Traspaso, cambio de estado

Hace unos días Facebook me recordaba que hace cuatro años publicaba una entrada resumiendo lo que fueron aquellos 365 días. Sé que suena tópico decirlo, pero esta vez es cierto que la vida ha cambiado mucho desde aquel entonces, y pocas cosas de las que representaron aquel año siguen hoy por hoy presentes. Es más, hay recuerdos que si ni siquiera el paso del tiempo ha logrado mantener intactos y ahora tienen otro sabor.

En la citada entrada comentaba que la única constante en mi vida era el trabajo, en el que por aquel entonces llevaba casi tres años. Fue mi primer trabajo, y en una época como la que estamos viviendo desde hace ya tantos años, y sobre la que también escribí en La Mirada del Hoy, no puedo quejarme y estoy muy agradecido a todo lo que ese trabajo ha traído a mi vida personal y profesional. Una de las cosas que más recuerdo en estos días fue una conversación con un ex compañero, el que me contaba que uno de sus antiguos jefes le dijo una vez que los proyectos profesionales han de durar seis años, que después de ese tiempo, se pierde la ilusión y la motivación, y uno empieza a estancarse.

Cuando dejé la empresa llevaba seis años y medio, y aunque mis compañeros y jefes no parecían entenderlo demasiado hoy en día sé que tomé la decisión correcta. Por mi cumpleaños, una antigua compañera de la universidad me escribió para comentarme que en su empresa estaban buscando auditor con un perfil similar al mío. Quedamos un día, hablamos, hice una entrevista, me dieron muy buena sensación los jefes y el despacho en general, me gustaba mucho el proyecto que me propusieron, y sobre todo tenía la ilusión por volver a empezar, y el apoyo de quién más importa.

El cambio no fue una decisión fácil, supe que dejaba muchas cosas atrás, buenos recuerdos, grandes compañeros, experiencias únicas, pero también malos tragos y momentos duros en soledad. Cuando comuniqué la decisión intentaron hacerme cambiar de opinión, pero ya estaba tomada y mi círculo más cercano me apoyaba, aunque al final, nadie vive tu vida y nadie se pone en tus zapatos, por eso no importa mucho lo que te digan los demás.

Aprendí mucho en esos más de seis años, desarrollé proyectos y mejoré otros, pero necesitaba el cambio, necesitaba ver qué había más allá y poder crear mi propia carrera. Y ya hace casi tres meses, fue a principios de octubre, cuando comencé en el nuevo despacho y, desde entonces, no ha habido un solo día en el que no me alegre de la decisión que tomé; atrás quedaron los días que me levantaba haciéndome preguntas de difícil respuesta. El nuevo trabajo me gusta y disfruto cada día realizando las nuevas tareas, aprendiendo cada vez más, asumiendo nuevas responsabilidades, sabiendo que cuentan conmigo desde el primer momento, sintiéndome parte del equipo y aportando lo mejor de mí en todo lo que hago.

Cuando he comenzado a escribir esta entrada no tenía en mente hablar solo del trabajo, sino hacer un breve resumen de mi vida durante este año, pero necesitaba escribir sobre ello ya que ha sido el mayor cambio. También, quería recordar que la web en sufrió uno de los mayores cambios visuales y de resideño desde que comencé con ella en 2012 haciéndola más visual y con un estilo más moderno.

A pesar de todo, sí hay algo que comentaba en la antigua publicación, y que se ha mantenido como una constante, esto han sido los viajes, y cada vez más. Es cierto que tenido menos sabores de reencuentro con viejos amigos y no ha habido tampoco tiempo para los peregrinos del Camino, pero sí han sido con la persona más adecuada con la que podía hacerlos.

Este año me han llevado, por supuesto, a Barcelona, casi todos los meses, ciudades andaluzas que nunca había visitado, la isla de Tenerife por el mes de mayo además de dos bodas muy especiales, y viajes a países que tampoco habría imaginado… En el verano, como ha sido habitual en los últimos tres años, ha sido un viaje de varias semanas al extranjero; este año, Italia, Croacia y Eslovenia. Le tengo que dar las gracias a Mire, porque sin ella, no se me habría ocurrido la idea de viajar a los países bálticos y descubrir, entre otras, las maravillas que esconde el país de Liubliana.

En referencia a la literatura ha sido un año en el que se ha quedado un poco de lado, he escrito y leído menos (sigue pendiente terminar mi próximo poemario, Recuerdos de Tu Soledad). A veces, por falta de tiempo muchas veces y por priorizar otros aspectos que tenían una caducidad inferior otras. A mediados de diciembre me presenté al examen que me daría el derecho a ser auditor firmante; he dedicado muchas horas y mucho tiempo y espero que tenga sus frutos, lo defendí lo mejor que pude y pase lo que pase sólo será una prueba más. El único mes que sí escribe diariamente fue en noviembre con el reto de Poember, de Siracusa Bravo, y respeté el reto escrupulosamente (salvo un día que publiqué a las ocho de la mañana).

