Salamanca

Salamanca

Quisiera creer que aprendí, que llegué a comprender que por muy lejos que vaya, por muchos kilómetros que recorra de una forma u otra, los problemas van a seguir estando a mi lado; que escapar no siempre, o más bien nunca, es la solución. Pero ha de ser que soy mal alumno y sigo repitiendo el curso porque esa lección nunca logro aprobarla, y sigo huyendo tan lejos como puedo, siempre a solas, creyendo que así será mejor, que así podré enfrentarme a todo aquello de lo que huyo. Pero el suspenso no logra desaparecer y ya no quedan convocatorias para volver a intentarlo.

Habría otra oportunidad, o la hubiese habido. La otra asignatura que podría servir para convalidar esta es aquella de la que todos me hablan, que todos me recomiendan y yo no logro encontrarle el encanto, porque me falta algo de valor (ya sabes aquello de teatro y disciplina, máscaras y marketing). Ya sabes, eso de decir las cosas a la cara. A veces, bastaba con eso y habría aprobado. Pero no todo acaba ahí, porque si te hubiese dicho que me gustabas la nota correspondería al bien; un te quiero sincero, notable. Y sí me hubiera esforzado, si realmente lo hubiese apostado todo, si me hubiese entregado al máximo y haberte hecho entender que habría podido llegar a amarte –aunque entre tú y yo, casi casi llegué– y que ahora, tras tantos kilómetros de por medio nada tiene solución, el sobresaliente. Y si todo lo hubiese dicho mirándote a los ojos, sin que me temblara la voz, cogiéndote de la mano y besándote… ahí habría estado la Matrícula de Honor.  Pero al seguir solo, sigo suspenso.

Créeme, no lo digo solo por decir (no, esta vez no), esas asignaturas son más difíciles de lo que parecen, y son para chicos sinceros. Personas que no se esconden, que se atreven y que saben no dañarán a nadie ni con sus palabras ni sus actos, ni tan siquiera a ellos mismos. Y, como sabes, yo no soy un chico sincero, simplemente soy un chico bueno, bueno de esos que ya no quedan… Aunque en el fondo sé que da igual ser un chico sincero o uno bueno, porque tú, tú siempre elegirás al chico malo. El malo, aquel que la primera vez que te vea cuente la historia más inverosímil y te bese mientras fumáis o ese otro que, también la primera vez, te trate como si ya estuvieses en su cama y no deje centímetro de tu piel por tocar.

¿Lo único bueno de todo esto? Que el curso está empezando ahora, que aún puedo elegir ser bueno, sincero o malo, o ser yo mismo y tal vez aprenda que de nada sirve viajar a solas setecientos kilómetros, o mil, o varios miles; que tampoco sirve pasarme tres, siete o diez horas en un coche o un tren. Tal vez aprenda también que por muy bien que lo haga, que por mucho que cuide y mire por ti esperando algo más ese algo nunca llegue (ni siendo sincero). Quizá entienda que me equivoco en la idea anterior y si cuando tuve la oportunidad te hubiese besado todo habría sido distinto (o igual pero sabría que al menos, lo intenté y no haría daño a nadie). Porque ahora yo, yo sigo estando solo; y tú, tú… no quiero saberlo pero aprobaste todo.

Las Cosas que Nunca te Dije – III

Quiero creer que nunca supiste lo que yo sentía, que no te di la opción de adivinarlo, ya sabes: teatro y disciplina. Soy tan estúpido que así me siento mejor, suficiente con un imposible. Aunque temo que quizás lo llegaste a intuir justo antes de la cena que habíamos planeado para aquellos días. Sí, yo fui bastante insistente en que fuese en aquel restaurante lejos de todo y todos, y después salir a tomar algo por allí, e incluso hablé de reservar un hotel –que ya estaba reservado– donde quedarnos a dormir aquella noche para evitarnos el cansancio y poder tomarnos alguna copa sin problemas.

Mi intención era hacerte el amor ese día hasta que me dijiste que no, que te habías puesto mala, un cólico precisamente, y tendríamos que cancelar la cena –y el hotel, pero eso tú no lo dijiste– y dejarla para otro día. Solo te dije bueno, que no te preocuparas, lo cancelábamos. Daba igual, lo importante era que mejoraras, lo demás daba igual… Pero no era verdad: nada daba igual, me sentó mal y no llegué a creerme aquel problema gastrointestinal. No tenía ningún derecho a decidir sobre tus sentimientos por muy fuertes que fuesen los míos pero tampoco tenía necesidad de soportar la mentira. Duele que mientan cuando la otra parte sabe que nada es cierto… Aunque ahora sí da igual.

