Una Mirada

Ha pasado mucho tiempo desde su última vez. Ella quisiera creer que fueron pocos años, pero en realidad han sido varios lustros los que han estado separadas, se han olvidado en soledad y con otros cuerpos. Pero antaño su amor era envidiable desde fuera y desde dentro. Ellas pensaban que nadie podría cambiarlo y tenían razón: nadie lo cambió. Sólo el tiempo y la distancia fueron los que lo hicieron: pero igual que ellos las separaron ahora el destino es quien las vuelve a unir, aunque esta vez lejos de aquella ciudad de aguas claras y montañas a ras del mar.

Habían empezado su relación por azar tras una mirada. Laura se cruzó con los ojos de Ana y su sonrisa. Ana no pudo resistirse a aquellos ojos y en el instante en que se iban a separar sus miradas la invitó a un café, daba igual que no se conocieran de nada: Laura lo aceptó.

En aquella cafetería fue donde empezó su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera eran diferentes, pero es que la gente no entiende, ellos no alcanzaban a entender su amor y mucho menos su magnitud. Eran más fuertes que todas esas voces que intentaban hacerles creer que su amor estaba mal, Ana y Laura sólo sabían que se amaban y lo harían siempre, sin importar lo que pensara nadie. El amor sólo es cosa del corazón no de las malas lenguas que pretenden separarlo.

Laura aún recuerda, como si hubiese sido ayer, cuando sentadas en el sofá de casa, viendo la televisión Ana recibió una llamada de trabajo, era su jefe. Le decía que al día siguiente, si podía, tenían que hablar quería ofrecerle una oferta de trabajo, según él, muy interesante pero debían hacerlo en persona. Para Laura no fue tan interesante, ella habría preferido que la despidieran y buscara otro trabajo, España estaba en años de bonanza económica y sería fácil hacerlo. Pero no, la noche siguiente Ana y ella estaban comentando sobre la oferta: se iría a trabajar a Helsinki, prácticamente le cuadruplicaban el sueldo. Ana aceptó, pensó en el futuro que podían tener juntas y el amor que tenían, nada cambiaría y todo mejoraría. Se iría dentro de un mes y según le prometió a Laura, en pocos meses estarían juntas de nuevo.

Durante aquel mes vivieron su amor como nunca antes lo habían hecho y en lugares que jamás habían imaginado con toda la magia del Universo contenida en aquellos dos cuerpos. Ninguna de las dos quería que llegara la separación; a corto plazo sería duro estar lejos, pero a largo sería lo mejor con ese dinero extra podrían casarse: la boda que tanto habían soñado, una celebración por todo lo alto, sería momento de reafirmar su amor y callar bocas con un beso. Pero para ello necesitaban el dinero de Helsinki y tendrían que pasar esta pequeña prueba.

El día que Ana se marchó era principios de septiembre, para San Valentín volverían a estar juntas de nuevo en España en unas pequeñas vacaciones, incluso se verían en navidad, Laura visitaría las tierras nórdicas… pero quizá desde la distancia todo era más difícil…

Durante las primeras semanas hablaban todos los días por teléfono (aunque fuese caro), varios correos electrónicos desde el trabajo… cualquier cosa de cualquier forma, lo importante era que permanecían en contacto. Pero a veces, y poco a poco, las horas no eran las más apropiadas para Ana y otras para Laura. La diferencia horaria fue la primera excusa que pusieron para mermar la cantidad de veces que hablaban, otras los planes en conjunto con las amistades, y todo fue mermándose hasta el punto que, con el tiempo, sólo hablaban una vez a la semana, y aún no había llegado ni la navidad, hacía un par de meses que se había ido y ya estaban casi olvidándose la una de la otra.

Laura ya no es capaz de recordar que día fue el primero que Ana no respondió a los mails que le mandaba. Como tampoco recuerda la primera vez que no le cogió el teléfono. Lo que sí recuerda es que la navidad se estaba acercando, y a pesar de haberse prometido que estarían juntas todo indicaba que no iba a ser así, inventó una excusa mala y no compró el billete, era caro y no le habían dado vacaciones decía. Pero aún estaban en el momento en que todos los problemas se podían contener con un “Te quiero”, se verían en San Valentín, “Te quiero, guapa”.

Pasaron los días, y algunos meses, y tras escusas escuetas y llamadas sin descolgar les tocó pasar San Valentín también separadas, sin embargo ya no había te quieros que pudieran contener nada, ni siquiera te amo o lo siento… y tampoco había vuelos que las acercaran hasta algunos meses después en el cumpleaños de Laura cuando las dos estaban en España: pero en diferentes hogares.

