Besar. Nunca volví a tus labios


Besar (link al audio)

Y aunque nunca más vuelva a besar tus labios
Seguiré soñando que tengo esa oportunidad,
Y aunque nunca más pueda ver tu cuerpo,
Seguiré imaginándolo, como la vez me hizo temblar.

Ha pasado demasiado tiempo, nos distanciamos,
Aquella tangente que nos unió siguió su curso:
Tú en línea recta y yo en círculos.
Maldita geometría, malditos conocimientos,
¿Por qué no podemos ser senos, cosenos,
O paralelos para sentirme cerca de ti?

Porque dentro de mi círculo, a veces, va creciendo la esperanza
Pero se fusiona con lo turbio, la oscuridad, la falta…
Mezcolanza, amalgama, fárrago, soledad. Tú.

No queda lugar, no cabe la ilusión, ella no germinará.

Y lloro, pero tampoco hay hueco para las lágrimas
Y caen muy rápido, y el cristalino es iris,
Y la pupila se expande por todo
Y yo no soy, y tú sí eres.
Y ellos están,
Y lloro.

Alcanzo con mis manos el diámetro,
Me alegro de no saber geometría, ni lo que digo.
Sonrío con viejos poemas, entiendo el vértigo, sonrío:
Déjame con mi locura. Vivan las alturas…

Fisterre (III de III)

Ni Blanca ni yo abrazamos el Santo. Demasiada cola y demasiadas cosas por hacer… La principal, y tal vez la única que no sería sólo un recuerdo, recoger la compostelana. Allí, tras otra espera –tal vez no menor que la necesaria para abrazar a Santiago– pudimos recoger aquella acreditación que afirmaba habíamos llegado a la iglesia, aunque se recogía en la Oficina del Peregrino, con fe cristiana. Y en aquel papel, Blanca conoció por primera vez mi nombre. En el Camino éstos no importan, el peregrino va más allá. Pero, según rezaba mi compostelana, Iacobus. Sanctus Iacobus; Sant Iaco; Sant Iago: Santiago.Acabó nuestro sueño idílico. Aquella noche volvimos a dormir juntos en una habitación, volvimos a fusionar nuestros cuerpos sin ocultarnos de nada, ni de nadie. Mas fue la última vez, por la mañana nos separaríamos. Yo lo sabía, ella lo sabía, el Camino lo sabía. Y al despertar comprendí la frase que había leído en el libro de firmas de la oficina:

Fue un golpe de mala suerte lo que nos trajo hasta aquí”.

La segunda parte de mi viaje se me antojó más extraña que la primera, pero a la par más hermosa. Ésta vez sí eran paisajes gallegos en su pleno esplendor. Ésos con los que sueñas cuando te hablan de estas tierras. Sí; esos bosques inmensos dónde viven las meigas entre la niebla. Donde las bruixas hacen algo más que jugar. Donde habita la Santa Compaña. Donde sólo su compañía ahuyentaba todo el miedo que mi alma sentía.

A ella, la conocí en Negreira. Otro pequeño pueblo, el primero de la segunda fase de mi Camino. Un albergue pequeño de no más veinte, o veinticuatro plazas. Yo volvía a estar solo. Y ella, este año, también. Nos tocó dormir en la misma habitación. Junto a otra pareja más. Imagino que estar solos los dos hizo unirnos más, que entabláramos esa amistad: ir con alguien es cerrar puertas. Que me dejara aprender a su lado, y disfrutar de su sonrisa. Era tan distinta de Blanca; parecía tener todas las respuestas que yo no encontraba.

Era pintora, según me dijo. Había estudiado Bellas Artes, y ahora se dedicaba en cuerpo y alma a su pasión. Era su forma de vida. Y el Camino sería parte de su nueva colección. No todos los meses podía comer en los mejores restaurantes pero hasta la comida más ínfima supera la gloria si estás a gusto con tu alma. Y aunque para ti no tengas todas las respuestas para los demás sí puedes tenerlas porque quizás sea verdad que siempre es más fácil solucionar la vida del resto que la tuya propia.