Y, en el término de la amistad, algunos se han ido alejando, otros se han forjado más fuerte, y algunos que se quedaron hace tiempo en el camino a los que me gustaría volver a acercarme que me hacen pensar en más y futuros viajes; porque, aunque nunca suela estar ahí os llevo en mi mente mucho tiempo (sabiendo que sin estar no sirve para nada).

Y, sin más, me despedido desde el mismo lugar donde pasé los últimos días del año en el pasado 2016, disfrutando de las hermosas vistas que desprende el ventanal del hotel, como lo hice en aquel 2013:

Ahora, para estos meses que entran se presentan nuevos retos e ilusiones, así que solo resta encontrar la ilusión y la fuerza necesaria para poder enfrentarlos sin miedo, ‘porque el reto no está en poder ganar al gigante, sino en poder superar el miedo a enfrentarse con él’: Carpe Diem.

La estúpida manía de resumir los años

Hasta hace escasos minutos no tenía preparada la entrada de esta semana, y tampoco tenía muy claro cuál sería. Había pensado en algún relato que aún no he llegado a escribir o en esto mismo, en un pequeño resumen de lo que ha sido este año que se acaba igual que hice el año pasado.

Por ahora, 2013 ha sido un año de contrastes, de cambios… Quizás la mayor estabilidad haya estado en el trabajo, donde la rutina ha seguido prácticamente igual que antes, aunque sí es cierto que se han visto pequeños cambios. Algunos compañeros ya no están allí y han llegado otros nuevos. Es innegable que todo es constante cambio.

En mis vacaciones tampoco han existido grandes cambios, volví al Camino de Santiago, por otra ruta, pero tenía claro que necesitaba aquello: desconectar y tiempo para pensar, tiempo para mí. Ya hablé hace un par de meses de aquella experiencia, y aún quedan muchas cosas por recordar, lecciones que compartir e historias por revivir. Fue un Camino distinto, suena raro y quizá no sepa explicarlo, pero sentí menos obligación, disfruté más del momento y pensé menos en el presente y el futuro: Carpe Diem. Fueron varios días donde hice grandes amigos, donde compartí experiencias, y donde me deshice de muchas cosas para poder llevarme otras.

Carpe Diem es también una de las frases que más le he repetido a una amiga en estos meses; tanto para ella, como para mí, como para mi ex, la vida cambió. Dejamos atrás nuestras relaciones de largo tiempo y nos enfrentamos a otro tipo de vida, tal vez al mayor cambio que pudimos vivir en el año. Pero hemos seguido sobreviviendo, avanzando en el juego de la oca y superando molinos. Yo, personalmente, descubrí que sólo fue un cambio de situación pero la relación sigue estando y es lo que agradezco.

Durante el año también he tenido tiempo para viajar, más que ningún otro año en mi vida. No solo por los viajes del trabajo, que estos han seguido ahí e incluso se han alejado de las primeras que conocí, sino por viajes personales. Y, como no podía ser de otra forma, algunos de estos viajes han sido gracias al Camino, y sirvieron para reencontrarme con viejos amigos algunos con los cuales nunca se perdió la relación y otros con los que ésta estuvo algo más fría. Otros han sido gracias a la escritura y han sido reencuentros con sabor a primera vez que se tornaron más allá de la pantalla. Aunque, de todos estos viajes creo que Madrid ha sido mi destino predilecto, porque entre unas cosas y otras he estado por allí cuatro o cinco veces reforzando una amistad que, como digo, comenzó en el Camino, continuó en el tiempo pero en la distancia durante dos años, y ahora volvimos a reencontrarnos en persona.

En esos viajes también hubo tiempo para la propia Andalucía, por fin este año pisé las ocho provincias, en algunas (Almería y Jaén) sólo de pasada por sus carreteras pero en otras me enfrenté a nuevos sueños y retos: molinos. Viajes en soledad, otros en silencio.

Literalmente ha sido un año fructífero, si los tres anteriores estuvieron consolidados por mis libros en este participé junto a Asociación Di-fusión-a2 en un libro que ya vio la luz, La Mirada del Hoy y en la segunda edición de Sexo Oral que la verá pronto. Y uno de los grandes molinos al que me enfrenté a raíz de un viaje andaluz ha sido el volver a recitar en público y acortar mis poemas (este molino aún está por sobrepasar), y empezar a programar nuevas ilusiones…

En resumen, este año que está a punto de dejarnos ha sido un buen año, de cambios pero de crecimiento. Un tiempo donde me enfrenté a miedos, donde he superado molinos, y donde creo que soy feliz. Ahora, para estos meses que entran se presentan nuevos retos e ilusiones, así que solo resta encontrar la ilusión y la fuerza necesaria para poder enfrentarlos sin miedo, “porque el reto no está en poder ganar al gigante, sino en poder superar el miedo a enfrentarse con él”: Carpe Diem.

