Sólo un momento

Enamorarme de ti fue fácil. El problema estuvo en seguir adelante, el hacer como si nada hubiera pasado entre los dos, como si nuestras almas no se hubieran tocado en un plano más allá del físico: eso sí fue más difícil. Y lo que fue imposible fue negarlo ante todos. No me creyeron, y no les culpo; mentir siempre se me dio bien, mas no tanto así borrar el brillo de los ojos de un enamorado.Aquello empezó como un simple juego, ¿recuerdas? Yo acababa de salir de una relación larga y turbulenta, tú siempre habías sido más libre: nada de atarte a la tierra, alas lo llamabas. Apenas nos hablamos la primera vez, una mirada de cortesía, de reconocimiento. Tampoco, ¿qué teníamos en común? Simples compañeros de clase, un máster, un MBA que tus padres se habían empeñado en pagarte y mi empresa en financiarme. Poco a poco algún comentario tonto en el desayuno, pero no eras de hablar mucho en persona, aunque gracias a las benditas tecnologías sí nos unimos más, mucho más.

Pasabas horas hablando por allí, llegué a conocerte demasiado bien. En pocos días sabía tu vida entera, y tú la mía: mis problemas, mis miserias, mis sueños, mis anhelos… Tanto es así que parecía nos conocíamos de siempre, amigos de la infancia que el destino había separado y el azar unido una vez más. Te mentiría si te dijera que mi anterior relación llegó a conocerme igual que tú. ¿Sabes? Alguien escribió una vez: «Todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta que nadie conoce«. Tú llegaste a tocarlas todas.

Y llegado a ese punto, ¿cómo negar lo evidente? Me había enamorado. ¿Había algo que nos lo impidiera? No. ¿Fue posible nuestro amor? No, no lo fue. ¿La razón? De nuevo puedo recurrir a las palabras de alguien: «yo sólo era un niño queriendo volar sin apenas caminar«. No fue por un tercero: estábamos libres, no hacíamos daño a nadie con nuestros juegos. Tampoco fue tu culpa, tus alas no eran el problema, sólo fue mía. Mi vértigo. Acostumbrado a tener los pies en el suelo, volar se me antojaba imposible. ¿Acaso se puede romper con todo en un segundo? ¿Acaso cuando llega el amor y tambalea tu mundo puedes huir? ¿Acaso…?

Malditas preguntas, maldito miedo que me paralizó aquellos días, que evitó todo fuese distinto.

A pesar de todo compartimos grandes momentos juntos, varias veces en la playa, donde pude perderme sin miedo en tus ojos. Unos hermosos ojos, inmensos, marrones, imposibles de olvidar. Y, entender la realidad de tus alas. Tenías alas de verdad, no simple metáfora poética sobre tu vida. En el fondo conocemos a la gente palpándola, el sentido del tacto es, quizás, uno de los más importantes en estos casos: la vista engaña, nunca tenemos una segunda oportunidad de causar una primera impresión; el olfato es errático, puedes cambiar de olor con elegir otro perfume; el oído y el gusto sí tienen su importancia: una voz melódica, dulce, una forma de hablar única que no es fácil cambiar, y el sabor de tus besos, aquellos que le robamos a la vida no puede cambiar. Pero el tacto fue lo que me hizo entender aquel juego de palabras (todo lo que nos unía eran juegos). Tus alas eran unos lunares que adornaban tu espalda.

Bendito lugar, benditos dedos que la recorrieron sin dejar pasar ni un centímetro de ti.

Y en aquella playa tuve miedo, tras hacernos el amor me perdí en la inmensidad de tus ojos. Lloré como un crío, y si la arena absorbe todo el agua del mar que le llega, mis lágrimas no fueron menos.

Aquella tarde, antes de hacerlo, cuando ya habían pasado por nuestros labios cientos de besos, cuando casi alcanzaba a entender la magnitud de tu libertad, tuve miedo. Pegaso no estaba hecho para mí. Nos habíamos conocido tan a fondo que te había interiorizado en mí, y quizás yo también en ti, incluso había olvidado mis fobias, pero es suficiente un segundo para que el miedo vuelva.

Eso sí, me llevo el sabor de tus caricias, el tacto de tu pecho, el perfume del mar, el sonido de un sueño alcanzado y la visión de unas alas, que desde el siguiente día, también acompañan mi espalda, aunque sólo sean una vil réplica realizada por un tatuador de barrio.

