Hoy, te he vuelto a recordar

Recordar es sencillo, el problema está en hacerlo sin levantar la esencia de lo que un día significó aquel instante, el recuerdo del sentimiento. Eso es lo difícil, lo que realmente cuesta: tragarse las lágrimas, dejar solo el momento sin más adornos, sintetizado, sin corazón… sin posibilidades (como realmente fue, distinto de lo vivido). Eso es algo que aún hoy, a pesar de haber pasado tantos meses, no he logrado aprender a hacer y por eso duele más.

Me prometí muchas veces no volver a dejar que la melancolía se adueñara de mi alma, de las emociones que recorrían mi piel, pero, para mí, autoprometerme algo es tan absurdo como no realizar ninguna promesa. Y hacerla frente a una tercera persona no tiene ningún sentido, pues, si no logro cumplirla conmigo ¿qué sentido tiene el jurar a alguien que lo haré? Y sobre todo, ¿qué le importa a ella qué haga o deje de hacer?

¿Y qué tenía nadie que ver con mis problemas? El verdadero problema siempre es del amante, nunca del amado, ni mucho menos de aquellos que ni siquiera forman parte de ese sentimiento.

Burda Mentira

Mas de repente con una palabra tuya vuelvo a soñar,
La misma ilusión que sé jamás debió existir ni existirá.
Con un mensaje me lanzo al vacío esperándolo todo
Y sabiendo no recibiré nada: me equivoqué.

Mientras, por el resto de frentes, intento hacerme el fuerte,
Mentirme a mí mismo y gritarme no me haces falta.
Burda mentira.

Y creyéndome fuerte vuelvo a caer en la melancolía.
Pero si tú no llegas a mí es porque yo no lo hago yo,
No me necesitas, ¿de qué sirve te eche de menos?
Más allá de mi esperanza sólo quedan las ilusiones

Burda mentira,
Mentirme a mí mismo y gritarme no me haces falta
Mientras por el resto de frentes intento hacerme el fuerte.

Sólo buscaba, como un náufrago, un pilar al que agarrarme.
Ese algo donde sostener mi pobre vida, mis leves sueños y,
Sobre todo, aquello que llaman realidad: mi realidad.
No lo encontré, sólo caí una vez más con todo aquello.

Burda mentira,
Creer que no he crecido, pensar que, a pesar del dolor,
No soy feliz; y ya no necesito hacerme el fuerte, lo soy.

Esencia

Y cuando volvió a la realidad comprendió que si en el sueño podía huir del pasado, fuera de él también sería posible evitar que su esencia le impregnara.

Fisterre (III de III)

Ni Blanca ni yo abrazamos el Santo. Demasiada cola y demasiadas cosas por hacer… La principal, y tal vez la única que no sería sólo un recuerdo, recoger la compostelana. Allí, tras otra espera –tal vez no menor que la necesaria para abrazar a Santiago– pudimos recoger aquella acreditación que afirmaba habíamos llegado a la iglesia, aunque se recogía en la Oficina del Peregrino, con fe cristiana. Y en aquel papel, Blanca conoció por primera vez mi nombre. En el Camino éstos no importan, el peregrino va más allá. Pero, según rezaba mi compostelana, Iacobus. Sanctus Iacobus; Sant Iaco; Sant Iago: Santiago.Acabó nuestro sueño idílico. Aquella noche volvimos a dormir juntos en una habitación, volvimos a fusionar nuestros cuerpos sin ocultarnos de nada, ni de nadie. Mas fue la última vez, por la mañana nos separaríamos. Yo lo sabía, ella lo sabía, el Camino lo sabía. Y al despertar comprendí la frase que había leído en el libro de firmas de la oficina:

Fue un golpe de mala suerte lo que nos trajo hasta aquí”.

