Carpe Diem, III

Mas al otro lado de la moneda todo es distinto. Nadia sí recuerda muy bien todo lo que pasó la noche anterior, sí recuerda que le dijo que no podía besar a Fernando y que éste la besó, la acompañó hasta el taxi y le pidió su número de móvil para volver a verse algún día, aunque no está segura de querer hacerlo. No puede romper una pareja. Fernando le gusta, pero no puede hacer algo que no quiere que le hagan a ella.Aún recuerda cómo se enteró que estaba comprometido, fue hace cuatro semanas, coincidieron desayunando; se fijó en la mano de Fernando, tenía una alianza, asustada y un poco decepcionada, le preguntó si estaba casado. Le dijo que aún no. Él devolvió la pregunta, y Nadia sólo dijo que estaba soltera.

Antes de anochecer José llegó a su casa y se encontró a Fernando viendo la televisión, tomaron un par de cervezas y hablaron sobre lo que pasó la noche anterior. Antes de que se fuera, José le dijo a Fernando:
–No se puede amar a un espejismo. A Nadia sólo la conoces desde hace unas semanas, apenas has hablado con ella, no es tiempo suficiente para conocer a alguien y amarla. Entiéndelo. No puedes echar toda tu vida por alto.

Al tiempo, Fernando llamó a Nadia. Quedaron para cenar, hablaron de lo que sucedió:

–Siento mucho si lo que hice te pudo molestar, de verdad. Sólo quiero que sepas dos cosas -dijo Fernando-. Cuando te pedí el beso no fue un capricho, si lo hice era porque lo sentía y lo necesitaba en ese momento; es más, lo volvería a hacer.
–¿Y lo segundo?
–Lo segundo es que has sido la primera mujer a la que he besado desde que estoy con mi novia, nunca creí en las infidelidades ni lo entendí hasta que te conocí. Jamás lo había hecho antes, y sé que jamás lo volveré a hacer.
–No te entiendo, ¿por qué lo arriesgas todo por mí? Jamás pensé que podría interesarte. Me dejaste en blanco.
–Lo sé y lo siento, pero… carpe diem, sólo vivimos una vez. Y no creo que hiciera daño a nadie.
–Quizás sí le hiciste daño a tu chica…
-repuso Nadia, Fernando calló durante unos segundos.

Le explicó que su novia ya no le hacía feliz, vivir con ella era como leer una novela: el protagonista no puede salir de los renglones que el autor dispuso para él. Su vida estaba escrita, y aquella noche quiso ser su propio señor. Por momentos ella llegaba a entenderlo, fueron abriendo aún más sus almas y dándose cuenta que aquello podría funcionar, Nadia ya no tenía miedo ni le importaba compartir cosas con Fernando. Y a Fernando cada vez le gustaba más y se acordaba menos de su novia.

Volvieron a algún pub, no les importaba el nombre, sólo querían estar juntos y seguir hablando sobre ellos. Conocerse más, en palabras de José: “necesitaba que Nadia dejara de ser un espejismo para él”.

Pero, por primera vez en toda la noche Fernando empezaba a tener miedo, se daba cuenta que todo podía ser perfecto junto a ella, y de hecho, aquella noche lo fue. Ella le habló de sus ilusiones de convertirse en una gran artista, de los trabajos para pagar sus sueños. Él sólo podía admirarla cada vez más; pero cuando Nadia preguntó si él tenía sueños, sólo pudo callar y decirle que algún día se los contaría. Nadia no se atrevió a volver a preguntar por su ex novia, ni por sus sueños, no quería hacerle sentir mal pues como alguien dijo: “suprimid la mentira, y habréis hecho imposibles las relaciones sociales”. Pensó que aquella noche él podría ser para ella, era soltero y soñador.

Sólo unas horas antes de que cerrasen el pub, Nadia dio otro paso hacia delante, aunque sin definir ningún camino –o eso temió Fernando–.
–¿Quieres hacer algo más? ¿Quizás tomar otra copa? -preguntó ella.
–No, por mí está bien.
–Bueno, pues… nos vamos ya, y mañana será otro día, ¿no?

