Atracción Amorosa

Lo que me pides no lo puedo hacer, lo siento mucho. Sé que quizás tú me ames, pero lo que yo siento por ti no va más allá de la simple atracción carnal, de ese juego que un día empezó con miradas y coqueteos hasta que desembocó en todo esto. Quiero que sepas que lo siento, de verdad, a mí me duele tanto como a ti, pero no por ello puedo dejarlo todo y seguirte. Yo no tengo ese valor y lo que siento por ti no me lleva a hacerlo.

Recuerdo que éramos compañeros de clase, e incluso al principio no me fijé en ti; tenía novia, una novia a la que sigo amando ahora y tú me pides que la deje para irme a tu lado. Pero no es posible. La vida real no funciona así, la vida real, duele.

Recuerdo como todos los chicos decían que estabas muy buena, así sin más, que tenías buen cuerpo, fue entonces cuando comencé a fijarme también. Te buscaba cos los ojos cuando tú no te dabas cuenta, buscaba tu cuerpo y tus curvas cuando todos descansaban de mirarte, quería que fueses sólo para mí, aunque yo me compartiera. No lo conseguí. Con el tiempo empezamos a hablar, al fin y al cabo, éramos compañeros de clase y era lógico que tuviéramos que pedirnos apuntes, resolver dudas o comentar sobre los profesores.

Del compañerismo surgió la amistad, de la amistad el roce, del roce el deseo y del deseo nuestro primer beso. Pero, incluso antes de ese beso ya había conseguido agarrarte por la cintura, sí, no sabía el motivo, posiblemente solo fuese una excusa tonta para poder hacerlo, pero te agarré lentamente y fue una sensación sin igual, tú me la devolviste con una sonrisa… Entonces, en ese instante, con tu sonrisa había descubierto que además de un cuerpo precioso tenías unos ojos que hipnotizaban, y yo siempre fui fácil de hipnotizar. Te acercaste a mí con tus ojos, buscando algo que no te di, sin embargo, lo que sí te di fue un beso y no sé por qué, yo tenía novia en aquel entonces y la sigo teniendo ahora. Ambos lo sabíamos y sin embargo no rehuiste de mis labios, no entiendo por qué. Cómo dijo aquel escritor argentino de bahía blanca: hace diez segundos… me olvidé por un momento.

Desde entonces hasta la próxima vez que volvimos a hablar pasó algo de tiempo, un par de semanas o más, nunca le dije nada a nadie, y mucho menos a mi novia. No sé si tú lo hiciste, jamás te pregunté, no soportaría saber que alguien más sabe que fui infiel. Pero volvimos a encontrarnos y volvió a suceder, sin preaviso, esta vez con más ansia, con más deseo y no fueron sólo besos. Tú lo recordarás tan bien como yo, cómo nuestras manos recorrían nuestros cuerpos… Esa fue la primera vez, pero no la única ni la última.

En este tiempo lo hemos hecho decenas de veces, no nos bastaba con nuestros besos para desfogar la pasión, ambos necesitábamos más, pero cada uno por una razón distinta: tú por amor, yo por lujuria. Para hacer el amor sintiendo algo por la otra persona ya tenía a mi novia a la que la engañaba, a la que engañé mucho, sí, pero la amo. ¿Sabes? Ella me ama y no puedo dejarla tirada por todo esto.

No puedo seguirte más, lo siento. Cuando todo empezó no era consciente de que podríamos llegar a tanto, ni siquiera sabía que me estabas amando. Y es que, yo sólo miré tus curvas y tus ojos, la forma de acostarte conmigo, no te pedía nada más que no fuese sexo y pasión; tú siempre quisiste más y yo no supe verlo, y ahora me doy cuenta, tarde, pero me doy cuenta: quieres que deje a mi novia y me vaya contigo, que hagamos una vida juntos, pero lo que me pides no puedo hacerlo.

Lo siento, tú para mí sólo fuiste un deseo, una ilusión que sé no debiera haber probado nunca, aunque lo hice.

Mañana será todo igual, sólo seremos un recuerdo por eso no te preocupes. No nos volveremos a besar, al menos no si me pides amor, o si me pides que la deje a ella. Yo no puedo hacerlo, jamás lo haré, la amo… aunque, soy consciente, seguramente ella me deje cuando se entere de lo nuestro, entonces no sé qué podría pasar, prefiero no pensarlo. Lo único que sé es que…

Jamás debí agarrarte por la cintura y mirarte tan fijamente a los ojos, jamás te debí besar la primera vez.

