Tendiendo Intimidades

Era una chica corriente, muy guapa y sonriente. Demasiado de lo primero y lo suficiente de lo segundo para aquello. Se me hacía raro el verla allí, quizás aquel no fuera su lugar, ¿pero por qué tenía que ser el mío? Tal vez el motivo de su sonrisa fuese aquello que estaba viviendo, aunque la belleza, como digo, le era innata.Yo, desde una silla de plástico, de Coca-Cola, y sobre una mesa, de Heineken, le observaba tender la ropa. El tiempo había querido otorgarme unas horas más de margen sobre su propio tiempo. Imagino ella reparó en mí, pero simplemente como uno más. El observador era yo, había pasado a por aquel ritual que ella vivía en ese momento. A muchos les gustaba dormir, a mí simplemente observar.

Para quien desea paz, remanso y respuestas Morfeo no es la solución. Sólo hace atacarte más y destrozar tus entrañas, robar tu sonrisa y hasta hurtar la sonrisa de aquella desconocida que no sé dónde se escondió. Me dejó allí sobre la silla, con la libreta en la mesa, mirando al infinito, viendo como aquel tendedero se caía con su ropa, viendo como el resto del mundo dormitaba, viendo como su sujetador morado estaba en el suelo. Me levanté y le recogí la ropa como pude. El tendedero no soportaba tanto peso; me acerqué a las cuerdas donde estaba tendida la mía, pasado el camino, y al ver estaba seca la cogí. Cuando la volviese a ver a ella, le ofrecería aquel sitio.

Volvió a salir a la calle, y se asustó un poco cuando le hablé, no me esperaría o no esperaría aquel comentario. Sólo dio las gracias, y usó las cuerdas. De lejos su belleza seguía allí, pero su sonrisa no podía verla, y sólo pensaba en si sería real o una ilusión hecha por aquel tiempo y lugar.

Recuerdo que mi cena de aquella noche fueron las sobras del medio día, sobras o quizás mi plato porque al llegar temprano a aquel lugar sólo tomamos un bocadillo de lomo. La mujer decía que no hacía cenas, pero dadas las circunstancias, y que la comida estaba ya hecha, nos calentó aquel plato de cocido gallego, y un par de tortillas francesas que comimos junto a una pareja francesa mientras bebían vino tinto, que según decían era de una calidad excelente. Una extraña cena, demasiado temprana, para cinco personas en una mesa redonda. Mientras nosotros cenábamos todos aún reían y disfrutaban en la calle. Las horas que le había ganado al tiempo ahora éste se las recobraba y entendía que no había tal ganancia.

Salimos a la calle, habíamos cenado y ya no hacíamos nada en aquella mesa, nos fuimos a hablar a un pequeño banco de madera, a pensar en muchas cosas y la volví a ver con una camiseta roja, y una trenza en el pelo, sonriente, hablando con dos hombres. Ha pasado mucho tiempo ya no estoy seguro de si me sonrió o si ni siquiera se dio cuenta de que estaba pasando por su lado.

Nos conocimos, era inevitable que lo hiciéramos, pero no aquella noche. Aunque a pesar de habernos conocido seguía sin saber si aquella sonrisa era por la completitud de su vida, o simplemente por disfrutar del momento; en cualquier caso debía, debíamos, disfrutarla.

Aquellas literas, donde el sueño nos recogería, no podían tener la misma edad que el edificio las contenía, pero habrían pasado tantos cuerpos por ellas que la sensación era esa. Yo estaba con aquellos hombres, siendo consciente que me acerqué a ellos no fue tanto saber de sus vidas como de la suya. La hicieron reír cuando yo estuve sentado en el banco de aquella madera mal cortada y peor lijada. Y ahí, con un comentario de uno de los dos hombres, mientras respondía a una pregunta que no me correspondía a mí supe su nombre. No recuerdo si ofrecí champú, imperdibles o algún otro comentario idiota, pero por detrás oí:
Ojú, Sarita…