La segunda parte de mi viaje se me antojó más extraña que la primera, pero a la par más hermosa. Ésta vez sí eran paisajes gallegos en su pleno esplendor. Ésos con los que sueñas cuando te hablan de estas tierras. Sí; esos bosques inmensos dónde viven las meigas entre la niebla. Donde las bruixas hacen algo más que jugar. Donde habita la Santa Compaña. Donde sólo su compañía ahuyentaba todo el miedo que mi alma sentía.

A ella, la conocí en Negreira. Otro pequeño pueblo, el primero de la segunda fase de mi Camino. Un albergue pequeño de no más veinte, o veinticuatro plazas. Yo volvía a estar solo. Y ella, este año, también. Nos tocó dormir en la misma habitación. Junto a otra pareja más. Imagino que estar solos los dos hizo unirnos más, que entabláramos esa amistad: ir con alguien es cerrar puertas. Que me dejara aprender a su lado, y disfrutar de su sonrisa. Era tan distinta de Blanca; parecía tener todas las respuestas que yo no encontraba.

Era pintora, según me dijo. Había estudiado Bellas Artes, y ahora se dedicaba en cuerpo y alma a su pasión. Era su forma de vida. Y el Camino sería parte de su nueva colección. No todos los meses podía comer en los mejores restaurantes pero hasta la comida más ínfima supera la gloria si estás a gusto con tu alma. Y aunque para ti no tengas todas las respuestas para los demás sí puedes tenerlas porque quizás sea verdad que siempre es más fácil solucionar la vida del resto que la tuya propia.

El día siguiente, en Santa Mariña, Aura se confesó conmigo, y yo un poco más con ella. Le hablé con lágrimas en los ojos de mi vieja relación, aquella que había terminado y motivado el inicio de mi viaje; le conté sobre Blanca, sobre cómo una persona puede tambalear tu mundo con una sola mirada; sujetándole la mano, le susurré que estaba más perdido que nunca. Y ella me habló de su soledad y atacó directamente a la mía: “Tampoco ayuda engañar al corazón por el miedo a estar solo, porque sigues estándolo; en la vida, hay que ser fiel a uno mismo. No creo en mundos que se tambalean. No, ya no…

Sus palabras me animaban a solucionar los viejos problemas que había dejado antes de salir. A buscar respuestas. A hacerme ver que si llevaba dos semanas haciendo el Camino y no había usado el móvil para hacerme el fuerte, la seguía amando y podría volver e intentarlo. Intentar arreglar los problemas, recuperar una vieja relación, y, quizás, descubrir que aquella tercera persona no era tal. Quizás seguía sintiendo algo por mí.

Una nueva despedida. Nuestros caminos sólo se habían rozado, habíamos intentado curar nuestras almas en ese cruce pero no lo logramos. Ella salvó la mía de la morgue, volvía a estar en la UCI, pero yo ni había visitado su habitación. Hospital nos separó. A las afueras una rotonda con un mojón xacobeo señalando a Finisterra y a Muxía fue testigo de nuestro abrazo. De la despedida de la segunda persona, en tiempo, que había marcado mi camino; y la primera, en profundidad, que había marcado mi Camino.

Fue un golpe de buena suerte lo que te trajo hasta aquí.

Blanca y Aura. Dos mujeres tan distintas. Aura y Blanca. Dos formas de ver la vida. Ambas habían sido la tangente de mi círculo, sólo puntos en común que crees pueden hacer cambiar de rumbo tu destino, elipsar tu circunferencia, pero no desvían ni un grado el ángulo de tu vida. Al final todo termina igual. Yo en Cee, ella en Dumbría. Yo en Finisterra y ella en Muxía. Yo en Fisterre y ella en el Santuario.

Llegué a aquella ciudad. Última gran decepción del camino. Pero no cesé de andar, mis pasos me llevaron al faro. Como la estatua del peregrino me enfrentaba a la adversidad. Necesitaba ver el atardecer, el último resquicio de magia que buscaba. Ver desde el fin del mundo como el sol que es devorado por el mar la mañana siguiente emprende un nuevo combate contra las olas aun sabiendo que no vencerá. Anhelaba resurgir mi alma y volver a intentarlo. ¿Contra quién luchaba? No lo sé. Tal vez el Camino sólo fue un sueño efímero. Quizás una lección por aprender. Tal vez este viaje no tenga futuro. Quizás sólo queda el pasado que creí abandonar, y el Camino sólo fue un camino.

