Por Abajo

Ella no lo sabía, no lo sabría jamás. Pero aquella noche me acosté llorando. No por temor al futuro, o al pasado, ni siquiera por este presente en el cual sigo sin saber por qué estoy viviendo, sino por algo mucho más banal: por no poder abrazarla en aquel momento, por no poder susurrarle al oído cuánto sentía por ella. No: en aquel momento en lo último que pensaba era en hacerle el amor cuando otras veces era en lo único que pensaba; aquella noche necesitaba sentir su piel y cobijarme muy, muy fuerte, bajo su grandeza: yo sólo era un niño.Aquella necesidad, aquellas lágrimas habían surgido tras sincerarnos. Tras hablar sin miedo, en la distancia, sabiéndonos ambos protegidos por la pequeña pantalla de nuestros móviles, entendiendo tal vez que la cobertura de la red 3G podría fallar y eso nos daría un segundo más para evitar enviar nuestros sentimientos. Pero no fue así: éstos llegaron, y descubrí mi corazón. Y lloré, me quedé dormido con lágrimas en los ojos sintiendo la soledad, que estoy seguro, ha de sentir el amante.

El destino no siempre juega a nuestro favor, la mayoría de las veces tampoco juega en nuestra contra: simplemente juega con nosotros a unos juegos que desconocemos sus reglas. Lloré mucho. Todo había pasado demasiado rápido y nadie me había explicado qué podía o no podía hacer. Qué debía sentir, o qué tenía que decir. Me gustaba mucho, y creí haberme enamorado de ella. Ahora ha pasado el tiempo, no mucho, pero sí algo y lo veo todo con más distancia… sé que estaba equivocado en lo que creía: la amaba, y la amo, y ya no me importa que sepa que aquella noche, las lágrimas me arroparon.

Todo empezó como un juego, es cierto que me gustaba, la primera vez la vi me dejó impactado, pero no me atreví a más. ¿Acaso un enano puede alguien soñar con vencer a un gigante? Yo, si hubiera sido ese enano, no podría. ¿Acaso no es cierto que evitó varias de mis lanzas? Sin embargo, a pesar de ello en aquel momento ya había realizado la primera tirada del dado, 1D20. El juego comenzó y nos fue uniendo, acercando con cada tirada un poco más; hasta tal punto que aquello dejó de ser un juego… Me gustaba, le gustaba, nos gustábamos tanto que nos besamos. Y ahí me perdí en el juego del destino: empecé a desconocer las reglas, a perderme en el infinito de sus ojos y entre sus labios.

Comenzaba a comprender aquel juego del destino, pero ella aún no lo sabía. Varios encuentros después, tras jugar con su pelo, sentirla acurrucada en mis brazos, saberme un enano que abraza un gigante, conmoverme al conocer la ternura que desprendía su grandeza en mi pecho, no sabía realmente que sentía por ella, algo más que amor, algo demasiado fuerte para expresarlo con palabras. Algo que tal vez sólo ella y yo éramos conscientes, o quizá sólo yo…

Sabía que no podía aceptarlo, que no debía llegar a ese punto sin saber qué me estaba permitido y qué no; qué podía ocurrir entre los dos y cuáles eran los abismos que se interpondrían entre nuestras almas. El primero quizás nosotros mismos, y después de nosotros, el resto del mundo: los que estaban más cerca de nosotros. Y después de todo ello tal vez aquella frase que seguía aterrorizándome: “las cosas que deprisa crecen, deprisa se consumen”. No quería imaginarlo, quería sentir la segunda parte de aquel poema: “en tanto las que tardan en nacer, también tardan en acabarse”.

Pero, a pesar de amarla, a pesar de ser consciente de lo que ella produce en mí, a pesar de querer hacerle el amor todas las noches, a pesar de subirla al cielo y me arrope en él debo esperar para culminar todos esos sueños: la vida hay que vivirla despacio, degustarla. Quizás esto sea la segunda parte de la que habló Ibn Hazm, las cosas que tardan en nacer… pero también es cierto que para llegar a compartir toda una vida primero hay que empezar por abajo.

Girando…

Me desperté en medio de la noche. Aún tenía el sabor de tus besos en mis labios. Me asusté. Había tenido una pesadilla, un maldito secuestro que me alejaba de ti. Te abracé en la cama y cerré los ojos. Me susurraste: no te asustes, pequeño”. Me asusté aún más, pero ya no por el sueño, sino por el infinito amor que sentí en aquel momento, por el miedo a no ser capaz de entregarte todo lo que tú merecías… Y lloré, pero tú eso no llegaste a saberlo jamás: mezclé mis lágrimas con la humedad de mis besos en tu espalda y todo volvió a empezar entre los dos…

Yo apartaba tu pelo, y tú te dejabas hacer. Yo besaba tu espalda con una suavidad infinita, y tu cuerpecito se encogía y temblaba. Tú te girabas y me mirabas a los ojos. Me besabas, nos besábamos. Caricias que recorrían nuestro cuerpo. Música celeste al compás de la respiración, orquesta guiada con la batuta de los besos. Y volvimos a entregarnos al destino, a nuestra pasión.