Jugando a ser Dios

En su habitación tecleaba insaciablemente las teclas de su viejo ordenador, y en la pantalla aquellas letras iban contando la historia de alguien. Esa persona que nunca existió. Ésa que nunca respiro más allá de un soplo de tinta virtual. Aquella que jamás le amó. Aquella que sólo tenía la conciencia que otro Ser había dispuesto para ella. Pero sin embargo su único amigo, su vía de escape, su forma de volar.En la soledad del día, cuando el resto de las personas trabajaban él vivía esa historia, se convertía en su propio protagonista: respiraba, adquiría conciencia. Amaba; le amaban.Aquel personaje era su único amigo, y a la vez su alter ego pero en el fondo alguien que no existía. Desde las paredes de tu habitación, con sólo una tenue luz en el techo, y la claridad de la pantalla de tu ordenador no puedes vivir demasiadas aventuras, pero sí hay personas que pueden vivir por ti, puedes otorgarle tus sueños, tus metas, hacer que luchen por lo que tú no eres capaz, o entregarse al amor que tú dejaste escapar.

En los últimos años apenas había vivido su vida, se había centrado en otros mundos: los literarios. Tanto propios, como de otros grandes autores consagrados y otros aún desconocidos. Pero era allí donde se sentía Dios. Había crecido entre libros, y siempre disfrutó con la narrativa, con el poder que tienen los autores sobre sus creaciones. Autores que, a veces, resultan demasiado benévolos con sus personajes, autores que les hacen sufrir por amor, y otros que impiden nunca alcancen su objetivo, ése tesoro que buscan; incluso otros que sólo nos han de contar la historia de esos seres. ¿Por qué actúan como actúan? Por qué… Todos ellos eran Dioses de sus pequeños mundos, y él también quería sentir esa sensación.

Sin embargo, aquel juego se le había escapado de las manos.

Incluso ni Dios, de existir, puede ser omnipresente en todo el Universo; él sí quería serlo: omnipresente. Ése sería su adjetivo. Quería saber a cada instante lo que pensaban sus personajes, lo que pasaba por sus mentes. Qué harían cuando estaba durmiendo, o cuándo estaba escribiendo sobre otros personajes, ¿de verdad era dueño de su creación? ¿Y si no lo era? ¿Su personaje estaría de acuerdo con él? ¿Actuaría como el disponía? ¿Estaría motivado, sin sus dictados, para llegar a alcanzar sus fines?

Quería entregarle sus sueños a su creación, pero debía estar seguro que ella quería recibirlos. Y por eso se pasaba las horas en la habitación, escribiendo y borrando casi cada frase que escribía. El personaje debía sentir como él, pero no podía ser él. Tenían que luchar por las mismas metas, conseguir que todo aquello pareciera natural, pero tenía que ser artificial: sólo una salida para que a su creación no le diese tiempo a cambiar de idea.

A veces, incluso, se iba al principio de su trabajo, a las primeras páginas de aquella novela que estaba escribiendo sin descanso. Buscaba alguna coma, alguna palabra que no hubiese escrito él, que no recordara haber escrito y que cambiara por completo el rumbo de su historia. Siempre las encontraba. Esas palabras, esos signos de puntuación para él lo habían escrito sus personajes cuando estaba durmiendo, cuando no era el señor de ellos. Su desesperación iba en aumento. ¿Cómo iba a poder convencer a alguien de aquellos caminos que seguían sus personajes si ni él los comprendía? ¿Cómo convencerte que no era él pero a la vez sí lo era?

La historia cuenta lo que sucedió, la poesía lo que debía suceder

La felicidad es algo extraño, no todos estamos destinados a alcanzarla. Algunos te dirán que sólo las encuentran aquellos que la buscan, mas se equivocan. No siempre depende de ti el lograrla” –aquellas fueron sus palabras.

Aquella chica de ojos castaños tenía su propia filosofía de la vida y me la iba enseñando con cada sorbo de albariño como quien se desprende de su mayor tesoro. No, no estaba borracha; al menos, no lo mostraba; yo podría estarlo bastante más. Todo aquello era muy distinto de lo que podía imaginar por mí mismo meses atrás. Sinceramente, hoy creo que nadie llega a alcanzarlo, a entenderlo, si nunca antes estuvo allí; aquella tierra te trasporta a otros mundos, a otro tiempo: no hay bien ni mal: felicidad o preocupación: envidia o agonía. “La única vía de escape a una realidad que nos atormenta al no alcanzar a entender la propia realidad que nos rodea”.

