Traspaso, cambio de estado

Hace unos días Facebook me recordaba que hace cuatro años publicaba una entrada resumiendo lo que fueron aquellos 365 días. Sé que suena tópico decirlo, pero esta vez es cierto que la vida ha cambiado mucho desde aquel entonces, y pocas cosas de las que representaron aquel año siguen hoy por hoy presentes. Es más, hay recuerdos que si ni siquiera el paso del tiempo ha logrado mantener intactos y ahora tienen otro sabor.

En la citada entrada comentaba que la única constante en mi vida era el trabajo, en el que por aquel entonces llevaba casi tres años. Fue mi primer trabajo, y en una época como la que estamos viviendo desde hace ya tantos años, y sobre la que también escribí en La Mirada del Hoy, no puedo quejarme y estoy muy agradecido a todo lo que ese trabajo ha traído a mi vida personal y profesional. Una de las cosas que más recuerdo en estos días fue una conversación con un ex compañero, el que me contaba que uno de sus antiguos jefes le dijo una vez que los proyectos profesionales han de durar seis años, que después de ese tiempo, se pierde la ilusión y la motivación, y uno empieza a estancarse.

Cuando dejé la empresa llevaba seis años y medio, y aunque mis compañeros y jefes no parecían entenderlo demasiado hoy en día sé que tomé la decisión correcta. Por mi cumpleaños, una antigua compañera de la universidad me escribió para comentarme que en su empresa estaban buscando auditor con un perfil similar al mío. Quedamos un día, hablamos, hice una entrevista, me dieron muy buena sensación los jefes y el despacho en general, me gustaba mucho el proyecto que me propusieron, y sobre todo tenía la ilusión por volver a empezar, y el apoyo de quién más importa.

El cambio no fue una decisión fácil, supe que dejaba muchas cosas atrás, buenos recuerdos, grandes compañeros, experiencias únicas, pero también malos tragos y momentos duros en soledad. Cuando comuniqué la decisión intentaron hacerme cambiar de opinión, pero ya estaba tomada y mi círculo más cercano me apoyaba, aunque al final, nadie vive tu vida y nadie se pone en tus zapatos, por eso no importa mucho lo que te digan los demás.

Aprendí mucho en esos más de seis años, desarrollé proyectos y mejoré otros, pero necesitaba el cambio, necesitaba ver qué había más allá y poder crear mi propia carrera. Y ya hace casi tres meses, fue a principios de octubre, cuando comencé en el nuevo despacho y, desde entonces, no ha habido un solo día en el que no me alegre de la decisión que tomé; atrás quedaron los días que me levantaba haciéndome preguntas de difícil respuesta. El nuevo trabajo me gusta y disfruto cada día realizando las nuevas tareas, aprendiendo cada vez más, asumiendo nuevas responsabilidades, sabiendo que cuentan conmigo desde el primer momento, sintiéndome parte del equipo y aportando lo mejor de mí en todo lo que hago.

Cuando he comenzado a escribir esta entrada no tenía en mente hablar solo del trabajo, sino hacer un breve resumen de mi vida durante este año, pero necesitaba escribir sobre ello ya que ha sido el mayor cambio. También, quería recordar que la web en sufrió uno de los mayores cambios visuales y de resideño desde que comencé con ella en 2012 haciéndola más visual y con un estilo más moderno.

A pesar de todo, sí hay algo que comentaba en la antigua publicación, y que se ha mantenido como una constante, esto han sido los viajes, y cada vez más. Es cierto que tenido menos sabores de reencuentro con viejos amigos y no ha habido tampoco tiempo para los peregrinos del Camino, pero sí han sido con la persona más adecuada con la que podía hacerlos.

Este año me han llevado, por supuesto, a Barcelona, casi todos los meses, ciudades andaluzas que nunca había visitado, la isla de Tenerife por el mes de mayo además de dos bodas muy especiales, y viajes a países que tampoco habría imaginado… En el verano, como ha sido habitual en los últimos tres años, ha sido un viaje de varias semanas al extranjero; este año, Italia, Croacia y Eslovenia. Le tengo que dar las gracias a Mire, porque sin ella, no se me habría ocurrido la idea de viajar a los países bálticos y descubrir, entre otras, las maravillas que esconde el país de Liubliana.