Fisterre (II de III)

En el camino hacia Villafranca intimé con Blanca. Habían empezado en León, algunas etapas antes que yo. Se quedarían en Santiago, yo llegaría hasta Finisterra. Era morena, con el pelo largo, la piel oscura también, delgada tras el Camino. Unos ojazos verdes increíbles, y los días de viaje le habían tonificado las piernas, y el pecho resaltaba bajo las almohadillas de la mochila. Blanca… Blanca… Blanca… Su nombre resonaba en mi cabeza desde que me lo dijo aquella noche en el cuarto. Dormimos juntos. Recuerdo cómo se escondió en el saco para quitarse la ropa y dormir. Recuerdo tantas cosas de ella, y de nuestro primer día…Aquella tarde no comimos juntos. Yo no almorcé. Seguía pensando en el pasado y en la llamada del día anterior. Nunca se puede dejar de pensar en el pasado. Nunca se puede. Nunca. Blanca me preguntó cuál era el motivo de mi viaje: dichosa pregunta. Intenté responderle sin parecer pedante, pero a la vez interesante. No tenía la respuesta a la pregunta, por eso contrataqué hacia ella: ¿y cuál es tu motivo para hacer el Camino? Sí, lo recuerdo muy bien, ella usó viaje, yo Camino.

Yo simplemente quería un motivo para seguir y allí lo tenía. Era ella. El encuentro con el monte, con el río… con el mismo Dios quizás, la luz, la claridad… con Blanca.

Caminamos varios días sin problemas, hasta que llegamos a Sarria donde fue necesario reservar albergue. Tuve que volver a encender el teléfono y llamar, y lo que ello implicaba: recibir mensajes de llamadas perdidas. Varias de mi familia, que sin dudar devolví. Después también tenía más llamadas de mi pasado, que volví a obviar, pero me hicieron daño. Blanca lo notó sólo con mi mirada porque no dije palabra…

Cuánto más quieres que algo desaparezca, más daño te hace. Si no podías con ello has hecho bien en dejarlo.
Pero… –acerté a decir– ¿cómo sabes eso? Si aún no he podido decir nada; si ni siquiera he podido asimilarlo yo.
Shhhh. No digas nada. –Y entonces me besó.

Le seguí el beso. Y no dijimos nada de aquello, apagué el móvil y olvidé los recuerdos. Al menos lo intenté. Renacer. Y de nuevo, una ciudad-encuentro, un punto de origen para muchos. La ciudad más cercana de Santiago donde entregan la compostelana. Por lo tanto, otro buen lugar para comenzar. Para ser uno más. Sólo un peregrino, un peregrino solo en busca de darle un sentido a su vida. Y quizás lo estaba encontrando, o tal vez estaba yendo demasiado rápido. Shhhh.

Desde Sarria a Portomarín, y de éste a Palas de Rei. Dos días que pasaron muy rápido, aunque clarividentes. O eso pensé. No hubo comentarios sobre aquel beso, pero cada vez que la miraba a los ojos veía algo más. Un brillo especial. Una compenetración más allá de las palabras o de los amantes. No encendí más el móvil: no hacía falta. La relación había acabado antes de dar el primer paso, antes de sujetar por primera vez la mochila, de clavar el bordón en tierras castellanoleonesas y yo había renacido en aquella ciudad con un beso. Los problemas habían desaparecido, o al menos, se habían ocultado bajo la luz de unos labios. Todo un mundo de sombras empezaba a nacer en mi interior.