Cada instante a su lado era una implosión. Degustar aquel vino de la tierra estaba siendo la mayor lección de mi vida: la enseñanza de un maestro que deja su pupilo responda por sí solo a las preguntas: “¿Cómo valorar la felicidad, por momentos o recuerdos, o hay que medirla por la satisfacción en la vida?”. Otro sorbo más y una respuesta que no conocía. Un par de más. ¿Acaso se puede medir la felicidad? ¿La utilidad que ésta te reporta? Como economista sabía que, la felicidad o el dolor no pueden ser medidos en una escala: no tiene sentido, no es posible.

El jugo de uva no paraba de correr por nuestras copas, con la luz de aquella bombilla sus labios brillaban iluminados con la humedad del licor. Hablaba y yo escuchaba. Aprendía. Absorbía. Y, sobre todo, me sorprendía: jamás pensé que aquel viaje cambiara mi forma de ver la vida: cambiara mi forma de ser. Jamás pensé que allí me encontraría con sorpresas tan cotidianas antaño como la honradez.

Acostumbrado a un ritmo de vida atroz donde se impone la premura antes que la documentación, vivir en eso que llaman algunos era del copy-paste, y en un tiempo que obliga a obviar el primero que habló sobre algo. Ella rompía todos esos esquemas del mundo real, y reconoció que su filosofía, igual que yo en aquel instante, bebía de personas anónimas; o quizás no tan anónimas, ambas fuentes tendrían un nombre pero por desconocimiento u olvido de los nombres éstos no eran más que simples merecedores de nuestros respetos. Quizás sus fuentes sí fueron conocidas o rememoradas en un tiempo, incluso ahora por los más estudiosos de las letras; mas, las mías, siempre fueron, son y serán, simples campesinos, agricultores que dejan su vida para ganarse unos pocos euros. “¿Acaso ellos podrían ser más felices que los primeros?

Si quieres, escúchame”, repetía. Siempre si yo quería. Era tan distinta del mundo corriente, de la vida que había dejado atrás para comenzar aquel viaje. Fuera de allí todo es obligaciones por imposición, ojos castaños rompía todos esos esquemas. Muchos podrían decir que era mejor: yo era uno de ellos. Estar allí, a su lado, degustando aquellas fuentes, y aprendiendo fue lo más cerca que estuve de la felicidad, de ésta existir… y su última frase de la noche ayudó a rozarla.

La última frase que me comentó aquella noche, cuando acababa la última gota del licor gallego sí me dijo su autor, Malinowski; tras ella, se fue a la litera y me dejó allí sin opción a réplica –opción que otras veces antes había obviado por temor–. Me encontraba allí, sólo. Bajo el manto de las estrellas; mil pensamientos en mi cabeza que me iluminaban, porque hacía pocos minutos que el dueño de aquel bar-albergue había apagado las luces de la fachada y nos había cobrado las botellas que nos bebimos: estaba solo, algo mareado, y pensando que la felicidad era algo inalcanzable, que sólo los elegidos podían optar a ella aunque, ese tal Malinowski me animaba a lo contrario:

Ahora es el momento de hacer lo que más quieres. No esperes al lunes, ni esperes a mañana. Que no aumente en ti la caravana de sueños pisoteados. Ya no esperes”.

Error

Querido Recuerdo Imborrable, Querida Herida Incurable:
Te echo de menos. No puedo pedirte nada, lo sé, no puedo juzgarte por tu desprecio ahora, la culpa fue mía, sólo mía.

Aquella tarde decidí alejarme de ti, no sabía qué quería hacer con mi vida, qué era lo que buscaba, ni qué era lo que necesitaba: imaginé que estar lejos de ti ayudaría a recuperar el rumbo de mi vida, ingenuo. Del día a la mañana te hice creer, me hice ver, que todo había terminado entre los dos. No era verdad. Te engañé, intenté sentir el cuerpo de otras mujeres en las frías noches, pensé eso ayudaría a dilucidar el camino. Pero sólo nos hizo daño.

Yo no recuperé aquel destino olvidado, no regresé a aquel tiempo de felicidad: sólo dolor y angustia es lo que llegaba a sentir cada noche: imagino igual que tú. Y ahora te busco y no te veo: tú eras mi felicidad, y tampoco lo vi. Ahora no encuentro tus brazos abiertos, y sé no puedo pedírtelos, lo sé, rompí aquella promesa, no la volveré a nombrar para no reavivar más la llaga. Lo siento, yo no quise hacerte daño, no quise huir.