En referencia a la literatura ha sido un año en el que se ha quedado un poco de lado, he escrito y leído menos (sigue pendiente terminar mi próximo poemario, Recuerdos de Tu Soledad). A veces, por falta de tiempo muchas veces y por priorizar otros aspectos que tenían una caducidad inferior otras. A mediados de diciembre me presenté al examen que me daría el derecho a ser auditor firmante; he dedicado muchas horas y mucho tiempo y espero que tenga sus frutos, lo defendí lo mejor que pude y pase lo que pase sólo será una prueba más. El único mes que sí escribe diariamente fue en noviembre con el reto de Poember, de Siracusa Bravo, y respeté el reto escrupulosamente (salvo un día que publiqué a las ocho de la mañana).

Y, en el término de la amistad, algunos se han ido alejando, otros se han forjado más fuerte, y algunos que se quedaron hace tiempo en el camino a los que me gustaría volver a acercarme que me hacen pensar en más y futuros viajes; porque, aunque nunca suela estar ahí os llevo en mi mente mucho tiempo (sabiendo que sin estar no sirve para nada).

Y, sin más, me despedido desde el mismo lugar donde pasé los últimos días del año en el pasado 2016, disfrutando de las hermosas vistas que desprende el ventanal del hotel, como lo hice en aquel 2013:

Ahora, para estos meses que entran se presentan nuevos retos e ilusiones, así que solo resta encontrar la ilusión y la fuerza necesaria para poder enfrentarlos sin miedo, ‘porque el reto no está en poder ganar al gigante, sino en poder superar el miedo a enfrentarse con él’: Carpe Diem.

Luz en La Oscuridad

Te ayudaré a recuperar la ilusión que perdiste al pensar
que a ti nunca te ocurrirá, aprende a observar…
{Mirada de Ángel}

Tras aquella reunión familiar se sentaron a hablar, lejos de todos y de todo, necesitaban hacer un poco de tiempo. Su pareja tardaría en llegar y a él no le esperaba nadie, pero las reuniones familiares son tan copiosas como las comidas que las acompañan, a veces algo más. Quizás sea esa extraña confianza que se da entre primos lejanos cuando se sienten tan fuera de lugar que sólo buscan hablar un poco de sus vidas para acercarse y romper, eliminar el mutismo de los silencios incómodos.

Durante la comida no hubo tiempo de nada, tantas voces acaparando la atención, el tiempo y el aire donde se transmite el sonido. Tantos progresos, proyectos de futuro y buenos momentos que recordar… tanta hipocresía que a nadie le importa realmente cómo le va al otro tan sólo estar por encima de él, demostrar que tu vida es la mejor, que has alcanzado más metas y cumplido más sueños que la otra parte.

Pero en la calle, entre ambos, nada importaban los triunfos de la vida. Todos hemos triunfado más o menos, y en cierto modo se siente empatía por los logros de la otra persona, pero el cariz con el que miras cambia cuando avanzas en la conversación, cuando esa persona se abre un poco más y delata que no todo va tan bien como lo presentaron horas antes en la comida, que el último cambio de su trabajo tal vez no fuese a mejor, quizás implicaría renunciar a cosas pero que realmente no había tantas alternativas, o quizá la nueva oficina sí fuese la chispa que buscaba en su vida pero no de la forma que deseaba.

Podía que hiciera frío en la calle, pero no les importaba. Estaban cómodos, charlando. Ella tenía un poco de miedo, o eso fue lo que a él le llegó. Aún estaba en el proceso de adaptación, pero le estaba robando demasiado –él aún no podía imaginar cuánto realmente–. Siempre sacrificas unas cosas por otras, eran conscientes de eso. En una de aquellas dos cabezas, no importa en cual, resonaba aquella frase de algún autor de Europa del Este: “Ahora es el momento de hacer lo que más quieres. No esperes al lunes, ni esperes a mañana”. Esa persona no sabe bien quién fue el autor, ni lo que hizo en la vida, ni que realmente es un poeta argentino, y mucho menos si el autor ha actuado siempre acorde a sus palabras.

En un momento, cuando la complicidad se sentó entre ambos, cuando él también compartió parte de su historia ella dijo que hacía mucho tiempo que no sentía ilusión por el día a día, que la motivación de hacer algo había desaparecido: apatía y grisicitudes se confundían en su vida. Él apenas calló, pero se derrumbó por dentro. Era extraño, el sentimiento que se presentaba en su corazón en ese momento; nada le obligaba a empatizar con ella, pero lo hizo. Es más, sabía muy bien que él no sería quién la rescatara de aquella actitud… no era su fin ni la intención de su prima. Simplemente se desahogaban.

