Nunca es fácil vivir

Y la soledad volverá a disputarse ese lugar que por un momento tuvo que abandonar. Aquellas palabras resonaban en su mente, le martilleaban: era un simple canción pero era su realidad desde que terminaba su trabajo hasta que volvía a él al, con suerte, día siguiente, en el peor de los casos dos días de distancia.Su rutina era sencilla. Despertar siempre antes de que sonara el despertador, elegir traje: indiferencia o apatía. Y tenía suerte, también podía elegir una máscara que le acompañara, y ocultara las ojeras: felicidad o éxito. En su rutina debía aparentar que todo le iba bien y que nada le importaba. Entendió que al final, el secreto está en sobrevivir y hacer como si realmente estuvieses viviendo.

Hablaba poco, siempre fue de palabras escuetas, y aunque ello podría parecer que le retraería más en sí mismo no era así. Trabajando no tenía tiempo que dedicar a la soledad, ni a los recuerdos. Alguien escribió una vez que el peso de los recuerdos nunca es el mismo para todos, pero le faltó añadir que ni siquiera lo es para nosotros en distintos lugares. En su pequeño habitáculo de la oficina sólo tenía tiempo para pensar en lo retrasado que iban en el trabajo o en las nuevas exigencias de los viejos y nuevos clientes: no quedaba espacio para nada más. Pero al finalizar, siempre con horas extras, volvía al habitáculo de su soledad.

Seguía su rutina, una rutina de la que se creía, y se sabía, imposible de salir o romper. Nunca es fácil vivir, vivir no es fácil, pero, ¿realmente era más difícil que para el resto del mundo? Nadie puede saber las cargas de otra persona, ni cómo le afectan y aún menos si usan máscaras. Por eso, tras quitárselas los recuerdos volvían a atormentarle. Eran unas pocas horas, intentaba huir de ellas con música (y la soledad volverá a disputarse ese lugar que por un momento tuvo que abandonar) o con la televisión. A veces lo conseguía hasta que el sueño llegaba y le indicaba que era hora de apagar las luces y dejar que mañana al despertar todo volviese a ser un simple sueño donde perderse y huir: pero nunca ocurría.

Conseguía callar su mente durante unos minutos, los suficientes para dejarle dormir pero no los bastantes para darle la oportunidad de soñar con algo más, con algo distinto… la oportunidad de evitar sus propias pesadillas. Huir de la rutina que se ha producido en su vida, evitar las ojeras que la máscara de la felicidad oculta cada mañana.

Sabía muy bien que el problema y el origen de aquellas pesadillas estaba en las expectativas, recuerdos que sólo habían existido en su mente y que le hacían feliz al imaginarlos, pero que jamás se harían realidad. Los había alcanzado con sus manos en el mundo onírico que todos viven despiertos y ahora les destrozaban las noches con una sonrisa fantasmal y sólo de pensarlo le entraban ganas de llorar. Sabía jamás se cumplirán y al despertar ya no quedaban más lágrimas que derramar sólo algunas horas hasta que sonara el despertador para seguir en esa lucha infinita entre la razón y el dolor. Entre olvidar todo o seguir ahí sufriendo: sobreviviendo en esa batalla ya perdida que siempre supo no podría vencer.

Pero quedan pocos minutos para enfundarse en el traje y la máscara, está apunto de sonar el despertador: un día más para entregarlo todo a cambio de nada y perder, y soñar ante de que lleguen las pesadillas que aún se puede huir y empezar a vivir por difícil que sea.

Carpe Diem, I

Cuando se despertó en una cama que no era la suya cayó en la cuenta de todo lo que había pasado la noche anterior. Aquella noche Fernando había quedado con los compañeros del trabajo para ir a tomar una copa y luego ¿quién sabía? Quizás algún pub o alguna discoteca. Era el último día en el que Nadia estaría en la empresa.Sólo habían sido siete semanas: un trabajo temporal conseguido a través de una página de internet, tan famosas en aquellos días. Sólo estaba cubriendo una baja en el departamento de administración. Sin embargo, siete semanas pueden dar para entablar cierta amistad. Y aquella noche las efímeras amistades de Nadia habían quedado en salir para despedirse, sabían que fuera de la empresa todo se esfumaría. Nadie puede amarrar una amistad eternamente si sólo la unió un soplo de viento en los hilos del destino.