Avaricia

Esta noche debería estar escribiendo algo sobre la avaricia, podría reescribir el cuento de los gorriones y la espiga de trigo que, cegados por la codicia, pelean por ella sin saber que hay suficiente para los dos. Debería escribir sobre ese deseo, irracional, de poseer más y más, de ser dueño de todo y no serlo de nada.

Pero no puedo.

No puedo pensar en más oro que el tuyo, Mammón me expulsaría de sus filas, de sus discípulos por cambiar las riquezas por ti, las monedas por tu piel y los diamantes por tus besos. Pero nadie me avisó jamás que podría obsesionarme tanto con una persona como otros lo han hecho por el oro.

No dejo de pensar en ti. En las perlas de tus ojos y en tus labios, esos que no ceso de imaginar besándolos.

No paro de especular con cambiar todo el dinero del mundo por estar siempre a tu lado y no solo una noche. Podría ser como el Rey Midas y tener todo aquello que el mundo entero ansía y una vez poseído, cambiarlo por robarte la eternidad y disfrutarte a mi lado. Al y al cabo, el oro sí es eterno.

Envidia

Y, en el fondo, te envidio.

Tú no sabes qué es llegar a casa y encontrarla vacía, que tu única compañía sea un silencio ensordecedor que todo lo inunda.

No alcanzas a imaginar lo que es cerrar la puerta de madrugada, dejar la llave puesta en la cerradura, proteger aquella vida que no tienes.

Ni imaginas lo poco apetecible que es que tu cena solo sean los restos del almuerzo del día anterior, ya fríos en la nevera, en un mísero tupperware.

Tú no tienes ni idea de qué es dejar la televisión encendida por la noche para que haya ruido, un poco de compañía de las chicas que incitan a jugar al póker (no sabías que ya no existe la teletienda).

Y, por supuesto, jamás alcanzarás a imaginar siquiera el dolor que se siente al entrar noche tras noche en la cama y encontrarla fría y vacía, la sensación de derrota. Por eso ahora ya sabes por qué te envidio.

Gula

El peor de los vicios, de los pecados, no es la soberbia sino la gula.

¿Qué haces cuando te sientes solo y quieres olvidar?
¿En tu casa, cuando estás aburrido, a dónde vas?
¿Qué buscas en las ciudades -además de monumentos-?
¿Cómo celebras los grandes acontecimientos?

Todo empieza y acaba en la comida, en el exceso: comer por comer y beber para acompañar. De pequeño te educaron para entender que es uno de los pocos placeres de la vida que puedes y debes gozar en público.

Comer. A la nevera. Restaurantes. Con banquetes.

Siéntate conmigo a la mesa, toma un sorbo de vino, moja el pan en la salsa (pero no te chupes los dedos), no hagas ruido al masticar el trozo de carne ni al abrir el bogavante (ante todo los modales) y come las ostras con decencia (no es momento para la lujuria), guarda hueco para la fondue que está por llegar (siempre se acaba con el postre).

Bien, ahora ya estás preparado, has entendido parte del ritual, ahora solo te queda alcanzar la segunda parte. Es el peor de los pecados porque:

dEfoRMa tU cuErPo,
l o  e n s a n c h a,
LO AGRANDA,
lo ralentiza,
lo entor
pe ce

y llama a la pereza
para que a partir de entonces nada vuelva a ser igual.

Pero tú, amigo mío, siéntate a mi lado y sigue mojando el pan con avaricia, llegan las perdices…

En Tiempos de Allāh

Cuenta una leyenda, o quizás sea una realidad, que en el año 1487 de la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo cuando el imperio musulmán en al-Ándalus sólo se reducía al sureste de Andalucía, al Reino de Granada. Éste estaba bastante desarticulado, lejos quedaba ya el recuerdo de la cohesión y la grandeza de la época califal, ahora sólo eran la sombra de lo que en su día fue. Según esta leyenda en el distrito de Zalia, junto al río Guaro vivía un guerrero musulmán, un defensor de la fe islámica.

Este guerrero había pasado su vida protegiendo al oficial de Boabdil que debía mantener la paz y la fe en aquellas tierras. Antes de él, su padre había defendido a otros reyes de taifas, y así sucesivamente hasta la era del emirato independiente dónde su familia empezó a defender a los Omeyas, pero de aquello hace ya muchos años… Este guerrero a pesar de su condición siempre había gozado de una gran dotación económica que le permitía vivir tranquilamente, y pagar sus impuestos.

