Matemáticas

Y aunque nunca más vuelva a besar tus labios
seguiré soñando que tengo esa oportunidad,
y aunque nunca más pueda ver tu cuerpo,
seguiré imaginándolo como la vez que me hizo temblar.

Ha pasado demasiado tiempo, te alejaste, nos separamos,
aquella tangente que nos unió siguió su curso:
Tú en línea recta: derivada de x cuadrado; y yo en círculos.
Maldita aritmética, malditos conocimientos,
¿Por qué no podemos ser senos y cosenos que se cruzan;
o paralelos para sentirte más cerca, aunque inalcanzable?

De nada me sirve mantener nuestra historia en mi recuerdo.
Las funciones no tienen memoria, y las aleatorias no se repiten.
Busco la función que represente el recorrido hasta ti,
Y me encuentro con un dominio irracional, incapaz de resolverse.

Terminé por aprender y dejé de buscarte en círculos viciosos,
Ahora me dedico a sumar las copas de los bares,
Convexas o cóncavas no importa si traen besos
¬aunque nunca sean los tuyos o sean imaginarios¬.

Una Mirada

Ha pasado mucho tiempo desde su última vez. Ella quisiera creer que fueron pocos años, pero en realidad han sido varios lustros los que han estado separadas, se han olvidado en soledad y con otros cuerpos. Pero antaño su amor era envidiable desde fuera y desde dentro. Ellas pensaban que nadie podría cambiarlo y tenían razón: nadie lo cambió. Sólo el tiempo y la distancia fueron los que lo hicieron: pero igual que ellos las separaron ahora el destino es quien las vuelve a unir, aunque esta vez lejos de aquella ciudad de aguas claras y montañas a ras del mar.

Habían empezado su relación por azar tras una mirada. Laura se cruzó con los ojos de Ana y su sonrisa. Ana no pudo resistirse a aquellos ojos y en el instante en que se iban a separar sus miradas la invitó a un café, daba igual que no se conocieran de nada: Laura lo aceptó.

En aquella cafetería fue donde empezó su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera eran diferentes, pero es que la gente no entiende, ellos no alcanzaban a entender su amor y mucho menos su magnitud. Eran más fuertes que todas esas voces que intentaban hacerles creer que su amor estaba mal, Ana y Laura sólo sabían que se amaban y lo harían siempre, sin importar lo que pensara nadie. El amor sólo es cosa del corazón no de las malas lenguas que pretenden separarlo.

Laura aún recuerda, como si hubiese sido ayer, cuando sentadas en el sofá de casa, viendo la televisión Ana recibió una llamada de trabajo, era su jefe. Le decía que al día siguiente, si podía, tenían que hablar quería ofrecerle una oferta de trabajo, según él, muy interesante pero debían hacerlo en persona. Para Laura no fue tan interesante, ella habría preferido que la despidieran y buscara otro trabajo, España estaba en años de bonanza económica y sería fácil hacerlo. Pero no, la noche siguiente Ana y ella estaban comentando sobre la oferta: se iría a trabajar a Helsinki, prácticamente le cuadruplicaban el sueldo. Ana aceptó, pensó en el futuro que podían tener juntas y el amor que tenían, nada cambiaría y todo mejoraría. Se iría dentro de un mes y según le prometió a Laura, en pocos meses estarían juntas de nuevo.

Durante aquel mes vivieron su amor como nunca antes lo habían hecho y en lugares que jamás habían imaginado con toda la magia del Universo contenida en aquellos dos cuerpos. Ninguna de las dos quería que llegara la separación; a corto plazo sería duro estar lejos, pero a largo sería lo mejor con ese dinero extra podrían casarse: la boda que tanto habían soñado, una celebración por todo lo alto, sería momento de reafirmar su amor y callar bocas con un beso. Pero para ello necesitaban el dinero de Helsinki y tendrían que pasar esta pequeña prueba.

El día que Ana se marchó era principios de septiembre, para San Valentín volverían a estar juntas de nuevo en España en unas pequeñas vacaciones, incluso se verían en navidad, Laura visitaría las tierras nórdicas… pero quizá desde la distancia todo era más difícil…

Durante las primeras semanas hablaban todos los días por teléfono (aunque fuese caro), varios correos electrónicos desde el trabajo… cualquier cosa de cualquier forma, lo importante era que permanecían en contacto. Pero a veces, y poco a poco, las horas no eran las más apropiadas para Ana y otras para Laura. La diferencia horaria fue la primera excusa que pusieron para mermar la cantidad de veces que hablaban, otras los planes en conjunto con las amistades, y todo fue mermándose hasta el punto que, con el tiempo, sólo hablaban una vez a la semana, y aún no había llegado ni la navidad, hacía un par de meses que se había ido y ya estaban casi olvidándose la una de la otra.