La vida es caprichosa, se mueve rápido y cambia. En la última comida familiar sus papeles tal vez se habrían tornado: ella mejor, él peor. Pero no se comunicaron, no tuvieron la “suerte” de sentirse vacíos, de sentir la falta y acercarse. Ahora él estaba pensando ¿acaso podía hacer algo? Colorear una vida no es tan fácil como coger unas acuarelas… estas pueden adornar un tiempo pero el agua las borra o el sol se las come. Se necesitan cambios estructurales y coyunturales, pero cuando apenas queda tiempo para vivir el soñar es un lujo inalcanzable.

Quería hacer algo pero tenía miedo. Consciente de que no era su lugar, tal vez su pareja la pudiera ayudar, o tal vez viera mal que él se intercalara en una zona que no le correspondía. Volvió a mutar y no le dijo qué haces el sábado: te llevo de ruta por alguna ciudad. Tampoco le dijo, te llevo a cenar el miércoles, y no te preocupes por nada, déjame a mí. Y mucho menos, regálame una noche, quiero verte sonreír, recuperar la ilusión.

Simplemente llegó la hora y se despidieron con dos besos, tal vez de los primeros que se daban, en las comidas familiares se dan muchos besos vacíos y al final los importantes nunca llegaban a darse sólo quedaba en una mirada, o un escueto “¿qué haces?”, “aquí estamos”. Pero en su mente, en la de él, quedaba la idea que en la próxima reunión sí le propondría algún plan, en el fondo él también estaba solo.

¿Cuál es el precio de un sueño?

Él estaba sentado en su estudio como todos los días en sus últimos diez años. Por su trabajo tenía la suerte de poder hacerlo desde casa, fue lo que él siempre había soñado: un trabajo cómodo y con ordenadores: un trabajo de hombres. Era el encargado de supervisar los programas ofimáticos de la empresa, responder a los mails, y si se diese el caso reparar la página web, poco más. Su productividad era algo que le importaba poco, es más ni siquiera sabía si su función en aquella empresa era rentable o si sería mejor para ella externalizarlo.

Daba igual que no fuese el trabajador más productivo, era la empresa de su padre y no sería despedido, y mucho menos ahora que se casaba dentro de pocos meses con el prototipo de mujer que tanto había ansiado su padre: de buena familia, tan buena como la del subdirector general de una gran empresa con la que colaboraban, con la carrera de Filología Inglesa –una carrera de chicas– y con un pasado irrefutable. El resto le daba igual al padre: si era más o menos agraciada, o si era mejor o peor persona, si su hijo quería o no, e incluso si llegaban a amarse. Sólo le importaba aquellos cánones y que le dieran un hijo. Por eso, sus padres concertaron el matrimonio por los dos.

Para él no era su prototipo de mujer, ni de nada. Nunca sintió amor, es más, jamás sintió nada por ella más allá de la indiferencia pero tenía que ocultarlo con la máscara del amor… Estaba atrapado en una mentira de la que no podría salir. Eran tan distintos que ni siquiera coincidían en la hora de comer, de vez en cuando pasaban algunas temporadas viviendo juntos, y siempre habían almorzado por separado, cada uno a su hora como si coincidir en la mesa fuese algo imposible, como si en la mesa para reuniones familiares sólo cupiera una persona en aquellos momentos.

Sin embargo se iban a casar. En pocos meses firmarían un papel y unos votos que les mantendrían unidos hasta que la muerte los separase, porque para sus padres no existía el divorcio, para su padre la chica era perfecta. No obstante, para él sólo la idea de estar amarrado en un matrimonio sin amor era peor que la muerte, pero no lo sabía nadie: ni siquiera su hermano. Realmente su hermano nunca fue su “cajón de secretos” pero era el causante, al menos en cierto grado de que él estuviera hecho un mar de dudas y le apeteciera escapar de todo aquello.

La causa de las dudas era la amiga de su hermano. Tal vez si aquella chica nunca se hubiera presentado en su vida quizás él sentiría ahora algo por la que en el futuro sería su esposa, quizás habría podido llegar a sentir algo.

La amiga del hermano era una chica rubia con los ojos azules y un cuerpo perfecto: todo lo que él siempre había soñado, lo que nunca imaginó que existiría hasta que la vio en su casa, pero ella… Ella era demasiado para un chico tan simple como él, y encima su padre no se lo permitiría. Por todo eso jamás se atrevió a decirle nada, sólo el saludo alguna vez que le abrió la puerta de casa. Para colmo de males era bastante mayor y seguramente no querría estar con un niño como Felipe. Si todo eso fuese poco para destruir por completo sus sueños respecto a Alexa, no sabía si entre ella y su hermano había alguna relación más allá de la amistad.