Fernando no podía dejar que todo acabara así, no quería perderla para siempre ahora que estaba a conocerla más allá de sus ojos azules. Le dio otro beso, esta vez, sin preguntar nada, no hacía falta. Se fusionaron en aquel beso sin final, Nadia le cogió de la mano y lo arrastró hasta su casa. Allí pasó lo que el destino dejó que pasara entre los dos. Cuando Fernando miraba al azul infinito de la mirada de Nadia sólo podía pensar en una frase: Carpe Diem.

Carpe Diem, quizás algunos espejismos se tornan realidad cuando despiertan los sueños.

Carpe Diem, II

Fernando estaba en lo correcto, la cama dónde despertó no era la suya, aunque tampoco la de Nadia. Era de su compañero José, la pudo reconocer cuando se fijó detenidamente en todo lo que había en el dormitorio. Le dolía la cabeza y tenía la boca reseca: se había pasado con el alcohol. ¿Pero qué fue lo que hizo aquella noche? ¿Por qué bebió tanto y ahora despertaba en casa de José? ¿Y dónde estaba José ahora? Responder aquellas preguntas era lo único que le preocupaba.En la mesilla de noche había una pequeña nota firmada por su amigo, decía:
“Fernando,
Puedes quedarte todo el día en mi casa si quieres, no te preocupes. Hay algo de comida en el frigorífico. Yo estaré fuera. He llamado a tu chica, le he dicho que nos quedaremos a descansar en mi casa. Mejor eso que la verdad.
Nos vemos, José.”

¿Mejor eso que la verdad? ¿A qué verdad se refería? ¿Qué pasó la noche anterior? Tenía la mente demasiado nublada para pensar, recién levantado y de resaca no podía acordarse de nada. Tomó una ducha, desayunó algo y se fue al salón a descansar para intentar pensar en todo lo que podría haber pasado por la noche.
Primero fue con José y algunos compañeros a cenar, ahí no hubo nada raro. Sólo cayeron un par de cervezas, después de cenar fueron al pub donde estaba Nadia y el resto de compañeras de la empresa. Allí tampoco pasó nada importante que pudiera recordar, tal vez sólo un par de copas más. Y, quizás alguna que otra mirada con Nadia, quizás algún comentario sobre echarla de menos, tal vez un “me encantan tus ojos, son los más hermosos que he visto nunca”, o “¿Qué tomas? Yo te invito esta noche”. Después tal vez otro pub o alguna discoteca, no está seguro de tanto.

Después de aquel pub dónde estaban las chicas de la empresa fueron a una discoteca, bailó con Nadia y tomaron algunas copas más. Hasta aquel momento no había pasado nada entre ellos. Sólo había sido capaz de decirle que le encantaban sus ojos. En aquellos momentos habría matado por robarle un beso de sus labios, y de hecho estaba ansioso por rozarlos. Pero la impotencia le paralizaba, si hubiera estado solo habría gritado y llorado por la desesperación, pero con tanta gente sólo quedaba apretar los vasos con la mano bajo la oscuridad, creer que con ese gesto toda la rabia y la impotencia de no poder tenerla se irían. Le faltaba valor y le sobraba lealtad.

Y hasta la hora de la despedida no hubo más entre ellos que miradas silenciosas que decían lo que sus almas sentían aquella noche, pero ningún hecho. Nadia se iba. Le acompañó hasta la puerta y allí, lejos de las miradas de sus compañeros, sacó el valor que no tenía. Le cogió la mano, la acarició con suavidad y la intentó acercar a él. Ella le pidió que no olvidara que tenía novia. Volvió a cogerle la mano, al sentirla a su lado le susurró:

–¿Puedo pedirte un beso?
–No puedo hacerlo.
–Sólo uno, por favor.
-replicó él.
–Fernando, no puedo, tienes novia. Tú no puedes hacer eso, y yo tampoco.
–Sólo uno, por una noche no va a pasar nada. Sólo uno, por favor.
–No sigas, por favor, Fernando…
-dijo Nadia.

Antes de que ella pudiera terminar la frase Fernando le había robado un beso, y Nadia no había podido hacer nada por evitarlo, ni siquiera ademán de apartarse, tan sólo seguirle el juego, ella también quería seguir aquella senda de lo prohibido. En ese momento no hicieron más que alcanzar el segundo nivel del juego, el primero fueron las miradas.