Siempre fue leal a la causa de defender a su protegido, hubiera dado la vida por él. Y de hecho en aquellos momentos estaba a punto de darla. Según la leyenda, fue en una tarde de aquel 1487 cuando él bajó al río a dar de beber a su caballo, su fiel corcel. Allí en el río pudo ver a unas cuantas mujeres con el velo descubierto. Quiso hacer como si no hubiera visto nada y no decírselo al oficial pues esa actuación, estar sin velo, conllevaba la muerte para la mujer y sintió pena por ellas. Miró a sus alrededores. No había nadie.

Segundos más tarde aquellas jovencitas empezaron a desnudarse para bañarse en el río para jugar con los peces y las corrientes de aquel agua tan cristalina. Él se bajó del caballo con suma suavidad, se alejó un poco para no asustarlas, y lo ató a una higuera que había cerca del río. Poco a poco entre la hierba se iba acercando a aquellas mujeres sin velo, ahora desnudas de cuerpo entero. Lo que estaban haciendo no tenía perdón de Alläh: desnudarse y bañarse a orillas del río lejos de la intimidad que da la soledad de la habitación. Pero si alguien lo descubriese tampoco tendría perdón para él.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca pudo reconocer por el tono que sus voces no eran de mujeres sino de niñas, ¿pero qué hacían unas niñas allí? A pesar de haberse acercado seguía sin entender lo que decían, debía que acercarse más. Aquellas niñas deberían tener entre quince o diecisiete años. Motivado por la curiosidad se volvió descuidado y aquellas muchachas le descubrieron, asustadas corrieron fuera del agua tapándose como podían y gritando algo que no alcanzaba a entender. Sólo una seguía en el río sin moverse y sonriéndole. Aquella chica le había seducido con los ojos. Estaba paralizado, no podía dejar de mirarle a los ojos, quería hablar, decirle algo…

Pero su cuerpo no le respondía: estaba petrificado por la mirada de aquella chica que se mostraba ante sus ojos desnuda y era el cuerpo más hermoso que había visto en su vida, ni todas las mujeres del harén de Boabdil podrían equipararse a su belleza. Era más hermosa que todas las vírgenes que le esperaban en el paraíso. Era la lujuria, el deseo, el instinto animal que corría por sus venas. Esa muchacha a la que no entendía cuando hablaba y lo había dejado paralizado era todo lo que él deseaba. Y entre ellos sólo se interponían aquel pequeño río, la mirada de esa joven y de fondo las amigas de la chica ya vestidas gritando algo que él no entendía.

Su amor, su diosa, movió los labios y sus compañeras se fueron de allí, quedaron solos. Ella le hizo un leve gesto con la mano. Él entendió que le estaba invitando a acercarse. Cuando se dispuso a hacerlo ella le hizo otro gesto y lo detuvo, quería que se quitara la ropa, él lo entendió y lo hizo…

Ahora sí se acercaba decidido y ella lo esperaba. Ella se arrodilló en el agua y jugueteaba: la cogía en sus manos y se la rociaba desde su rostro hasta sus rodillas sin dejar de recorrer ni un rincón de su cuerpo. Él no podía soportarlo disfrutaba viéndola, gozaba imaginando, quería correr para acercarse más a ella… pero se paró en seco, y esta vez no era por la mirada de aquella deidad mundana. Si no el color de su piel y la falta de comprensión de sus palabras. En aquel momento lo entendió: aquella chica y sus amigas eran cristianas, y él había jurado a su rey y a Alläh que mataría a todos los cristianos que no abrazaran la ley coránica. Pero ¿qué hacer?

Ante sus ojos una belleza desnuda que jamás volvería a contemplar, una divinidad dispuesta a todo en aquel río. Se decidió, si para disfrutar que aquel premio debía dejar a un lado Alläh: lo haría. Sería perseguido por los que antes llamó sus hermanos, condenado por sus semejantes, y desterrado al infierno por su Dios. Pero era humano y le pudo la lujuria: no quería vírgenes en el cielo, quería diosas en la tierra, diosas como la que se mostraba ante él jugando con el agua y llamándolo.