Llegamos a Melide, ciudad donde era imposible pasar sin probar el fantástico pulpo a la gallega de la pulpería Ezequiel. En el almuerzo, el grupo de Blanca, y entonces también el mío, sufrió una baja. Pero, con una sonrisa provocada por la felicidad que da el saber que has cumplido tu Camino, tu misión. Se quedó en el albergue de Melide a dormir, nosotros, por la tarde, avanzamos hasta Castañeda. Blanca y yo, dormimos en un pequeño albergue privado, el Albergue Santiago. Dormimos los dos en una habitación. Solos.

Y desde entonces mi camino, mi vida, mi cometido ha sido la constante búsqueda de esa palabra que explique, de esa metáfora que exprese, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de dar ese beso, ese primer beso que abra la puerta al resto. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada. Perdido en la inmensidad del océano que son sus ojos. Ahogado en lo eterno de lo efímero. Sin palabras que lo describan.

Hicimos el amor cuando su boca consiguió rescatarme del aguamarina de sus ojos.

El día siguiente, y tras ocultar nuestra historia, llegamos a Pedrouzo. En la noche, cuando todos dormían aprovechando que mi litera era la del suelo, y que cualquier ruido sería ocultado entre los ronquidos, abrí la puerta y salí a la calle. Encendí el móvil. Esperé. Saqué un cigarro. Lo encendí. Primera calada. Editor de mensajes. Segunda calada. Activar texto predictivo. Expulsar todo el humo. 5-6-0-7-4-3-6-8-6. Tercera calada. Enviar. Apagar el cigarro. Apagar el móvil. Volver a la cama. No lograr dormir.

El fin del viaje no pudo tener peor epitafio. Desde la Plaza del Obradoiro Santiago de Compostela era una ciudad gris, triste, y fea. Una ciudad gris forjada sobre las rocas de sus grandes monumentos, sobre la catedral que poco a poco iba dejando paso al musgo en las infinidades de sus torres. Triste porque la niebla era su segundo apellido, y ésta, en la noche, no dejaba ver aquel campo estrellado que rezaba en el primero. Y fea porque abandoné mi amor peregrino allí. Un amor insólito, romero y penitente. Herrado y errado.

El Tren

Volvió a despertarse en mitad de la noche. Tiempo atrás hubiera sido algo inusual en ella pero, en la última semana estaba haciéndolo a menudo. Se incorporó como pudo en la cama, no quería molestar a su acompañante. Encendió la luz de la lámpara que le acompañaba en su mesilla de noche y él sólo arrugó los ojos y le dijo, casi en sueños, que la apagase. Ella, como últimamente, se disculpó mientras él sólo refunfuñaba por haberlo despertado y siguió durmiendo como si nada. Ella lloraba, lloraba demasiado y tal vez podría volver a despertarlo con su llanto de cocodrilo, cómo tantas veces le había dicho él. Por eso se fue del cuarto, no quería molestarlo más. Él seguía inmerso en un profundo sueño ajeno a las lágrimas y los sentimientos de su mujer. Debía descansar ya que, según él, él era quién sacaba la casa adelante.

Ella estaba en el salón como las noches anteriores. Pensó que tenía que actuar en aquel momento o dejarlo pasar para siempre, pero todas las noches pensaba lo mismo y no hacía nada. Desde hacía mucho tiempo la relación no era como antes: habían cambiado muchas cosas, quizás demasiadas como para seguir inmersa en esa pesadilla, en ese velatorio, y en esas disculpas sinceras pero mal agradecidas.

Esta vez es la definitiva, de esta noche no pasa. Se decía una y otra vez. Pero seguía sin encontrar el valor para volver al cuarto a vestirse, para enfrentarse de nuevo a los quejidos de su marido. Fue a la cocina, allí estaba la lavadora y el cesto de la ropa sucia. Buscó en él y sacó la que creyó más limpia. Se vistió bajo aquella tenue luz y de nuevo volvió al salón. Ningún día había llegado tan lejos y sólo sabía que quería seguir a cualquier precio.

