¿Jugamos?

Te vi a hurtadillas, espiándote, como aquel que sabe hace lo que no debe, rompiendo las reglas del juego de desconocidos, queriéndome acercar a ti y seguir sin encontrar el valor para ello. Decirme que no lo hago por no quebrantar tu mutis o el silencio que inunda el vagón, la película que ponen solo se escucha por los auriculares y apenas quedamos ya gente dentro. Volver a mirarte entre los asientos, distinguir tu brazo, tu pelo castaño claro, tus uñas pintadas, y tu reloj blanco.

Ver también, en el asiento del pasillo, una mochila y un pañuelo atado a un lado. No recuerdo bien en qué estación te subiste, sé que fue después de Madrid, bastante después y has aguantado muchas más. Si no fuese por la mochila dudaría que fueses peregrina, pero aún no sé si serás parte de mi Camino o te bajarás en Santiago, Sarria ya ha pasado. Pero bueno, es algo que solo el fin del Camino me dirá.

Y, al final, solo una pregunta: ¿Por qué siempre acepto aquellos juegos donde las reglas están dictadas de forma que me toca perder desde el principio?

Campana

Y no sé qué debería decirte o sentir. Sé que antes de nada, debería vencer todos mis demonios, y no creo sean pocos; empezando por el consejo que alguien me dijo (más de) una vez pero que por ahora no tengo las fuerzas necesarias. Todas estas miserias empezaron para olvidar y nada ha servido, hasta que te encontré a ti y comenzó algo especial, algo por lo que luchar y se me fue de las manos… se me está yendo y me siento absurdo, idiota… pero aquí sigo, yo también estoy loco.

Es cierto que ya te he sentido muy cerca varias veces, y siempre en el mismo lugar pero en distinta ubicación. Comentas algo y te quedas mirándome, y yo me hielo, me quedo callado con una batalla en mi cabeza, con una guerra contra la realidad y lo que estoy viendo en ese instante: ¿vas a besarme? ¿es una señal? ¿debería lanzarme? Y las respuestas a esas preguntas siempre se mueven entre el sí y el no. No dan una respuesta categórica, y el combate sigue estando allí: una pequeña voz me dice que no debería, que no puede ser, que todo aquello han de ser más deseos que realidad… y ese beso que nunca se dio se convierte en dos besos en la cara, o en uno; pero nunca en el centro de la boca… y algunos de mis demonios sonríen, otros cuando estoy a tu lado dejan de existir.

Y, otras veces, hablamos infinitas horas sin que nada ocurra a nuestro alrededor cuando todo se mueve tan rápido que desde fuera da vértigo. Esas conversaciones son las que más me gustan, cuando te olvidas de las reglas, cuando tu mente divaga en otros momentos más felices, cuando no existe nadie más que ese camarero que nos avisa va a cerrar y a nosotros aún nos queda un sorbo de café frío, y cuando mis demonios siguen mermándose desde tu boca. Después de todo aquello, como siempre, me haces saber que dices muchas locuras y que no haga caso que he de decidir por mí, pero no olvido aquello de “nunca hablo en balde, y todo lo que digo es por algún motivo”.

Fue en una de esas conversaciones por la noche cuando aquella frase me dejó pensando en lo que estábamos hablando en aquel momento, en las horas anteriores y en todas las cosas que nos decimos, en las que solo yo pienso (creo), y en las que solo yo a veces veo (espero que no). Tantas formas de comunicarnos, tantas de hacernos saber, que pudiera ser extraño te ocultase algo, pero los sentimientos no son “algo”, son una locura o tal vez un truco de magia… y como siempre escuché: un buen mago nunca revela sus trucos y guarda el mejor para el final.

Por eso habrá cosas que nunca te diga, como que te he soñado varias veces. En el primero nos besábamos, nos abrazábamos, nos perdíamos. Todo empezó como un simple juego donde solo nacían besos suaves y tiernos en los labios, veintitrés en total no preguntes por qué, y donde poco a poco se iban volviendo más pasionales. Y tras ese juego nos sonreíamos pensando la estupidez que habíamos hecho, y entonces sí nos besábamos como solo lo hacen los verdaderos enamorados, como lo hacen los amantes: sonrientes y felices.

