Las Cosas que Nunca te Dije – III

Quiero creer que nunca supiste lo que yo sentía, que no te di la opción de adivinarlo, ya sabes: teatro y disciplina. Soy tan estúpido que así me siento mejor, suficiente con un imposible. Aunque temo que quizás lo llegaste a intuir justo antes de la cena que habíamos planeado para aquellos días. Sí, yo fui bastante insistente en que fuese en aquel restaurante lejos de todo y todos, y después salir a tomar algo por allí, e incluso hablé de reservar un hotel –que ya estaba reservado– donde quedarnos a dormir aquella noche para evitarnos el cansancio y poder tomarnos alguna copa sin problemas.

Mi intención era hacerte el amor ese día hasta que me dijiste que no, que te habías puesto mala, un cólico precisamente, y tendríamos que cancelar la cena –y el hotel, pero eso tú no lo dijiste– y dejarla para otro día. Solo te dije bueno, que no te preocuparas, lo cancelábamos. Daba igual, lo importante era que mejoraras, lo demás daba igual… Pero no era verdad: nada daba igual, me sentó mal y no llegué a creerme aquel problema gastrointestinal. No tenía ningún derecho a decidir sobre tus sentimientos por muy fuertes que fuesen los míos pero tampoco tenía necesidad de soportar la mentira. Duele que mientan cuando la otra parte sabe que nada es cierto… Aunque ahora sí da igual.

Y da igual por una sencilla razón: entiendo todo imposible. Lo comprendo todo aunque me cueste aceptarlo o creerlo. Por eso, esta noche he decidido deshacerme de todas las cosas que nunca te dije, en unos días sale mi vuelo hacia Alemania. Al final encontré valor, y como tantos otros jóvenes españoles de nuestra edad hago la maleta con las pocas cosas que tengo y voy hacia lo desconocido. ¿Qué tenemos que perder? Ellos no lo sé, yo nada. Aquí ya no me queda nada que mantener, llevo mucho tiempo buscando un trabajo que no se me ofrece, algo para combatir la desidia y no lo encuentro. Allí tendré la oportunidad de comenzar de cero.

Ha sido una decisión dura pero creo que será la correcta, igual que mi ex, igual que esta carta. Soy consciente aquí puede virar el rumbo del resto de mi vida, pero llevo mucho tiempo pensando, dándole vueltas en mi cabeza, sopesando pros y contras, sin comentar con nadie: tenía miedo que me convencieran para no ir. Será duro y difícil, apenas tengo unas nociones básicas de alemán pero no es fácil vivir cada mañana robándole minutos al reloj para que este pase, escapar del tiempo y esconderme de los recuerdos para no encontrarte en ellos, para no cruzármela en el callejón de la memoria. A partir de ahora y por una vez la distancia será el pilar de la felicidad. Nunca te dije nada de esto, nunca se lo dije a nadie… a veces yo también sé guardar secretos.

Claro que tengo miedo que todo falle, que allí tampoco pueda conseguir lo que anhelo. Pero, ahora mismo es un mundo lleno de posibilidades, el trabajo soñado y la oportunidad para encontrar el clavo que necesito. En España no tengo ninguna opción, ningún trabajo donde matar las horas, mutilar las mentiras y silenciar los imposibles; no hay clavos que buscar porque aún no soy el martillo que pueda ayudar a sacar los que llevo.

¿Realidad o ficción? ¿Razón o locura? Elijo locura, ficción, sueños: huir: escapar de mí.

Imagínate mi vida durante los últimos meses, sobre todo en las últimas semanas con las decisiones ya tomadas y los errores cometidos. Mi cabeza tenía claro que no podía seguir con ella. Solo era engañarnos, tantas discusiones, tantas dudas, y tantos desvelos en la noche que la poca magia que quedaba terminó por apagarse. El futuro se había situado demasiado pronto en el presente y no pude soportarlo –sigo sin saber realmente qué pensaba ella–. Decidí lo mejor sería dejarlo antes que hacernos –hacerle– más daño, yo no podía darle lo que ella pedía: mi amor se había tornado plomo y ella no podía mantener la balsa a flote. Aquella noche lloró, lloré, lloramos… y no te escribí, aunque todo me decía que lo hiciera. No quise ser tan frío: teatro y disciplina.

Te escribí al par de días, intentaste darme ánimos, te propuse vernos en unas semanas. No pudo ser. La oportunidad perdida dio lugar a estas confesiones, a contarte todo lo que había ocultado en este tiempo… pero incluso en todas estas palabras no ha tenido cabida aún el verdadero motivo para comenzar la carta; es verdad que uno de ellos ha sido decirte que no me creí la excusa y otro para despedirme pero hay algo más, cuando “enfermaste” fui consciente de todo lo que no había querido ver en todos estos años: nunca te podré tener.