Decidió dar el paso y meter el pie. El agua estaba helada pero nada podría detener su deseo. Una vez dentro su musa se levantó. Las gotas de agua sobre su rostro y su cuerpo le hacían brillar, sus cabellos castaños en la espalda, su tez blanca… la hacían perfecta. Y él con el pelo corto y oscuro, su cara imberbe, su torso fuerte, su piel oscurecida… Diferentes en todo pero un mismo deseo: el amor, la pasión desorbitada entre dos culturas: el sexo prohibido.

Por momentos las gélidas temperaturas del agua se tornaron en calor. Cuerpos unidos bajo las aguas, respiraciones contenidas, lascivia guardada a punto de salir, manos desesperadas por llegar al cuerpo del amante, y palabras confusas… Todo entra en juego y todo se desvanece con una mirada de lujuria saciada y el suspiro de los amantes.
Las aguas del río vuelven a su cauce, vuelven a cristalinizarse. Los amantes respiran sosegados, la pasión y el agua casi los ahoga. Ella vuelve a hablar, esta vez unas palabras que él logra entender y responder:

إذا أردت، سأرافقكَ في الهرب
(Si quieres huiré a tu lado)
كلاَّ، سأكون أنا الذي يتبعكَ
(No, seré yo quién te siga)

El nombre de él era قلب السلمية (Corazón de la paz). El de ella, Alba, como su nuevo amanecer. Y junto a ellos una nueva vida empezaba a nacer.

Hamartia

Me gustaría poder decirte lo que siento, una vez más.

O quizá lo que necesite no sea tanto decírtelo (porque ya sabemos la respuesta) como poder sacarte de mi mente. Vivir con la ilusión con el quizás no arregla nada, pero aún sabiéndolo sigo estando aquí disfrutando con cada te quiero que tus dedos me regalan sabiéndolos sinceros pero comprendiendo que no son te amo. O que no son si quiera como mis te quiero. Mismo verbo y distintas formas para sentir: ni mejores ni peores, ni inocentes ni culpables, solo corazones distintos que laten a ritmos y por motivos diferentes.

Simplemente, necesitando sacarte de mi mente, necesitando que el significado de los verbos sea el mismo, que la acepción se acerque a la misma asíntota y que no sean 1/x, que solo sea una ecuación con dominio y recorrido completo y el mismo para cada punto, que sea 1·x.

Que seas tú y que sea yo.

Pero éso no sucederá, lo sé y tú también, porque si vuelvo a insistir corro el riesgo (solo en mi mente) de perderte. Y prefiero sufrir, buscar y anhelar otro amor que quedarme sin ti ahora. Prefiero pasar noches con la ilusión de recibir un te quiero distinto al mío, pero puro y sincero, que existir en los días sin tu calor. Prefiero tenernos como confidentes y que me duela el alma y el corazón a asustarte a ti y que la oscuridad y el miedo te acompañen. Elijo ocultarlo todo otros dieciocho meses con las excusas de otras mujeres que no te alcanzan ni me tocan y escuchar que otros hombres llegan a tu lecho y te sienten.

Prefiero elegir mi locura, pues sólo ellos alcanzan a entender lo que significa amar, lo que significa un te quiero cuando los miedos te paralizan, cuando todo, incluso tú, dice no. Te prefiero a ti sin límites matemáticos.

Lujuria, por Sara Guerrero

Es querer y no poder. Es algo que recorre tu cuerpo, tu interior, y expresa lo salvaje de tu corazón. Es tu instinto animal, que no te deja respirar, que lucha y caza sin cesar. Es una mirada, una sonrisa, una sensación de… ¿temor? Fácilmente confundible con la pasión.

Si supiera cuáles son sus sentimientos, como maneja la situación… Las mentes sólo se leen en las historias de terror: qué fácil sería si pudiera hacerse en la vida real, sólo con un “click” y ya está, mi cerebro se enciende, mi mente actúa y mi cuerpo le sigue, porque sé con exactitud qué hacer en cada momento, según lo reflejado en mis pensamientos.

Puede que me equivoque, que sea el mayor error de mi vida, que me frustre por algo que quisiera repetir mil veces y, sin embargo, sea una de esas cosas que únicamente suceden una vez en la vida.

Una persona tan acostumbrada a ir por el camino recto no debería torcerse, al menos no sabiendo de antemano la prohibición del acto, pero ¿qué hacer cuando tu cabeza dice “no” pero el resto de tu cuerpo palpita la palabra “sí”? Como una polilla hacia la luz, sabe que allí encontrará casi seguro su muerte, pero no puede evitar acercarse, como si un hilo invisible la uniera a ese cuerpo, no puede correr en otra dirección que no sea la suya.