El día siguiente, en Santa Mariña, Aura se confesó conmigo, y yo un poco más con ella. Le hablé con lágrimas en los ojos de mi vieja relación, aquella que había terminado y motivado el inicio de mi viaje; le conté sobre Blanca, sobre cómo una persona puede tambalear tu mundo con una sola mirada; sujetándole la mano, le susurré que estaba más perdido que nunca. Y ella me habló de su soledad y atacó directamente a la mía: “Tampoco ayuda engañar al corazón por el miedo a estar solo, porque sigues estándolo; en la vida, hay que ser fiel a uno mismo. No creo en mundos que se tambalean. No, ya no…

Sus palabras me animaban a solucionar los viejos problemas que había dejado antes de salir. A buscar respuestas. A hacerme ver que si llevaba dos semanas haciendo el Camino y no había usado el móvil para hacerme el fuerte, la seguía amando y podría volver e intentarlo. Intentar arreglar los problemas, recuperar una vieja relación, y, quizás, descubrir que aquella tercera persona no era tal. Quizás seguía sintiendo algo por mí.

Una nueva despedida. Nuestros caminos sólo se habían rozado, habíamos intentado curar nuestras almas en ese cruce pero no lo logramos. Ella salvó la mía de la morgue, volvía a estar en la UCI, pero yo ni había visitado su habitación. Hospital nos separó. A las afueras una rotonda con un mojón xacobeo señalando a Finisterra y a Muxía fue testigo de nuestro abrazo. De la despedida de la segunda persona, en tiempo, que había marcado mi camino; y la primera, en profundidad, que había marcado mi Camino.

Fue un golpe de buena suerte lo que te trajo hasta aquí.

Blanca y Aura. Dos mujeres tan distintas. Aura y Blanca. Dos formas de ver la vida. Ambas habían sido la tangente de mi círculo, sólo puntos en común que crees pueden hacer cambiar de rumbo tu destino, elipsar tu circunferencia, pero no desvían ni un grado el ángulo de tu vida. Al final todo termina igual. Yo en Cee, ella en Dumbría. Yo en Finisterra y ella en Muxía. Yo en Fisterre y ella en el Santuario.

Llegué a aquella ciudad. Última gran decepción del camino. Pero no cesé de andar, mis pasos me llevaron al faro. Como la estatua del peregrino me enfrentaba a la adversidad. Necesitaba ver el atardecer, el último resquicio de magia que buscaba. Ver desde el fin del mundo como el sol que es devorado por el mar la mañana siguiente emprende un nuevo combate contra las olas aun sabiendo que no vencerá. Anhelaba resurgir mi alma y volver a intentarlo. ¿Contra quién luchaba? No lo sé. Tal vez el Camino sólo fue un sueño efímero. Quizás una lección por aprender. Tal vez este viaje no tenga futuro. Quizás sólo queda el pasado que creí abandonar, y el Camino sólo fue un camino.

Carpe Diem, III

Mas al otro lado de la moneda todo es distinto. Nadia sí recuerda muy bien todo lo que pasó la noche anterior, sí recuerda que le dijo que no podía besar a Fernando y que éste la besó, la acompañó hasta el taxi y le pidió su número de móvil para volver a verse algún día, aunque no está segura de querer hacerlo. No puede romper una pareja. Fernando le gusta, pero no puede hacer algo que no quiere que le hagan a ella.Aún recuerda cómo se enteró que estaba comprometido, fue hace cuatro semanas, coincidieron desayunando; se fijó en la mano de Fernando, tenía una alianza, asustada y un poco decepcionada, le preguntó si estaba casado. Le dijo que aún no. Él devolvió la pregunta, y Nadia sólo dijo que estaba soltera.

Antes de anochecer José llegó a su casa y se encontró a Fernando viendo la televisión, tomaron un par de cervezas y hablaron sobre lo que pasó la noche anterior. Antes de que se fuera, José le dijo a Fernando:
–No se puede amar a un espejismo. A Nadia sólo la conoces desde hace unas semanas, apenas has hablado con ella, no es tiempo suficiente para conocer a alguien y amarla. Entiéndelo. No puedes echar toda tu vida por alto.

Al tiempo, Fernando llamó a Nadia. Quedaron para cenar, hablaron de lo que sucedió:

–Siento mucho si lo que hice te pudo molestar, de verdad. Sólo quiero que sepas dos cosas -dijo Fernando-. Cuando te pedí el beso no fue un capricho, si lo hice era porque lo sentía y lo necesitaba en ese momento; es más, lo volvería a hacer.
–¿Y lo segundo?
–Lo segundo es que has sido la primera mujer a la que he besado desde que estoy con mi novia, nunca creí en las infidelidades ni lo entendí hasta que te conocí. Jamás lo había hecho antes, y sé que jamás lo volveré a hacer.
–No te entiendo, ¿por qué lo arriesgas todo por mí? Jamás pensé que podría interesarte. Me dejaste en blanco.
–Lo sé y lo siento, pero… carpe diem, sólo vivimos una vez. Y no creo que hiciera daño a nadie.
–Quizás sí le hiciste daño a tu chica…
-repuso Nadia, Fernando calló durante unos segundos.