Laura había abandonado el hogar sin ningún motivo, ni explicaciones, sin información de dónde estaría ni cómo encontrarla. Ni siquiera se había llevado el móvil, éste yacía en la mesilla de noche, junto a su lado de la cama cómo si estuviera esperándola verla volver. Pero no aparecía, no volvería por aquella casa en muchos días más incluso de los que se había marchado. Y su correo electrónico tampoco daba mucha más información, no existía: “Delivery Status Notification (Failure)” era la única respuesta que encontraba. Y nada, no tenía ninguna forma más de ponerse en contacto con ella que mereciera la pena. Pensó en buscar a los padres, amigos en común, ir a su trabajo pero entendió que todo había muerto, había querido desaparecer de su vida, se habían alejado y todo había muerto entre ambas.

Sin embargo, el día que Ana tuvo que volver a Finlandia lo hizo con una lágrima en los ojos.

Una vez allí pidió quedarse fija en aquella sede, no quería volver a España sola. España ya no la sentía su hogar tan lejos de Laura, tan lejos de los errores y los recuerdos. Al final, estuvo trabajando en Finlandia catorce años, consiguiendo dinero para una boda que no llegó, esperando volverla a ver a ella por aquellas tierras: Laura sabe la dirección y dónde estoy, podrá venir, pensaba. Pero Laura jamás apareció ni respondió a los mails ni llamó ni se creó redes sociales. En su último año llegó a perder toda esperanza si acaso quedaba algún motivo. Por culpa de la globalización, de la crisis mundial, o simplemente por azar tenía que cambiar de ciudad por trabajo, pero ni le cuadruplicaban el sueldo ni estaba ella para compartirlo. Ahora era consciente de que no tendría ninguna forma de encontrar a su viejo amor. Su destino, París.

Mientras tanto, para Laura esos catorce años fueron muchos menos, o eso intentó pensar cuando cruzaron una mirada y una sonrisa aquella tarde cerca de la Torre Eiffel. Ana seguía igual de bella, igual de encantadora:
No, no han pasado 14 años, han sido catorce segundos –pensó– sigue igual de hermosa”.

Ana no pudo volver resistirse a aquellos ojos y antes que se volvieran a separar sus miradas la reinvitó a un café, daba igual que hubieran pasado catorce años: Laura lo aceptó. En aquella cafetería todo volvería a empezar de nuevo, su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera ya no era tan diferente. No, en la ciudad del amor.

Mentiras

Ya no me dañan tus besos, apenas te echo de menos.
El dolor de las promesas rotas se esfumó,
Aquel sabor a derrota dejó de estar presente.
Esa necesidad que me había inventado desapareció.

Miro al pasado y nunca te tuve, tú dispusiste:
De mí, de mis sueños, de mi deseo. Pero hasta ahí.
Los límites los ponías tú; y a mí, como embrujado,
Me parecían que eran los adecuados, los máximos.

Mas, lo sé, y no te culpo, me avisaste pero ya era tarde.
Me había enamorado mucho antes, y había tantos sueños,
Hicimos planes juntos; sí, es cierto, fantaseando, pero los hicimos.
Y ahora, ni tengo ni me importa nada.

No te olvidé, el sentimiento no cambió tan sólo
Lo hizo la realidad: mi realidad, tu realidad.
Pero como cantaba aquella melancólica voz…
Ya no me dañan tus besos, ya casi no me acuerdo de ti,
Apenas te echo de menos, por esta noche… yo sólo pienso en mí

Hoy, te he vuelto a recordar

Recordar es sencillo, el problema está en hacerlo sin levantar la esencia de lo que un día significó aquel instante, el recuerdo del sentimiento. Eso es lo difícil, lo que realmente cuesta: tragarse las lágrimas, dejar solo el momento sin más adornos, sintetizado, sin corazón… sin posibilidades (como realmente fue, distinto de lo vivido). Eso es algo que aún hoy, a pesar de haber pasado tantos meses, no he logrado aprender a hacer y por eso duele más.

Me prometí muchas veces no volver a dejar que la melancolía se adueñara de mi alma, de las emociones que recorrían mi piel, pero, para mí, autoprometerme algo es tan absurdo como no realizar ninguna promesa. Y hacerla frente a una tercera persona no tiene ningún sentido, pues, si no logro cumplirla conmigo ¿qué sentido tiene el jurar a alguien que lo haré? Y sobre todo, ¿qué le importa a ella qué haga o deje de hacer?

¿Y qué tenía nadie que ver con mis problemas? El verdadero problema siempre es del amante, nunca del amado, ni mucho menos de aquellos que ni siquiera forman parte de ese sentimiento.