Una noche, solo una noche como tantas veces he soñado, como tantas he imaginado. La imaginación todo lo puede, todo es posible, y por eso me gusta. Pero es vana, se desvanece en cuanto abres los ojos, y no queda más que la ilusión de algo que no sucedió, sensación de vacío tan horrible y desesperante que la tristeza llega a la misma velocidad con la que se esfuma la felicidad por lo soñado.

El problema radica en ¿cómo hacerlo real? Si pudiera quitarme ese estúpido temor que mina mi cuerpo, acallar esas voces que susurran repitiendo lo que ya sé: está mal y no se debe hacer. Pero eso no significa que no arde en deseos de querer hacerlo.

Estar a solas en la oscuridad, que todo secreto sabe guardar, acercarme a su cara hasta sentir su aliento y cómo las palabras burbujean en mi garganta, en mi boca, queriendo susurrar las palabras más bellas… TE DESEO. Qué grandioso lo que conlleva y sencillo al mismo tiempo.

Ya es tarde, actué sin darme cuenta, y esas palabras llegaron a sus oídos. Mi mente no reacciona, mi cabeza da vueltas y no logro escuchar, ni ver, sólo sentir esos labios que de repente recorren los míos, ese olor exquisito de otro cuerpo pegado al mío, un peso tan delicioso cuya carga soportaría toda mi vida sin un ápice de dolor.

>Su mano acariciando mi pelo, mi cuello, mi cara; mi mano, involuntariamente, repite los mismos actos en su cuerpo como si estuviéramos reflejados en un espejo; pidiendo más, pidiendo que la noche sea eterna y no termine nunca. Rezando porque se repita otra vez, aunque lo crea imposible, aunque en el fondo de su ser sepa que no tendrá tanta suerte, a pesar de que se la juegue una y mil veces. ¿Merece la pena luchar contra lo que nos dicen que está mal? Yo diría que sí.

*Texto escrito por Sara Guerrero para Asociación di-fusión-a2, para el último libro «En Pecado Concebido».

Una Mirada

Ha pasado mucho tiempo desde su última vez. Ella quisiera creer que fueron pocos años, pero en realidad han sido varios lustros los que han estado separadas, se han olvidado en soledad y con otros cuerpos. Pero antaño su amor era envidiable desde fuera y desde dentro. Ellas pensaban que nadie podría cambiarlo y tenían razón: nadie lo cambió. Sólo el tiempo y la distancia fueron los que lo hicieron: pero igual que ellos las separaron ahora el destino es quien las vuelve a unir, aunque esta vez lejos de aquella ciudad de aguas claras y montañas a ras del mar.

Habían empezado su relación por azar tras una mirada. Laura se cruzó con los ojos de Ana y su sonrisa. Ana no pudo resistirse a aquellos ojos y en el instante en que se iban a separar sus miradas la invitó a un café, daba igual que no se conocieran de nada: Laura lo aceptó.

En aquella cafetería fue donde empezó su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera eran diferentes, pero es que la gente no entiende, ellos no alcanzaban a entender su amor y mucho menos su magnitud. Eran más fuertes que todas esas voces que intentaban hacerles creer que su amor estaba mal, Ana y Laura sólo sabían que se amaban y lo harían siempre, sin importar lo que pensara nadie. El amor sólo es cosa del corazón no de las malas lenguas que pretenden separarlo.

Laura aún recuerda, como si hubiese sido ayer, cuando sentadas en el sofá de casa, viendo la televisión Ana recibió una llamada de trabajo, era su jefe. Le decía que al día siguiente, si podía, tenían que hablar quería ofrecerle una oferta de trabajo, según él, muy interesante pero debían hacerlo en persona. Para Laura no fue tan interesante, ella habría preferido que la despidieran y buscara otro trabajo, España estaba en años de bonanza económica y sería fácil hacerlo. Pero no, la noche siguiente Ana y ella estaban comentando sobre la oferta: se iría a trabajar a Helsinki, prácticamente le cuadruplicaban el sueldo. Ana aceptó, pensó en el futuro que podían tener juntas y el amor que tenían, nada cambiaría y todo mejoraría. Se iría dentro de un mes y según le prometió a Laura, en pocos meses estarían juntas de nuevo.