Después de esa experiencia extra, él la acompañó hasta el taxi y allí la dejó, ella no quiso ir más allá en ese momento. No quedaron en nada más, ni lo comentaron más, aquello fue como si nunca hubiese pasado pero pasando, el saber que dejas la puerta abierta a ese desconocido que te cautivó, pero a cada paso miras atrás para recriminarle que te siga.

Y tras dejarla dentro del taxi, volvió a la discoteca y se tomó otro par de copas con sus amigos. Siguió bebiendo, y en un descuido le dijo a José que había besado a Nadia en la puerta cuando ésta se iba.

–Fernando, ¿por qué has hecho eso? ¿Por qué has besado a Nadia? -preguntó José asustado.
–Tú nunca lo entenderías -dijo con media sonrisa en su cara-. Mi vida es una falsa, estoy encerrado en una cárcel: no tengo libertad para decidir. Pero al encontrarme a Nadia, ver lo libre que es… la he necesitado. No sé, ha sido todo muy rápido; sólo ha sido un beso.
–Pero, ¿por qué lo has hecho?
-volvió a recriminarle.
–Carpe Diem, José. CARPE DIEM. -sentenció Fernando mientras iba a la barra a pedir otra copa, de lo que fuese, daba igual.

Ahí se acabaron todos sus recuerdos de aquella noche, pero al menos ya había conseguido recordar la verdad a la que se refería José, y el porqué estaba durmiendo en su casa.

Carpe Diem, I

Cuando se despertó en una cama que no era la suya cayó en la cuenta de todo lo que había pasado la noche anterior. Aquella noche Fernando había quedado con los compañeros del trabajo para ir a tomar una copa y luego ¿quién sabía? Quizás algún pub o alguna discoteca. Era el último día en el que Nadia estaría en la empresa.Sólo habían sido siete semanas: un trabajo temporal conseguido a través de una página de internet, tan famosas en aquellos días. Sólo estaba cubriendo una baja en el departamento de administración. Sin embargo, siete semanas pueden dar para entablar cierta amistad. Y aquella noche las efímeras amistades de Nadia habían quedado en salir para despedirse, sabían que fuera de la empresa todo se esfumaría. Nadie puede amarrar una amistad eternamente si sólo la unió un soplo de viento en los hilos del destino.

Fernando era contable. Trabajaba en una gran asesoría, una de las mejores de la capital. El sueldo no estaba nada mal, rondaba los veintisiete mil euros; aunque también tenía sus inconvenientes, siempre había demasiado trabajo, y en periodos puntuales demasiadas horas extras sin remunerar. Pero nada más. Su vida laboral se quedaba allí, no había ascenso posible, salvo la actualización salarial. Pero era éste ese trabajo que le daba la estabilidad que tanto tiempo había estado buscando, ahora podría comprarse ese piso junto a su novia, ese lugar donde vivir en el futuro.

La novia de Fernando le había convencido de que eso era lo mejor para los dos, él nunca estuvo de acuerdo, tenía sueños por los que luchar, ilusiones que alcanzar, y lo que en un principio fue sólo un trabajo temporal tras unas prácticas acabó convirtiéndose en su cárcel, en su único futuro, su única realidad de la que no podría salir. Ella había cambiado su futuro por otro distinto.

Un futuro junto a la mujer que amaba podía ser maravilloso a pesar de todo lo que perdiera por dejar escapar sus sueños. Pero pasar años junto a esa persona por la que sólo sientes indiferencia, atrapado en aquella cárcel con barrotes en forma asientos contables podía ser algo terrible y si no encontraba el valor suficiente para evitarlo eso sería lo que le pasaría en la vida. Cuatro años con su novia habían sido suficientes para cambiarlo por completo, para dejar atrás todas aquellas ilusiones. Había sido tiempo suficiente para dejarlos tan atrás, que ya ni siquiera los recordaba.

La conoció al poco tiempo de que le hicieran el primer contrato. Su novia trabajaba en otra empresa como administrativa. A ella sí le gustaba su trabajo. Nunca había servido para estudiar y nadie apostaba por ella, no pensaban que tuviera la dedicación necesaria para estar todos los días en una oficina. Pero poco a poco se había ganado la confianza de los que estaban a su alrededor, primero había completado un ciclo formativo de administración y finanzas, y tras las prácticas había sido incorporada a la plantilla de la empresa, como pasó con Fernando. Ya llevaba tres años, y si todo iba bien, serían muchos más. Sin embargo antes de que empezara a estudiar, con veintidós años, ni en su familia recordaban por cuántos trabajos había pasado desde que acabara, con retraso, el bachillerato. Y dentro de un par de meses más volvería a sorprenderlos: daría la entrada para comprar un pequeño piso en el centro de la ciudad junto a su novio.

