más, pero ya no por el sueño, sino por el infinito amor que sentí en aquel momento, por el miedo a no ser capaz de entregarte todo lo que tú merecías… Y lloré, pero tú eso no llegaste a saberlo jamás: mezclé mis lágrimas con la humedad de mis besos en tu espalda y todo volvió a empezar entre los dos…

Yo apartaba tu pelo, y tú te dejabas hacer. Yo besaba tu espalda con una suavidad infinita, y tu cuerpecito se encogía y temblaba. Tú te girabas y me mirabas a los ojos. Me besabas, nos besábamos. Caricias que recorrían nuestro cuerpo. Música celeste al compás de la respiración, orquesta guiada con la batuta de los besos. Y volvimos a entregarnos al destino, a nuestra pasión.

Y recordé, una vez más, aquellas frases que había leído hace algún tiempo en alguna página del universo digital:
«Desde entonces mi vida ha sido la constante búsqueda de esa palabra, de esa metáfora, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de ese primer beso. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada».

Y, volví a sentirme frágil, pequeño, a igual que la primera persona que expresó aquel sentimiento, como la primera vez que nos besamos. Y me hubiera gustado encontrarme con él alguna vez, contarle que la poesía es magia, pero su búsqueda no tiene final. Hay cosas que nunca se pueden explicar. Esa sensación, ese instante mágico es simplemente eso: magia.

Y, esta vez sí que no pude evitar que me vieras llorar, y otra vez tu voz susurrándome «no te asustes, pequeñ. Y temblé como eso mismo, como un niño pequeño al entender que hasta los mejores trucos de magia tienen su fin. Que nuestra historia era una quimera que nos mantenía vivos, una pequeña esperanza que hacía nuestro mundo diferente: lo hacía girar.

Y, en aquella cama, tú, la chica, la persona que siempre había sido frágil a los ojos de los demás me sostenías la mano, la ponías encima de tu pecho y decías:
«Tal vez todo sea una quimera. Sé que nuestro amor es efímero, ¿acaso no crees que el miedo no me aterra? También lo hace, pero cuando siento mi corazón latir sé que lo hace por ti y por eso no me preocupo. Siéntelo tú también, estos latidos son los que importan ahora: olvida el resto».

Y nos volvimos a besar, sin importar lo que durara aquel sueño, el miedo no podía detener nuestro mundo: él seguiría girando. ¿Hasta cuándo? Sólo el sabor de tus besos en mis labios era la respuesta. Y eso me encantaba.

Sólo un momento

Enamorarme de ti fue fácil. El problema estuvo en seguir adelante, el hacer como si nada hubiera pasado entre los dos, como si nuestras almas no se hubieran tocado en un plano más allá del físico: eso sí fue más difícil. Y lo que fue imposible fue negarlo ante todos. No me creyeron, y no les culpo; mentir siempre se me dio bien, mas no tanto así borrar el brillo de los ojos de un enamorado.Aquello empezó como un simple juego, ¿recuerdas? Yo acababa de salir de una relación larga y turbulenta, tú siempre habías sido más libre: nada de atarte a la tierra, alas lo llamabas. Apenas nos hablamos la primera vez, una mirada de cortesía, de reconocimiento. Tampoco, ¿qué teníamos en común? Simples compañeros de clase, un máster, un MBA que tus padres se habían empeñado en pagarte y mi empresa en financiarme. Poco a poco algún comentario tonto en el desayuno, pero no eras de hablar mucho en persona, aunque gracias a las benditas tecnologías sí nos unimos más, mucho más.

Pasabas horas hablando por allí, llegué a conocerte demasiado bien. En pocos días sabía tu vida entera, y tú la mía: mis problemas, mis miserias, mis sueños, mis anhelos… Tanto es así que parecía nos conocíamos de siempre, amigos de la infancia que el destino había separado y el azar unido una vez más. Te mentiría si te dijera que mi anterior relación llegó a conocerme igual que tú. ¿Sabes? Alguien escribió una vez: «Todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta que nadie conoce«. Tú llegaste a tocarlas todas.