Y da igual por una sencilla razón: entiendo todo imposible. Lo comprendo todo aunque me cueste aceptarlo o creerlo. Por eso, esta noche he decidido deshacerme de todas las cosas que nunca te dije, en unos días sale mi vuelo hacia Alemania. Al final encontré valor, y como tantos otros jóvenes españoles de nuestra edad hago la maleta con las pocas cosas que tengo y voy hacia lo desconocido. ¿Qué tenemos que perder? Ellos no lo sé, yo nada. Aquí ya no me queda nada que mantener, llevo mucho tiempo buscando un trabajo que no se me ofrece, algo para combatir la desidia y no lo encuentro. Allí tendré la oportunidad de comenzar de cero.

Ha sido una decisión dura pero creo que será la correcta, igual que mi ex, igual que esta carta. Soy consciente aquí puede virar el rumbo del resto de mi vida, pero llevo mucho tiempo pensando, dándole vueltas en mi cabeza, sopesando pros y contras, sin comentar con nadie: tenía miedo que me convencieran para no ir. Será duro y difícil, apenas tengo unas nociones básicas de alemán pero no es fácil vivir cada mañana robándole minutos al reloj para que este pase, escapar del tiempo y esconderme de los recuerdos para no encontrarte en ellos, para no cruzármela en el callejón de la memoria. A partir de ahora y por una vez la distancia será el pilar de la felicidad. Nunca te dije nada de esto, nunca se lo dije a nadie… a veces yo también sé guardar secretos.

Claro que tengo miedo que todo falle, que allí tampoco pueda conseguir lo que anhelo. Pero, ahora mismo es un mundo lleno de posibilidades, el trabajo soñado y la oportunidad para encontrar el clavo que necesito. En España no tengo ninguna opción, ningún trabajo donde matar las horas, mutilar las mentiras y silenciar los imposibles; no hay clavos que buscar porque aún no soy el martillo que pueda ayudar a sacar los que llevo.

¿Realidad o ficción? ¿Razón o locura? Elijo locura, ficción, sueños: huir: escapar de mí.

Imagínate mi vida durante los últimos meses, sobre todo en las últimas semanas con las decisiones ya tomadas y los errores cometidos. Mi cabeza tenía claro que no podía seguir con ella. Solo era engañarnos, tantas discusiones, tantas dudas, y tantos desvelos en la noche que la poca magia que quedaba terminó por apagarse. El futuro se había situado demasiado pronto en el presente y no pude soportarlo –sigo sin saber realmente qué pensaba ella–. Decidí lo mejor sería dejarlo antes que hacernos –hacerle– más daño, yo no podía darle lo que ella pedía: mi amor se había tornado plomo y ella no podía mantener la balsa a flote. Aquella noche lloró, lloré, lloramos… y no te escribí, aunque todo me decía que lo hiciera. No quise ser tan frío: teatro y disciplina.

Te escribí al par de días, intentaste darme ánimos, te propuse vernos en unas semanas. No pudo ser. La oportunidad perdida dio lugar a estas confesiones, a contarte todo lo que había ocultado en este tiempo… pero incluso en todas estas palabras no ha tenido cabida aún el verdadero motivo para comenzar la carta; es verdad que uno de ellos ha sido decirte que no me creí la excusa y otro para despedirme pero hay algo más, cuando “enfermaste” fui consciente de todo lo que no había querido ver en todos estos años: nunca te podré tener.

Eres maestra y lo sabes. Muchas veces la única forma de aprender algo es escribiéndolo, repetirlo decenas de veces en un folio como si el papel fuese el profesor, como si con la tinta la lección adquiriera conciencia y se volviese fuerte: imborrable. Lo hacen tus niños cuando intentan aprenderse la lección para los controles, cuando les castigas y hacen repeticiones con la frase que condena su acto, y ahora lo hago yo para evitar volver a caer en los mismos errores, para decirme que en la distancia todo será más fácil –para mí–, y que es lo único que importa.

Mas, antes de despedirme permíteme que comparta contigo la última gran enseñanza que puedo llevarme de estos años: ocultar un secreto nunca ayuda a nadie. Aún sigo sin comprender si desvelarlo como hago ahora ayude, quiero irme en paz y no queda más remedio que hacerlo, dejaré que el tiempo sea mi mentor. Sería imposible luchar y vivir cualquiera de estas historias en Alemania –mentirle a ella o mentirte a ti–, porque como dijo Guillermo Martínez no me quedaré con ninguna de las dos, y entonces ¿no sería un final feliz? Claro que no, los finales felices están terminantemente prohibidos en las actas de la novela contemporánea. ¿Cómo terminaría todo entonces? Yo me iría, y nada más.

Él siempre se va.