Y en el polo opuesto estaba Nadia. Ella era todo lo contrario a Fernando y su novia: aún tenía sueños, ilusiones por las que seguir luchando día a día: aún tenía ánimos con los que levantarse cada mañana con una sonrisa. Por eso, para alcanzar sus metas siempre buscaba trabajos temporales, necesitaba tiempo para mejorar como artista. Lo que realmente le gustaba, y se le daba bien, era la pintura.

Había estudiado un ciclo formativo de grado superior en contabilidad, igual que la novia de Fernando, y otro de grado medio de informática. Sabía muy bien que aquello la alejaría de su sueño a corto plazo, pero eran los pasos necesarios para obtener una cierta holgura financiera y poder dedicarse a pintar.

Nadia era un par de años más joven que Fernando y su novia, tal vez por eso aún tenía sueños en su vida, o quizás aún los tuviera porque nadie le había cortado las alas. Durante el trabajo en la empresa estaba soltera –y aunque no lo hubiera estado– muchos hombres se fijaron en ella, pero ninguno tanto como Fernando. Aunque claro, con aquel toque tan angelical en su mirada era imposible no fijarse en ella; además, siempre iba regalando su sonrisa, ésa que sólo da los sueños cumplidos.

Ésa era la vida de estas personas y aunque aquella noche podía haber cambiado para los tres no fue así

Déjame Entrar en tu Cama

Déjame entrar en tu cama, y llenar tu cama de estrellas.Aquellas fueron sus palabras. Extraña forma de ligar con una chica, pensé cuando le oí decir eso, pero efectiva como pude comprobar horas después. “Demasiada cama”. Mi respuesta fue tajante, pero no desistió. Mis amigas me insistían en darle una oportunidad. No era feo. Era guapo. Rubio, ojos azules, esbelto y bien vestido; además, no estaba bebido. Inusual en aquel bar. Diferente a lo típico de esas noches. Volvió a acercarse a mí una vez más: “aún me quedan estrellas para tu cama”, atacó.

Está bien, pero antes de llegar a ella tendremos que ver esas estrellas que comentas.

Sólo fueron un par de copas las necesarias y acepté sus juegos de niños. Encontramos aquellas estrellas y las fuimos recogiendo por el camino. Ahora mi cama está llena de estrellas, pero mi cartera vacía.

Mil y Una Noches

Él tenía dieciocho años recién cumplidos, en concreto aquel día. Para muchos, ya era un adulto, pero para sí mismo: un niño pequeño e inocente. Tanto, que jamás se había enamorado, nunca sintió el calor de un beso en sus labios. Su madre siempre lo había protegido en desmedida, y ese año dejaría atrás su viejo pueblo para irse a la capital a estudiar, el sueño de tantos chicos de pueblo, irse a la capital para conocer mundo. Desde hacía varios meses ya tenía el piso alquilado, esperándolo a él. La próxima semana sería su prueba de fuego: vivir sin su madre.El día siguiente a su cumpleaños fue con los padres a su nuevo hogar, y lo dejaron sólo en aquella inmensidad, pero poco importaba: mañana sería el gran día, empezaría su carrera más deseada, Psicología. Aquella noche no pegó ojo, extrañaba la cama, estaba nervioso, pero sobre todo: sentía que tal vez al día siguiente su madre no le despertaría con el “Buenos días, es hora de levantarse” que durante tantos años le había estado regalando.Pero, al despertar ni siquiera le dio tiempo pensar. Llegaría tarde a su primer día, sin embargo, llegó demasiado pronto. Con la certeza del que sabe que su autobús escapa, él corrió. Tanto es así que llego a la parada y ni siquiera estaba allí el autobús de la línea 17. Desesperado miró su móvil, y se dio cuenta de la hora que era, aún faltaban algunos minutos para verlo aparecer por el horizonte de aquella calle. Se había estudiado el horario días antes. Montó en él, y durante todo el trayecto no miró a nadie tan sólo estaba absorto en sus pensamientos.