Durante aquel mes vivieron su amor como nunca antes lo habían hecho y en lugares que jamás habían imaginado con toda la magia del Universo contenida en aquellos dos cuerpos. Ninguna de las dos quería que llegara la separación; a corto plazo sería duro estar lejos, pero a largo sería lo mejor con ese dinero extra podrían casarse: la boda que tanto habían soñado, una celebración por todo lo alto, sería momento de reafirmar su amor y callar bocas con un beso. Pero para ello necesitaban el dinero de Helsinki y tendrían que pasar esta pequeña prueba.

El día que Ana se marchó era principios de septiembre, para San Valentín volverían a estar juntas de nuevo en España en unas pequeñas vacaciones, incluso se verían en navidad, Laura visitaría las tierras nórdicas… pero quizá desde la distancia todo era más difícil…

Durante las primeras semanas hablaban todos los días por teléfono (aunque fuese caro), varios correos electrónicos desde el trabajo… cualquier cosa de cualquier forma, lo importante era que permanecían en contacto. Pero a veces, y poco a poco, las horas no eran las más apropiadas para Ana y otras para Laura. La diferencia horaria fue la primera excusa que pusieron para mermar la cantidad de veces que hablaban, otras los planes en conjunto con las amistades, y todo fue mermándose hasta el punto que, con el tiempo, sólo hablaban una vez a la semana, y aún no había llegado ni la navidad, hacía un par de meses que se había ido y ya estaban casi olvidándose la una de la otra.

Laura ya no es capaz de recordar que día fue el primero que Ana no respondió a los mails que le mandaba. Como tampoco recuerda la primera vez que no le cogió el teléfono. Lo que sí recuerda es que la navidad se estaba acercando, y a pesar de haberse prometido que estarían juntas todo indicaba que no iba a ser así, inventó una excusa mala y no compró el billete, era caro y no le habían dado vacaciones decía. Pero aún estaban en el momento en que todos los problemas se podían contener con un “Te quiero”, se verían en San Valentín, “Te quiero, guapa”.

Pasaron los días, y algunos meses, y tras escusas escuetas y llamadas sin descolgar les tocó pasar San Valentín también separadas, sin embargo ya no había te quieros que pudieran contener nada, ni siquiera te amo o lo siento… y tampoco había vuelos que las acercaran hasta algunos meses después en el cumpleaños de Laura cuando las dos estaban en España: pero en diferentes hogares.

Laura había abandonado el hogar sin ningún motivo, ni explicaciones, sin información de dónde estaría ni cómo encontrarla. Ni siquiera se había llevado el móvil, éste yacía en la mesilla de noche, junto a su lado de la cama cómo si estuviera esperándola verla volver. Pero no aparecía, no volvería por aquella casa en muchos días más incluso de los que se había marchado. Y su correo electrónico tampoco daba mucha más información, no existía: “Delivery Status Notification (Failure)” era la única respuesta que encontraba. Y nada, no tenía ninguna forma más de ponerse en contacto con ella que mereciera la pena. Pensó en buscar a los padres, amigos en común, ir a su trabajo pero entendió que todo había muerto, había querido desaparecer de su vida, se habían alejado y todo había muerto entre ambas.

Sin embargo, el día que Ana tuvo que volver a Finlandia lo hizo con una lágrima en los ojos.

Una vez allí pidió quedarse fija en aquella sede, no quería volver a España sola. España ya no la sentía su hogar tan lejos de Laura, tan lejos de los errores y los recuerdos. Al final, estuvo trabajando en Finlandia catorce años, consiguiendo dinero para una boda que no llegó, esperando volverla a ver a ella por aquellas tierras: Laura sabe la dirección y dónde estoy, podrá venir, pensaba. Pero Laura jamás apareció ni respondió a los mails ni llamó ni se creó redes sociales. En su último año llegó a perder toda esperanza si acaso quedaba algún motivo. Por culpa de la globalización, de la crisis mundial, o simplemente por azar tenía que cambiar de ciudad por trabajo, pero ni le cuadruplicaban el sueldo ni estaba ella para compartirlo. Ahora era consciente de que no tendría ninguna forma de encontrar a su viejo amor. Su destino, París.

Mientras tanto, para Laura esos catorce años fueron muchos menos, o eso intentó pensar cuando cruzaron una mirada y una sonrisa aquella tarde cerca de la Torre Eiffel. Ana seguía igual de bella, igual de encantadora:
No, no han pasado 14 años, han sido catorce segundos –pensó– sigue igual de hermosa”.