Las Cosas que Nunca te Dije – II

Créeme vivir así fue muy duro para mí, y sobre todo por ella, aunque siempre le creí ajena a las mentiras el dolor era inevitable. Todo lo que hacía era por –y para– protegerla, nadie quiere ser el clavo del refrán. Yo, por mi parte, sigo sin saber cómo vivirías tu relación, a pesar de todo nunca tuve el valor para preguntar, para acercarme a ti. A veces lo intentaba a través de ella: con el tiempo, discusión tras discusión aprendí a dar rodeos para no levantar sospechas. Sabía que tú y ella os habíais hecho amigas y aprovechaba aquello para ir teniendo noticias tuyas cuando mi mente me decía que no debía preguntarte o hablarte directamente: le utilizaba, le preguntaba por alguien que tuviese una mínima relación contigo y así hasta que me iba aproximando a tu círculo y, por fin, llegabas tú.

Siempre oculto tras una máscara, una mentira que lo oculta todo. Porque no estaba tan loco: no me atrevía a decirle lo que sentía por ella. El pecado que siempre estuvo inherente se iba haciendo más patente: no estaba enamorado de ella como para seguir con aquella relación. Quizás ella lo estaba viendo, pero si insinuaba algo yo volvía a vivir en la espiral, en los bordes, en rodeos y lo desviaba todo: no ocurría nada.

Realmente no toda mi relación fue mal, no tengo que engañarte ni engañarme ni engañarla: había momentos en los que todo funcionaba –alguien diría que incluso bien–. Quizás no deba decírtelo, pero cuando se escribe una carta de puño y letra solo tienes una oportunidad para desarrollar las ideas, para expresar tus sentimientos y quizá esta parte de mi vida te haga ver la razón de todas estas confesiones: las dudas.

Siempre he pensado que cuando no estás cerca de la persona por la que sientes todo es más fácil, ¿no? Al fin y al cabo el peso de la rutina acaba apagando los recuerdos y este desvanecimiento se lleva consigo el sentimiento, el dolor y los imposibles.

Por ello mentiría –y no puedo mentir más– si te dijera que siempre estuve enamorado de ti porque no es verdad, lo que sí es verdad es que siempre te quise, te pensé y te necesité pero de distinta forma según el tiempo o la situación de pareja que estuviese viviendo. De algún modo siempre estabas en mi mente, incluso soñé que tú fueses ella, pero también llegué a disfrutar tanto a su lado que la felicidad me inundaba y tu recuerdo era solo eso: un recuerdo ahogado sin espacio para clavos ni martillos. Entendí que para olvidarte necesitaba tomar distancia, pero nunca la alcancé por el suficiente tiempo como para que ello ocurriese, hasta ahora.

Soy consciente del motivo: me faltaba valor. Valor, qué irónico, ¿verdad? Simplemente cinco letras que representan tanto que yo jamás lo tuve. Valor para dejar de hablarte, valor para serle sincero a mi pareja, valor para enfrentarme a la realidad y dejarlo todo atrás: tomar las riendas de mi vida, abandonar los imposibles y las mentiras porque ¿sabes otra cosa? Siempre me gustó pensar que tuvimos un romance fugaz, tan fugaz que tú nunca llegaste a saberlo (un imposible) y cuando la tristeza me superaba solía pensar que nuestra pasión ardió tan rápido que ni las ascuas quedaron (una mentira), o quizás fue que solo ardió de mi parte (la burda realidad).

Y tal vez sea esa falta de valor la que me impida enfrentarme a los recuerdos y traer al presente cuándo y cómo me enamoré de ti. O siendo menos poético pero más realista, quizá ocurra como el conocernos, hace ya tanto tiempo que no logro recordar qué fue lo que me enamoró. Me gustaría decírtelo, no es como el conocernos, esto sí es importante pero no lo sé. Tal vez fuese que mostrabas todo lo que yo quería ser, aunque cuando uno es un crío –yo ya estaba enamorado entonces– no se preocupa por la proyección que reflejan los demás, ni por lo que quiere ser. Eso llega con la juventud y la adolescencia. A esa edad el amor es más platónico que carnal, más fantasioso que real. En mi caso empezó así y se fue tornando en amor adulto tan suavemente que no me di cuenta de ello, tan delicadamente que jamás te hice verlo. Jamás te lo dije.

Las Cosas que Nunca te Dije – I

          Querida Sandra:

Nunca te dije que no me creí aquello que me contaste para que no pudiéramos vernos cuando habíamos planeado hacer el amor –aunque eso solo lo supiese yo–. Tampoco te dije nunca pero lo hago ahora, que mi intención cuando quedamos era hacernos el amor tras la cena, por eso había elegido un lugar romántico, un lugar especial: nuestro japonés. Jamás te dije se me hacía raro estar con otra persona y amarte a ti.