Fernando era contable. Trabajaba en una gran asesoría, una de las mejores de la capital. El sueldo no estaba nada mal, rondaba los veintisiete mil euros; aunque también tenía sus inconvenientes, siempre había demasiado trabajo, y en periodos puntuales demasiadas horas extras sin remunerar. Pero nada más. Su vida laboral se quedaba allí, no había ascenso posible, salvo la actualización salarial. Pero era éste ese trabajo que le daba la estabilidad que tanto tiempo había estado buscando, ahora podría comprarse ese piso junto a su novia, ese lugar donde vivir en el futuro.

La novia de Fernando le había convencido de que eso era lo mejor para los dos, él nunca estuvo de acuerdo, tenía sueños por los que luchar, ilusiones que alcanzar, y lo que en un principio fue sólo un trabajo temporal tras unas prácticas acabó convirtiéndose en su cárcel, en su único futuro, su única realidad de la que no podría salir. Ella había cambiado su futuro por otro distinto.

Un futuro junto a la mujer que amaba podía ser maravilloso a pesar de todo lo que perdiera por dejar escapar sus sueños. Pero pasar años junto a esa persona por la que sólo sientes indiferencia, atrapado en aquella cárcel con barrotes en forma asientos contables podía ser algo terrible y si no encontraba el valor suficiente para evitarlo eso sería lo que le pasaría en la vida. Cuatro años con su novia habían sido suficientes para cambiarlo por completo, para dejar atrás todas aquellas ilusiones. Había sido tiempo suficiente para dejarlos tan atrás, que ya ni siquiera los recordaba.

La conoció al poco tiempo de que le hicieran el primer contrato. Su novia trabajaba en otra empresa como administrativa. A ella sí le gustaba su trabajo. Nunca había servido para estudiar y nadie apostaba por ella, no pensaban que tuviera la dedicación necesaria para estar todos los días en una oficina. Pero poco a poco se había ganado la confianza de los que estaban a su alrededor, primero había completado un ciclo formativo de administración y finanzas, y tras las prácticas había sido incorporada a la plantilla de la empresa, como pasó con Fernando. Ya llevaba tres años, y si todo iba bien, serían muchos más. Sin embargo antes de que empezara a estudiar, con veintidós años, ni en su familia recordaban por cuántos trabajos había pasado desde que acabara, con retraso, el bachillerato. Y dentro de un par de meses más volvería a sorprenderlos: daría la entrada para comprar un pequeño piso en el centro de la ciudad junto a su novio.

Y en el polo opuesto estaba Nadia. Ella era todo lo contrario a Fernando y su novia: aún tenía sueños, ilusiones por las que seguir luchando día a día: aún tenía ánimos con los que levantarse cada mañana con una sonrisa. Por eso, para alcanzar sus metas siempre buscaba trabajos temporales, necesitaba tiempo para mejorar como artista. Lo que realmente le gustaba, y se le daba bien, era la pintura.

Había estudiado un ciclo formativo de grado superior en contabilidad, igual que la novia de Fernando, y otro de grado medio de informática. Sabía muy bien que aquello la alejaría de su sueño a corto plazo, pero eran los pasos necesarios para obtener una cierta holgura financiera y poder dedicarse a pintar.

Nadia era un par de años más joven que Fernando y su novia, tal vez por eso aún tenía sueños en su vida, o quizás aún los tuviera porque nadie le había cortado las alas. Durante el trabajo en la empresa estaba soltera –y aunque no lo hubiera estado– muchos hombres se fijaron en ella, pero ninguno tanto como Fernando. Aunque claro, con aquel toque tan angelical en su mirada era imposible no fijarse en ella; además, siempre iba regalando su sonrisa, ésa que sólo da los sueños cumplidos.

Ésa era la vida de estas personas y aunque aquella noche podía haber cambiado para los tres no fue así

Mil y Una Noches

Él tenía dieciocho años recién cumplidos, en concreto aquel día. Para muchos, ya era un adulto, pero para sí mismo: un niño pequeño e inocente. Tanto, que jamás se había enamorado, nunca sintió el calor de un beso en sus labios. Su madre siempre lo había protegido en desmedida, y ese año dejaría atrás su viejo pueblo para irse a la capital a estudiar, el sueño de tantos chicos de pueblo, irse a la capital para conocer mundo. Desde hacía varios meses ya tenía el piso alquilado, esperándolo a él. La próxima semana sería su prueba de fuego: vivir sin su madre.El día siguiente a su cumpleaños fue con los padres a su nuevo hogar, y lo dejaron sólo en aquella inmensidad, pero poco importaba: mañana sería el gran día, empezaría su carrera más deseada, Psicología. Aquella noche no pegó ojo, extrañaba la cama, estaba nervioso, pero sobre todo: sentía que tal vez al día siguiente su madre no le despertaría con el “Buenos días, es hora de levantarse” que durante tantos años le había estado regalando.Pero, al despertar ni siquiera le dio tiempo pensar. Llegaría tarde a su primer día, sin embargo, llegó demasiado pronto. Con la certeza del que sabe que su autobús escapa, él corrió. Tanto es así que llego a la parada y ni siquiera estaba allí el autobús de la línea 17. Desesperado miró su móvil, y se dio cuenta de la hora que era, aún faltaban algunos minutos para verlo aparecer por el horizonte de aquella calle. Se había estudiado el horario días antes. Montó en él, y durante todo el trayecto no miró a nadie tan sólo estaba absorto en sus pensamientos.