Laura ya no es capaz de recordar que día fue el primero que Ana no respondió a los mails que le mandaba. Como tampoco recuerda la primera vez que no le cogió el teléfono. Lo que sí recuerda es que la navidad se estaba acercando, y a pesar de haberse prometido que estarían juntas todo indicaba que no iba a ser así, inventó una excusa mala y no compró el billete, era caro y no le habían dado vacaciones decía. Pero aún estaban en el momento en que todos los problemas se podían contener con un “Te quiero”, se verían en San Valentín, “Te quiero, guapa”.

Pasaron los días, y algunos meses, y tras escusas escuetas y llamadas sin descolgar les tocó pasar San Valentín también separadas, sin embargo ya no había te quieros que pudieran contener nada, ni siquiera te amo o lo siento… y tampoco había vuelos que las acercaran hasta algunos meses después en el cumpleaños de Laura cuando las dos estaban en España: pero en diferentes hogares.

Laura había abandonado el hogar sin ningún motivo, ni explicaciones, sin información de dónde estaría ni cómo encontrarla. Ni siquiera se había llevado el móvil, éste yacía en la mesilla de noche, junto a su lado de la cama cómo si estuviera esperándola verla volver. Pero no aparecía, no volvería por aquella casa en muchos días más incluso de los que se había marchado. Y su correo electrónico tampoco daba mucha más información, no existía: “Delivery Status Notification (Failure)” era la única respuesta que encontraba. Y nada, no tenía ninguna forma más de ponerse en contacto con ella que mereciera la pena. Pensó en buscar a los padres, amigos en común, ir a su trabajo pero entendió que todo había muerto, había querido desaparecer de su vida, se habían alejado y todo había muerto entre ambas.

Sin embargo, el día que Ana tuvo que volver a Finlandia lo hizo con una lágrima en los ojos.

Una vez allí pidió quedarse fija en aquella sede, no quería volver a España sola. España ya no la sentía su hogar tan lejos de Laura, tan lejos de los errores y los recuerdos. Al final, estuvo trabajando en Finlandia catorce años, consiguiendo dinero para una boda que no llegó, esperando volverla a ver a ella por aquellas tierras: Laura sabe la dirección y dónde estoy, podrá venir, pensaba. Pero Laura jamás apareció ni respondió a los mails ni llamó ni se creó redes sociales. En su último año llegó a perder toda esperanza si acaso quedaba algún motivo. Por culpa de la globalización, de la crisis mundial, o simplemente por azar tenía que cambiar de ciudad por trabajo, pero ni le cuadruplicaban el sueldo ni estaba ella para compartirlo. Ahora era consciente de que no tendría ninguna forma de encontrar a su viejo amor. Su destino, París.

Mientras tanto, para Laura esos catorce años fueron muchos menos, o eso intentó pensar cuando cruzaron una mirada y una sonrisa aquella tarde cerca de la Torre Eiffel. Ana seguía igual de bella, igual de encantadora:
No, no han pasado 14 años, han sido catorce segundos –pensó– sigue igual de hermosa”.

Ana no pudo volver resistirse a aquellos ojos y antes que se volvieran a separar sus miradas la reinvitó a un café, daba igual que hubieran pasado catorce años: Laura lo aceptó. En aquella cafetería todo volvería a empezar de nuevo, su complicidad, su relación y su juego de besos y caricias que desde fuera ya no era tan diferente. No, en la ciudad del amor.

Campana

Y no sé qué debería decirte o sentir. Sé que antes de nada, debería vencer todos mis demonios, y no creo sean pocos; empezando por el consejo que alguien me dijo (más de) una vez pero que por ahora no tengo las fuerzas necesarias. Todas estas miserias empezaron para olvidar y nada ha servido, hasta que te encontré a ti y comenzó algo especial, algo por lo que luchar y se me fue de las manos… se me está yendo y me siento absurdo, idiota… pero aquí sigo, yo también estoy loco.

Es cierto que ya te he sentido muy cerca varias veces, y siempre en el mismo lugar pero en distinta ubicación. Comentas algo y te quedas mirándome, y yo me hielo, me quedo callado con una batalla en mi cabeza, con una guerra contra la realidad y lo que estoy viendo en ese instante: ¿vas a besarme? ¿es una señal? ¿debería lanzarme? Y las respuestas a esas preguntas siempre se mueven entre el sí y el no. No dan una respuesta categórica, y el combate sigue estando allí: una pequeña voz me dice que no debería, que no puede ser, que todo aquello han de ser más deseos que realidad… y ese beso que nunca se dio se convierte en dos besos en la cara, o en uno; pero nunca en el centro de la boca… y algunos de mis demonios sonríen, otros cuando estoy a tu lado dejan de existir.