Nunca te dije el infierno que es mi vida durante las noches, ni te comenté que la locura me acecha al despertar y se infiltra en mí cada mañana hasta que consigue robar la poca felicidad que puedo recuperar en los sueños; jamás te insinué que durante el día la razón y las desilusiones no me dejan sonreír, pero como siempre fui buen actor consigo alzar una mueca en mi cara que evita preguntas indiscretas. Tampoco te dije nunca que muchas noches, cerca del alba, tu recuerdo me despierta y me desvela; ni te hice saber que este era el motivo para evitar dormir con mi, ahora, ex pareja y rehuir sus preguntas. Jamás te dije, hasta ahora, nada de esto. ¿Pero qué importa? Sabía, sé mi lugar.

Imagino no será necesario que recuerde como nos conocimos, a nadie le interesa y esta carta quedará solo entre nosotros dos; sin embargo, por muy atrás que eche los recuerdos, por lejos que evada las reminiscencias, ahí estás tú: desde siempre. Hemos crecido a la par, sorteando problemas, amistades, exámenes, cambios e incluso amores… mientras he estado enamorado de ti, en silencio y sin atreverme a decir nada.

La vida es caprichosa, le gusta jugar y nosotros siempre aceptamos la partida aunque nuestras cartas no sean las mejores, porque contamos con un as en la manga: nuestra cara de póquer. ¿Cuántas veces habremos quedado los cuatro cuando teníamos pareja?

Siempre se me hizo extraño pero nunca era el momento para expresarlo, por eso solía pensar que estaba perdiendo una oportunidad para tenerte, ¿pero de verdad existió? Para mí fue muy difícil estar allí con ella, con él, contigo, conmigo… Enamorado de ti y haciendo un papel, fingiendo que solo éramos amigos, controlando muy bien los tiempos de habla y las miradas, no fijarme demasiado ni monopolizar la conversación, coger de la mano a mi ex y coquetear un poco: teatro y disciplina.

Sigamos recordando juntos antiguas escenas de nuestra vida: ahora el oriental. Hubo un momento en que te creí mía, me creí tuyo, o al menos que compartíamos más que un mismo espacio y tiempo. Fue en un restaurante, como tantas veces en aquel tiempo habíamos quedado en un oriental; este era nuevo para nosotros. A nuestras parejas no les hacía demasiada gracia la comida japonesa. La tuya sí la toleraba algo más, aunque prefería china o taiwanesa; pero, nosotros siempre fuimos de sushi, sashimi, makis y todo el sinfín de variedad. Para nosotros pedimos una bandeja con varias raciones de cada, con salsa de soja y wasabi, y, por supuesto, con la rosa de gari que tanto nos gusta a ambos.

Allí te sentí mía, me sentí tuyo y nunca te lo dije. ¿Las razones? Para no hacértelo saber la misma de siempre: miedo al rechazo y creer no era el momento. ¿Para el sentir? La unión que viví en ese momento, las miradas que expresaban todo el placer que sentíamos, compartir contigo los trozos de pescado, dar un bocado y ofrecértelo con mis palillos aunque sea de mala educación en la mesa japonesa, pero no estábamos en Japón aunque el nihonshu nos transportase hasta allí. Y todo sin que me –nos– importase lo más mínimo que en aquella mesa hubieran dos personas más, sin importar si aquello causaría una discusión en mi pareja (no sé si también en la tuya). Allí era donde quería volver para terminar haciéndote el amor…

Otras veces la pelea llegaba porque no quería quedarme a dormir con ella. Como escribí antes, evitaba que me preguntara en un desvelo nocturno o que me notase angustiado al despertar. Toda mi relación se basaba en el miedo a que me descubriese pensando en ti o amándote como te amaba o incluso utilizándola como un mero trámite para apaciguar el dolor de un alma herida. Y, como digo, la mayoría de las peleas coincidían en el tiempo con nuestros encuentros: causalidad.

Campana

Y no sé qué debería decirte o sentir. Sé que antes de nada, debería vencer todos mis demonios, y no creo sean pocos; empezando por el consejo que alguien me dijo (más de) una vez pero que por ahora no tengo las fuerzas necesarias. Todas estas miserias empezaron para olvidar y nada ha servido, hasta que te encontré a ti y comenzó algo especial, algo por lo que luchar y se me fue de las manos… se me está yendo y me siento absurdo, idiota… pero aquí sigo, yo también estoy loco.

Es cierto que ya te he sentido muy cerca varias veces, y siempre en el mismo lugar pero en distinta ubicación. Comentas algo y te quedas mirándome, y yo me hielo, me quedo callado con una batalla en mi cabeza, con una guerra contra la realidad y lo que estoy viendo en ese instante: ¿vas a besarme? ¿es una señal? ¿debería lanzarme? Y las respuestas a esas preguntas siempre se mueven entre el sí y el no. No dan una respuesta categórica, y el combate sigue estando allí: una pequeña voz me dice que no debería, que no puede ser, que todo aquello han de ser más deseos que realidad… y ese beso que nunca se dio se convierte en dos besos en la cara, o en uno; pero nunca en el centro de la boca… y algunos de mis demonios sonríen, otros cuando estoy a tu lado dejan de existir.

