Línea 10

Me pediste una camiseta para dormir, lo recuerdo muy bien, al final habías acabado en mi habitación casi sin pensarlo, casi sin proponértelo, unas cervezas, un par de copas y bastante valor para decirte que te quedaras, que había un hueco para ti en el hotel y nadie de allí se iba a enterar de que habías pasado la noche conmigo.

Y sí, fue hace ya mucho tiempo, pero aún sigo recordándolo nítidamente. Quizás la mayor tontería que viví en mucho tiempo, pero me hizo sonreír y era lo que necesitaba, en el fondo no había tanto valor. Me preguntaste si podías desmaquillarte, darte una ducha y si podía dejarte la camiseta. Tenía cuatro o cinco camisetas en el armario, era principios de semana así que estaban todas limpias pero tú tuviste que elegir aquella, aquella era especial, le tenía demasiado cariño para ser una prenda de ropa que aún ni había estrenado. Ya ves, tontería más grande.

Nos pusimos a ver una película tumbados en la cama, una de estas americanadas románticas en las que un padre de familia se divorcia de la mujer y se va con otra algunos años más joven, los hijos no la quieren aunque al final acaban aceptándola, y sinceramente no sé qué llegó a pasar con la madre, no la acabamos de ver. Nos acostamos, cada uno en un lado de la cama.

Imagino que te acordarás perfectamente porque, con la vergüenza, en vez de actuar o hacer algo solo te dije que no mordía, que no hacía falta te fueses tan lejos como si fuese un niño pequeño con miedo. No es que fuese pequeño, sino, simplemente que tenía miedo, miedo a liarla y joderlo todo. Por eso ambos nos quedamos dormidos en las esquinas de la cama, o al menos actuamos como si estuviéramos durmiendo.

Yo callé y me quedé pensando en todo aquello, dándole vueltas al qué hacer si hacer algo, o en si había perdido la oportunidad y era mejor así. Tú no sé bien qué harías, si pensabas o dormías; yo, entre otras cosas, pensaba en tu cuerpo debajo de la camiseta e intentaba seguir con aquello de teatro y disciplina. Siempre que duermo con alguien, o finjo hacerme el dormido porque me estoy dándole vueltas a la cabeza, intento que mi respiración sea pausada y cíclica, no moverme apenas, como lo sería si durmiera realmente y hasta ahora quiero creer que ha funcionado.

Y ponte en mi lugar, tumbado a tu lado, a pocos centímetros de tu piel, separados solo por las sábanas y las camisetas que habíamos elegido para dormir y en mi cabeza dándole vueltas a aquello, pensando ¿qué podía tener de malo? ¿De verdad, si lo hiciera, si me lanzara se jodería todo? Por mi parte, recibir un no de tus labios no cambiaría nada: éramos lo que somos, somos lo que éramos. Y si pasara algo entre los dos tampoco supondría modificar la relación a peor solo sentirnos más cerca. Pero no podía saber qué pensarías tú, por eso elegí dejarlo pasar por aquellos momentos, había estado tonteando contigo durante la cena y las copas diciéndote que yo era un caballero y elegí seguir aparentándolo anteponiendo lo que yo pensaba que podría suceder en tu mente antes que hacerlo o proponértelo (quizá para ti tampoco hubiese cambiado nada).

Seguí mucho tiempo dándole vueltas a la cabeza, a la idea de hacer o no hacer hasta que me quedé dormido pensándote, dudando en si debía rozar tus labios, preguntándome si me sentiría torpe, o en cómo proponértelo, hasta que, como muchas veces ocurre los sueños nos dan la respuesta de qué y cómo debemos hacer las cosas… Me acerqué a ti despacio, en mitad de la noche, intentando no hacer especial ruido, puse mi mano en tu cintura, sobre tu vientre, creo dijiste algo –no logré entenderlo y no quise volver a preguntar porque no sonó a negativa–, te quité el pelo de la cara, y lo eché sobre la almohada, te besé suavemente el cuello y sonreímos…

Morir por Dentro

Aún te recuerdo como si fueses un sueño,
Inalcanzable como el recuerdo de tu mirada.
Tu cuerpo me asalta por las noches cuando sé
Que ya nunca podré poseerte, que nunca seré tuyo.

Carpe Diem, I

Cuando se despertó en una cama que no era la suya cayó en la cuenta de todo lo que había pasado la noche anterior. Aquella noche Fernando había quedado con los compañeros del trabajo para ir a tomar una copa y luego ¿quién sabía? Quizás algún pub o alguna discoteca. Era el último día en el que Nadia estaría en la empresa.Sólo habían sido siete semanas: un trabajo temporal conseguido a través de una página de internet, tan famosas en aquellos días. Sólo estaba cubriendo una baja en el departamento de administración. Sin embargo, siete semanas pueden dar para entablar cierta amistad. Y aquella noche las efímeras amistades de Nadia habían quedado en salir para despedirse, sabían que fuera de la empresa todo se esfumaría. Nadie puede amarrar una amistad eternamente si sólo la unió un soplo de viento en los hilos del destino.