Con la mirada intentaba averiguar dónde había algún trozo de papel y algún bolígrafo. Recordó que él siempre guardaba algunos folios debajo del televisor para las urgencias, y un bolígrafo también al lado del televisor. Los cogió y se sentó en la mesa. Algunas lágrimas empezaron a mojar los folios. Pensó en despedirse por siempre o no hacerlo nunca. Y tristemente fue nunca, nunca le escribió una carta de despedida, nunca le escribió un adiós. Ni siquiera se lo merecía. Su despedida para él fueron sólo unas disculpas mal aceptadas.

Cogió algo de dinero y abrió la puerta principal tan suavemente como su excitado pulso le permitía. Al cerrarla lo hizo con una suavidad que no se conocía en esa casa desde tiempo atrás, pues él siempre la cerraba a portazos por su mal humor y ella apenas salía a la calle. Lo que menos quería en aquel momento es que él se despertara y la viera marchar. Bajó las escaleras y se encontró enfrente de la puerta que daba a la calle, no fueron muchas escaleras, vivían en la primera planta del bloque pero en esos instantes le parecieron que vivía en el décimo.

Una vez que pisó la calle sintió como el aire fresco le acariciaba la cara, se sintió viva. Ahora sólo tenía que seguir viva lejos de allí. Lo mejor, pensó, sería ir a la estación de trenes podría ir a cualquier lugar desde allí, y tenían servicio nocturno.

Esta idea la llevaba pensando tanto tiempo que a pesar de no haber ido ni una vez conocía el camino como la palma de su mano. La brisa que segundos antes le hizo recordar que estaba viva se intensificaba y comenzaba a ser desagradable por el frío. Se apresuró en llegar a la estación y, por primera vez, coger el tren. Todo era nuevo para ella. En aquellos momentos aún dudaba de lo que hacía, pero a la vez sabía que no volvería a despertarse en la noche y recibir broncas, ni desprecio cuando se abriera la puerta de la casa.

Una vez en la estación se acercó a la ventanilla de información, y pidió un billete para el siguiente tren fuese cual fuese y fuera dónde fuera. No le importaba. De todas formas nadie la estaba esperando en el destino, nadie sabía que estaba allí, nadie sabía quién era ella. Le preguntó a aquella chica de ojos verdes y pelo castaño, dónde tenía que cogerlo, a modo de disculpa por la pregunta tan evidente le contó que era la primera vez que cogía un tren. Y aquella muchacha sonriéndole le explicó que tenía que sentarse en el andén 5 y que pronto lo vería llegar.

Se acomodó en aquellos fríos bancos con la espalda sobre la pared. De nuevo quiso pensar sobre lo que estaba haciendo pero el frío era tan intenso que su mente sólo podía pensar en abrazarse a sí misma para no morir helada. Como le dijo la señorita de información, el tren no tardó demasiado en llegar. Agarró fuertemente el billete y dudó un segundo en si montarse o no. Si se montaba sería la última vez que pisaría esa ciudad, si no lo hacía todo volvería a empezar a la mañana siguiente o incluso sería peor. Agarró aún más fuerte el billete hasta que le dolió la mano. Y entonces se lo entregó al operario que al mirarla y le sonrió. Ella no pudo devolverle la sonrisa, algo en su corazón le hacía estremecerse.

Buscó su sitio y una vez sentada, echó una mirada rápida al tren: no había casi nadie si acaso cuatro o cinco personas más que ella, pero era normal a esas horas de la madrugada. Quiso pensar por última vez en su todavía marido, en su todavía hogar, y en su todavía vida… pero se quedó dormida y cuando despertó ya estaba amaneciendo. Miró por la ventana y vio el mar por primera vez en mucho tiempo. Junto al mar una triste palmera solitaria, tan solitaria como ella.

Un triste árbol en la arena, tan triste como ella, pero aún así se mantenía en pie. En pie a pesar de estar solo, de no tener nadie que le apoyara, ni nadie en quién apoyarse. Pero seguía ahí firme como si estuviese acompañado. La palmera por sí misma tenía la suficiente fuerza para seguir. Y ella por primera vez en mucho tiempo sonrió, si la palmera podía mantenerse ella también podría.