Y, otras veces, hablamos infinitas horas sin que nada ocurra a nuestro alrededor cuando todo se mueve tan rápido que desde fuera da vértigo. Esas conversaciones son las que más me gustan, cuando te olvidas de las reglas, cuando tu mente divaga en otros momentos más felices, cuando no existe nadie más que ese camarero que nos avisa va a cerrar y a nosotros aún nos queda un sorbo de café frío, y cuando mis demonios siguen mermándose desde tu boca. Después de todo aquello, como siempre, me haces saber que dices muchas locuras y que no haga caso que he de decidir por mí, pero no olvido aquello de “nunca hablo en balde, y todo lo que digo es por algún motivo”.

Fue en una de esas conversaciones por la noche cuando aquella frase me dejó pensando en lo que estábamos hablando en aquel momento, en las horas anteriores y en todas las cosas que nos decimos, en las que solo yo pienso (creo), y en las que solo yo a veces veo (espero que no). Tantas formas de comunicarnos, tantas de hacernos saber, que pudiera ser extraño te ocultase algo, pero los sentimientos no son “algo”, son una locura o tal vez un truco de magia… y como siempre escuché: un buen mago nunca revela sus trucos y guarda el mejor para el final.

Por eso habrá cosas que nunca te diga, como que te he soñado varias veces. En el primero nos besábamos, nos abrazábamos, nos perdíamos. Todo empezó como un simple juego donde solo nacían besos suaves y tiernos en los labios, veintitrés en total no preguntes por qué, y donde poco a poco se iban volviendo más pasionales. Y tras ese juego nos sonreíamos pensando la estupidez que habíamos hecho, y entonces sí nos besábamos como solo lo hacen los verdaderos enamorados, como lo hacen los amantes: sonrientes y felices.

Y también me callaré aquel epitafio sobre los sueños, aquel que decía ni siquiera estos son tan brillantes como nos hacen creer, porque solo son sueños. Quimeras. Y no tiene nada que ver que esta noche volviese a soñar contigo, por segunda vez, y te volviera a besar, pero esta vez sin los juegos, sin esos veintitrés besos coquetos que se fueron incendiando. Tampoco tiene relación que sea consciente no se tornarán realidad. Esta vez simple y sencillamente éramos felices con ellos. Quizás fuera del mundo onírico no todo es tan fácil como nos gustaría.

No te preocupes. Es simplemente que, el reino de mis sueños es algo que ni yo alcanzo a entender. Ni tampoco pretendo lo hagas tú. No es un reino que duela, por suerte, las pesadillas es algo que siempre están lejos de mí, no me asaltan cuando me rodean las sábanas no tienen cabida junto a mis demonios, ellos lo ocupan todo; en mi cama siempre estoy solo, sin ti. Al final, tú no eres la débil de la relación…

Cuando No Queda Nada

Dejé atrás todos mis sueños, jamás seguí mis instintos, estaba seguro que no me llevarían a ningún sitio: ¿Por qué caminar en busca de tus sueños si corres el riesgo de no alcanzarlos nunca? Esa fue la pregunta que me acompañó durante todos los días de mi vida y jamás le di una respuesta que me llevara a luchar por ellos. Era mejor guiarme por los deseos más oscuros y conseguir subir a la cima en solitario sin sueños, ni acompañantes.

Y ahora desde aquí observo mi vida, mis recuerdos, mis temores y mis fallos. Sí, es cierto lo que dicen: todo es como una película en la que el protagonista eres tú. ¿Y sabes que es lo más triste? ¿Sabes que he descubierto? Que fui como aquel califa cordobés, Abd al-Rahman III al-Nasir, que a lo largo de su reinado de cincuenta años tan sólo conoció catorce días de felicidad. Más de 18.000 días vividos y menos de medio mes de alegría.

Me siento tan raro. Observo todos mis movimientos, veo los errores e intento remediarlos, me aconsejo, me grito… pero sé que es inútil, ahora es tarde. Ya no queda nada por lo que luchar, ni nada que perder: todo se quedó atrás, todo lo dejé abajo. Quién quiera que dijese que nunca es tarde mintió, ya es tarde, siempre lo fue para mí. Ahora empiezo a entenderlo todo, y ahora que soy consciente ¿de qué me sirve? No puedo hacer nada, ni siquiera llorar, no quedan lágrimas que derramar. Todas se quedaron allí abajo en los ojos de los demás, nunca en los míos.

Me veo con veinte años, era todo lo que un hombre de esa edad desearía tener, pero aún así yo no tenía nada y no sentía nada. Por dentro mi vida estaba vacía: mi familia rota y yo estaba solo, sin nadie a mi lado. Y nunca la tendría ya que jamás luché por un amor. En aquellos tiempos me había enamorado de una mujer de treinta y tantos años, me habían cautivado sus ojos y su pelo pero la dejé escapar igual que ella dejaba escapar mis sonrisas.