La historia cuenta lo que sucedió, la poesía lo que debía suceder

La felicidad es algo extraño, no todos estamos destinados a alcanzarla. Algunos te dirán que sólo las encuentran aquellos que la buscan, mas se equivocan. No siempre depende de ti el lograrla” –aquellas fueron sus palabras.

Aquella chica de ojos castaños tenía su propia filosofía de la vida y me la iba enseñando con cada sorbo de albariño como quien se desprende de su mayor tesoro. No, no estaba borracha; al menos, no lo mostraba; yo podría estarlo bastante más. Todo aquello era muy distinto de lo que podía imaginar por mí mismo meses atrás. Sinceramente, hoy creo que nadie llega a alcanzarlo, a entenderlo, si nunca antes estuvo allí; aquella tierra te trasporta a otros mundos, a otro tiempo: no hay bien ni mal: felicidad o preocupación: envidia o agonía. “La única vía de escape a una realidad que nos atormenta al no alcanzar a entender la propia realidad que nos rodea”.

Cada instante a su lado era una implosión. Degustar aquel vino de la tierra estaba siendo la mayor lección de mi vida: la enseñanza de un maestro que deja su pupilo responda por sí solo a las preguntas: “¿Cómo valorar la felicidad, por momentos o recuerdos, o hay que medirla por la satisfacción en la vida?”. Otro sorbo más y una respuesta que no conocía. Un par de más. ¿Acaso se puede medir la felicidad? ¿La utilidad que ésta te reporta? Como economista sabía que, la felicidad o el dolor no pueden ser medidos en una escala: no tiene sentido, no es posible.

El jugo de uva no paraba de correr por nuestras copas, con la luz de aquella bombilla sus labios brillaban iluminados con la humedad del licor. Hablaba y yo escuchaba. Aprendía. Absorbía. Y, sobre todo, me sorprendía: jamás pensé que aquel viaje cambiara mi forma de ver la vida: cambiara mi forma de ser. Jamás pensé que allí me encontraría con sorpresas tan cotidianas antaño como la honradez.

Acostumbrado a un ritmo de vida atroz donde se impone la premura antes que la documentación, vivir en eso que llaman algunos era del copy-paste, y en un tiempo que obliga a obviar el primero que habló sobre algo. Ella rompía todos esos esquemas del mundo real, y reconoció que su filosofía, igual que yo en aquel instante, bebía de personas anónimas; o quizás no tan anónimas, ambas fuentes tendrían un nombre pero por desconocimiento u olvido de los nombres éstos no eran más que simples merecedores de nuestros respetos. Quizás sus fuentes sí fueron conocidas o rememoradas en un tiempo, incluso ahora por los más estudiosos de las letras; mas, las mías, siempre fueron, son y serán, simples campesinos, agricultores que dejan su vida para ganarse unos pocos euros. “¿Acaso ellos podrían ser más felices que los primeros?

Si quieres, escúchame”, repetía. Siempre si yo quería. Era tan distinta del mundo corriente, de la vida que había dejado atrás para comenzar aquel viaje. Fuera de allí todo es obligaciones por imposición, ojos castaños rompía todos esos esquemas. Muchos podrían decir que era mejor: yo era uno de ellos. Estar allí, a su lado, degustando aquellas fuentes, y aprendiendo fue lo más cerca que estuve de la felicidad, de ésta existir… y su última frase de la noche ayudó a rozarla.

La última frase que me comentó aquella noche, cuando acababa la última gota del licor gallego sí me dijo su autor, Malinowski; tras ella, se fue a la litera y me dejó allí sin opción a réplica –opción que otras veces antes había obviado por temor–. Me encontraba allí, sólo. Bajo el manto de las estrellas; mil pensamientos en mi cabeza que me iluminaban, porque hacía pocos minutos que el dueño de aquel bar-albergue había apagado las luces de la fachada y nos había cobrado las botellas que nos bebimos: estaba solo, algo mareado, y pensando que la felicidad era algo inalcanzable, que sólo los elegidos podían optar a ella aunque, ese tal Malinowski me animaba a lo contrario:

Ahora es el momento de hacer lo que más quieres. No esperes al lunes, ni esperes a mañana. Que no aumente en ti la caravana de sueños pisoteados. Ya no esperes”.

Devenir del Pasado

En ocasiones, sin buscarlo, sin desearlo,
Te sorprendes sonriendo, emocionado,
Recordando aquel viaje, aquellos días…

En otros momentos la memoria jugará en contra,
Aquellos días, aquel viaje, me hará llorar.
No todos los recuerdos son alegres siempre.

Puedes pensar haberlo vivido todo allí,
Tal vez no quedaron cosas por hacer,
Es lo que te dicta la alegría de tu pecho.

Mas, cuando cierro los ojos, reviviendo instantes,
Sentimientos y sensaciones imposibles acepto la realidad:
Quedó tanto que hacer, tanto por vivir. Tan poco tiempo.

El devenir de las lunas sólo dejará tu memoria y mis sueños
Ambos difuminados sin saber qué es qué: realidad o ficción.