Y llegado a ese punto, ¿cómo negar lo evidente? Me había enamorado. ¿Había algo que nos lo impidiera? No. ¿Fue posible nuestro amor? No, no lo fue. ¿La razón? De nuevo puedo recurrir a las palabras de alguien: «yo sólo era un niño queriendo volar sin apenas caminar«. No fue por un tercero: estábamos libres, no hacíamos daño a nadie con nuestros juegos. Tampoco fue tu culpa, tus alas no eran el problema, sólo fue mía. Mi vértigo. Acostumbrado a tener los pies en el suelo, volar se me antojaba imposible. ¿Acaso se puede romper con todo en un segundo? ¿Acaso cuando llega el amor y tambalea tu mundo puedes huir? ¿Acaso…?

Malditas preguntas, maldito miedo que me paralizó aquellos días, que evitó todo fuese distinto.

A pesar de todo compartimos grandes momentos juntos, varias veces en la playa, donde pude perderme sin miedo en tus ojos. Unos hermosos ojos, inmensos, marrones, imposibles de olvidar. Y, entender la realidad de tus alas. Tenías alas de verdad, no simple metáfora poética sobre tu vida. En el fondo conocemos a la gente palpándola, el sentido del tacto es, quizás, uno de los más importantes en estos casos: la vista engaña, nunca tenemos una segunda oportunidad de causar una primera impresión; el olfato es errático, puedes cambiar de olor con elegir otro perfume; el oído y el gusto sí tienen su importancia: una voz melódica, dulce, una forma de hablar única que no es fácil cambiar, y el sabor de tus besos, aquellos que le robamos a la vida no puede cambiar. Pero el tacto fue lo que me hizo entender aquel juego de palabras (todo lo que nos unía eran juegos). Tus alas eran unos lunares que adornaban tu espalda.

Bendito lugar, benditos dedos que la recorrieron sin dejar pasar ni un centímetro de ti.

Y en aquella playa tuve miedo, tras hacernos el amor me perdí en la inmensidad de tus ojos. Lloré como un crío, y si la arena absorbe todo el agua del mar que le llega, mis lágrimas no fueron menos.

Aquella tarde, antes de hacerlo, cuando ya habían pasado por nuestros labios cientos de besos, cuando casi alcanzaba a entender la magnitud de tu libertad, tuve miedo. Pegaso no estaba hecho para mí. Nos habíamos conocido tan a fondo que te había interiorizado en mí, y quizás yo también en ti, incluso había olvidado mis fobias, pero es suficiente un segundo para que el miedo vuelva.

Eso sí, me llevo el sabor de tus caricias, el tacto de tu pecho, el perfume del mar, el sonido de un sueño alcanzado y la visión de unas alas, que desde el siguiente día, también acompañan mi espalda, aunque sólo sean una vil réplica realizada por un tatuador de barrio.

Jugando a ser Dios

En su habitación tecleaba insaciablemente las teclas de su viejo ordenador, y en la pantalla aquellas letras iban contando la historia de alguien. Esa persona que nunca existió. Ésa que nunca respiro más allá de un soplo de tinta virtual. Aquella que jamás le amó. Aquella que sólo tenía la conciencia que otro Ser había dispuesto para ella. Pero sin embargo su único amigo, su vía de escape, su forma de volar.En la soledad del día, cuando el resto de las personas trabajaban él vivía esa historia, se convertía en su propio protagonista: respiraba, adquiría conciencia. Amaba; le amaban.Aquel personaje era su único amigo, y a la vez su alter ego pero en el fondo alguien que no existía. Desde las paredes de tu habitación, con sólo una tenue luz en el techo, y la claridad de la pantalla de tu ordenador no puedes vivir demasiadas aventuras, pero sí hay personas que pueden vivir por ti, puedes otorgarle tus sueños, tus metas, hacer que luchen por lo que tú no eres capaz, o entregarse al amor que tú dejaste escapar.

En los últimos años apenas había vivido su vida, se había centrado en otros mundos: los literarios. Tanto propios, como de otros grandes autores consagrados y otros aún desconocidos. Pero era allí donde se sentía Dios. Había crecido entre libros, y siempre disfrutó con la narrativa, con el poder que tienen los autores sobre sus creaciones. Autores que, a veces, resultan demasiado benévolos con sus personajes, autores que les hacen sufrir por amor, y otros que impiden nunca alcancen su objetivo, ése tesoro que buscan; incluso otros que sólo nos han de contar la historia de esos seres. ¿Por qué actúan como actúan? Por qué… Todos ellos eran Dioses de sus pequeños mundos, y él también quería sentir esa sensación.