Un día, mientras se dirigía al baño, se encontró a Alexa por los pasillos de su casa, no sabía que estaba allí, de saberlo no habría salido fuera. Se encontraron uno frente al otro, y él quedó mudo. Estaba como siempre: magnífica, con su mirada angelical y su cabello dorado… para él siempre fue una diosa imposible de alcanzar, su deseo más profundo, su quimera… Pero aquella tarde todo cambiaría y no sólo entre ellos dos porque aquel beso fue mucho más que eso: fue el romper con las convenciones de su familia y cumplir un sueño: su único sueño.

Ella se acercó en aquel pasillo, por primera vez en su vida Felipe estaba seguro de las intenciones de Alexa y sabía que le besaría, pero no sentía miedo por aquello. Se acercó a ella y se besaron, un extraño escalofrío recorrió su cuerpo, sentía una dudosa mezcla de realización y de castigo: por un lado había culminado su deseo pero por el otro le había sido infiel a su pareja, que no amaba, pero que era su futura esposa. Alexa se lo dijo al oído:

Lo que hacemos no está bien, pero lo necesito. Si hubieras renunciado a mi boca mis labios te hubiesen seguido hasta encontrar los tuyos. Necesitaba de tu sabor, cometer esta locura que quizás nos atormente por siempre.

El Curriculum de Todos

Cerró la puerta con llave. Raudo. Tenía urgencia por ir al baño. Dejó algunos sobres en la mesa y no perdió un segundo. Se lavó las manos. Y, en el salón, encendió la tele. La rutina de siempre. Buscó cualquier concurso de los de televisión donde gente anónima respondiendo a varias preguntas ganan varios cientos, o miles de euros. Quizás esa sea su única solución: “dar el pelotazo”. El sueño español.

Desde el sofá sabía la respuesta a todas las preguntas. Incluso, se imaginaba dando juego en un plató de televisión; también imaginó también la ruta que haría el día siguiente: cogería el coche, haría 40 kilómetros y recorrería otra ciudad entregando curriculums en sobres. Un detalle que le diferencia del resto, piensa. Pero se equivoca. Hoy en día eso no es una diferencia, sólo más coste.

Cada día, en cada empresa que va, si tiene suerte lo aceptan, otras ni los cogen, saben que éstos no tienen dinero, aunque para él es un gasto que se ahorra. Y en raras ocasiones sí han aceptado ojear su curriculum, pero en otras, le han contado la realidad de la empresa: ERTES, ERES, BAII y FFPP negativos, pre y concursos de acreedores, liquidaciones, disoluciones… A veces le dan tanta información que llega a perderse entre las siglas contables.

De todas formas sabe que no puede decaer, ha de seguir intentándolo. Como la mayoría de los cinco millones y medio de parados: tras tu ciudad pasas a la capital de provincia, de ahí, si tenías algunos ahorros y una formación media-alta, a la capital de la comunidad. ¿Pero cuántos más y mejores que tú hay en la capital? Esa pregunta nunca la hacen en los concursos de la tele.

Anuncios en la televisión. Un pequeño avance del telediario. Otro político investigado por corrupción, e incluso parte de la familia real, que finalmente no saldrá imputada. Más muertes en Siria y la ONU sin actuar para evitarlo. Se esperan los nuevos (y peores) datos de la EPA, y por ende la bolsa de Madrid se ha desplomado. Nada nuevo.

Se acerca a la cocina para tomarse una coca cola. Aún le queda media lata de ayer. Coge uno de sus sobres. Lo abre. Revisa, una vez más, toda su vida. Sus metas, sus logros. Pero no sus fracasos. No hay hueco para ello en una carta de presentación así.

Piensa en salir fuera del país. Domina el inglés, y balbucea un poco el alemán. Pero sabe que fuera tampoco es fácil para ellos. Aunque si en un par de meses su suerte no cambia sí se irá fuera. Con lo que se gasta en gasolina, en sobres, y en todos esos gastos extras podría intentarlo.

Y ahora en la televisión ve un anuncio, con viejas glorias recordando lo que fuimos en el pasado: como si eso sirviera para cambiar el presente o demostrando el poco valor del que carece el futuro. El pasado no cambiará el futuro. Termina el anuncio, tampoco se han comentado los fracasos que cometimos antaño.