Recuerda Que La Rosa

Una rosa he de buscar para vos.
Bajaré a El Jardín de La Niebla
Y surcaré sus tierras, palideceré su bruma,
Encontraré mi alma, encontraré tu aura.

El paisaje es tan desolador como mi soledad,
Apenas logro entender que aquí yazca una flor.
El territorio que alcanzo divisar frente a mis ojos
No concuerda con el que mi piel siente…

Sólo arena: la cálida arena del infierno me rodea,
Mas mi alma siente un frío inaudito, como en Siberia.
Vago sin andar, camino sin avanzar,
Miro sin ver, y allá está ella: Mi Rosa, Tu Rosa.

Rosa Negra frágil y quebrada cual cristal puro,
En mis manos pude reunir sus trozos,
En mis dedos, clavarme sus espinas envenenadas.

Derramar mi sangre sobre los pétalos quemados de frío,
Mis lágrimas sobre las heridas de las espinas,
Y mi vida en esa rosa negra, ya tornada color fuego.

Mi cuerpo morará en este triste frío Jardín de La Niebla,
Mas mi alma presta y rauda, otorgará la rosa de mi muerte
A tu cuerpo, para que vos, me recordéis.

La vida puede cambiar en un segundo

Hoy, dos de febrero, es un día importante para mí a nivel personal. Hace ocho años tal día como hoy cayó en miércoles, y en una partida de billar cambió mi vida. Una simple serie de preguntas, “¿estamos juntos?”, “¿tú quieres estar conmigo?” y una respuesta, también, sencilla y profunda: “¿Yo? Siempre”. Aquel día, por la tarde, empecé un noviazgo que aún dura, con una persona maravillosa, y sin la que ahora no sabría vivir. Ella ha estado ahí, en los momentos difíciles apoyando y ayudando. Sin ella, posiblemente, no sería lo que hoy soy. El resto de mi vida cambió esa tarde.Aquella relación, sin entrar en detalles, comenzó por una amistad. Coincidíamos saliendo en el mismo grupo en el mismo pueblo, Periana. Y poco a poco hablando, acercando más nuestras almas y compartiendo momentos… SMS de los antiguos. Miradas indecisas y huidizas que buscaban la aprobación del otro y la encontraban, pero no salían las palabras. Hasta que, desesperado y cobarde, escribí un SMS diciéndole todo lo que sentía, hablándole de un supuesto hechizo de magia negra… Y todo desembocó en aquel billar, en aquellas preguntas, y en aquel beso al que aún seguimos unidos.

Aunque no siempre hemos estado juntos. Hace dos años ella estaba en Finlandia, yo en Málaga, recién incorporado a un despacho de auditoría (en el que, también aún sigo como dice la página de presentación). Unos días atrás, esta semana, una gran amiga me recordaba la anécdota de la llamada para ofrecerme esa primera experiencia profesional.

Acababa de salir de las clases de árabe, e iba camino de Periana, conduciendo recibí una llamada de un número desconocido. Al otro lado, una voz de mujer me decía me habían seleccionado para una entrevista en prácticas, en una auditoría-asesoría. Cogí el desvío a una gasolinera y apunté la dirección. La mañana siguiente tenía la entrevista en la empresa. No fue mal, quedaron en llamarme en un par de días, fuese lo que fuese, entrara o no a formar parte del personal.

Y fue un jueves por la tarde. En un segundo también, pocos días antes de mi sexto aniversario, cuando en clases de inglés volví a recibir una llamada de la oficina. Salí de clase, nervioso. Tan nervioso que, cuando mi futura compañera de la oficina, me dijo que había sido seleccionado no la entendí, o no me lo creía, y le pedí me lo volviera a repetir. Y el día uno de febrero del 2011 entré a formar parte de esa familia de compañeros y grandes personas. Y aún seguimos allí, esperemos que por mucho tiempo más porque es donde realmente estoy cómodo, voy evolucionando y formándome como auditor.

Por todo ello, febrero es un gran mes para mí. Este año también estoy esperando grandes noticias por varios sitios para este mes de las Februas. Aparte, aunque aún quedan varios días, el año pasado, un veintinueve de febrero vio la luz, en formato digital y físico el que, hasta ahora, es mi último libro: El Collar de La Soledad.