Ana no pudo volver resistirse a aquellos ojos y antes que se volvieran a separar sus miradas la reinvitó a un café, daba igual que hubieran pasado catorce años: Laura lo aceptó. En aquella cafetería todo volvería a empezar de nuevo, su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera ya no era tan diferente. No, en la ciudad del amor.

Línea 10

Me pediste una camiseta para dormir, lo recuerdo muy bien, al final habías acabado en mi habitación casi sin pensarlo, casi sin proponértelo, unas cervezas, un par de copas y bastante valor para decirte que te quedaras, que había un hueco para ti en el hotel y nadie de allí se iba a enterar de que habías pasado la noche conmigo.

Y sí, fue hace ya mucho tiempo, pero aún sigo recordándolo nítidamente. Quizás la mayor tontería que viví en mucho tiempo, pero me hizo sonreír y era lo que necesitaba, en el fondo no había tanto valor. Me preguntaste si podías desmaquillarte, darte una ducha y si podía dejarte la camiseta. Tenía cuatro o cinco camisetas en el armario, era principios de semana así que estaban todas limpias pero tú tuviste que elegir aquella, aquella era especial, le tenía demasiado cariño para ser una prenda de ropa que aún ni había estrenado. Ya ves, tontería más grande.

Nos pusimos a ver una película tumbados en la cama, una de estas americanadas románticas en las que un padre de familia se divorcia de la mujer y se va con otra algunos años más joven, los hijos no la quieren aunque al final acaban aceptándola, y sinceramente no sé qué llegó a pasar con la madre, no la acabamos de ver. Nos acostamos, cada uno en un lado de la cama.

Imagino que te acordarás perfectamente porque, con la vergüenza, en vez de actuar o hacer algo solo te dije que no mordía, que no hacía falta te fueses tan lejos como si fuese un niño pequeño con miedo. No es que fuese pequeño, sino, simplemente que tenía miedo, miedo a liarla y joderlo todo. Por eso ambos nos quedamos dormidos en las esquinas de la cama, o al menos actuamos como si estuviéramos durmiendo.

Yo callé y me quedé pensando en todo aquello, dándole vueltas al qué hacer si hacer algo, o en si había perdido la oportunidad y era mejor así. Tú no sé bien qué harías, si pensabas o dormías; yo, entre otras cosas, pensaba en tu cuerpo debajo de la camiseta e intentaba seguir con aquello de teatro y disciplina. Siempre que duermo con alguien, o finjo hacerme el dormido porque me estoy dándole vueltas a la cabeza, intento que mi respiración sea pausada y cíclica, no moverme apenas, como lo sería si durmiera realmente y hasta ahora quiero creer que ha funcionado.

Y ponte en mi lugar, tumbado a tu lado, a pocos centímetros de tu piel, separados solo por las sábanas y las camisetas que habíamos elegido para dormir y en mi cabeza dándole vueltas a aquello, pensando ¿qué podía tener de malo? ¿De verdad, si lo hiciera, si me lanzara se jodería todo? Por mi parte, recibir un no de tus labios no cambiaría nada: éramos lo que somos, somos lo que éramos. Y si pasara algo entre los dos tampoco supondría modificar la relación a peor solo sentirnos más cerca. Pero no podía saber qué pensarías tú, por eso elegí dejarlo pasar por aquellos momentos, había estado tonteando contigo durante la cena y las copas diciéndote que yo era un caballero y elegí seguir aparentándolo anteponiendo lo que yo pensaba que podría suceder en tu mente antes que hacerlo o proponértelo (quizá para ti tampoco hubiese cambiado nada).

Seguí mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, a la idea de hacer o no hacer hasta que me quedé dormido pensándote, dudando en si debía rozar tus labios, preguntándome si me sentiría torpe, o en cómo proponértelo, hasta que, como muchas veces ocurre los sueños nos dan la respuesta de qué y cómo debemos hacer las cosas… Me acerqué a ti despacio, en mitad de la noche, intentando no hacer especial ruido, puse mi mano en tu cintura, sobre tu vientre, creo dijiste algo –no logré entenderlo y no quise volver a preguntar porque no sonó a negativa–, te quité el pelo de la cara, y lo eché sobre la almohada, te besé suavemente el cuello y sonreímos…