Sin embargo, aquel juego se le había escapado de las manos.

Incluso ni Dios, de existir, puede ser omnipresente en todo el Universo; él sí quería serlo: omnipresente. Ése sería su adjetivo. Quería saber a cada instante lo que pensaban sus personajes, lo que pasaba por sus mentes. Qué harían cuando estaba durmiendo, o cuándo estaba escribiendo sobre otros personajes, ¿de verdad era dueño de su creación? ¿Y si no lo era? ¿Su personaje estaría de acuerdo con él? ¿Actuaría como el disponía? ¿Estaría motivado, sin sus dictados, para llegar a alcanzar sus fines?

Quería entregarle sus sueños a su creación, pero debía estar seguro que ella quería recibirlos. Y por eso se pasaba las horas en la habitación, escribiendo y borrando casi cada frase que escribía. El personaje debía sentir como él, pero no podía ser él. Tenían que luchar por las mismas metas, conseguir que todo aquello pareciera natural, pero tenía que ser artificial: sólo una salida para que a su creación no le diese tiempo a cambiar de idea.

A veces, incluso, se iba al principio de su trabajo, a las primeras páginas de aquella novela que estaba escribiendo sin descanso. Buscaba alguna coma, alguna palabra que no hubiese escrito él, que no recordara haber escrito y que cambiara por completo el rumbo de su historia. Siempre las encontraba. Esas palabras, esos signos de puntuación para él lo habían escrito sus personajes cuando estaba durmiendo, cuando no era el señor de ellos. Su desesperación iba en aumento. ¿Cómo iba a poder convencer a alguien de aquellos caminos que seguían sus personajes si ni él los comprendía? ¿Cómo convencerte que no era él pero a la vez sí lo era?

La historia cuenta lo que sucedió, la poesía lo que debía suceder

La felicidad es algo extraño, no todos estamos destinados a alcanzarla. Algunos te dirán que sólo las encuentran aquellos que la buscan, mas se equivocan. No siempre depende de ti el lograrla” –aquellas fueron sus palabras.

Aquella chica de ojos castaños tenía su propia filosofía de la vida y me la iba enseñando con cada sorbo de albariño como quien se desprende de su mayor tesoro. No, no estaba borracha; al menos, no lo mostraba; yo podría estarlo bastante más. Todo aquello era muy distinto de lo que podía imaginar por mí mismo meses atrás. Sinceramente, hoy creo que nadie llega a alcanzarlo, a entenderlo, si nunca antes estuvo allí; aquella tierra te trasporta a otros mundos, a otro tiempo: no hay bien ni mal: felicidad o preocupación: envidia o agonía. “La única vía de escape a una realidad que nos atormenta al no alcanzar a entender la propia realidad que nos rodea”.

Cada instante a su lado era una implosión. Degustar aquel vino de la tierra estaba siendo la mayor lección de mi vida: la enseñanza de un maestro que deja su pupilo responda por sí solo a las preguntas: “¿Cómo valorar la felicidad, por momentos o recuerdos, o hay que medirla por la satisfacción en la vida?”. Otro sorbo más y una respuesta que no conocía. Un par de más. ¿Acaso se puede medir la felicidad? ¿La utilidad que ésta te reporta? Como economista sabía que, la felicidad o el dolor no pueden ser medidos en una escala: no tiene sentido, no es posible.

El jugo de uva no paraba de correr por nuestras copas, con la luz de aquella bombilla sus labios brillaban iluminados con la humedad del licor. Hablaba y yo escuchaba. Aprendía. Absorbía. Y, sobre todo, me sorprendía: jamás pensé que aquel viaje cambiara mi forma de ver la vida: cambiara mi forma de ser. Jamás pensé que allí me encontraría con sorpresas tan cotidianas antaño como la honradez.