Expectativas

Supongo que si hay algo que nunca aprenderé es a no hacerme ilusiones, sólo soy un niño pequeño que vuelve a caer en las mismas trampas. Alguien tan ingenuo que cuando le prometen mil veces que el imposible sí se harán realidad cae por muchas dudas que tuviera en su corazón; pero esas promesas que consiguen lapidar mis dudas nunca suceden. Y siempre sobreviene en el peor momento, cuando ya he repasado mil y una vez las cosas que haría (haríamos), e incluso las que diría. Y desoyendo a mis presentimientos sigo aferrado al sueño, una vez más, hasta que de repente la burbuja explota y me deja sin nada como al principio…

Recuerdo mi época de estudiante, en una de las asignaturas el profesor comenzó a hablar sobre las expectativas que se formaban los agentes económicos y en base a ellas había dos formas para enfrentarse al futuro. O eso es lo que quiere recordar mi ya desgastada memoria, porque a aquellas teorías nunca llegué a prestarle demasiada atención. La primera de ellas serían las expectativas racionales que decían que los agentes iban aprendiendo de sus errores del pasado y por tanto, poco a poco, sus expectativas se acercaban más a la realidad. Y, por otro lado, las adaptativas, que en función de lo ocurrido en el pasado predecirían lo que pasaría en el futuro: si antes fue mal esperarían a que el futuro también fuese mal.

Ahora ha pasado el tiempo, he tenido las oportunidades necesarias para hacer previsiones y formarme expectativas sobre lo que ocurrirá, me han hecho demasiadas promesas que no salieron tal y como se prometieron. Por eso creo que dentro de esa teoría macroeconómica no se me recoge: sigo cayendo en palabras que desde un principio sé no se cumplirán pero me aferro al sueño. No logro aprender de mis errores y siempre, sistemáticamente, vuelvo a caer en los mismos, vuelvo a equivocarme. Si fuesen adaptativas sabría que si en el pasado salió mal ahora también puede salir mal. E incluso con las racionales, habría ido aprendiendo de mis experiencias pasadas, de todos los errores y en este tiempo habría logrado comprender que las cosas nunca son como se imaginan, que la macroeconomía no se puede aplicar a la vida real, a esta hay que aplicar la Ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Nada más.

Aunque, realmente, yo también había prometido cosas que no pude cumplir. Lo recuerdo muy bien, fue durante un almuerzo, aquella promesa –que ni pensé ni cumplí– estaba contrapuesta a otra que había hecho antes –que sí había sido pensada, pero, como las que recibía, no había sido demandada–. Daba igual: ambas me dañarían igualmente. Imaginaba que prometer aquello me acercaría más al objetivo e intentando protegerme del dolor, del miedo y de las lágrimas lo hice… Nada sirvió de nada, porque volvieron las lágrimas y el dolor: la burbuja explotada y el quedarme sin nada.

No obstante, tal vez, a pesar de todo puede ser que sí haya aprendido algo de los errores: las cosas nunca suceden como quieres que sucedan por muchas promesas que haya y quizá todo estuviese dispuesto de un principio. Las promesas sólo estaban ahí para no dañar con imposibles, pero desde este lado todo parece demasiado cruel, dejarte soñar para caer a la tierra… pero… ¿y por qué no? Las casualidades no existen por mucho que quieran hacernos creer esa idea desde fuera. Todo tiene un motivo, una razón, un porqué.

Quimeras

El valor de una promesa está en la persona que la hace. Ésta se cumplió, por eso sé que valió la pena aquellos días en los que nos conocimos. Ahora mismo pienso en aquellas palabras que leí hace algún tiempo, en un libro de Khaled Hosseini: “Tal vez sea injusto, pero a veces lo que sucede en unos días, incluso en un único día, puede cambiar el curso de una vida”. Aunque para mí, aquel día cuando nos conocimos no fue injusto, sino mágico, es lo que tiene aquel lugar: magia y la posibilidad de que las quimeras se tornen realidad.

El espacio nos unió, y una decisión (quizá) incorrecta nos separó aquella tarde, quizás yo buscaba algo más y sabía no podría tenerlo: no entonces. No debía y no ocurrió jamás. Por eso me alejé, pero no sin la promesa de volver a vernos, de sentir otro abrazo como aquel que nos despedía pero que nos acercara. Otra quimera imposible: el tiempo nos irá separando y nos olvidaremos, pensé.

Pero días más tarde de nuevo el mismo camino que nos unió y separó jugaba con nosotros y nos ponía frente a frente con un sabor triste, sabiendo esta vez que sí sería imposible recuperarnos. Sin embargo, cuando todo acabó algo cambió: no nos distanciamos, sino que estuvimos unidos en la distancia, manteniendo viva aquella promesa de un abrazo que lo cambiase todo. Una vez sentirme protegido entre sus manos, apoyado en sus palabras y en sus gestos sin pedir nada a cambio me salvó de un error. Y ahora volvía a necesitar un abrazo de este tipo, reencontrarme con ella y darle un giro a mi vida, estabilizarla y seguir adelante.