Y también me callaré aquel epitafio sobre los sueños, aquel que decía ni siquiera estos son tan brillantes como nos hacen creer, porque solo son sueños. Quimeras. Y no tiene nada que ver que esta noche volviese a soñar contigo, por segunda vez, y te volviera a besar, pero esta vez sin los juegos, sin esos veintitrés besos coquetos que se fueron incendiando. Tampoco tiene relación que sea consciente no se tornarán realidad. Esta vez simple y sencillamente éramos felices con ellos. Quizás fuera del mundo onírico no todo es tan fácil como nos gustaría.

No te preocupes. Es simplemente que, el reino de mis sueños es algo que ni yo alcanzo a entender. Ni tampoco pretendo lo hagas tú. No es un reino que duela, por suerte, las pesadillas es algo que siempre están lejos de mí, no me asaltan cuando me rodean las sábanas no tienen cabida junto a mis demonios, ellos lo ocupan todo; en mi cama siempre estoy solo, sin ti. Al final, tú no eres la débil de la relación…

El Juego de lo Imposible

La suerte es estar en el lugar correcto en el momento adecuado; yo estaba en el punto incorrecto en el tiempo erróneo.

Desde el principio sabía todo aquello imposible: me puse una venda en los ojos. Doble función: no vislumbrarme con su belleza y no sufrir más por lo imposible. ¿Ser el amante de alguien? ¿Ser una vía de escape? ¿Saber esa persona nunca será mía, y aun así enamorarme? Todo eso podía pasarme a mí, simple mortal que había de soportar demasiados parches para, mí ya, maltrecho corazón y aun así seguía librando aquella batalla feroz, sin esperanza a ganar.

Sé que algo signifiqué –anhelo significar aún– para la dueña de mis besos prohibidos. Quizás yo sólo sea la chispa haga explotar esta reacción, pero no formaré parte de ella. Distintos elementos químicos que se mezclan y transmutan por el calor, mas en el resultado no entra el oxígeno que hizo convertirlos. Y cuando pasa el tiempo, ¿hay alguien recuerde la llama? Creo, ni ella misma: se consumió. Entonces, ¿mereció la pena? No lo sé. Sin ella -sin mí- nada habría sido, y esos reactivos no habrían podido reaccionar.

¿Quién soy yo? ¿Qué puedo pedirle? ¿A qué puedo aspirar? ¿Qué consigo al soñar? ¿Nadie. Nada. A caer. Dolor. No entendí por qué me dejaste volver a soñar…

Pienso en ella, y me hago daño al saberlo imposible: enamorarme de ella fue fácil. El problema estuvo en seguir adelante. Me repito mil veces no volver a caer en su juego. Ése que quiero creer lo hará sin maldad. Ése que sé tan bien las reglas que no debería dañarme. Pero no puedo pensar en otra cosa no sea ella. Me rompo por dentro. Necesito evitarlo, huir de este dolor que me produzco yo solo al caer una en una en todas las trampas del juego que nos alejan y acercan. ¿Que lo dejara todo por mí? ¿Qué, a pesar de nuestros besos fugitivos, algún día acabáramos juntos? Eso era más difícil. Esas cosas sólo suceden en las películas: la realidad duele.

Y entonces, ¿por qué sigo haciéndolo? No lo sé. No sé nada. ¿La venda? No sirvió. Ella sigue estando ahí, como el dolor. Mas es hablar con ella y dejo a un lado el dolor. Pero sé éste sólo retrocede a tomar fuerza: lo olvido y la veo a ella. Empiezo a vivir en la tangente de la realidad. Tangente que nunca será mi futuro, sino una evasión a su vida, un puñal desintencionado a la mía que me dice todo o nada. Alas y libertad a un sueño, a una realidad que ataca y me derrumba en los silencios, en los momentos no compartidos vividos con otro, el que la disfrutará.

Y duele tanto porque el amor es tan grande, que aún a pesar de disfrutar de sus besos me duele. Porque sé no disfrutaré siempre de ellos, es más, ni siquiera ahora puedo hacerlo cuando lo deseo: hay que escapar del reloj, de los ojos avizores que espían, de su amante… porque yo, sólo soy el amante. Por eso, he de dejar de insistir, he de dejar de hacerme daño: todo esto vivo ahora es maravilloso. Aunque no quiero vivir engrupido con algo nunca será: no quiero mentir a nadie: ni a ella, ni a él, ni a mí.