La vida puede cambiar en un segundo

Hoy, dos de febrero, es un día importante para mí a nivel personal. Hace ocho años tal día como hoy cayó en miércoles, y en una partida de billar cambió mi vida. Una simple serie de preguntas, “¿estamos juntos?”, “¿tú quieres estar conmigo?” y una respuesta, también, sencilla y profunda: “¿Yo? Siempre”. Aquel día, por la tarde, empecé un noviazgo que aún dura, con una persona maravillosa, y sin la que ahora no sabría vivir. Ella ha estado ahí, en los momentos difíciles apoyando y ayudando. Sin ella, posiblemente, no sería lo que hoy soy. El resto de mi vida cambió esa tarde.Aquella relación, sin entrar en detalles, comenzó por una amistad. Coincidíamos saliendo en el mismo grupo en el mismo pueblo, Periana. Y poco a poco hablando, acercando más nuestras almas y compartiendo momentos… SMS de los antiguos. Miradas indecisas y huidizas que buscaban la aprobación del otro y la encontraban, pero no salían las palabras. Hasta que, desesperado y cobarde, escribí un SMS diciéndole todo lo que sentía, hablándole de un supuesto hechizo de magia negra… Y todo desembocó en aquel billar, en aquellas preguntas, y en aquel beso al que aún seguimos unidos.

Aunque no siempre hemos estado juntos. Hace dos años ella estaba en Finlandia, yo en Málaga, recién incorporado a un despacho de auditoría (en el que, también aún sigo como dice la página de presentación). Unos días atrás, esta semana, una gran amiga me recordaba la anécdota de la llamada para ofrecerme esa primera experiencia profesional.

Acababa de salir de las clases de árabe, e iba camino de Periana, conduciendo recibí una llamada de un número desconocido. Al otro lado, una voz de mujer me decía me habían seleccionado para una entrevista en prácticas, en una auditoría-asesoría. Cogí el desvío a una gasolinera y apunté la dirección. La mañana siguiente tenía la entrevista en la empresa. No fue mal, quedaron en llamarme en un par de días, fuese lo que fuese, entrara o no a formar parte del personal.

Y fue un jueves por la tarde. En un segundo también, pocos días antes de mi sexto aniversario, cuando en clases de inglés volví a recibir una llamada de la oficina. Salí de clase, nervioso. Tan nervioso que, cuando mi futura compañera de la oficina, me dijo que había sido seleccionado no la entendí, o no me lo creía, y le pedí me lo volviera a repetir. Y el día uno de febrero del 2011 entré a formar parte de esa familia de compañeros y grandes personas. Y aún seguimos allí, esperemos que por mucho tiempo más porque es donde realmente estoy cómodo, voy evolucionando y formándome como auditor.

Por todo ello, febrero es un gran mes para mí. Este año también estoy esperando grandes noticias por varios sitios para este mes de las Februas. Aparte, aunque aún quedan varios días, el año pasado, un veintinueve de febrero vio la luz, en formato digital y físico el que, hasta ahora, es mi último libro: El Collar de La Soledad.

Carpe Diem, I

Cuando se despertó en una cama que no era la suya cayó en la cuenta de todo lo que había pasado la noche anterior. Aquella noche Fernando había quedado con los compañeros del trabajo para ir a tomar una copa y luego ¿quién sabía? Quizás algún pub o alguna discoteca. Era el último día en el que Nadia estaría en la empresa.Sólo habían sido siete semanas: un trabajo temporal conseguido a través de una página de internet, tan famosas en aquellos días. Sólo estaba cubriendo una baja en el departamento de administración. Sin embargo, siete semanas pueden dar para entablar cierta amistad. Y aquella noche las efímeras amistades de Nadia habían quedado en salir para despedirse, sabían que fuera de la empresa todo se esfumaría. Nadie puede amarrar una amistad eternamente si sólo la unió un soplo de viento en los hilos del destino.

Fernando era contable. Trabajaba en una gran asesoría, una de las mejores de la capital. El sueldo no estaba nada mal, rondaba los veintisiete mil euros; aunque también tenía sus inconvenientes, siempre había demasiado trabajo, y en periodos puntuales demasiadas horas extras sin remunerar. Pero nada más. Su vida laboral se quedaba allí, no había ascenso posible, salvo la actualización salarial. Pero era éste ese trabajo que le daba la estabilidad que tanto tiempo había estado buscando, ahora podría comprarse ese piso junto a su novia, ese lugar donde vivir en el futuro.