El camino para ser su primera vez lo hizo de una forma muy mecánica, y hasta que se sentó en su silla, al lado de la puerta ni siquiera se inmutó que había entrado en la facultad, y mucho menos que estaba esperando a que llegase el profesor con la mirada perdida en el pasillo. En él, entre la multitud una chica se cruzó con su mirada, de la boca de aquella chica salió un hola y de sus ojos una sonrisa. Él, un poco aturdido se los devolvió. Era alta, con el pelo castaño, no demasiado largo, ni demasiado corto, si pudiera llamarse ese estilo como normal, sería normal; tan normal que lo llevaba unos centímetros por debajo de los hombros. Tras aquel saludo, sin un motivo aparente, la chica desapareció y llegó el profesor a su primer día de realidad psicológica, quizás eso le serviría pues, en aquel momento estaba echo un mar de dudas.

Cuando acabaron todas aquellas horas, que en el fondo le parecieron infernales, salió de la facultad. En todo el día sólo habló con aquella chica que, posiblemente, no vería más. Aunque, el destino jugaba a su favor y la volvió a ver en la parada de autobús. Sin ser aún consciente era la tercera vez que se cruzaban miradas, y la segunda que lo hacían con palabras. Ella se bajó una parada antes que él, pero esta vez no se despidió, es más, ni siquiera se cruzaron miradas al salir… ya habría tiempo de eso, ya habría tiempo.

Pasaron casi tres años, mil días, y mil noches. Y él cada vez estaba más acostumbrado a la capital, cada día de esos, algo menos de, tres años la había hecho un poco más suya, y cada vez se sentía menos pueblerino. Mas seguía sin perder esa inocencia con la que llegó, seguía sin conocer el sabor de unos labios, o el cosquilleo de dos lenguas unidas. Seguía sin conocer el amor, y sin saber aún que se encontró tres veces con aquella mirada que lo persiguió durante tanto tiempo buscando, tener algo más de un saludo.

Y fue en la noche mil y una, cuando salieron de la facultad en aquella parada de bus dónde él se sinceró con ella, dónde ella se sorprendió y cambió todo para los dos. Él se lo dijo todo, tras el “hola” y la sonrisa, le dijo que nunca había besado a una chica, que nunca había estado enamorado de nadie, y que sólo ella con su sonrisa había conseguido robarle el corazón y los sentimientos, que se moría por probar sus labios, rozar sus bocas y sentirlo todo por primera vez con la magia de dos amantes enamorados. Y, ella accedió, y se besaron, por fin sus sueños se hicieron realidad. En aquella noche mágica, aquella noche de amor…

Desde entonces, a aquel beso siguieron muchas más palabras que los primeros “holas”, muchas más palabras que esa declaración inocente y, tal vez, descuidada. Desde aquel día empezó su nueva vida y su relación, para él la primera, para ella, nunca lo sabremos, pero sí sabremos que marcó una diferencia en su forma de ver la vida: la inocencia de él pasó a través de ella, para quedarse un poco dentro de sí, para estar aún más unidos.

Rutinas Diarias

Fue una tarde cuando la vi, sin saber aún quién era ella, ni qué significaría para mí en el futuro. Como de costumbre, salía a dar ese paseo diario al que me había obligado varios años atrás cuando acepté un pequeño perro de la perrera. Necesitaba un amigo en casa, una compañía que no fuera sólo mi soledad, y éste animal fue la terna de la pareja. Desde entonces, todas las mañanas, y todas las tardes, salimos a dar un paseo por la ciudad.El paseo de la mañana suele ser corto, sólo por mi manzana. Y el de la tarde, a veces noche según esté el trabajo en la oficina, sí es más largo y solemos bajar al parque que está a unas cuantas calles de mi casa. En estos casos, cuando llevas varios años con una misma rutina llegas a extrañarla si por algún motivo algún día faltas a ella, y es lo que me sucede en las vacaciones; no tengo más remedio que dejar a Sultán con unos amigos, o algunos familiares y cuando estoy fuera en el hotel, en la casa rural, en la playa… o donde sea, le echo de menos, y no os negaré que alguna vez he mirado el reloj y me he ido corriendo a la habitación para cumplir con mi rutina, hasta que me daba cuenta que no era así y se me quedaba cara de bobo.