Eres maestra y lo sabes. Muchas veces la única forma de aprender algo es escribiéndolo, repetirlo decenas de veces en un folio como si el papel fuese el profesor, como si con la tinta la lección adquiriera conciencia y se volviese fuerte: imborrable. Lo hacen tus niños cuando intentan aprenderse la lección para los controles, cuando les castigas y hacen repeticiones con la frase que condena su acto, y ahora lo hago yo para evitar volver a caer en los mismos errores, para decirme que en la distancia todo será más fácil –para mí–, y que es lo único que importa.

Mas, antes de despedirme permíteme que comparta contigo la última gran enseñanza que puedo llevarme de estos años: ocultar un secreto nunca ayuda a nadie. Aún sigo sin comprender si desvelarlo como hago ahora ayude, quiero irme en paz y no queda más remedio que hacerlo, dejaré que el tiempo sea mi mentor. Sería imposible luchar y vivir cualquiera de estas historias en Alemania –mentirle a ella o mentirte a ti–, porque como dijo Guillermo Martínez no me quedaré con ninguna de las dos, y entonces ¿no sería un final feliz? Claro que no, los finales felices están terminantemente prohibidos en las actas de la novela contemporánea. ¿Cómo terminaría todo entonces? Yo me iría, y nada más.

Él siempre se va.

Las Cosas que Nunca te Dije – II

Créeme vivir así fue muy duro para mí, y sobre todo por ella, aunque siempre le creí ajena a las mentiras el dolor era inevitable. Todo lo que hacía era por –y para– protegerla, nadie quiere ser el clavo del refrán. Yo, por mi parte, sigo sin saber cómo vivirías tu relación, a pesar de todo nunca tuve el valor para preguntar, para acercarme a ti. A veces lo intentaba a través de ella: con el tiempo, discusión tras discusión aprendí a dar rodeos para no levantar sospechas. Sabía que tú y ella os habíais hecho amigas y aprovechaba aquello para ir teniendo noticias tuyas cuando mi mente me decía que no debía preguntarte o hablarte directamente: le utilizaba, le preguntaba por alguien que tuviese una mínima relación contigo y así hasta que me iba aproximando a tu círculo y, por fin, llegabas tú.

Siempre oculto tras una máscara, una mentira que lo oculta todo. Porque no estaba tan loco: no me atrevía a decirle lo que sentía por ella. El pecado que siempre estuvo inherente se iba haciendo más patente: no estaba enamorado de ella como para seguir con aquella relación. Quizás ella lo estaba viendo, pero si insinuaba algo yo volvía a vivir en la espiral, en los bordes, en rodeos y lo desviaba todo: no ocurría nada.

Realmente no toda mi relación fue mal, no tengo que engañarte ni engañarme ni engañarla: había momentos en los que todo funcionaba –alguien diría que incluso bien–. Quizás no deba decírtelo, pero cuando se escribe una carta de puño y letra solo tienes una oportunidad para desarrollar las ideas, para expresar tus sentimientos y quizá esta parte de mi vida te haga ver la razón de todas estas confesiones: las dudas.

Siempre he pensado que cuando no estás cerca de la persona por la que sientes todo es más fácil, ¿no? Al fin y al cabo el peso de la rutina acaba apagando los recuerdos y este desvanecimiento se lleva consigo el sentimiento, el dolor y los imposibles.

Por ello mentiría –y no puedo mentir más– si te dijera que siempre estuve enamorado de ti porque no es verdad, lo que sí es verdad es que siempre te quise, te pensé y te necesité pero de distinta forma según el tiempo o la situación de pareja que estuviese viviendo. De algún modo siempre estabas en mi mente, incluso soñé que tú fueses ella, pero también llegué a disfrutar tanto a su lado que la felicidad me inundaba y tu recuerdo era solo eso: un recuerdo ahogado sin espacio para clavos ni martillos. Entendí que para olvidarte necesitaba tomar distancia, pero nunca la alcancé por el suficiente tiempo como para que ello ocurriese, hasta ahora.

Soy consciente del motivo: me faltaba valor. Valor, qué irónico, ¿verdad? Simplemente cinco letras que representan tanto que yo jamás lo tuve. Valor para dejar de hablarte, valor para serle sincero a mi pareja, valor para enfrentarme a la realidad y dejarlo todo atrás: tomar las riendas de mi vida, abandonar los imposibles y las mentiras porque ¿sabes otra cosa? Siempre me gustó pensar que tuvimos un romance fugaz, tan fugaz que tú nunca llegaste a saberlo (un imposible) y cuando la tristeza me superaba solía pensar que nuestra pasión ardió tan rápido que ni las ascuas quedaron (una mentira), o quizás fue que solo ardió de mi parte (la burda realidad).