La novia de Fernando le había convencido de que eso era lo mejor para los dos, él nunca estuvo de acuerdo, tenía sueños por los que luchar, ilusiones que alcanzar, y lo que en un principio fue sólo un trabajo temporal tras unas prácticas acabó convirtiéndose en su cárcel, en su único futuro, su única realidad de la que no podría salir. Ella había cambiado su futuro por otro distinto.

Un futuro junto a la mujer que amaba podía ser maravilloso a pesar de todo lo que perdiera por dejar escapar sus sueños. Pero pasar años junto a esa persona por la que sólo sientes indiferencia, atrapado en aquella cárcel con barrotes en forma asientos contables podía ser algo terrible y si no encontraba el valor suficiente para evitarlo eso sería lo que le pasaría en la vida. Cuatro años con su novia habían sido suficientes para cambiarlo por completo, para dejar atrás todas aquellas ilusiones. Había sido tiempo suficiente para dejarlos tan atrás, que ya ni siquiera los recordaba.

La conoció al poco tiempo de que le hicieran el primer contrato. Su novia trabajaba en otra empresa como administrativa. A ella sí le gustaba su trabajo. Nunca había servido para estudiar y nadie apostaba por ella, no pensaban que tuviera la dedicación necesaria para estar todos los días en una oficina. Pero poco a poco se había ganado la confianza de los que estaban a su alrededor, primero había completado un ciclo formativo de administración y finanzas, y tras las prácticas había sido incorporada a la plantilla de la empresa, como pasó con Fernando. Ya llevaba tres años, y si todo iba bien, serían muchos más. Sin embargo antes de que empezara a estudiar, con veintidós años, ni en su familia recordaban por cuántos trabajos había pasado desde que acabara, con retraso, el bachillerato. Y dentro de un par de meses más volvería a sorprenderlos: daría la entrada para comprar un pequeño piso en el centro de la ciudad junto a su novio.

Y en el polo opuesto estaba Nadia. Ella era todo lo contrario a Fernando y su novia: aún tenía sueños, ilusiones por las que seguir luchando día a día: aún tenía ánimos con los que levantarse cada mañana con una sonrisa. Por eso, para alcanzar sus metas siempre buscaba trabajos temporales, necesitaba tiempo para mejorar como artista. Lo que realmente le gustaba, y se le daba bien, era la pintura.

Había estudiado un ciclo formativo de grado superior en contabilidad, igual que la novia de Fernando, y otro de grado medio de informática. Sabía muy bien que aquello la alejaría de su sueño a corto plazo, pero eran los pasos necesarios para obtener una cierta holgura financiera y poder dedicarse a pintar.

Nadia era un par de años más joven que Fernando y su novia, tal vez por eso aún tenía sueños en su vida, o quizás aún los tuviera porque nadie le había cortado las alas. Durante el trabajo en la empresa estaba soltera –y aunque no lo hubiera estado– muchos hombres se fijaron en ella, pero ninguno tanto como Fernando. Aunque claro, con aquel toque tan angelical en su mirada era imposible no fijarse en ella; además, siempre iba regalando su sonrisa, ésa que sólo da los sueños cumplidos.

Ésa era la vida de estas personas y aunque aquella noche podía haber cambiado para los tres no fue así

Reminiscencias en un Presente que Fueron el Futuro del Ayer

Recuerdo que cuando aún tenía el viejo blog, de El Rincón de Los Vencidos, ya hice una pequeña entrada resumen, pero ahora con el paso del tiempo (e incluso en aquel entonces) quedó bastante penosa. Es curioso como, la mayoría de nosotros nos aferramos al pasado, a esos recuerdos que en el fondo, maquillamos para hacerlos menos dolorosos o más emotivos.

El 2012 empezó con bastante buen pie para mí, tan bien como se había despedido el año anterior. Estaba inmerso en el proceso final del Tawq al-Uahda. Y, para la primera parte de la navidad había recibido el prólogo de Paloma; en la segunda parte de la misma le tocó el turno a las colaboraciones sobre el propio Camino que están incluidas en el libro, y una pequeña sorpresa que llegaría días después de otra colaboración que surgió por casualidad.