Y, otras veces, hablamos infinitas horas sin que nada ocurra a nuestro alrededor cuando todo se mueve tan rápido que desde fuera da vértigo. Esas conversaciones son las que más me gustan, cuando te olvidas de las reglas, cuando tu mente divaga en otros momentos más felices, cuando no existe nadie más que ese camarero que nos avisa va a cerrar y a nosotros aún nos queda un sorbo de café frío, y cuando mis demonios siguen mermándose desde tu boca. Después de todo aquello, como siempre, me haces saber que dices muchas locuras y que no haga caso que he de decidir por mí, pero no olvido aquello de “nunca hablo en balde, y todo lo que digo es por algún motivo”.

Fue en una de esas conversaciones por la noche cuando aquella frase me dejó pensando en lo que estábamos hablando en aquel momento, en las horas anteriores y en todas las cosas que nos decimos, en las que solo yo pienso (creo), y en las que solo yo a veces veo (espero que no). Tantas formas de comunicarnos, tantas de hacernos saber, que pudiera ser extraño te ocultase algo, pero los sentimientos no son “algo”, son una locura o tal vez un truco de magia… y como siempre escuché: un buen mago nunca revela sus trucos y guarda el mejor para el final.

Por eso habrá cosas que nunca te diga, como que te he soñado varias veces. En el primero nos besábamos, nos abrazábamos, nos perdíamos. Todo empezó como un simple juego donde solo nacían besos suaves y tiernos en los labios, veintitrés en total no preguntes por qué, y donde poco a poco se iban volviendo más pasionales. Y tras ese juego nos sonreíamos pensando la estupidez que habíamos hecho, y entonces sí nos besábamos como solo lo hacen los verdaderos enamorados, como lo hacen los amantes: sonrientes y felices.

Y también me callaré aquel epitafio sobre los sueños, aquel que decía ni siquiera estos son tan brillantes como nos hacen creer, porque solo son sueños. Quimeras. Y no tiene nada que ver que esta noche volviese a soñar contigo, por segunda vez, y te volviera a besar, pero esta vez sin los juegos, sin esos veintitrés besos coquetos que se fueron incendiando. Tampoco tiene relación que sea consciente no se tornarán realidad. Esta vez simple y sencillamente éramos felices con ellos. Quizás fuera del mundo onírico no todo es tan fácil como nos gustaría.

No te preocupes. Es simplemente que, el reino de mis sueños es algo que ni yo alcanzo a entender. Ni tampoco pretendo lo hagas tú. No es un reino que duela, por suerte, las pesadillas es algo que siempre están lejos de mí, no me asaltan cuando me rodean las sábanas no tienen cabida junto a mis demonios, ellos lo ocupan todo; en mi cama siempre estoy solo, sin ti. Al final, tú no eres la débil de la relación…

Desenamorarte

Y no lo conseguía, no lo conseguía jamás, y ya había pasado mucho tiempo desde el último imposible, no podía borrar el recuerdo de su cabeza, ni de su corazón. Había, tenía, un algo que le hacía caer cada noche en el mismo dolor, llorar en sus sueños, y despertar con una extraña angustia en su cuerpo; aquella que ni otros labios habían podido robar, la misma que se alimentaba de más imposibles, de más promesas vanas que ambos sabían no se cumplirían pero una de las dos partes pensaba que minimizaría el dolor o eso pensaba la otra parte … porque, al final, el error nunca está en amar sino en no poder desenamorarte en el momento adecuado…

Expectativas

Supongo que si hay algo que nunca aprenderé es a no hacerme ilusiones, sólo soy un niño pequeño que vuelve a caer en las mismas trampas. Alguien tan ingenuo que cuando le prometen mil veces que el imposible sí se harán realidad cae por muchas dudas que tuviera en su corazón; pero esas promesas que consiguen lapidar mis dudas nunca suceden. Y siempre sobreviene en el peor momento, cuando ya he repasado mil y una vez las cosas que haría (haríamos), e incluso las que diría. Y desoyendo a mis presentimientos sigo aferrado al sueño, una vez más, hasta que de repente la burbuja explota y me deja sin nada como al principio…

Recuerdo mi época de estudiante, en una de las asignaturas el profesor comenzó a hablar sobre las expectativas que se formaban los agentes económicos y en base a ellas había dos formas para enfrentarse al futuro. O eso es lo que quiere recordar mi ya desgastada memoria, porque a aquellas teorías nunca llegué a prestarle demasiada atención. La primera de ellas serían las expectativas racionales que decían que los agentes iban aprendiendo de sus errores del pasado y por tanto, poco a poco, sus expectativas se acercaban más a la realidad. Y, por otro lado, las adaptativas, que en función de lo ocurrido en el pasado predecirían lo que pasaría en el futuro: si antes fue mal esperarían a que el futuro también fuese mal.