Acostumbrado a un ritmo de vida atroz donde se impone la premura antes que la documentación, vivir en eso que llaman algunos era del copy-paste, y en un tiempo que obliga a obviar el primero que habló sobre algo. Ella rompía todos esos esquemas del mundo real, y reconoció que su filosofía, igual que yo en aquel instante, bebía de personas anónimas; o quizás no tan anónimas, ambas fuentes tendrían un nombre pero por desconocimiento u olvido de los nombres éstos no eran más que simples merecedores de nuestros respetos. Quizás sus fuentes sí fueron conocidas o rememoradas en un tiempo, incluso ahora por los más estudiosos de las letras; mas, las mías, siempre fueron, son y serán, simples campesinos, agricultores que dejan su vida para ganarse unos pocos euros. “¿Acaso ellos podrían ser más felices que los primeros?

Si quieres, escúchame”, repetía. Siempre si yo quería. Era tan distinta del mundo corriente, de la vida que había dejado atrás para comenzar aquel viaje. Fuera de allí todo es obligaciones por imposición, ojos castaños rompía todos esos esquemas. Muchos podrían decir que era mejor: yo era uno de ellos. Estar allí, a su lado, degustando aquellas fuentes, y aprendiendo fue lo más cerca que estuve de la felicidad, de ésta existir… y su última frase de la noche ayudó a rozarla.

La última frase que me comentó aquella noche, cuando acababa la última gota del licor gallego sí me dijo su autor, Malinowski; tras ella, se fue a la litera y me dejó allí sin opción a réplica –opción que otras veces antes había obviado por temor–. Me encontraba allí, sólo. Bajo el manto de las estrellas; mil pensamientos en mi cabeza que me iluminaban, porque hacía pocos minutos que el dueño de aquel bar-albergue había apagado las luces de la fachada y nos había cobrado las botellas que nos bebimos: estaba solo, algo mareado, y pensando que la felicidad era algo inalcanzable, que sólo los elegidos podían optar a ella aunque, ese tal Malinowski me animaba a lo contrario:

Ahora es el momento de hacer lo que más quieres. No esperes al lunes, ni esperes a mañana. Que no aumente en ti la caravana de sueños pisoteados. Ya no esperes”.

Carpe Diem, III

Mas al otro lado de la moneda todo es distinto. Nadia sí recuerda muy bien todo lo que pasó la noche anterior, sí recuerda que le dijo que no podía besar a Fernando y que éste la besó, la acompañó hasta el taxi y le pidió su número de móvil para volver a verse algún día, aunque no está segura de querer hacerlo. No puede romper una pareja. Fernando le gusta, pero no puede hacer algo que no quiere que le hagan a ella.Aún recuerda cómo se enteró que estaba comprometido, fue hace cuatro semanas, coincidieron desayunando; se fijó en la mano de Fernando, tenía una alianza, asustada y un poco decepcionada, le preguntó si estaba casado. Le dijo que aún no. Él devolvió la pregunta, y Nadia sólo dijo que estaba soltera.

Antes de anochecer José llegó a su casa y se encontró a Fernando viendo la televisión, tomaron un par de cervezas y hablaron sobre lo que pasó la noche anterior. Antes de que se fuera, José le dijo a Fernando:
–No se puede amar a un espejismo. A Nadia sólo la conoces desde hace unas semanas, apenas has hablado con ella, no es tiempo suficiente para conocer a alguien y amarla. Entiéndelo. No puedes echar toda tu vida por alto.

Al tiempo, Fernando llamó a Nadia. Quedaron para cenar, hablaron de lo que sucedió:

–Siento mucho si lo que hice te pudo molestar, de verdad. Sólo quiero que sepas dos cosas -dijo Fernando-. Cuando te pedí el beso no fue un capricho, si lo hice era porque lo sentía y lo necesitaba en ese momento; es más, lo volvería a hacer.
–¿Y lo segundo?
–Lo segundo es que has sido la primera mujer a la que he besado desde que estoy con mi novia, nunca creí en las infidelidades ni lo entendí hasta que te conocí. Jamás lo había hecho antes, y sé que jamás lo volveré a hacer.
–No te entiendo, ¿por qué lo arriesgas todo por mí? Jamás pensé que podría interesarte. Me dejaste en blanco.
–Lo sé y lo siento, pero… carpe diem, sólo vivimos una vez. Y no creo que hiciera daño a nadie.
–Quizás sí le hiciste daño a tu chica…
-repuso Nadia, Fernando calló durante unos segundos.