Y tal vez sea esa falta de valor la que me impida enfrentarme a los recuerdos y traer al presente cuándo y cómo me enamoré de ti. O siendo menos poético pero más realista, quizá ocurra como el conocernos, hace ya tanto tiempo que no logro recordar qué fue lo que me enamoró. Me gustaría decírtelo, no es como el conocernos, esto sí es importante pero no lo sé. Tal vez fuese que mostrabas todo lo que yo quería ser, aunque cuando uno es un crío –yo ya estaba enamorado entonces– no se preocupa por la proyección que reflejan los demás, ni por lo que quiere ser. Eso llega con la juventud y la adolescencia. A esa edad el amor es más platónico que carnal, más fantasioso que real. En mi caso empezó así y se fue tornando en amor adulto tan suavemente que no me di cuenta de ello, tan delicadamente que jamás te hice verlo. Jamás te lo dije.

Mentiras

Ya no me dañan tus besos, apenas te echo de menos.
El dolor de las promesas rotas se esfumó,
Aquel sabor a derrota dejó de estar presente.
Esa necesidad que me había inventado desapareció.

Miro al pasado y nunca te tuve, tú dispusiste:
De mí, de mis sueños, de mi deseo. Pero hasta ahí.
Los límites los ponías tú; y a mí, como embrujado,
Me parecían que eran los adecuados, los máximos.

Mas, lo sé, y no te culpo, me avisaste pero ya era tarde.
Me había enamorado mucho antes, y había tantos sueños,
Hicimos planes juntos; sí, es cierto, fantaseando, pero los hicimos.
Y ahora, ni tengo ni me importa nada.

No te olvidé, el sentimiento no cambió tan sólo
Lo hizo la realidad: mi realidad, tu realidad.
Pero como cantaba aquella melancólica voz…
Ya no me dañan tus besos, ya casi no me acuerdo de ti,
Apenas te echo de menos, por esta noche… yo sólo pienso en mí

Burda Mentira

Mas de repente con una palabra tuya vuelvo a soñar,
La misma ilusión que sé jamás debió existir ni existirá.
Con un mensaje me lanzo al vacío esperándolo todo
Y sabiendo no recibiré nada: me equivoqué.

Mientras, por el resto de frentes, intento hacerme el fuerte,
Mentirme a mí mismo y gritarme no me haces falta.
Burda mentira.

Y creyéndome fuerte vuelvo a caer en la melancolía.
Pero si tú no llegas a mí es porque yo no lo hago yo,
No me necesitas, ¿de qué sirve te eche de menos?
Más allá de mi esperanza sólo quedan las ilusiones

Burda mentira,
Mentirme a mí mismo y gritarme no me haces falta
Mientras por el resto de frentes intento hacerme el fuerte.

Sólo buscaba, como un náufrago, un pilar al que agarrarme.
Ese algo donde sostener mi pobre vida, mis leves sueños y,
Sobre todo, aquello que llaman realidad: mi realidad.
No lo encontré, sólo caí una vez más con todo aquello.

Burda mentira,
Creer que no he crecido, pensar que, a pesar del dolor,
No soy feliz; y ya no necesito hacerme el fuerte, lo soy.

Error

Querido Recuerdo Imborrable, Querida Herida Incurable:
Te echo de menos. No puedo pedirte nada, lo sé, no puedo juzgarte por tu desprecio ahora, la culpa fue mía, sólo mía.

Aquella tarde decidí alejarme de ti, no sabía qué quería hacer con mi vida, qué era lo que buscaba, ni qué era lo que necesitaba: imaginé que estar lejos de ti ayudaría a recuperar el rumbo de mi vida, ingenuo. Del día a la mañana te hice creer, me hice ver, que todo había terminado entre los dos. No era verdad. Te engañé, intenté sentir el cuerpo de otras mujeres en las frías noches, pensé eso ayudaría a dilucidar el camino. Pero sólo nos hizo daño.

Yo no recuperé aquel destino olvidado, no regresé a aquel tiempo de felicidad: sólo dolor y angustia es lo que llegaba a sentir cada noche: imagino igual que tú. Y ahora te busco y no te veo: tú eras mi felicidad, y tampoco lo vi. Ahora no encuentro tus brazos abiertos, y sé no puedo pedírtelos, lo sé, rompí aquella promesa, no la volveré a nombrar para no reavivar más la llaga. Lo siento, yo no quise hacerte daño, no quise huir.