Es en estos momentos cuando no queda nada cuando lo quiero todo, hasta decirle a aquella mujer de que la amaba, y que daría mi vida por estar a su lado. Pero, veo como en aquel momento preferí jugar a su juego de miradas esquivas y perderme por siempre de su vida. Desaparecer para siempre en la oscuridad que reporta la soledad, creyendo que tal vez así sería más feliz. Jamás acepté que podría dañarme la penumbra, siempre me sentí tan cobijado en ella. Cuán equivocado estaba.

Ahora sé que mi vida fue fruto de los siete pecados capitales: la ira y la envidia nunca me dejaron ser feliz; la lujuria y la gula destruyeron mi alma; la avaricia y la soberbia nunca me dieron lo suficiente; y la pereza acompañada del resto siempre me impidió luchar por los pocos sueños que me iban quedando. Pero todo eso ahora es muy fácil de ver e imposible de remediar. Ahora dispongo de toda la eternidad para recrearme en mis pocas virtudes y destruirme una vez más en mis errores, en los fallos que no deseaba ver. En aquellas noches de lujuria desenfrenada en las que creí ser feliz con prostitutas, dónde sólo importaba la lujuria para poseerlas, la avaricia de ser más que nadie, y la soberbia de creerme el mejor.

Sin embargo si hubiera encontrado el valor para mirar en mi alma hubiera descubierto que estaba vacía, tanto como mi vida. Me veo y me repugno al recordar cómo uno a uno fui pisoteando a todas las personas que se interpusieron en mi camino hacia la gloria, hacia el ascenso. Los humillé igual que desprecié a todos aquellos que intentaron ayudarme a ser mejor persona. Siento que nunca tuve un ápice de humanidad, ni creí necesitarla. Se me hacía tan fácil ascender solo que jamás pensé en hacerlo acompañado. Cegado por el poder mi único sueño, o eso creía, era subir más y más alto. Tan alto que todos supieran de mi nombre, de mi fama, de mis empresas… y ahora aquí ¿de qué me sirve un nombre?, ¿de qué me sirve un pasado?, ¿de qué me sirve el haberme creído un Dios cuando la felicidad nunca estuvo en mi vida?

Siento que fui como el sultán del sufí: a pesar de poseer dinero, poder y posición social, tenía dos esclavos: la avaricia y la ira, que hacían moverme de forma ruin. Sin embargo, aquel sultán se arrodilló ante un derviche harapiento, algo que yo jamás hice ante nadie. Ninguna vez me di por satisfecho, nunca acepté un no por respuesta de alguien más bajo que yo, y de personas más altas, muy pocas veces también. Pero lo perdí todo y todos aquellos que trabajaban para mí, todos los que me rodeaban me dieron la espalda: a mí que lo tuve todo y fui su señor. Aquello me enfureció aún más y sólo acabó por desprestigiar más mi caída y adelantar mi muerte. Hoy, al fin, soy consciente: nunca tuve la razón y mucho menos merecí una mano amiga.

Ahora por fin sé cuáles fueron mis catorce días de felicidad: trece de ellos fueron en mi infancia cuando aún era un alma pura y no estaba corrompida, cuando no tenía la edad suficiente para comprender lo que pasaba. Fueron doce años los que viví con mis padres, en los siete últimos empecé a ser consciente de la realidad de mi familia. Casi todas las noches escuchaba sollozos de mi madre o los gritos de mi padre. Mi padre obligaba a mi madre a prostituirse para pagar los gastos de la familia, y si ella no quería le pegaba hasta hacerla cambiar de idea. Yo jamás me enfrenté a mi padre, no encontraba el valor suficiente. Fue una noche en una discusión cuando a mi padre se le fue la mano y mató a mi madre, luego él se suicidó. Y yo quedé solo para el resto de mi vida.

Tras sus muertes quedé desamparado. Mi familia, o la que yo pensaba mi familia, me dio la espalda y me mandó a vivir a las calles de aquella fría ciudad, a los barrios bajos y fríos de aquel suburbio. Desde entonces y hasta mi muerte no hubo mayor felicidad que la contaminada por el alcohol, los vicios, las drogas, y los pecados.

El último día feliz de mi vida fue el último día de mi vida: cuando fui consciente de que todo acabaría. Y el día más triste, si tuviera que elegir sólo uno fue descubrir que estaba solo: que todos me odiaban como al mismísimo Belcebú.