Le explicó que su novia ya no le hacía feliz, vivir con ella era como leer una novela: el protagonista no puede salir de los renglones que el autor dispuso para él. Su vida estaba escrita, y aquella noche quiso ser su propio señor. Por momentos ella llegaba a entenderlo, fueron abriendo aún más sus almas y dándose cuenta que aquello podría funcionar, Nadia ya no tenía miedo ni le importaba compartir cosas con Fernando. Y a Fernando cada vez le gustaba más y se acordaba menos de su novia.

Volvieron a algún pub, no les importaba el nombre, sólo querían estar juntos y seguir hablando sobre ellos. Conocerse más, en palabras de José: “necesitaba que Nadia dejara de ser un espejismo para él”.

Pero, por primera vez en toda la noche Fernando empezaba a tener miedo, se daba cuenta que todo podía ser perfecto junto a ella, y de hecho, aquella noche lo fue. Ella le habló de sus ilusiones de convertirse en una gran artista, de los trabajos para pagar sus sueños. Él sólo podía admirarla cada vez más; pero cuando Nadia preguntó si él tenía sueños, sólo pudo callar y decirle que algún día se los contaría. Nadia no se atrevió a volver a preguntar por su ex novia, ni por sus sueños, no quería hacerle sentir mal pues como alguien dijo: “suprimid la mentira, y habréis hecho imposibles las relaciones sociales”. Pensó que aquella noche él podría ser para ella, era soltero y soñador.

Sólo unas horas antes de que cerrasen el pub, Nadia dio otro paso hacia delante, aunque sin definir ningún camino –o eso temió Fernando–.
–¿Quieres hacer algo más? ¿Quizás tomar otra copa? -preguntó ella.
–No, por mí está bien.
–Bueno, pues… nos vamos ya, y mañana será otro día, ¿no?

Fernando no podía dejar que todo acabara así, no quería perderla para siempre ahora que estaba a conocerla más allá de sus ojos azules. Le dio otro beso, esta vez, sin preguntar nada, no hacía falta. Se fusionaron en aquel beso sin final, Nadia le cogió de la mano y lo arrastró hasta su casa. Allí pasó lo que el destino dejó que pasara entre los dos. Cuando Fernando miraba al azul infinito de la mirada de Nadia sólo podía pensar en una frase: Carpe Diem.

Carpe Diem, quizás algunos espejismos se tornan realidad cuando despiertan los sueños.

Carpe Diem, II

Fernando estaba en lo correcto, la cama dónde despertó no era la suya, aunque tampoco la de Nadia. Era de su compañero José, la pudo reconocer cuando se fijó detenidamente en todo lo que había en el dormitorio. Le dolía la cabeza y tenía la boca reseca: se había pasado con el alcohol. ¿Pero qué fue lo que hizo aquella noche? ¿Por qué bebió tanto y ahora despertaba en casa de José? ¿Y dónde estaba José ahora? Responder aquellas preguntas era lo único que le preocupaba.En la mesilla de noche había una pequeña nota firmada por su amigo, decía:
“Fernando,
Puedes quedarte todo el día en mi casa si quieres, no te preocupes. Hay algo de comida en el frigorífico. Yo estaré fuera. He llamado a tu chica, le he dicho que nos quedaremos a descansar en mi casa. Mejor eso que la verdad.
Nos vemos, José.”

¿Mejor eso que la verdad? ¿A qué verdad se refería? ¿Qué pasó la noche anterior? Tenía la mente demasiado nublada para pensar, recién levantado y de resaca no podía acordarse de nada. Tomó una ducha, desayunó algo y se fue al salón a descansar para intentar pensar en todo lo que podría haber pasado por la noche.
Primero fue con José y algunos compañeros a cenar, ahí no hubo nada raro. Sólo cayeron un par de cervezas, después de cenar fueron al pub donde estaba Nadia y el resto de compañeras de la empresa. Allí tampoco pasó nada importante que pudiera recordar, tal vez sólo un par de copas más. Y, quizás alguna que otra mirada con Nadia, quizás algún comentario sobre echarla de menos, tal vez un “me encantan tus ojos, son los más hermosos que he visto nunca”, o “¿Qué tomas? Yo te invito esta noche”. Después tal vez otro pub o alguna discoteca, no está seguro de tanto.