La echaba mucho de menos. Pero tuve (tuvimos) la suerte de que a veces las estrellas se alinean y la vida juega a nuestro favor. La quimera se tornaba realidad. Por segunda vez un abrazo suyo me centraba y evadía mis problemas. Realmente aquel abrazo fue breve, y en un lugar muy distinto a la magia del primero, pero horas más tarde vendrían más, incluso uno con sabor a despedida…

O una confesión de que hay más sinónimos para hablar de los sueños imposibles, que no sea quimera. Comentarios sobre aquellos que no entienden, o no pueden aceptar, que el corazón de la otra persona no sienta lo mismo que el suyo, y que prefieran perderlo todo a tenerla de algún modo: que se lancen al tajo del rencor y se ofendan cuando la sinceridad les evita más dolor. Hablamos mucho de sentimientos imposibles, de deseos ocultos e incluso hubo confesiones que se quedarán en nuestra memoria para siempre.

Igual un eclipse de luna dura sólo unos instantes, las estrellas que nos guiaron también lo hicieron; sin embargo el tiempo suficiente para recuperar la fe en las promesas, para saber que todo mereció la pena, y para vivir toda aquella magia comprimida en sólo dos noches. No pude rozar sus labios, aunque era uno de mis mayores deseos, pero todo era perfecto, no hicieron falta besos. No merecía la pena estropear aquel sueño, aquello era una ilusión, una quimera hecha realidad. Y nuestros labios no podían rozarse, tan sólo debía nacer de ellos una promesa: el reencuentro; junto al mar.

Amar, Temer, Partir

He roto mi promesa, ¿ya qué más da? Ha pasado un año desde aquel día. Me hiciste prometer que no habría llamadas, ni cartas, ni siquiera emails, como tampoco intentaría ponerme en contacto contigo por ningún medio. Y créeme, que lo intenté, al menos las tres primeras; la última sólo a medias.Aún recuerdo tu rostro aniñado, tus ojos verdes y pelo negro, aquellas lágrimas en tus ojos por esta despedida imprevista, rápida y fugaz. Y a pesar todo aquello tenías la fuerza suficiente para hacerme jurar que no volveríamos a saber el uno del otro cuando volviésemos a nuestros mundos. Sabías que al principio todo es magia, todo son recuerdos imborrables, promesas de volver a vernos y decirnos aquello que no dijimos… pero con el tiempo todo ello se agota, se esfuma y sólo quedan meros contactos de rigor. Conversaciones como las que tendrías en el ascensor con ese vecino del séptimo.

Tú odiabas aquello e imagino seguirás odiándolo. Y este correo no hará más que levantar viejas heridas, reafirmarte en tu idea, pero no he podido evitarlo, ayer leyendo el periódico algo me hizo recordar nuestra historia. La primera semana que estuvimos separados deseaba a cada segundo volver a oír tu voz, saber de ti y volver a ver tu rostro. Mas lo primero era imposible por nuestra promesa, y volver a verte también, no tenía ninguna foto tuya. Pensé en llamarte ocultando el número de móvil, pero entendí que ya no éramos niños pequeños para andar jugando a esos juegos, al escondite. Durante aquella semana y la siguiente también pensé en buscarte por las redes sociales, pero jamás te encontré en ninguna de ellas. Tal vez usas otro nombre, otro correo o quizás no estés dentro de ellas. No lo sé.

Fue pasando el tiempo y no pude más que darte la razón, tu recuerdo, nuestra historia se fue difuminando dentro de la esencia de mi mundo. El día a día es un verdugo cruel contra los recuerdos, los ahoga y los minimiza, los aprieta y los absorbe, los destierra y los cambia por otros. Poco a poco te fui olvidando. Ya sólo a veces, ocasiones muy puntuales, sentía la necesidad de saber de ti, pero sólo por mera cortesía –esa cortesía de ascensor–, y siempre por falta de tiempo y en menor medida por la promesa –cada vez menos presente pero más real– nunca me puse en contacto contigo. Hasta hoy.

Leer el periódico fue algo que me enseñaste tú, o mejor dicho que tú me habituaste a hacer en aquellos días, sin embargo, con el paso del tiempo con el paso de las semanas aquello fue formando parte de mi rutina diaria, amoldándose a mi vida, evitando traer recuerdos de otros tiempos hasta que olvidé que todo esto empezó por ti, pero ayer algo me trajo de nuevo a la realidad. Me llevó a romper la promesa.

El periódico sólo daba una lista de los becarios que habían obtenido una beca Talentia para irse a estudiar fuera de Andalucía, y tú eras una de ellas. Casualidades de la vida, o tal vez por ti, vas a ir a estudiar a mi país, quizás no lo sepas pero en unos meses regresaré allí y con ello habrá otra oportunidad de empezar de cero. Habrá otra oportunidad por la que romper nuestra promesa no haya sido en vano. ¿Lo intentamos?