El día de mi muerte empezaba a ser consciente de todos los errores, por eso cuando llegó la hora de la cita y vi acercarse la muerte con paso lento pero certero no intenté huir, ni pedí una segunda oportunidad, simplemente sonreí y fui feliz. Siempre he sido conocedor de mis errores pero jamás intenté remediarlos, ni siquiera evitarlos. Esa era la única forma que tenía de actuar vicio tras vicio, error tras error. Ahora para el resto de la eternidad sólo queda descansar y buscar a la dueña de las miradas esquivas para, ahora sí, luchar por pasar el tiempo junto a ella.

Bohemio

Era tarde, muy tarde. Estaba tan oscuro que apenas se podían distinguir las luces de las farolas en las aceras. Las calles por las que pasaba estaban vacías y él sentía esa soledad en su corazón: ese hueco que deja un amor cuando se va sin razón comprensible. Había pasado toda su juventud junto a ella y ella ahora se había deshecho de él como si sólo fuese un bolígrafo usado al que ya no extraer más tinta. Como si él fuese el bolígrafo de aquel día de mayo en la clase de Ciencias Sociales qué se le cayó a ella y él lo recogió para devolvérselo… Desde aquel día habían estado juntos y ahora se separaban como si no compartieran recuerdos en común.

¿Y todo por qué? Todo por ese chico que conoció cuando salió con las amigas, o eso le había dicho a él, igual se conocían desde antes. En diez años nunca habían estado separados, nunca se habían peleado, ni discutido, ni siquiera se habían fijado en otras personas. Todo era perfecto para ellos hasta aquel día. Vivían absortos en su burbuja lejos de la vida real, pero al menos en ella fueron felices hasta que la burbuja explotó. Y ahora él estaba sólo y ella acompañada; él sentía el frío de las noches de verano y ella el calor. Ese calor que tantas veces tiempo atrás disfrutaron juntos, ese calor que se torna en frío cuando sólo queda el amargo sabor del recuerdo.

Caminaba solo por las calles. Sin rumbo, sin ilusión por llegar a ninguna parte, sin nadie que le esperase en su destino, sin un motivo por el que vivir. En su espalda podía sentir el peso de la vieja alegría disipada a la sombra de un desamor. Caminaba como quién sabe que su hora ha llegado y ya no hay marcha atrás, caminaba hacia su verdugo que no era otro que el desamor y el desamparo. Sin embargo, él no iba a la horca, no caminaba hacia una guillotina, ni estaba condenado a la silla. Su viaje era más duro, venía del Cielo e iba camino al Infierno. Un Infierno del que difícilmente podría salir; sólo podría sacarlo una persona y esa persona estaba en el Cielo acompañada, estaba demasiado lejos de allí y no tendría ganas de rescatarlo pues fue ella quién lo dejó caer.

Aquella noche era sábado y al cruzar una calle comienza el ruido de los pubs y discotecas. En la siguiente se intensifica y en las calles comienza a verse algunas personas. Son las cinco de la madrugada y la noche es oscura pero a la gente no le importa eso, está acompañada por sus amigos y algunos litros de alcohol en el cuerpo. Pero Raúl está solo, vacío, triste… Su alma desesperada y sus ojos cansados de tanto llorar: de llorar por un amor insalvable y muerto sin una razón que le alivie el corazón.

Demasiada gente, demasiados locales en los que abandonarse a beber y olvidar las penas, pero teme encontrársela a ella en alguno de aquellos. Sigue andando aún más lejos, ya ni siquiera recuerda cuando comenzó a andar. A cada paso que da vuelve a haber menos gente y las calles se retornan oscuras. Al final acabó entrando en el local más solitario que encontró, no había nadie en la calle esperando, ni en los alrededores, si quiera tiene luces que anuncien el nombre de aquel bar. Parece un local de mala muerte, un local dónde morir, ni siquiera hay un portero.

Y por fin, justo delante de la puerta consigue ver el nombre de aquel local, El Cruce de Caminos, dice un rótulo de neón apagado. Cree que es ridículo porque no está en ningún cruce de dos calles, ni hay intersecciones cerca, pero de todas formas decide entrar. La puerta ha de abrir él y siente como si moviera el mundo entero, tras días de llanto y desilusión no tiene apenas fuerzas.

Al entrar allí una niebla densa carga el aire, una mezcla de tabaco y drogas. Sus ojos enrojecidos por las lágrimas y el humo distinguen algunas miradas no muy contentas de verle allí a él, parece ser que no es bien recibido. A duras penas puede respirar en aquel lugar. Los ojos entre ceñidos se clavan en su cuerpo, tal vez piensen en pegarle. Asustado gira su mirada lentamente hacia lo que quiere creer que es la barra de aquel bar, en aquella pared cree distinguir algunas botellas de alcohol. Por primera vez desde que entró ve una mirada que parece sonriente, alegre… como de una mujer. Es como si el humo desapareciera y pudiera mirar directamente a aquellos ojos.