Después de aquel pub dónde estaban las chicas de la empresa fueron a una discoteca, bailó con Nadia y tomaron algunas copas más. Hasta aquel momento no había pasado nada entre ellos. Sólo había sido capaz de decirle que le encantaban sus ojos. En aquellos momentos habría matado por robarle un beso de sus labios, y de hecho estaba ansioso por rozarlos. Pero la impotencia le paralizaba, si hubiera estado solo habría gritado y llorado por la desesperación, pero con tanta gente sólo quedaba apretar los vasos con la mano bajo la oscuridad, creer que con ese gesto toda la rabia y la impotencia de no poder tenerla se irían. Le faltaba valor y le sobraba lealtad.

Y hasta la hora de la despedida no hubo más entre ellos que miradas silenciosas que decían lo que sus almas sentían aquella noche, pero ningún hecho. Nadia se iba. Le acompañó hasta la puerta y allí, lejos de las miradas de sus compañeros, sacó el valor que no tenía. Le cogió la mano, la acarició con suavidad y la intentó acercar a él. Ella le pidió que no olvidara que tenía novia. Volvió a cogerle la mano, al sentirla a su lado le susurró:

–¿Puedo pedirte un beso?
–No puedo hacerlo.
–Sólo uno, por favor.
-replicó él.
–Fernando, no puedo, tienes novia. Tú no puedes hacer eso, y yo tampoco.
–Sólo uno, por una noche no va a pasar nada. Sólo uno, por favor.
–No sigas, por favor, Fernando…
-dijo Nadia.

Antes de que ella pudiera terminar la frase Fernando le había robado un beso, y Nadia no había podido hacer nada por evitarlo, ni siquiera ademán de apartarse, tan sólo seguirle el juego, ella también quería seguir aquella senda de lo prohibido. En ese momento no hicieron más que alcanzar el segundo nivel del juego, el primero fueron las miradas.

Después de esa experiencia extra, él la acompañó hasta el taxi y allí la dejó, ella no quiso ir más allá en ese momento. No quedaron en nada más, ni lo comentaron más, aquello fue como si nunca hubiese pasado pero pasando, el saber que dejas la puerta abierta a ese desconocido que te cautivó, pero a cada paso miras atrás para recriminarle que te siga.

Y tras dejarla dentro del taxi, volvió a la discoteca y se tomó otro par de copas con sus amigos. Siguió bebiendo, y en un descuido le dijo a José que había besado a Nadia en la puerta cuando ésta se iba.

–Fernando, ¿por qué has hecho eso? ¿Por qué has besado a Nadia? -preguntó José asustado.
–Tú nunca lo entenderías -dijo con media sonrisa en su cara-. Mi vida es una falsa, estoy encerrado en una cárcel: no tengo libertad para decidir. Pero al encontrarme a Nadia, ver lo libre que es… la he necesitado. No sé, ha sido todo muy rápido; sólo ha sido un beso.
–Pero, ¿por qué lo has hecho?
-volvió a recriminarle.
–Carpe Diem, José. CARPE DIEM. -sentenció Fernando mientras iba a la barra a pedir otra copa, de lo que fuese, daba igual.

Ahí se acabaron todos sus recuerdos de aquella noche, pero al menos ya había conseguido recordar la verdad a la que se refería José, y el porqué estaba durmiendo en su casa.

Carpe Diem, I

Cuando se despertó en una cama que no era la suya cayó en la cuenta de todo lo que había pasado la noche anterior. Aquella noche Fernando había quedado con los compañeros del trabajo para ir a tomar una copa y luego ¿quién sabía? Quizás algún pub o alguna discoteca. Era el último día en el que Nadia estaría en la empresa.Sólo habían sido siete semanas: un trabajo temporal conseguido a través de una página de internet, tan famosas en aquellos días. Sólo estaba cubriendo una baja en el departamento de administración. Sin embargo, siete semanas pueden dar para entablar cierta amistad. Y aquella noche las efímeras amistades de Nadia habían quedado en salir para despedirse, sabían que fuera de la empresa todo se esfumaría. Nadie puede amarrar una amistad eternamente si sólo la unió un soplo de viento en los hilos del destino.