Una voz grabada avisó a los pasajeros que el tren estaba llegando a su destino, tomó aire y se puso de pie: Ahora sí empezaba su nueva vida.

El Curriculum de Todos

Cerró la puerta con llave. Raudo. Tenía urgencia por ir al baño. Dejó algunos sobres en la mesa y no perdió un segundo. Se lavó las manos. Y, en el salón, encendió la tele. La rutina de siempre. Buscó cualquier concurso de los de televisión donde gente anónima respondiendo a varias preguntas ganan varios cientos, o miles de euros. Quizás esa sea su única solución: “dar el pelotazo”. El sueño español.

Desde el sofá sabía la respuesta a todas las preguntas. Incluso, se imaginaba dando juego en un plató de televisión; también imaginó también la ruta que haría el día siguiente: cogería el coche, haría 40 kilómetros y recorrería otra ciudad entregando curriculums en sobres. Un detalle que le diferencia del resto, piensa. Pero se equivoca. Hoy en día eso no es una diferencia, sólo más coste.

Cada día, en cada empresa que va, si tiene suerte lo aceptan, otras ni los cogen, saben que éstos no tienen dinero, aunque para él es un gasto que se ahorra. Y en raras ocasiones sí han aceptado ojear su curriculum, pero en otras, le han contado la realidad de la empresa: ERTES, ERES, BAII y FFPP negativos, pre y concursos de acreedores, liquidaciones, disoluciones… A veces le dan tanta información que llega a perderse entre las siglas contables.

De todas formas sabe que no puede decaer, ha de seguir intentándolo. Como la mayoría de los cinco millones y medio de parados: tras tu ciudad pasas a la capital de provincia, de ahí, si tenías algunos ahorros y una formación media-alta, a la capital de la comunidad. ¿Pero cuántos más y mejores que tú hay en la capital? Esa pregunta nunca la hacen en los concursos de la tele.

Anuncios en la televisión. Un pequeño avance del telediario. Otro político investigado por corrupción, e incluso parte de la familia real, que finalmente no saldrá imputada. Más muertes en Siria y la ONU sin actuar para evitarlo. Se esperan los nuevos (y peores) datos de la EPA, y por ende la bolsa de Madrid se ha desplomado. Nada nuevo.

Se acerca a la cocina para tomarse una coca cola. Aún le queda media lata de ayer. Coge uno de sus sobres. Lo abre. Revisa, una vez más, toda su vida. Sus metas, sus logros. Pero no sus fracasos. No hay hueco para ello en una carta de presentación así.

Piensa en salir fuera del país. Domina el inglés, y balbucea un poco el alemán. Pero sabe que fuera tampoco es fácil para ellos. Aunque si en un par de meses su suerte no cambia sí se irá fuera. Con lo que se gasta en gasolina, en sobres, y en todos esos gastos extras podría intentarlo.

Y ahora en la televisión ve un anuncio, con viejas glorias recordando lo que fuimos en el pasado: como si eso sirviera para cambiar el presente o demostrando el poco valor del que carece el futuro. El pasado no cambiará el futuro. Termina el anuncio, tampoco se han comentado los fracasos que cometimos antaño.

Expolio

Siempre creíste tenerlo todo bajo control,
Tu vida sólo era un leve guion que habías escrito,
Imaginabas que nada podría tambalear tu mundo,
Mas no contaste con ella y sus ojos color miel.

Un día de repente aquella mujer, una desconocida,
Te miró, te sonrió, te saludó, te tocó y te derrumbó.
A ti que siempre pensaste ser un frío pilar de mármol
Y con sólo pasar la leve brisa del viento femenino
Fuiste reducido a escombros como un templo griego expoliado.
Como un arrecife de coral tras un tsunami: devastado.

En aquel momento tu vida dejó de tener sentido,
¿Para qué te sirvió ese guion? Lo perdiste todo.
O tal vez no…