Carpe Diem, III

Mas al otro lado de la moneda todo es distinto. Nadia sí recuerda muy bien todo lo que pasó la noche anterior, sí recuerda que le dijo que no podía besar a Fernando y que éste la besó, la acompañó hasta el taxi y le pidió su número de móvil para volver a verse algún día, aunque no está segura de querer hacerlo. No puede romper una pareja. Fernando le gusta, pero no puede hacer algo que no quiere que le hagan a ella.Aún recuerda cómo se enteró que estaba comprometido, fue hace cuatro semanas, coincidieron desayunando; se fijó en la mano de Fernando, tenía una alianza, asustada y un poco decepcionada, le preguntó si estaba casado. Le dijo que aún no. Él devolvió la pregunta, y Nadia sólo dijo que estaba soltera.

Antes de anochecer José llegó a su casa y se encontró a Fernando viendo la televisión, tomaron un par de cervezas y hablaron sobre lo que pasó la noche anterior. Antes de que se fuera, José le dijo a Fernando:
–No se puede amar a un espejismo. A Nadia sólo la conoces desde hace unas semanas, apenas has hablado con ella, no es tiempo suficiente para conocer a alguien y amarla. Entiéndelo. No puedes echar toda tu vida por alto.

Al tiempo, Fernando llamó a Nadia. Quedaron para cenar, hablaron de lo que sucedió:

–Siento mucho si lo que hice te pudo molestar, de verdad. Sólo quiero que sepas dos cosas -dijo Fernando-. Cuando te pedí el beso no fue un capricho, si lo hice era porque lo sentía y lo necesitaba en ese momento; es más, lo volvería a hacer.
–¿Y lo segundo?
–Lo segundo es que has sido la primera mujer a la que he besado desde que estoy con mi novia, nunca creí en las infidelidades ni lo entendí hasta que te conocí. Jamás lo había hecho antes, y sé que jamás lo volveré a hacer.
–No te entiendo, ¿por qué lo arriesgas todo por mí? Jamás pensé que podría interesarte. Me dejaste en blanco.
–Lo sé y lo siento, pero… carpe diem, sólo vivimos una vez. Y no creo que hiciera daño a nadie.
–Quizás sí le hiciste daño a tu chica…
-repuso Nadia, Fernando calló durante unos segundos.

Le explicó que su novia ya no le hacía feliz, vivir con ella era como leer una novela: el protagonista no puede salir de los renglones que el autor dispuso para él. Su vida estaba escrita, y aquella noche quiso ser su propio señor. Por momentos ella llegaba a entenderlo, fueron abriendo aún más sus almas y dándose cuenta que aquello podría funcionar, Nadia ya no tenía miedo ni le importaba compartir cosas con Fernando. Y a Fernando cada vez le gustaba más y se acordaba menos de su novia.

Volvieron a algún pub, no les importaba el nombre, sólo querían estar juntos y seguir hablando sobre ellos. Conocerse más, en palabras de José: “necesitaba que Nadia dejara de ser un espejismo para él”.

Pero, por primera vez en toda la noche Fernando empezaba a tener miedo, se daba cuenta que todo podía ser perfecto junto a ella, y de hecho, aquella noche lo fue. Ella le habló de sus ilusiones de convertirse en una gran artista, de los trabajos para pagar sus sueños. Él sólo podía admirarla cada vez más; pero cuando Nadia preguntó si él tenía sueños, sólo pudo callar y decirle que algún día se los contaría. Nadia no se atrevió a volver a preguntar por su ex novia, ni por sus sueños, no quería hacerle sentir mal pues como alguien dijo: “suprimid la mentira, y habréis hecho imposibles las relaciones sociales”. Pensó que aquella noche él podría ser para ella, era soltero y soñador.

Sólo unas horas antes de que cerrasen el pub, Nadia dio otro paso hacia delante, aunque sin definir ningún camino –o eso temió Fernando–.
–¿Quieres hacer algo más? ¿Quizás tomar otra copa? -preguntó ella.
–No, por mí está bien.
–Bueno, pues… nos vamos ya, y mañana será otro día, ¿no?

Fernando no podía dejar que todo acabara así, no quería perderla para siempre ahora que estaba a conocerla más allá de sus ojos azules. Le dio otro beso, esta vez, sin preguntar nada, no hacía falta. Se fusionaron en aquel beso sin final, Nadia le cogió de la mano y lo arrastró hasta su casa. Allí pasó lo que el destino dejó que pasara entre los dos. Cuando Fernando miraba al azul infinito de la mirada de Nadia sólo podía pensar en una frase: Carpe Diem.

Carpe Diem, quizás algunos espejismos se tornan realidad cuando despiertan los sueños.