Fernando era contable. Trabajaba en una gran asesoría, una de las mejores de la capital. El sueldo no estaba nada mal, rondaba los veintisiete mil euros; aunque también tenía sus inconvenientes, siempre había demasiado trabajo, y en periodos puntuales demasiadas horas extras sin remunerar. Pero nada más. Su vida laboral se quedaba allí, no había ascenso posible, salvo la actualización salarial. Pero era éste ese trabajo que le daba la estabilidad que tanto tiempo había estado buscando, ahora podría comprarse ese piso junto a su novia, ese lugar donde vivir en el futuro.

La novia de Fernando le había convencido de que eso era lo mejor para los dos, él nunca estuvo de acuerdo, tenía sueños por los que luchar, ilusiones que alcanzar, y lo que en un principio fue sólo un trabajo temporal tras unas prácticas acabó convirtiéndose en su cárcel, en su único futuro, su única realidad de la que no podría salir. Ella había cambiado su futuro por otro distinto.

Un futuro junto a la mujer que amaba podía ser maravilloso a pesar de todo lo que perdiera por dejar escapar sus sueños. Pero pasar años junto a esa persona por la que sólo sientes indiferencia, atrapado en aquella cárcel con barrotes en forma asientos contables podía ser algo terrible y si no encontraba el valor suficiente para evitarlo eso sería lo que le pasaría en la vida. Cuatro años con su novia habían sido suficientes para cambiarlo por completo, para dejar atrás todas aquellas ilusiones. Había sido tiempo suficiente para dejarlos tan atrás, que ya ni siquiera los recordaba.

La conoció al poco tiempo de que le hicieran el primer contrato. Su novia trabajaba en otra empresa como administrativa. A ella sí le gustaba su trabajo. Nunca había servido para estudiar y nadie apostaba por ella, no pensaban que tuviera la dedicación necesaria para estar todos los días en una oficina. Pero poco a poco se había ganado la confianza de los que estaban a su alrededor, primero había completado un ciclo formativo de administración y finanzas, y tras las prácticas había sido incorporada a la plantilla de la empresa, como pasó con Fernando. Ya llevaba tres años, y si todo iba bien, serían muchos más. Sin embargo antes de que empezara a estudiar, con veintidós años, ni en su familia recordaban por cuántos trabajos había pasado desde que acabara, con retraso, el bachillerato. Y dentro de un par de meses más volvería a sorprenderlos: daría la entrada para comprar un pequeño piso en el centro de la ciudad junto a su novio.

Y en el polo opuesto estaba Nadia. Ella era todo lo contrario a Fernando y su novia: aún tenía sueños, ilusiones por las que seguir luchando día a día: aún tenía ánimos con los que levantarse cada mañana con una sonrisa. Por eso, para alcanzar sus metas siempre buscaba trabajos temporales, necesitaba tiempo para mejorar como artista. Lo que realmente le gustaba, y se le daba bien, era la pintura.

Había estudiado un ciclo formativo de grado superior en contabilidad, igual que la novia de Fernando, y otro de grado medio de informática. Sabía muy bien que aquello la alejaría de su sueño a corto plazo, pero eran los pasos necesarios para obtener una cierta holgura financiera y poder dedicarse a pintar.

Nadia era un par de años más joven que Fernando y su novia, tal vez por eso aún tenía sueños en su vida, o quizás aún los tuviera porque nadie le había cortado las alas. Durante el trabajo en la empresa estaba soltera –y aunque no lo hubiera estado– muchos hombres se fijaron en ella, pero ninguno tanto como Fernando. Aunque claro, con aquel toque tan angelical en su mirada era imposible no fijarse en ella; además, siempre iba regalando su sonrisa, ésa que sólo da los sueños cumplidos.

