¿Ves aquellos molinos de allí?

Salí con un motivo en mente,
y ahora voy buscando mi propio Camino.

L'última fletxa, por Raúl R.
L’última fletxa, por Raúl R.
Una vez más, realmente desde que empecé a trabajar, en agosto volví, por tercera vez, al Camino de Santiago, solo. Esto provoca que muchos me digan que estoy loco, que hay mil sitios más por conocer y recorrer, pero siempre les digo que no he hecho dos veces el mismo Camino y que lo que allí se siente es diferente a otros lugares aunque suene tópico, pero es la realidad. Por otro lado este año para mí también era distinto en la esencia: cambios en la situación personal que vivo y porque en el fondo sin ser consciente todo cambia y de un año a otro tú nunca eres el mismo, ni siquiera lo es tu meta. Cada año me ha movido un sentimiento para hacerlo: cumplir un sueño, alcanzar el fin del mundo, o la búsqueda.Para este año, la elección fue fácil: me apetecía un Camino completo, y tenía sobre dos semanas… Quería un recomenzar, volver a los orígenes, empezar de nuevo: debía recorrer el Camino Primitivo, aquel que fue el origen de todos los caminos y discurre por tierras asturianas y gallegas; para mí, doce días de viaje hasta Santiago, y de improviso dos más para poder llegar a Finisterra, algo no concebido en mi primer proyecto donde las etapas eran algo más cortas, pero en el Camino uno aprende a que la vida no puede planificarse: tan sólo vivirla, sentirla y no pararse jamás. Sientes el dolor en las articulaciones, en el cuerpo en general, pero sigues andando porque hay algo aún más poderoso que te llama a continuar: crecer.Sobre el propio camino algunos dicen que el Primitivo es más duro que el Francés, o la Vía de la Plata porque la mayoría son etapas rompepiernas con subidas y descensos, desniveles bastante fuertes en el mismo día, más subidas y descensos, escaleras hechas en el propio bosque para poder subir la pendiente, descensos interminables entre caminos de piedras, y etapas más largas y constantes que en el Francés. Quizás sea verdad, o tal vez sea sólo una coincidencia, pero éste ha sido el único año que visité al médico, al tercer día tenía inflamado los músculos del pie, me recetó varias pastillas y aunque el dolor continuase hasta después de haber acabado el Camino mi viaje continuó a pie por aquellas tierras, gracias en parte a los masajes que recibía y que ayudaban a apaciguar el dolor y el alma: siempre hay que avanzar.La gente también me llama loco por hacer estos viajes sin nadie conocido (sí, me llaman loco por muchas cosas), pero creo firmemente que es otra parte de la esencia del Camino, la mayoría de los peregrinos que encontré lo hacían así. Quizá al hacer el viaje en soledad, buscando respuestas y tu propio camino acabas por obtener mejores respuestas a tus preguntas, por volver a reencontrarte con aquellos recuerdos que creíste perdidos, o por abrirte más a la gente, y también por escucharlas más a ellas: compartir miserias y logros.

Entiendes que todos cargan en su mochila con problemas y alegrías similares a las tuyas, las dudas que tú tuviste las atraviesan ellos ahora, y las mismas que ellos sufrieron las asumirás tú sin importar el tiempo o el espacio. Compartisteis, compartiréis, compartís mucho más que un simple viaje. Porque las apariencias nunca son lo que aparentan ser y a los cuarenta años puedes estar tan perdido como con veinte; con setenta te puedes reír con las mismas idioteces que un crío; puede que te encuentres con un gigante y comprendas que tiene tanto miedo como tú, que necesita de ese mismo abrazo… o que te pierdas en la inmensidad de unos ojos y sólo el ruido del mundo te devuelva a la realidad.

Y esas personas que llegan hasta ti como meros desconocidos o tú a ellos como un personaje más acaban compartiendo contigo su vida sin ser conscientes de que lo harían cuando una mañana, en San Juan de Villapañada, te dijeron si los acompañabas; estas personas son aquellas que en las noches compartieron litros de alcohol y en la mañana se sinceran; estas personas acaban compartiendo contigo los recuerdos de un pasado que no pudiste quemar ya que te conformaste con un cigarro; estas personas son las que te miran a los ojos y te susurran “¿qué?”, y tú te quedas sin palabras; estas personas son aquellas con las que haces promesas de volver a verte en un último abrazo que no esperabas y deseas cumplir la promesa con todas tus fuerzas; son las que te acompañan en tu búsqueda dentro y fuera, porque alguna promesa ya se cumplió.

Estas personas son las que te recuerdan una lección casi olvidada que aprendiste durante el primer viaje por tierras castellanoleonesas cuando, medio en serio medio en broma, los comperegrinos que te acompañaron aquellos días preguntaban si podías ver los molinos eólicos en el horizonte, y después respondían que esos mismos molinos los deberíais traspasar, muchas veces en el mismo día, por imposible que pareciera, por lejos y altos que estuvieran. Y a veces en la vida ocurre algo similar, te has de enfrentar a ella sin miedo, sabiendo que costará, que en el camino podrás caer pero si fijas la mirada en tu objetivo, si luchas por él mientras avanzas, llegará un momento, cuando alces la vista, donde entenderás que estás por encima de los molinos y por delante.

Así que… ¿ves aquellos molinos de allí? Pues vamos a atravesarlos…

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