El camino para ser su primera vez lo hizo de una forma muy mecánica, y hasta que se sentó en su silla, al lado de la puerta ni siquiera se inmutó que había entrado en la facultad, y mucho menos que estaba esperando a que llegase el profesor con la mirada perdida en el pasillo. En él, entre la multitud una chica se cruzó con su mirada, de la boca de aquella chica salió un hola y de sus ojos una sonrisa. Él, un poco aturdido se los devolvió. Era alta, con el pelo castaño, no demasiado largo, ni demasiado corto, si pudiera llamarse ese estilo como normal, sería normal; tan normal que lo llevaba unos centímetros por debajo de los hombros. Tras aquel saludo, sin un motivo aparente, la chica desapareció y llegó el profesor a su primer día de realidad psicológica, quizás eso le serviría pues, en aquel momento estaba echo un mar de dudas.

Cuando acabaron todas aquellas horas, que en el fondo le parecieron infernales, salió de la facultad. En todo el día sólo habló con aquella chica que, posiblemente, no vería más. Aunque, el destino jugaba a su favor y la volvió a ver en la parada de autobús. Sin ser aún consciente era la tercera vez que se cruzaban miradas, y la segunda que lo hacían con palabras. Ella se bajó una parada antes que él, pero esta vez no se despidió, es más, ni siquiera se cruzaron miradas al salir… ya habría tiempo de eso, ya habría tiempo.

Pasaron casi tres años, mil días, y mil noches. Y él cada vez estaba más acostumbrado a la capital, cada día de esos, algo menos de, tres años la había hecho un poco más suya, y cada vez se sentía menos pueblerino. Mas seguía sin perder esa inocencia con la que llegó, seguía sin conocer el sabor de unos labios, o el cosquilleo de dos lenguas unidas. Seguía sin conocer el amor, y sin saber aún que se encontró tres veces con aquella mirada que lo persiguió durante tanto tiempo buscando, tener algo más de un saludo.

Y fue en la noche mil y una, cuando salieron de la facultad en aquella parada de bus dónde él se sinceró con ella, dónde ella se sorprendió y cambió todo para los dos. Él se lo dijo todo, tras el “hola” y la sonrisa, le dijo que nunca había besado a una chica, que nunca había estado enamorado de nadie, y que sólo ella con su sonrisa había conseguido robarle el corazón y los sentimientos, que se moría por probar sus labios, rozar sus bocas y sentirlo todo por primera vez con la magia de dos amantes enamorados. Y, ella accedió, y se besaron, por fin sus sueños se hicieron realidad. En aquella noche mágica, aquella noche de amor…

Desde entonces, a aquel beso siguieron muchas más palabras que los primeros “holas”, muchas más palabras que esa declaración inocente y, tal vez, descuidada. Desde aquel día empezó su nueva vida y su relación, para él la primera, para ella, nunca lo sabremos, pero sí sabremos que marcó una diferencia en su forma de ver la vida: la inocencia de él pasó a través de ella, para quedarse un poco dentro de sí, para estar aún más unidos.

Rutinas Diarias

Fue una tarde cuando la vi, sin saber aún quién era ella, ni qué significaría para mí en el futuro. Como de costumbre, salía a dar ese paseo diario al que me había obligado varios años atrás cuando acepté un pequeño perro de la perrera. Necesitaba un amigo en casa, una compañía que no fuera sólo mi soledad, y éste animal fue la terna de la pareja. Desde entonces, todas las mañanas, y todas las tardes, salimos a dar un paseo por la ciudad.El paseo de la mañana suele ser corto, sólo por mi manzana. Y el de la tarde, a veces noche según esté el trabajo en la oficina, sí es más largo y solemos bajar al parque que está a unas cuantas calles de mi casa. En estos casos, cuando llevas varios años con una misma rutina llegas a extrañarla si por algún motivo algún día faltas a ella, y es lo que me sucede en las vacaciones; no tengo más remedio que dejar a Sultán con unos amigos, o algunos familiares y cuando estoy fuera en el hotel, en la casa rural, en la playa… o donde sea, le echo de menos, y no os negaré que alguna vez he mirado el reloj y me he ido corriendo a la habitación para cumplir con mi rutina, hasta que me daba cuenta que no era así y se me quedaba cara de bobo.