Ésa era la vida de estas personas y aunque aquella noche podía haber cambiado para los tres no fue así

Mil y Una Noches

Él tenía dieciocho años recién cumplidos, en concreto aquel día. Para muchos, ya era un adulto, pero para sí mismo: un niño pequeño e inocente. Tanto, que jamás se había enamorado, nunca sintió el calor de un beso en sus labios. Su madre siempre lo había protegido en desmedida, y ese año dejaría atrás su viejo pueblo para irse a la capital a estudiar, el sueño de tantos chicos de pueblo, irse a la capital para conocer mundo. Desde hacía varios meses ya tenía el piso alquilado, esperándolo a él. La próxima semana sería su prueba de fuego: vivir sin su madre.
El día siguiente a su cumpleaños fue con los padres a su nuevo hogar, y lo dejaron sólo en aquella inmensidad, pero poco importaba: mañana sería el gran día, empezaría su carrera más deseada, Psicología. Aquella noche no pegó ojo, extrañaba la cama, estaba nervioso, pero sobre todo: sentía que tal vez al día siguiente su madre no le despertaría con el “Buenos días, es hora de levantarse” que durante tantos años le había estado regalando.
Pero, al despertar ni siquiera le dio tiempo pensar. Llegaría tarde a su primer día, sin embargo, llegó demasiado pronto. Con la certeza del que sabe que su autobús escapa, él corrió. Tanto es así que llego a la parada y ni siquiera estaba allí el autobús de la línea 17. Desesperado miró su móvil, y se dio cuenta de la hora que era, aún faltaban algunos minutos para verlo aparecer por el horizonte de aquella calle. Se había estudiado el horario días antes. Montó en él, y durante todo el trayecto no miró a nadie tan sólo estaba absorto en sus pensamientos.
El camino para ser su primera vez lo hizo de una forma muy mecánica, y hasta que se sentó en su silla, al lado de la puerta ni siquiera se inmutó que había entrado en la facultad, y mucho menos que estaba esperando a que llegase el profesor con la mirada perdida en el pasillo. En él, entre la multitud una chica se cruzó con su mirada, de la boca de aquella chica salió un hola y de sus ojos una sonrisa. Él, un poco aturdido se los devolvió. Era alta, con el pelo castaño, no demasiado largo, ni demasiado corto, si pudiera llamarse ese estilo como normal, sería normal; tan normal que lo llevaba unos centímetros por debajo de los hombros. Tras aquel saludo, sin un motivo aparente, la chica desapareció y llegó el profesor a su primer día de realidad psicológica, quizás eso le serviría pues, en aquel momento estaba echo un mar de dudas.
Cuando acabaron todas aquellas horas, que en el fondo le parecieron infernales, salió de la facultad. En todo el día sólo habló con aquella chica que, posiblemente, no vería más. Aunque, el destino jugaba a su favor y la volvió a ver en la parada de autobús. Sin ser aún consciente era la tercera vez que se cruzaban miradas, y la segunda que lo hacían con palabras. Ella se bajó una parada antes que él, pero esta vez no se despidió, es más, ni siquiera se cruzaron miradas al salir… ya habría tiempo de eso, ya habría tiempo.
Pasaron casi tres años, mil días, y mil noches. Y él cada vez estaba más acostumbrado a la capital, cada día de esos, algo menos de, tres años la había hecho un poco más suya, y cada vez se sentía menos pueblerino. Mas seguía sin perder esa inocencia con la que llegó, seguía sin conocer el sabor de unos labios, o el cosquilleo de dos lenguas unidas. Seguía sin conocer el amor, y sin saber aún que se encontró tres veces con aquella mirada que lo persiguió durante tanto tiempo buscando, tener algo más de un saludo.
Y fue en la noche mil y una, cuando salieron de la facultad en aquella parada de bus dónde él se sinceró con ella, dónde ella se sorprendió y cambió todo para los dos. Él se lo dijo todo, tras el “hola” y la sonrisa, le dijo que nunca había besado a una chica, que nunca había estado enamorado de nadie, y que sólo ella con su sonrisa había conseguido robarle el corazón y los sentimientos, que se moría por probar sus labios, rozar sus bocas y sentirlo todo por primera vez con la magia de dos amantes enamorados. Y, ella accedió, y se besaron, por fin sus sueños se hicieron realidad. En aquella noche mágica, aquella noche de amor…
Desde entonces, a aquel beso siguieron muchas más palabras que los primeros “holas”, muchas más palabras que esa declaración inocente y, tal vez, descuidada. Desde aquel día empezó su nueva vida y su relación, para él la primera, para ella, nunca lo sabremos, pero sí sabremos que marcó una diferencia en su forma de ver la vida: la inocencia de él pasó a través de ella, para quedarse un poco dentro de sí, para estar aún más unidos.