Le explicó que su novia ya no le hacía feliz, vivir con ella era como leer una novela: el protagonista no puede salir de los renglones que el autor dispuso para él. Su vida estaba escrita, y aquella noche quiso ser su propio señor. Por momentos ella llegaba a entenderlo, fueron abriendo aún más sus almas y dándose cuenta que aquello podría funcionar, Nadia ya no tenía miedo ni le importaba compartir cosas con Fernando. Y a Fernando cada vez le gustaba más y se acordaba menos de su novia.

Volvieron a algún pub, no les importaba el nombre, sólo querían estar juntos y seguir hablando sobre ellos. Conocerse más, en palabras de José: “necesitaba que Nadia dejara de ser un espejismo para él”.

Pero, por primera vez en toda la noche Fernando empezaba a tener miedo, se daba cuenta que todo podía ser perfecto junto a ella, y de hecho, aquella noche lo fue. Ella le habló de sus ilusiones de convertirse en una gran artista, de los trabajos para pagar sus sueños. Él sólo podía admirarla cada vez más; pero cuando Nadia preguntó si él tenía sueños, sólo pudo callar y decirle que algún día se los contaría. Nadia no se atrevió a volver a preguntar por su ex novia, ni por sus sueños, no quería hacerle sentir mal pues como alguien dijo: “suprimid la mentira, y habréis hecho imposibles las relaciones sociales”. Pensó que aquella noche él podría ser para ella, era soltero y soñador.

Sólo unas horas antes de que cerrasen el pub, Nadia dio otro paso hacia delante, aunque sin definir ningún camino –o eso temió Fernando–.
–¿Quieres hacer algo más? ¿Quizás tomar otra copa? -preguntó ella.
–No, por mí está bien.
–Bueno, pues… nos vamos ya, y mañana será otro día, ¿no?

Fernando no podía dejar que todo acabara así, no quería perderla para siempre ahora que estaba a conocerla más allá de sus ojos azules. Le dio otro beso, esta vez, sin preguntar nada, no hacía falta. Se fusionaron en aquel beso sin final, Nadia le cogió de la mano y lo arrastró hasta su casa. Allí pasó lo que el destino dejó que pasara entre los dos. Cuando Fernando miraba al azul infinito de la mirada de Nadia sólo podía pensar en una frase: Carpe Diem.

Carpe Diem, quizás algunos espejismos se tornan realidad cuando despiertan los sueños.

Carpe Diem, II

Fernando estaba en lo correcto, la cama dónde despertó no era la suya, aunque tampoco la de Nadia. Era de su compañero José, la pudo reconocer cuando se fijó detenidamente en todo lo que había en el dormitorio. Le dolía la cabeza y tenía la boca reseca: se había pasado con el alcohol. ¿Pero qué fue lo que hizo aquella noche? ¿Por qué bebió tanto y ahora despertaba en casa de José? ¿Y dónde estaba José ahora? Responder aquellas preguntas era lo único que le preocupaba.En la mesilla de noche había una pequeña nota firmada por su amigo, decía:
“Fernando,
Puedes quedarte todo el día en mi casa si quieres, no te preocupes. Hay algo de comida en el frigorífico. Yo estaré fuera. He llamado a tu chica, le he dicho que nos quedaremos a descansar en mi casa. Mejor eso que la verdad.
Nos vemos, José.”

¿Mejor eso que la verdad? ¿A qué verdad se refería? ¿Qué pasó la noche anterior? Tenía la mente demasiado nublada para pensar, recién levantado y de resaca no podía acordarse de nada. Tomó una ducha, desayunó algo y se fue al salón a descansar para intentar pensar en todo lo que podría haber pasado por la noche.
Primero fue con José y algunos compañeros a cenar, ahí no hubo nada raro. Sólo cayeron un par de cervezas, después de cenar fueron al pub donde estaba Nadia y el resto de compañeras de la empresa. Allí tampoco pasó nada importante que pudiera recordar, tal vez sólo un par de copas más. Y, quizás alguna que otra mirada con Nadia, quizás algún comentario sobre echarla de menos, tal vez un “me encantan tus ojos, son los más hermosos que he visto nunca”, o “¿Qué tomas? Yo te invito esta noche”. Después tal vez otro pub o alguna discoteca, no está seguro de tanto.