Sí, lo daría todo por intentarlo, por estar a su lado, pero somos tan distintos y es tan imposible que ¿de qué serviría? Al final sólo soy un punto de apoyo, quizás la chispa haga explotar esta reacción pero no parte de ella… la chispa que desea inmolarse en la combustión de su amor.

Por Abajo

Ella no lo sabía, no lo sabría jamás. Pero aquella noche me acosté llorando. No por temor al futuro, o al pasado, ni siquiera por este presente en el cual sigo sin saber por qué estoy viviendo, sino por algo mucho más banal: por no poder abrazarla en aquel momento, por no poder susurrarle al oído cuánto sentía por ella. No: en aquel momento en lo último que pensaba era en hacerle el amor cuando otras veces era en lo único que pensaba; aquella noche necesitaba sentir su piel y cobijarme muy, muy fuerte, bajo su grandeza: yo sólo era un niño.Aquella necesidad, aquellas lágrimas habían surgido tras sincerarnos. Tras hablar sin miedo, en la distancia, sabiéndonos ambos protegidos por la pequeña pantalla de nuestros móviles, entendiendo tal vez que la cobertura de la red 3G podría fallar y eso nos daría un segundo más para evitar enviar nuestros sentimientos. Pero no fue así: éstos llegaron, y descubrí mi corazón. Y lloré, me quedé dormido con lágrimas en los ojos sintiendo la soledad, que estoy seguro, ha de sentir el amante.

El destino no siempre juega a nuestro favor, la mayoría de las veces tampoco juega en nuestra contra: simplemente juega con nosotros a unos juegos que desconocemos sus reglas. Lloré mucho. Todo había pasado demasiado rápido y nadie me había explicado qué podía o no podía hacer. Qué debía sentir, o qué tenía que decir. Me gustaba mucho, y creí haberme enamorado de ella. Ahora ha pasado el tiempo, no mucho, pero sí algo y lo veo todo con más distancia… sé que estaba equivocado en lo que creía: la amaba, y la amo, y ya no me importa que sepa que aquella noche, las lágrimas me arroparon.

Todo empezó como un juego, es cierto que me gustaba, la primera vez la vi me dejó impactado, pero no me atreví a más. ¿Acaso un enano puede alguien soñar con vencer a un gigante? Yo, si hubiera sido ese enano, no podría. ¿Acaso no es cierto que evitó varias de mis lanzas? Sin embargo, a pesar de ello en aquel momento ya había realizado la primera tirada del dado, 1D20. El juego comenzó y nos fue uniendo, acercando con cada tirada un poco más; hasta tal punto que aquello dejó de ser un juego… Me gustaba, le gustaba, nos gustábamos tanto que nos besamos. Y ahí me perdí en el juego del destino: empecé a desconocer las reglas, a perderme en el infinito de sus ojos y entre sus labios.

Comenzaba a comprender aquel juego del destino, pero ella aún no lo sabía. Varios encuentros después, tras jugar con su pelo, sentirla acurrucada en mis brazos, saberme un enano que abraza un gigante, conmoverme al conocer la ternura que desprendía su grandeza en mi pecho, no sabía realmente que sentía por ella, algo más que amor, algo demasiado fuerte para expresarlo con palabras. Algo que tal vez sólo ella y yo éramos conscientes, o quizá sólo yo…

Sabía que no podía aceptarlo, que no debía llegar a ese punto sin saber qué me estaba permitido y qué no; qué podía ocurrir entre los dos y cuáles eran los abismos que se interpondrían entre nuestras almas. El primero quizás nosotros mismos, y después de nosotros, el resto del mundo: los que estaban más cerca de nosotros. Y después de todo ello tal vez aquella frase que seguía aterrorizándome: “las cosas que deprisa crecen, deprisa se consumen”. No quería imaginarlo, quería sentir la segunda parte de aquel poema: “en tanto las que tardan en nacer, también tardan en acabarse”.

Pero, a pesar de amarla, a pesar de ser consciente de lo que ella produce en mí, a pesar de querer hacerle el amor todas las noches, a pesar de subirla al cielo y me arrope en él debo esperar para culminar todos esos sueños: la vida hay que vivirla despacio, degustarla. Quizás esto sea la segunda parte de la que habló Ibn Hazm, las cosas que tardan en nacer… pero también es cierto que para llegar a compartir toda una vida primero hay que empezar por abajo.