Enero fue un buen mes, y no puedo olvidar que también fue cuando vi por primera vez a Aldebarán en concierto, repetí con Alhandal (aunque la primera vez que los vi aún fuesen TYR), y para completar la terna en aquel concierto Anámnesis: los mismos que reza el subtítulo de la web: “Son los recuerdos los que dictan qué es importante”. Días después, ya en el mes de febrero cumplí dos aniversarios importantes para cualquiera, hacía un año que estaba trabajando en la empresa como auditor, en la que entré como becario y en la que aún sigo; y, por otro lado, más personal, siete años con mi novia. Desde el 2005, que se dice pronto.

Y en un día tan raro, como el 29 de febrero de 2012 fue cuando mi tercer libro (sí, he sido un poco precoz), el Tawq al-Uahda, El Collar de La Soledad vio la luz. Un poemario aderezado con ilustraciones de una peregrina llamada Sara. Durante el mes siguiente me llegaron varias críticas sobre el libro, gracias a todos. Mas, para ser fiel a la verdad, ninguna me ilusionó tanto como aquella que recibí de El Rincón de Los Vencidos de la persona más inesperada, pero que más me abrió su corazón. Así todo merece la pena. Todo el esfuerzo y las pérdidas que ocasionan, vosotros lo compensáis. Gracias.

Durante aquellos meses de marzo, abril y mayo seguía inmerso en el Experto Universitario que estaba realizando sobre auditoría, y en los viajes con la empresa pero todo ello no impidió que, por primera vez también, gracias a un compañero fuera a ver el Gran Premio de Jerez de motociclismo, o que acompañara al Málaga CF al Estadio Calderón para un partido que podía ser histórico, las responsabilidades tampoco impidieron subir con varios amigos al pico más alto de la provincia, conocido como La Maroma.

También hubo tiempo para la solidaridad, y la cultura. Gracias al centro Guadalinfo de Alcaucín colaboré con un ejemplar de el Tawq para el proyecto “Libertad tras las rejas” de Candil Radio; donde se recogieron cientos de libros para los presos del Acebuche. Allí, en aquel centro también me concedieron el honor de realizar una pequeña presentación de lo que hasta el punto habían sido mis libros. Mi primera presentación en público, con varios asistentes ingleses a los que, un amigo iba traduciendo lo que yo contaba. Junto a mí, tuve también la suerte de coincidir con grandes autores ya consagrados en este mundo, como José Manuel García Marín, autor de Azafrán, que me dieron varios consejos y compartieron anécdotas.

La cultura fue también eje de los siguientes meses. Fue allá por junio cuando Saray Pavón vino a Málaga a presentar una antología en la que ella participaba, “La Vida por Delante” de Ediciones en Huida. En aquel acto, una chica que me dejó impactado por su forma de recitar y su poesía fue Siracusa Bravo. Y, recuerdo muy bien que fue en julio cuando cogí el coche y me fui con el GPS hasta Pizarra, un pueblo de Málaga, a las tantas de la noche a ver en directo a aquel grupo que dio el nombre a mi primer blog y la novela, los antiguos Siddharta, ahora convertidos en 7Lunas. Que, casualidades de la vida, compartí el concierto con el director del Experto que aprobé semanas antes.

En agosto ocurrieron muchas cosas, pero sin lugar a dudas la principal fue mi segundo Camino de Santiago. Ésta vez el camino comenzaba en Santiago y terminaba en Finisterre. Muchos recuerdos de este viaje, problemas que se solucionaron en él, deseos que el apóstol cumplió… También hubo tiempo para otros viajes menos espirituales que se hicieron con amigos de toda la vida (y no en solitario como el Camino), como a Isla Mágica o la bella ciudad de Granada.

Septiembre empezó con otro viaje, ésta vez algo más lejos y no tanto por devoción sino formación. Debíamos asistir a un curso de formación en Barcelona. Una semana, que no estuvo nada mal, aunque desde fuera parecieran demasiados cambios en el trabajo de auditoría. El mes siguiente, tendría que empezar a hacer hueco para otro sueño más, empezaba el Grado en Lengua y Literatura Españolas. Y la web iba consolidándose y comenzando sus primeras semanas de vida.

El último trimestre del año, ha estado marcado por pequeños detalles entre ellos, otro intento de subida a la Maroma, que por mi falta de orientación y desconocimiento se quedó en un camino más largo y angosto del real y el no alcance definitivo de la cima. O, también fue en estos meses cuando mi compañero de trabajo se casó, y celebró su boda. También hice, junto a la Escuela Oficial de Idiomas de Vélez, una pequeña ruta por la Axarquía morisca. Y, más recientemente, otro viaje me llevó a conocer varios pueblos de Cádiz.