Sin embargo, ése es sólo uno de los efectos de la rutina, hay otro y fue el que me hizo conocer a aquella mujer. Como iba diciendo, la rutina hace que te acostumbres también a ver ciertas caras, que llegues a entablar una cierta camarería entre los que, como tú, están paseando a sus mascotas. Lo hagas como lo hagas, al final acabarás conociendo la rutina del resto de personas también. Y por eso aquella chica me extrañó tanto, no la había visto antes; y tampoco a su mascota, quieras o no, también llevas un registro mental de los perros que se pasean en el parque, y quien los trae, y quien no.

Aquella chica podría llevar el perro de otra persona, pero no. No había visto nunca a ese animal ni a aquella mujer, de eso estaba claro. Teniendo claro eso, sólo me quedaba pensar si aquella mujer estaba empezando una rutina, o si por el contrario sólo le habían dejado al perro para que lo paseara y éste era el primer parque que había encontrado. Todo dependería de si la veía el día siguiente. Que desgraciadamente no fue así. No la volví a ver en toda la semana, lo que descartaba la rutina, lo que indicaba que el perro podría ser de unos amigos, ¿pero quién deja su perro a otra persona por sólo un día? Imagino alguien que lo quiere demasiado. Yo lo haría.

Pasaron varios días sin volver a verla, casi se había olvidado el recuerdo de mi memoria. Es lo que tienen los momentos fugaces. Sin embargo, una mañana volví a verla, ésta vez tenía otro par de perros diferentes al primero que vi. ¿Cómo podía ser? Después, la tarde siguiente volví a verla con los mismos perros de la mañana en el parque. De nuevo, varios días sin verla. Hasta que tres o cuatro días después, iba con cuatro perros. ¿Tantos animales iban a ser suyos o de amigos? Me parecía muy raro, sobre todo por su irracionalidad en el número y la continuidad. Y, entonces decidí acercarme a ella, preguntarle qué estaba haciendo con tantos perros, si eran de algún amigo, si eran suyos, y porqué la veía unas veces y otras no, si lo normal era que, como todos los demás, siguiera una rutina diaria. Su respuesta me sorprendió:

–Me dedico a pasear perros de la gente. Éste es mi trabajo.

Ése era su trabajo. Estuvimos hablando mientras dábamos varias vueltas sobre la arena del parque, hasta que soltamos a los animales dentro del recinto habilitado para ellos. Nos sentamos y me explicó que al principio le parecía raro, sentía vergüenza de ir con los animales por la calle, pero sobre todo lo que más le costó fue dar el paso, atreverse a poner los carteles para que la gente le llamara si no podía atender las necesidades de sus mascotas. Sin embargo, hoy, y hasta que no encuentre algo mejor ésa es su forma de vivir. Y también la mía. A los pocos meses me echaron de la oficina, la crisis decían. Maldita crisis. Y, pensé en la conversación con la chica, convertir mi rutina en un trabajo, ¿por qué no? Ahora, según el día paseo perros por una zona u otra de la ciudad, según los clientes y donde estén. Pero, todas las tardes me guardo un hueco para dedicárselo sólo a ella, y sobretodo, a Sultán.

Sin Pasado

Fuera llovía. Entró aquel filósofo en la cafetería. Allí todos saben que lo es, pero nadie dice nada. Aquella era una cafetería de un barrio pobre y marginado. El ambiente que había en ella no se podría decir que fuera el más apropiado para pensar o escribir. Sin ir más lejos, aquellas mesas donde él estaba sentado habrían sido limpiadas una vez: el día que salieron de la tienda de muebles. Y los sillones no estaban mucho mejor. Pero sin embargo, a pesar de estos pesares, para aquel filósofo ése era el mejor lugar para escribir y desarrollar sus ideas, él encontraba allí cierto encanto que no había hallado en el resto de la ciudad.

Alguna vez ya había tenido problemas con los vecinos de aquel suburbio, pero jamás pasaron de darle una pequeña paliza a la salida del bar y robarle lo que llevaba. Heridas que, como él decía, sanarían más tarde o temprano. Pero los hurtos de escaso valor material, y de grandes ideas, nunca más los podría volver a replicar, ya que como él pensaba para sus adentros: “Si una idea se va es que no merece la pena”. El perder los folios le dolía más que el dinero, o el dolor físico. En todos esos papeles se iban horas y horas de pensamientos, de sueños, de ideas que nadie jamás sabría ver igual que él. Y si le daban una paliza debería estar unos días en el hospital sin poder escribir.