Sin embargo, ése es sólo uno de los efectos de la rutina, hay otro y fue el que me hizo conocer a aquella mujer. Como iba diciendo, la rutina hace que te acostumbres también a ver ciertas caras, que llegues a entablar una cierta camarería entre los que, como tú, están paseando a sus mascotas. Lo hagas como lo hagas, al final acabarás conociendo la rutina del resto de personas también. Y por eso aquella chica me extrañó tanto, no la había visto antes; y tampoco a su mascota, quieras o no, también llevas un registro mental de los perros que se pasean en el parque, y quien los trae, y quien no.

Aquella chica podría llevar el perro de otra persona, pero no. No había visto nunca a ese animal ni a aquella mujer, de eso estaba claro. Teniendo claro eso, sólo me quedaba pensar si aquella mujer estaba empezando una rutina, o si por el contrario sólo le habían dejado al perro para que lo paseara y éste era el primer parque que había encontrado. Todo dependería de si la veía el día siguiente. Que desgraciadamente no fue así. No la volví a ver en toda la semana, lo que descartaba la rutina, lo que indicaba que el perro podría ser de unos amigos, ¿pero quién deja su perro a otra persona por sólo un día? Imagino alguien que lo quiere demasiado. Yo lo haría.

Pasaron varios días sin volver a verla, casi se había olvidado el recuerdo de mi memoria. Es lo que tienen los momentos fugaces. Sin embargo, una mañana volví a verla, ésta vez tenía otro par de perros diferentes al primero que vi. ¿Cómo podía ser? Después, la tarde siguiente volví a verla con los mismos perros de la mañana en el parque. De nuevo, varios días sin verla. Hasta que tres o cuatro días después, iba con cuatro perros. ¿Tantos animales iban a ser suyos o de amigos? Me parecía muy raro, sobre todo por su irracionalidad en el número y la continuidad. Y, entonces decidí acercarme a ella, preguntarle qué estaba haciendo con tantos perros, si eran de algún amigo, si eran suyos, y porqué la veía unas veces y otras no, si lo normal era que, como todos los demás, siguiera una rutina diaria. Su respuesta me sorprendió:

–Me dedico a pasear perros de la gente. Éste es mi trabajo.

Ése era su trabajo. Estuvimos hablando mientras dábamos varias vueltas sobre la arena del parque, hasta que soltamos a los animales dentro del recinto habilitado para ellos. Nos sentamos y me explicó que al principio le parecía raro, sentía vergüenza de ir con los animales por la calle, pero sobre todo lo que más le costó fue dar el paso, atreverse a poner los carteles para que la gente le llamara si no podía atender las necesidades de sus mascotas. Sin embargo, hoy, y hasta que no encuentre algo mejor ésa es su forma de vivir. Y también la mía. A los pocos meses me echaron de la oficina, la crisis decían. Maldita crisis. Y, pensé en la conversación con la chica, convertir mi rutina en un trabajo, ¿por qué no? Ahora, según el día paseo perros por una zona u otra de la ciudad, según los clientes y donde estén. Pero, todas las tardes me guardo un hueco para dedicárselo sólo a ella, y sobretodo, a Sultán.

Sin Pasado

Fuera llovía. Entró aquel filósofo en la cafetería. Allí todos saben que lo es, pero nadie dice nada. Aquella era una cafetería de un barrio pobre y marginado. El ambiente que había en ella no se podría decir que fuera el más apropiado para pensar o escribir. Sin ir más lejos, aquellas mesas donde él estaba sentado habrían sido limpiadas una vez: el día que salieron de la tienda de muebles. Y los sillones no estaban mucho mejor. Pero sin embargo, a pesar de estos pesares, para aquel filósofo ése era el mejor lugar para escribir y desarrollar sus ideas, él encontraba allí cierto encanto que no había hallado en el resto de la ciudad.

Alguna vez ya había tenido problemas con los vecinos de aquel suburbio, pero jamás pasaron de darle una pequeña paliza a la salida del bar y robarle lo que llevaba. Heridas que, como él decía, sanarían más tarde o temprano. Pero los hurtos de escaso valor material, y de grandes ideas, nunca más los podría volver a replicar, ya que como él pensaba para sus adentros: “Si una idea se va es que no merece la pena”. El perder los folios le dolía más que el dinero, o el dolor físico. En todos esos papeles se iban horas y horas de pensamientos, de sueños, de ideas que nadie jamás sabría ver igual que él. Y si le daban una paliza debería estar unos días en el hospital sin poder escribir.