Al final, guardo grandes y bonitas reminiscencias de este año que ya está casi perdido en nuestra memoria. Feliz 2013 a todos.

Rutinas Diarias

Fue una tarde cuando la vi, sin saber aún quién era ella, ni qué significaría para mí en el futuro. Como de costumbre, salía a dar ese paseo diario al que me había obligado varios años atrás cuando acepté un pequeño perro de la perrera. Necesitaba un amigo en casa, una compañía que no fuera sólo mi soledad, y éste animal fue la terna de la pareja. Desde entonces, todas las mañanas, y todas las tardes, salimos a dar un paseo por la ciudad.El paseo de la mañana suele ser corto, sólo por mi manzana. Y el de la tarde, a veces noche según esté el trabajo en la oficina, sí es más largo y solemos bajar al parque que está a unas cuantas calles de mi casa. En estos casos, cuando llevas varios años con una misma rutina llegas a extrañarla si por algún motivo algún día faltas a ella, y es lo que me sucede en las vacaciones; no tengo más remedio que dejar a Sultán con unos amigos, o algunos familiares y cuando estoy fuera en el hotel, en la casa rural, en la playa… o donde sea, le echo de menos, y no os negaré que alguna vez he mirado el reloj y me he ido corriendo a la habitación para cumplir con mi rutina, hasta que me daba cuenta que no era así y se me quedaba cara de bobo.

Sin embargo, ése es sólo uno de los efectos de la rutina, hay otro y fue el que me hizo conocer a aquella mujer. Como iba diciendo, la rutina hace que te acostumbres también a ver ciertas caras, que llegues a entablar una cierta camarería entre los que, como tú, están paseando a sus mascotas. Lo hagas como lo hagas, al final acabarás conociendo la rutina del resto de personas también. Y por eso aquella chica me extrañó tanto, no la había visto antes; y tampoco a su mascota, quieras o no, también llevas un registro mental de los perros que se pasean en el parque, y quien los trae, y quien no.

Aquella chica podría llevar el perro de otra persona, pero no. No había visto nunca a ese animal ni a aquella mujer, de eso estaba claro. Teniendo claro eso, sólo me quedaba pensar si aquella mujer estaba empezando una rutina, o si por el contrario sólo le habían dejado al perro para que lo paseara y éste era el primer parque que había encontrado. Todo dependería de si la veía el día siguiente. Que desgraciadamente no fue así. No la volví a ver en toda la semana, lo que descartaba la rutina, lo que indicaba que el perro podría ser de unos amigos, ¿pero quién deja su perro a otra persona por sólo un día? Imagino alguien que lo quiere demasiado. Yo lo haría.

Pasaron varios días sin volver a verla, casi se había olvidado el recuerdo de mi memoria. Es lo que tienen los momentos fugaces. Sin embargo, una mañana volví a verla, ésta vez tenía otro par de perros diferentes al primero que vi. ¿Cómo podía ser? Después, la tarde siguiente volví a verla con los mismos perros de la mañana en el parque. De nuevo, varios días sin verla. Hasta que tres o cuatro días después, iba con cuatro perros. ¿Tantos animales iban a ser suyos o de amigos? Me parecía muy raro, sobre todo por su irracionalidad en el número y la continuidad. Y, entonces decidí acercarme a ella, preguntarle qué estaba haciendo con tantos perros, si eran de algún amigo, si eran suyos, y porqué la veía unas veces y otras no, si lo normal era que, como todos los demás, siguiera una rutina diaria. Su respuesta me sorprendió:

–Me dedico a pasear perros de la gente. Éste es mi trabajo.

Ése era su trabajo. Estuvimos hablando mientras dábamos varias vueltas sobre la arena del parque, hasta que soltamos a los animales dentro del recinto habilitado para ellos. Nos sentamos y me explicó que al principio le parecía raro, sentía vergüenza de ir con los animales por la calle, pero sobre todo lo que más le costó fue dar el paso, atreverse a poner los carteles para que la gente le llamara si no podía atender las necesidades de sus mascotas. Sin embargo, hoy, y hasta que no encuentre algo mejor ésa es su forma de vivir. Y también la mía. A los pocos meses me echaron de la oficina, la crisis decían. Maldita crisis. Y, pensé en la conversación con la chica, convertir mi rutina en un trabajo, ¿por qué no? Ahora, según el día paseo perros por una zona u otra de la ciudad, según los clientes y donde estén. Pero, todas las tardes me guardo un hueco para dedicárselo sólo a ella, y sobretodo, a Sultán.