Y recordé, una vez más, aquellas frases que había leído hace algún tiempo en alguna página del universo digital:
“Desde entonces mi vida ha sido la constante búsqueda de esa palabra, de esa metáfora, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de ese primer beso. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada”.

Y, volví a sentirme frágil, pequeño, a igual que la primera persona que expresó aquel sentimiento, como la primera vez que nos besamos. Y me hubiera gustado encontrarme con él alguna vez, contarle que la poesía es magia, pero su búsqueda no tiene final. Hay cosas que nunca se pueden explicar. Esa sensación, ese instante mágico es simplemente eso: magia.

Y, esta vez sí que no pude evitar que me vieras llorar, y otra vez tu voz susurrándome no te asustes, pequeño”. Y temblé como eso mismo, como un niño pequeño al entender que hasta los mejores trucos de magia tienen su fin. Que nuestra historia era una quimera que nos mantenía vivos, una pequeña esperanza que hacía nuestro mundo diferente: lo hacía girar.

Y, en aquella cama, tú, la chica, la persona que siempre había sido frágil a los ojos de los demás me sostenías la mano, la ponías encima de tu pecho y decías:
“Tal vez todo sea una quimera. Sé que nuestro amor es efímero, ¿acaso no crees que el miedo no me aterra? También lo hace, pero cuando siento mi corazón latir sé que lo hace por ti y por eso no me preocupo. Siéntelo tú también, estos latidos son los que importan ahora: olvida el resto”.

Y nos volvimos a besar, sin importar lo que durara aquel sueño, el miedo no podía detener nuestro mundo: él seguiría girando. ¿Hasta cuándo? Sólo el sabor de tus besos en mis labios era la respuesta. Y eso me encantaba.

Llegó la poesía

como un susurro desesperado,
como la lágrima que no desaparece,
como mi amor por ti que jamás morirá.
Si bien es cierto que el subtítulo de la web reza, “Escritor & Auditor”, una gran parte de lo que escribo es poesía, y quería que hoy fuese el día que os la presentara. La primera entrada oficial de la web fue ‘Mirar con el Alma’, un pequeño relato que rescaté de mi viejo blog, La Piel de Una Promesa; y la semana pasada fue el turno de ‘Amar, Temer, Partir’, un relato inédito que surgió tras leer un pasaje de “Yo también tuve una novia bisexual” de Guillermo Martínez. Así que, la entrada de hoy consta os acerca un poco más a mi poesía. A mi otra faceta, a mi alma.El primer poema que os quiero presentar fue recitado por una gran amiga, Susana Ramírez, eigual en este mundo virtual. ‘Nunca tendré nada’. Este poema formó parte de mi gran sueño, de aquel Sueño Cumplido. Y aunque haya estado varios años descansando en la sombra, hoy es el turno que vea la luz, que disfrutéis de la dulce melodía que esta granadina le da a mis palabras:
“Mis días, tan hermosos cuando estábamos juntos,
han cambiado desde que se alejó tu bello rostro”

{Ibn Zaydûn}

Los que me conocen saben que soy bastante tímido, sin embargo -como dirían en uno de mis prólogos- a veces hay que vencer la reticencia y ser valiente. Lanzarse a por ello. En la Escuela Oficial de Idiomas de Vélez Málaga, todos los años hacen un recital sobre algún tema en especial, hace dos años el tema fue la felicidad. Y, hablando con mi profesor, me propuso que recitara un poema aquella tarde. Yo, estaba muerto de miedo pero acepté. Escribí un poema especialmente para la ocasión, donde se hablase de la felicidad, o más bien de la ausencia de ella, y me pasé aquella semana recitando el poema por la calle antes de entrar al trabajo. ‘Olvidar los Recuerdos’ es el único poema que he recitado en público del que haya constancia. Y, aunque la dicción quedara un poco forzada, y la postura no fuese la más adecuada, el momento mereció la pena, y el clavel que me entregaron después aún más. Shukran.
“La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores, ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar”
{Silvio Rodríguez}

Y por último, ‘El Collar de La Soledad’, el poema que da título a mi poemario (del que también forma parte el anterior poema). Saray Pavón tiene una voz cautivadora, que te trasporta y hace que entres dentro del poema. Siempre cuando escribo voy recitando los poemas en mi cabeza, le doy unas pausas, una velocidad, y en cierto modo les doy vida; pero al escucharlo en la voz de otra persona todo eso se distorsiona, suena diferente. Pero cuando aquella tarde recibí un mail de Saray con el audio del poema no podía creer que aquello que estaba oyendo fuese un poema mío, no marcaba mis ritmos, se hacía extraño: mejor. No sé expresar lo que sentí. Se me saltaron las lágrimas al sentir lo que el protagonista del poema piensa, y sufre por el amor. Me sigues faltando tú…

Nunca dejas de querer a la persona de la que realmente has estado enamorado.
Sólo puedes aprender a vivir sin Ella…
{Alguien…}