Soberbia

Sabes que lo conseguiré, y que no pretendo nada más
que llegar hasta tu casa, tu cama, tu colchón.
Para hacerte olvidar a todos aquellos amantes
que estuvieron ahí, antes que yo, disfrutándote.

Ambos sabemos que ninguno de ellos te hizo el amor
como te cabalgaré, como te guiaré, como te follaré;
y que tampoco sabrán beber y comer tu cuerpo
con mayor deseo y placer que mi glotona lengua.

Ambos sabemos que todos se cansaron antes que yo,
que solo quiero estar entre tus piernas y tu sexo siempre.
Que no me hace falta el descanso, ni el sueño
si desde tu cama se me curan todos mis vicios,
si solo al tenerte bajo mi control curo mi frustración
por no haber sido el primero, pero sí el mejor.

Sabes que siempre llevaré una sed incapaz del calmarse,
Ser el mejor no es solo cuestión de orgullo, sino realidad.

Avaricia

Esta noche debería estar escribiendo algo sobre la avaricia, podría reescribir el cuento de los gorriones y la espiga de trigo que, cegados por la codicia, pelean por ella sin saber que hay suficiente para los dos. Debería escribir sobre ese deseo, irracional, de poseer más y más, de ser dueño de todo y no serlo de nada.

Pero no puedo.

No puedo pensar en más oro que el tuyo, Mammón me expulsaría de sus filas, de sus discípulos por cambiar las riquezas por ti, las monedas por tu piel y los diamantes por tus besos. Pero nadie me avisó jamás que podría obsesionarme tanto con una persona como otros lo han hecho por el oro.

No dejo de pensar en ti. En las perlas de tus ojos y en tus labios, esos que no ceso de imaginar besándolos.

No paro de especular con cambiar todo el dinero del mundo por estar siempre a tu lado y no solo una noche. Podría ser como el Rey Midas y tener todo aquello que el mundo entero ansía y una vez poseído, cambiarlo por robarte la eternidad y disfrutarte a mi lado. Al y al cabo, el oro sí es eterno.

Envidia

Y, en el fondo, te envidio.

Tú no sabes qué es llegar a casa y encontrarla vacía, que tu única compañía sea un silencio ensordecedor que todo lo inunda.

No alcanzas a imaginar lo que es cerrar la puerta de madrugada, dejar la llave puesta en la cerradura, proteger aquella vida que no tienes.

Ni imaginas lo poco apetecible que es que tu cena solo sean los restos del almuerzo del día anterior, ya fríos en la nevera, en un mísero tupperware.

Tú no tienes ni idea de qué es dejar la televisión encendida por la noche para que haya ruido, un poco de compañía de las chicas que incitan a jugar al póker (no sabías que ya no existe la teletienda).

Y, por supuesto, jamás alcanzarás a imaginar siquiera el dolor que se siente al entrar noche tras noche en la cama y encontrarla fría y vacía, la sensación de derrota. Por eso ahora ya sabes por qué te envidio.

Ira

Quizá tú no,
pero yo, llevo la cuenta de las promesas rotas
y la rabia contenida.

Y ten por seguro, amor, que las veces que te pegué
sólo fueron por tu bien, por el de nuestro amor.
No llores, aún tienes mucho que aprender:
por ejemplo, no puedes salir sola con tus amigas
–sabes que son unas putas y no te quieren como yo–.
Tampoco debes responderme o contradecirme
–esposa, yo sé qué es lo mejor para los dos–.

Aprenderás que todas esas cosas me queman por dentro,
que todos los golpes iban cargados de rabia y enseñanzas,
que no es mi culpa si eres estúpida y no eres capaz de aprender.
Lo hago por ti, por nosotros: Créeme, amor, mira mis ojos
–inyectados en fuego– no puedo esconder siempre el puño.

Tú mientes y dices que me vuelvo loco, pero sólo es amor.
Deberás entender que no lo puedo permitir más porque,
quizá tú no, pero yo llevo la cuenta de la rabia contenida.

¿Tienes miedo princesa de mí?
Gritan tus ojos pidiendo un por qué y no existe ninguna razón…
Si esas lágrimas rasgan tu piel que maldigan a quién me creó.
{Saurom; El príncipe}

Gula

El peor de los vicios, de los pecados, no es la soberbia sino la gula.

¿Qué haces cuando te sientes solo y quieres olvidar?
¿En tu casa, cuando estás aburrido, a dónde vas?
¿Qué buscas en las ciudades -además de monumentos-?
¿Cómo celebras los grandes acontecimientos?

Todo empieza y acaba en la comida, en el exceso: comer por comer y beber para acompañar. De pequeño te educaron para entender que es uno de los pocos placeres de la vida que puedes y debes gozar en público.

Comer. A la nevera. Restaurantes. Con banquetes.

Siéntate conmigo a la mesa, toma un sorbo de vino, moja el pan en la salsa (pero no te chupes los dedos), no hagas ruido al masticar el trozo de carne ni al abrir el bogavante (ante todo los modales) y come las ostras con decencia (no es momento para la lujuria), guarda hueco para la fondue que está por llegar (siempre se acaba con el postre).