Después de aquel pub dónde estaban las chicas de la empresa fueron a una discoteca, bailó con Nadia y tomaron algunas copas más. Hasta aquel momento no había pasado nada entre ellos. Sólo había sido capaz de decirle que le encantaban sus ojos. En aquellos momentos habría matado por robarle un beso de sus labios, y de hecho estaba ansioso por rozarlos. Pero la impotencia le paralizaba, si hubiera estado solo habría gritado y llorado por la desesperación, pero con tanta gente sólo quedaba apretar los vasos con la mano bajo la oscuridad, creer que con ese gesto toda la rabia y la impotencia de no poder tenerla se irían. Le faltaba valor y le sobraba lealtad.

Y hasta la hora de la despedida no hubo más entre ellos que miradas silenciosas que decían lo que sus almas sentían aquella noche, pero ningún hecho. Nadia se iba. Le acompañó hasta la puerta y allí, lejos de las miradas de sus compañeros, sacó el valor que no tenía. Le cogió la mano, la acarició con suavidad y la intentó acercar a él. Ella le pidió que no olvidara que tenía novia. Volvió a cogerle la mano, al sentirla a su lado le susurró:

–¿Puedo pedirte un beso?
–No puedo hacerlo.
–Sólo uno, por favor.
-replicó él.
–Fernando, no puedo, tienes novia. Tú no puedes hacer eso, y yo tampoco.
–Sólo uno, por una noche no va a pasar nada. Sólo uno, por favor.
–No sigas, por favor, Fernando…
-dijo Nadia.

Antes de que ella pudiera terminar la frase Fernando le había robado un beso, y Nadia no había podido hacer nada por evitarlo, ni siquiera ademán de apartarse, tan sólo seguirle el juego, ella también quería seguir aquella senda de lo prohibido. En ese momento no hicieron más que alcanzar el segundo nivel del juego, el primero fueron las miradas.

Después de esa experiencia extra, él la acompañó hasta el taxi y allí la dejó, ella no quiso ir más allá en ese momento. No quedaron en nada más, ni lo comentaron más, aquello fue como si nunca hubiese pasado pero pasando, el saber que dejas la puerta abierta a ese desconocido que te cautivó, pero a cada paso miras atrás para recriminarle que te siga.

Y tras dejarla dentro del taxi, volvió a la discoteca y se tomó otro par de copas con sus amigos. Siguió bebiendo, y en un descuido le dijo a José que había besado a Nadia en la puerta cuando ésta se iba.

–Fernando, ¿por qué has hecho eso? ¿Por qué has besado a Nadia? -preguntó José asustado.
–Tú nunca lo entenderías -dijo con media sonrisa en su cara-. Mi vida es una falsa, estoy encerrado en una cárcel: no tengo libertad para decidir. Pero al encontrarme a Nadia, ver lo libre que es… la he necesitado. No sé, ha sido todo muy rápido; sólo ha sido un beso.
–Pero, ¿por qué lo has hecho?
-volvió a recriminarle.
–Carpe Diem, José. CARPE DIEM. -sentenció Fernando mientras iba a la barra a pedir otra copa, de lo que fuese, daba igual.

Ahí se acabaron todos sus recuerdos de aquella noche, pero al menos ya había conseguido recordar la verdad a la que se refería José, y el porqué estaba durmiendo en su casa.

Expolio

Siempre creíste tenerlo todo bajo control,
Tu vida sólo era un leve guion que habías escrito,
Imaginabas que nada podría tambalear tu mundo,
Mas no contaste con ella y sus ojos color miel.

Un día de repente aquella mujer, una desconocida,
Te miró, te sonrió, te saludó, te tocó y te derrumbó.
A ti que siempre pensaste ser un frío pilar de mármol
Y con sólo pasar la leve brisa del viento femenino
Fuiste reducido a escombros como un templo griego expoliado.
Como un arrecife de coral tras un tsunami: devastado.

En aquel momento tu vida dejó de tener sentido,
¿Para qué te sirvió ese guion? Lo perdiste todo.
O tal vez no…