Carpe Diem, III

Mas al otro lado de la moneda todo es distinto. Nadia sí recuerda muy bien todo lo que pasó la noche anterior, sí recuerda que le dijo que no podía besar a Fernando y que éste la besó, la acompañó hasta el taxi y le pidió su número de móvil para volver a verse algún día, aunque no está segura de querer hacerlo. No puede romper una pareja. Fernando le gusta, pero no puede hacer algo que no quiere que le hagan a ella.Aún recuerda cómo se enteró que estaba comprometido, fue hace cuatro semanas, coincidieron desayunando; se fijó en la mano de Fernando, tenía una alianza, asustada y un poco decepcionada, le preguntó si estaba casado. Le dijo que aún no. Él devolvió la pregunta, y Nadia sólo dijo que estaba soltera.

Antes de anochecer José llegó a su casa y se encontró a Fernando viendo la televisión, tomaron un par de cervezas y hablaron sobre lo que pasó la noche anterior. Antes de que se fuera, José le dijo a Fernando:
–No se puede amar a un espejismo. A Nadia sólo la conoces desde hace unas semanas, apenas has hablado con ella, no es tiempo suficiente para conocer a alguien y amarla. Entiéndelo. No puedes echar toda tu vida por alto.

Al tiempo, Fernando llamó a Nadia. Quedaron para cenar, hablaron de lo que sucedió:

–Siento mucho si lo que hice te pudo molestar, de verdad. Sólo quiero que sepas dos cosas -dijo Fernando-. Cuando te pedí el beso no fue un capricho, si lo hice era porque lo sentía y lo necesitaba en ese momento; es más, lo volvería a hacer.
–¿Y lo segundo?
–Lo segundo es que has sido la primera mujer a la que he besado desde que estoy con mi novia, nunca creí en las infidelidades ni lo entendí hasta que te conocí. Jamás lo había hecho antes, y sé que jamás lo volveré a hacer.
–No te entiendo, ¿por qué lo arriesgas todo por mí? Jamás pensé que podría interesarte. Me dejaste en blanco.
–Lo sé y lo siento, pero… carpe diem, sólo vivimos una vez. Y no creo que hiciera daño a nadie.
–Quizás sí le hiciste daño a tu chica…
-repuso Nadia, Fernando calló durante unos segundos.

Le explicó que su novia ya no le hacía feliz, vivir con ella era como leer una novela: el protagonista no puede salir de los renglones que el autor dispuso para él. Su vida estaba escrita, y aquella noche quiso ser su propio señor. Por momentos ella llegaba a entenderlo, fueron abriendo aún más sus almas y dándose cuenta que aquello podría funcionar, Nadia ya no tenía miedo ni le importaba compartir cosas con Fernando. Y a Fernando cada vez le gustaba más y se acordaba menos de su novia.

Volvieron a algún pub, no les importaba el nombre, sólo querían estar juntos y seguir hablando sobre ellos. Conocerse más, en palabras de José: “necesitaba que Nadia dejara de ser un espejismo para él”.

Pero, por primera vez en toda la noche Fernando empezaba a tener miedo, se daba cuenta que todo podía ser perfecto junto a ella, y de hecho, aquella noche lo fue. Ella le habló de sus ilusiones de convertirse en una gran artista, de los trabajos para pagar sus sueños. Él sólo podía admirarla cada vez más; pero cuando Nadia preguntó si él tenía sueños, sólo pudo callar y decirle que algún día se los contaría. Nadia no se atrevió a volver a preguntar por su ex novia, ni por sus sueños, no quería hacerle sentir mal pues como alguien dijo: “suprimid la mentira, y habréis hecho imposibles las relaciones sociales”. Pensó que aquella noche él podría ser para ella, era soltero y soñador.

Sólo unas horas antes de que cerrasen el pub, Nadia dio otro paso hacia delante, aunque sin definir ningún camino –o eso temió Fernando–.
–¿Quieres hacer algo más? ¿Quizás tomar otra copa? -preguntó ella.
–No, por mí está bien.
–Bueno, pues… nos vamos ya, y mañana será otro día, ¿no?

Fernando no podía dejar que todo acabara así, no quería perderla para siempre ahora que estaba a conocerla más allá de sus ojos azules. Le dio otro beso, esta vez, sin preguntar nada, no hacía falta. Se fusionaron en aquel beso sin final, Nadia le cogió de la mano y lo arrastró hasta su casa. Allí pasó lo que el destino dejó que pasara entre los dos. Cuando Fernando miraba al azul infinito de la mirada de Nadia sólo podía pensar en una frase: Carpe Diem.

Carpe Diem, quizás algunos espejismos se tornan realidad cuando despiertan los sueños.