Por eso para intentar evitar perder una idea, siempre escribía todo lo que le pasaba por su mente. Y ese bar era su mejor lugar. El dueño ya lo conocía y, para ser sinceros, no le agradaba demasiado que hubiese elegido su local para dejar volar su imaginación. Pero él era el único que pagaba sus copas en el mismo día, y podríamos decir también que en el mismo mes. Lo único que se tomaba siempre era un vaso de tubo con leche fría mezclado con un chorrito de Baileys. Si algún día consideraba que la leche no estaba lo suficientemente fría o tenía demasiado Baileys, le pedía al camarero que se llevara la copa, y le preparase otro solventando ese error. Luego pagaba ambas consumiciones, y se sentaba en la mesa.

No volvía a musitar palabra alguna en toda la tarde. Se acercaba al rincón, se sentaba y soltaba su pequeño maletín. Sacaba algunos folios, tres para ser exactos. Siempre tres como el número de bolígrafos que ponía encima de la mesa: azul, negro y rojo, en orden alfabético. Aunque siempre cogía sólo el azul para escribir.

Si le preguntaras a algún asiduo a aquel bar, como él, qué color usaba no sabría decírtelo pues su estancia permanecía tan distante y ausente que todos llegaban a abstenerse tanto que pensaban que ya no estaba allí y sólo tenían que echar la vista atrás para darse cuenta de que estaban en lo correcto. Pero siempre había alguien que decía que no, que aquel triste filósofo estaba allí aguardando que llegasen las nueve de la noche para marchar.

Y siempre era allí en la puerta de aquel garito donde le propiciaban las palizas para robarle unos pocos euros, aquellos gamberros siempre solían ser los mismos se habían vuelto tan rutinarios como él. Por eso, y porque el dinero no le sobraba cuando salía de casa sólo se llevaba lo suficiente para pagar dos trayectos de autobús y dos copas, la que se tomaba y otra por si había de pedírsela al camarero. Nada más, ni móvil, ni llaves, ni identificación, nada en sus bolsillos, y en su mano izquierda siempre el mismo maletín, lo único que le respetaban, con los tres folios y la terna de bolígrafos. Tan impolutos e intactos los útiles que parecía que nunca los hubiera utilizado, como si siempre fuesen los mismos. Como si aquel señor no fuera filósofo sino una sombra de lo que en un triste pasado fue. Lástima, aquel hombre ni siquiera era una sombra de un pasado: nunca tuvo pasado. Y si lo tuvo ahora no lo recuerda.

Él tan sólo sabe que vive en la calle bajo un árbol entre cartones, ni siquiera puede tener un triste banco como otros de sus compañeros nocturnos. Sólo sabe que cada día pide dinero por las mañanas y algo de comida. Unos días come más, otros pasa hambre, pero las monedas que consigue son para el autobús y las dos copas, y si obtiene algo más lo guarda en su maletín para cuando tenga el suficiente dinero ahorrado ir a la lavandería y lavar su ropa; ya comerá de la caridad, o no comerá. Pero ha de ir al bar a desarrollar sus ideas, siempre, pase lo que pase.

Además, su rutina es su rutina y no la puede dejar. La ropa la lleva siempre puesta, por eso necesita lavarla, no tiene otra. Pero que cualquiera que lo viera por el bar no sabría discernir si es vieja o nueva. Y esa es la razón de ir a aquel bar: está tan lejos de dónde pide dinero, de dónde lo ven dormir en la calle que allí él puede ser quién quiera ser, y puede que acierte con su vida pasada.

Su vida es tan triste que ni siquiera tiene un nombre, a nadie le importa cómo se llama este hombre de múltiples caras: por las mañanas es un vagabundo olvidado, por las tardes un filósofo que desarrolla sus ideas en un bar de mala muerte, y por la noche un alma arrinconada a los pies de un ciprés, como su pasado.

Él aún no lo sabe pero descansa bajo el mismo tipo de árbol que meses más tarde cubrirá sus restos mortales, pronto una de esas palizas será más grave que las de antes, y morirá desangrado en la puerta de aquel local, aferrado a aquel maletín como si su, ya inexistente, vida dependiera de los útiles de escritura que un día compró y jamás estrenó:

Porque él no sabía escribir.