Esos ojos se acercan, ambos caminan hacia el encuentro. La chica es hermosa, es la belleza que ha estado buscando tanto tiempo. La luz de su corazón antes apagada ahora vuelve a brillar, no lo puede creer. Mientras unos labios le besan, le hacen suyo, se apoderan de él… Todo ha cambiado, todo ha resurgido con el beso de aquella camarera, con su magia. Vuelva a la realidad y cree comenzar a entender el nombre de aquel bar y pide una cerveza, una gran jarra de cerveza, para comenzar de cero hace falta valor.

Parando…

Basar mi felicidad en tu estado de ánimo es la mayor locura que he hecho nunca.

Pero mi risa está atada a ti, no quiero creer que te ame porque no siento que «eso» sea algo tan leve; pero sí te has tornado importante en mí, en mis días y mi mente. No sé cómo lo haces, pero sólo contigo logro olvidar al resto. Solo contigo puedo hacer desaparecer demonios.

Pero lejos de ti, o si te siento y veo mal todo vuelve a derrumbarse y no sé qué hacer.

Y se me pasa por la cabeza de nuevo grandes locuras que no me llevarán a ningún lado, porque vuelvo a sentirte prohibida, a creer (y saber) que este sentimiento es solo de una dirección, y temporal. No tengo nada que darte haga te quedes aquí, no puedo parar el tiempo por siempre pero sí soñar locuras y no llorar en la noche.

No llorar.

Marketing

Entiéndelo bien –me dijo– todo lo que ves fuera es marketing: todo. Y tenía razón, jamás lo había pensado así hasta que escuché sus palabras; es cierto, todos intentamos vender un producto. Precio, promoción y plaza complementan la ecuación.

Mira a tu alrededor. Haz un esfuerzo. Cualquier persona que veas, lleva su propia máscara y de ti depende, solo de ti, ser capaz de mirar más allá de ella y descubrir sus verdaderas intenciones, y entonces sí, entonces comprar o rechazar. Porque nada es lo que ves. La vida –prosiguió– consiste en hacerte siempre el fuerte, da igual a quien arrastres en tu camino. Vivimos con una máscara bajo la cual ocultamos nuestros sentimientos y los problemas. No vales nada si no tienes una vida de ensueño: si te falta el dinero a fin de mes, si no ligas cada noche con alguien distinto, si cenas en casa en vez de en los mejores restaurantes.

Yo no fui consciente hasta aquellos momentos, sí es cierto que me había fijado en el alarde de los “trofeos de caza”, pero no tanto como un producto a vender. Siempre había pensado que la gente se movía por otros instintos, que intentaban crecer y ayudarse mutuamente. Me equivoqué. Y una vez más volvía a descubrir que la Economía está mucho más presente en mi vida de lo que pensaba: todo está relacionado y nadie es lo que aparenta ser. Claro que intentan crecer, cazar y conseguir presas, pero sin ayuda a los demás y sí con su ayuda. Porque, al menor descuido, descubres que bajo la suave piel del cordero se esconde el lobo más atroz.

Sé que si hubiese dependido de mí nunca habría sido capaz de adivinar todo aquello. Ella solo intentaba protegerme de la propia inocencia, «juventud divino tesoro«. El problema estaba en que ni ya era joven, ni mi cuerpo era un tesoro. Siempre me entregué al máximo (o eso pensaba), siempre quise autoconvencerme que recibía lo correcto (o eso quería imaginar), pero sobretodo jamás supe analizar a la gente (estaba seguro de ello por mucho que me aferrase en mirar a los ojos, en fijarme en los gestos), nunca fui capaz de ver más allá de las máscaras. Corderos… eso es lo que he visto siempre, nunca lobos que muerden…

Y no es hasta que alguien más sabio que tú, alguien en quien crees confiar, te habla de las máscaras (y tú solo piensas en quimeras), y ves que tal vez tenga razón. Para ti aquello solo era algo residual, tonterías de niños pequeños, algo que a ti no te tocaba del mismo modo… días malos que, con toda tu buena intención, intentabas arreglar con consejos de libros de autoayuda que ni tú mismo te aplicabas. Pero el problema nunca es tan superficial, hay que entrar más al detalle, investigar las cuatro “P” y darte cuenta que vivimos en un mundo de falsedad.

Aquel que te da su mano hoy, mañana te la morderá. El instinto del lobo no cambia por mucho tiempo que lleve la piel. Solo es algo coyuntural por lo que hoy está a tu lado, una gestión para crecer, venderte un producto -cualquiera- al mejor precio, mostrártelo deseable con su mejor publicidad y en una plaza cualquiera.

Pero también depende de ti la forma de decir que no quieres ese producto. Ningún vendedor acepta un cambio en la demanda del consumidor mientras su oferta, aparente, se mantenga igual. Has de tener mucho cuidado –volvió a decir–, sobre todo con las máscaras… porque, acaso tú, ¿no llevas siempre una máscara?