Bien, ahora ya estás preparado, has entendido parte del ritual, ahora solo te queda alcanzar la segunda parte. Es el peor de los pecados porque:

dEfoRMa tU cuErPo,
l o  e n s a n c h a,
LO AGRANDA,
lo ralentiza,
lo entor
pe ce

y llama a la pereza
para que a partir de entonces nada vuelva a ser igual.

Pero tú, amigo mío, siéntate a mi lado y sigue mojando el pan con avaricia, llegan las perdices…

Pereza

Y cada vez que voy a decirte lo que siento
hay algo que me impide hacerlo.
Mis dedos no responden o mi cabeza
encuentra otras excusas:
Tumbarme, dormir, soñar con lo que podría ser…
Y al final, simplemente, acabar no haciéndolo:
procrastinándolo.

Algunos lo llamarían pereza,
y lo tomarían como algo malo, dañino,
pero yo sé que el pecado ha sido mi mayor virtud
me ha ayudado muchas veces a no cometer errores
y me ha dado las ganas y la fuerza para term

Lujuria, por Sara Guerrero

Es querer y no poder. Es algo que recorre tu cuerpo, tu interior, y expresa lo salvaje de tu corazón. Es tu instinto animal, que no te deja respirar, que lucha y caza sin cesar. Es una mirada, una sonrisa, una sensación de… ¿temor? Fácilmente confundible con la pasión.

Si supiera cuáles son sus sentimientos, como maneja la situación… Las mentes sólo se leen en las historias de terror: qué fácil sería si pudiera hacerse en la vida real, sólo con un “click” y ya está, mi cerebro se enciende, mi mente actúa y mi cuerpo le sigue, porque sé con exactitud qué hacer en cada momento, según lo reflejado en mis pensamientos.

Puede que me equivoque, que sea el mayor error de mi vida, que me frustre por algo que quisiera repetir mil veces y, sin embargo, sea una de esas cosas que únicamente suceden una vez en la vida.

Una persona tan acostumbrada a ir por el camino recto no debería torcerse, al menos no sabiendo de antemano la prohibición del acto, pero ¿qué hacer cuando tu cabeza dice “no” pero el resto de tu cuerpo palpita la palabra “sí”? Como una polilla hacia la luz, sabe que allí encontrará casi seguro su muerte, pero no puede evitar acercarse, como si un hilo invisible la uniera a ese cuerpo, no puede correr en otra dirección que no sea la suya.

Una noche, solo una noche como tantas veces he soñado, como tantas he imaginado. La imaginación todo lo puede, todo es posible, y por eso me gusta. Pero es vana, se desvanece en cuanto abres los ojos, y no queda más que la ilusión de algo que no sucedió, sensación de vacío tan horrible y desesperante que la tristeza llega a la misma velocidad con la que se esfuma la felicidad por lo soñado.

El problema radica en ¿cómo hacerlo real? Si pudiera quitarme ese estúpido temor que mina mi cuerpo, acallar esas voces que susurran repitiendo lo que ya sé: está mal y no se debe hacer. Pero eso no significa que no arde en deseos de querer hacerlo.

Estar a solas en la oscuridad, que todo secreto sabe guardar, acercarme a su cara hasta sentir su aliento y cómo las palabras burbujean en mi garganta, en mi boca, queriendo susurrar las palabras más bellas… TE DESEO. Qué grandioso lo que conlleva y sencillo al mismo tiempo.

Ya es tarde, actué sin darme cuenta, y esas palabras llegaron a sus oídos. Mi mente no reacciona, mi cabeza da vueltas y no logro escuchar, ni ver, sólo sentir esos labios que de repente recorren los míos, ese olor exquisito de otro cuerpo pegado al mío, un peso tan delicioso cuya carga soportaría toda mi vida sin un ápice de dolor.

>Su mano acariciando mi pelo, mi cuello, mi cara; mi mano, involuntariamente, repite los mismos actos en su cuerpo como si estuviéramos reflejados en un espejo; pidiendo más, pidiendo que la noche sea eterna y no termine nunca. Rezando porque se repita otra vez, aunque lo crea imposible, aunque en el fondo de su ser sepa que no tendrá tanta suerte, a pesar de que se la juegue una y mil veces. ¿Merece la pena luchar contra lo que nos dicen que está mal? Yo diría que sí.

*Texto escrito por Sara Guerrero para Asociación di-fusión-a2, para el último libro “En Pecado Concebido”.

Envidia

Y, en el fondo, te envidio. Tú no sabes lo que es llegar a casa y encontrarla vacía, cerrar la puerta de madrugada y que tu cena sean solo los restos del almuerzo del día anterior, fríos en la nevera. No tienes ni idea de qué es dejar la televisión encendida para que haya un poco más de ruido. Ni imaginas el entrar en la cama y encontrarla vacía.