Fernando era contable. Trabajaba en una gran asesoría, una de las mejores de la capital. El sueldo no estaba nada mal, rondaba los veintisiete mil euros; aunque también tenía sus inconvenientes, siempre había demasiado trabajo, y en periodos puntuales demasiadas horas extras sin remunerar. Pero nada más. Su vida laboral se quedaba allí, no había ascenso posible, salvo la actualización salarial. Pero era éste ese trabajo que le daba la estabilidad que tanto tiempo había estado buscando, ahora podría comprarse ese piso junto a su novia, ese lugar donde vivir en el futuro.

La novia de Fernando le había convencido de que eso era lo mejor para los dos, él nunca estuvo de acuerdo, tenía sueños por los que luchar, ilusiones que alcanzar, y lo que en un principio fue sólo un trabajo temporal tras unas prácticas acabó convirtiéndose en su cárcel, en su único futuro, su única realidad de la que no podría salir. Ella había cambiado su futuro por otro distinto.

Un futuro junto a la mujer que amaba podía ser maravilloso a pesar de todo lo que perdiera por dejar escapar sus sueños. Pero pasar años junto a esa persona por la que sólo sientes indiferencia, atrapado en aquella cárcel con barrotes en forma asientos contables podía ser algo terrible y si no encontraba el valor suficiente para evitarlo eso sería lo que le pasaría en la vida. Cuatro años con su novia habían sido suficientes para cambiarlo por completo, para dejar atrás todas aquellas ilusiones. Había sido tiempo suficiente para dejarlos tan atrás, que ya ni siquiera los recordaba.

La conoció al poco tiempo de que le hicieran el primer contrato. Su novia trabajaba en otra empresa como administrativa. A ella sí le gustaba su trabajo. Nunca había servido para estudiar y nadie apostaba por ella, no pensaban que tuviera la dedicación necesaria para estar todos los días en una oficina. Pero poco a poco se había ganado la confianza de los que estaban a su alrededor, primero había completado un ciclo formativo de administración y finanzas, y tras las prácticas había sido incorporada a la plantilla de la empresa, como pasó con Fernando. Ya llevaba tres años, y si todo iba bien, serían muchos más. Sin embargo antes de que empezara a estudiar, con veintidós años, ni en su familia recordaban por cuántos trabajos había pasado desde que acabara, con retraso, el bachillerato. Y dentro de un par de meses más volvería a sorprenderlos: daría la entrada para comprar un pequeño piso en el centro de la ciudad junto a su novio.

Y en el polo opuesto estaba Nadia. Ella era todo lo contrario a Fernando y su novia: aún tenía sueños, ilusiones por las que seguir luchando día a día: aún tenía ánimos con los que levantarse cada mañana con una sonrisa. Por eso, para alcanzar sus metas siempre buscaba trabajos temporales, necesitaba tiempo para mejorar como artista. Lo que realmente le gustaba, y se le daba bien, era la pintura.

Había estudiado un ciclo formativo de grado superior en contabilidad, igual que la novia de Fernando, y otro de grado medio de informática. Sabía muy bien que aquello la alejaría de su sueño a corto plazo, pero eran los pasos necesarios para obtener una cierta holgura financiera y poder dedicarse a pintar.

Nadia era un par de años más joven que Fernando y su novia, tal vez por eso aún tenía sueños en su vida, o quizás aún los tuviera porque nadie le había cortado las alas. Durante el trabajo en la empresa estaba soltera –y aunque no lo hubiera estado– muchos hombres se fijaron en ella, pero ninguno tanto como Fernando. Aunque claro, con aquel toque tan angelical en su mirada era imposible no fijarse en ella; además, siempre iba regalando su sonrisa, ésa que sólo da los sueños cumplidos.

Ésa era la vida de estas personas y aunque aquella noche podía haber cambiado para los tres no fue así

Déjame Entrar en tu Cama

Déjame entrar en tu cama, y llenar tu cama de estrellas.Aquellas fueron sus palabras. Extraña forma de ligar con una chica, pensé cuando le oí decir eso, pero efectiva como pude comprobar horas después. “Demasiada cama”. Mi respuesta fue tajante, pero no desistió. Mis amigas me insistían en darle una oportunidad. No era feo. Era guapo. Rubio, ojos azules, esbelto y bien vestido; además, no estaba bebido. Inusual en aquel bar. Diferente a lo típico de esas noches. Volvió a acercarse a mí una vez más: “aún me quedan estrellas para tu cama”, atacó.

Está bien, pero antes de llegar a ella tendremos que ver esas estrellas que comentas.

Sólo fueron un par de copas las necesarias y acepté sus juegos de niños. Encontramos aquellas estrellas y las fuimos recogiendo por el camino. Ahora mi cama está llena de estrellas, pero mi cartera vacía.