Por eso para intentar evitar perder una idea, siempre escribía todo lo que le pasaba por su mente. Y ese bar era su mejor lugar. El dueño ya lo conocía y, para ser sinceros, no le agradaba demasiado que hubiese elegido su local para dejar volar su imaginación. Pero él era el único que pagaba sus copas en el mismo día, y podríamos decir también que en el mismo mes. Lo único que se tomaba siempre era un vaso de tubo con leche fría mezclado con un chorrito de Baileys. Si algún día consideraba que la leche no estaba lo suficientemente fría o tenía demasiado Baileys, le pedía al camarero que se llevara la copa, y le preparase otro solventando ese error. Luego pagaba ambas consumiciones, y se sentaba en la mesa.

No volvía a musitar palabra alguna en toda la tarde. Se acercaba al rincón, se sentaba y soltaba su pequeño maletín. Sacaba algunos folios, tres para ser exactos. Siempre tres como el número de bolígrafos que ponía encima de la mesa: azul, negro y rojo, en orden alfabético. Aunque siempre cogía sólo el azul para escribir.

Si le preguntaras a algún asiduo a aquel bar, como él, qué color usaba no sabría decírtelo pues su estancia permanecía tan distante y ausente que todos llegaban a abstenerse tanto que pensaban que ya no estaba allí y sólo tenían que echar la vista atrás para darse cuenta de que estaban en lo correcto. Pero siempre había alguien que decía que no, que aquel triste filósofo estaba allí aguardando que llegasen las nueve de la noche para marchar.

Y siempre era allí en la puerta de aquel garito donde le propiciaban las palizas para robarle unos pocos euros, aquellos gamberros siempre solían ser los mismos se habían vuelto tan rutinarios como él. Por eso, y porque el dinero no le sobraba cuando salía de casa sólo se llevaba lo suficiente para pagar dos trayectos de autobús y dos copas, la que se tomaba y otra por si había de pedírsela al camarero. Nada más, ni móvil, ni llaves, ni identificación, nada en sus bolsillos, y en su mano izquierda siempre el mismo maletín, lo único que le respetaban, con los tres folios y la terna de bolígrafos. Tan impolutos e intactos los útiles que parecía que nunca los hubiera utilizado, como si siempre fuesen los mismos. Como si aquel señor no fuera filósofo sino una sombra de lo que en un triste pasado fue. Lástima, aquel hombre ni siquiera era una sombra de un pasado: nunca tuvo pasado. Y si lo tuvo ahora no lo recuerda.

Él tan sólo sabe que vive en la calle bajo un árbol entre cartones, ni siquiera puede tener un triste banco como otros de sus compañeros nocturnos. Sólo sabe que cada día pide dinero por las mañanas y algo de comida. Unos días come más, otros pasa hambre, pero las monedas que consigue son para el autobús y las dos copas, y si obtiene algo más lo guarda en su maletín para cuando tenga el suficiente dinero ahorrado ir a la lavandería y lavar su ropa; ya comerá de la caridad, o no comerá. Pero ha de ir al bar a desarrollar sus ideas, siempre, pase lo que pase.

Además, su rutina es su rutina y no la puede dejar. La ropa la lleva siempre puesta, por eso necesita lavarla, no tiene otra. Pero que cualquiera que lo viera por el bar no sabría discernir si es vieja o nueva. Y esa es la razón de ir a aquel bar: está tan lejos de dónde pide dinero, de dónde lo ven dormir en la calle que allí él puede ser quién quiera ser, y puede que acierte con su vida pasada.

Su vida es tan triste que ni siquiera tiene un nombre, a nadie le importa cómo se llama este hombre de múltiples caras: por las mañanas es un vagabundo olvidado, por las tardes un filósofo que desarrolla sus ideas en un bar de mala muerte, y por la noche un alma arrinconada a los pies de un ciprés, como su pasado.

Él aún no lo sabe pero descansa bajo el mismo tipo de árbol que meses más tarde cubrirá sus restos mortales, pronto una de esas palizas será más grave que las de antes, y morirá desangrado en la puerta de aquel local, aferrado a aquel maletín como si su, ya inexistente, vida dependiera de los útiles de escritura que un día compró y jamás estrenó:

Porque él no sabía escribir.