Ahora ha pasado el tiempo, he tenido las oportunidades necesarias para hacer previsiones y formarme expectativas sobre lo que ocurrirá, me han hecho demasiadas promesas que no salieron tal y como se prometieron. Por eso creo que dentro de esa teoría macroeconómica no se me recoge: sigo cayendo en palabras que desde un principio sé no se cumplirán pero me aferro al sueño. No logro aprender de mis errores y siempre, sistemáticamente, vuelvo a caer en los mismos, vuelvo a equivocarme. Si fuesen adaptativas sabría que si en el pasado salió mal ahora también puede salir mal. E incluso con las racionales, habría ido aprendiendo de mis experiencias pasadas, de todos los errores y en este tiempo habría logrado comprender que las cosas nunca son como se imaginan, que la macroeconomía no se puede aplicar a la vida real, a esta hay que aplicar la Ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Nada más.

Aunque, realmente, yo también había prometido cosas que no pude cumplir. Lo recuerdo muy bien, fue durante un almuerzo, aquella promesa –que ni pensé ni cumplí– estaba contrapuesta a otra que había hecho antes –que sí había sido pensada, pero, como las que recibía, no había sido demandada–. Daba igual: ambas me dañarían igualmente. Imaginaba que prometer aquello me acercaría más al objetivo e intentando protegerme del dolor, del miedo y de las lágrimas lo hice… Nada sirvió de nada, porque volvieron las lágrimas y el dolor: la burbuja explotada y el quedarme sin nada.

No obstante, tal vez, a pesar de todo puede ser que sí haya aprendido algo de los errores: las cosas nunca suceden como quieres que sucedan por muchas promesas que haya y quizá todo estuviese dispuesto de un principio. Las promesas sólo estaban ahí para no dañar con imposibles, pero desde este lado todo parece demasiado cruel, dejarte soñar para caer a la tierra… pero… ¿y por qué no? Las casualidades no existen por mucho que quieran hacernos creer esa idea desde fuera. Todo tiene un motivo, una razón, un porqué.

Miradas Cómplices

Miró el reloj eran las seis y veinte. La conferencia empezaba a las siete, y él vivía cerca de la universidad, a menos de diez minutos: tenía todo el tiempo del mundo; aún así decidió salir en aquel momento. Había estado estudiando desde las tres y media, ya estaba cansado: era abril y los exámenes finales aún quedaban muy lejos. Por eso cuando días atrás en los pasillos de su facultad vio que había una conferencia y estaba el nombre de ella no lo dudó ni un segundo y lo apuntó todo: necesitaba verla.Estaba nervioso, tenía miedo, sudaba más de lo normal y su mente sólo se hacía preguntas que no podía responderse: “¿La vería a ella realmente? Y si era así, ¿Qué haría cuando lo hiciera? ¿Le diría él algo? ¿O se lo diría ella? ¿O ni siquiera le reconocería?”. Ella era su amor platónico desde la primera vez que la vio y hablaron, por casualidad, en los pasillos de aquella facultad. Ella había sido contratada como profesora adjunta al Departamento de Estudios Árabes hacía un par de años y cuando llegó estaba perdida. Le preguntó cómo llegar a la zona de los departamentos, y él amablemente se ofreció a acompañarla. Por el camino ella le contó algo sobre su trabajo en la facultad, pero no les dio tiempo a hablar mucho: el camino era corto.

Su amor era platónico porque nunca intentó pasar más allá de simples conversaciones entre los dos por miedo a lo que dirían los demás, aunque por dentro su corazón se consumía por no besarla. Él imaginó que ella sería diez o doce años mayor y eso sería crítica por parte de sus compañeros de clase: además, posiblemente ella ya tuviera su vida resuelta y no estaría dispuesta a perderla por un chaval de veintipocos años.

Cuando llegó a la facultad no había demasiada gente. Era normal aún faltaba media hora para la conferencia y de todas formas no habría mucha gente, era por la tarde: la mayoría de los alumnos estarían en clase o serían de turno de mañana y no tenían por qué ir a aquella conferencia. Gracias a eso pudo sentarse cerca de la tarima. Sería un buen lugar para que ella se fijase en él, para que lo mirase, y quizás volver a hablarle tras tanto tiempo y tras aquella conversación que podría decirse no fue de las que marcaron época. Claro eso siempre que se acordase de él, algo difícil: había pasado demasiado tiempo, medio año sin volver a verse desde aquella vez.

Inmerso en aquellos pensamientos no pudo notar que la sala se había llenado de gente, en contra de sus perspectivas. Y ella había pasado por su lado sin que ninguno de los dos se percatara de la existencia del otro, o no quisiera admitir que estaba allí el otro.

El balbuceo de la gente llegó a ser tan insoportable que le impidió seguir concentrado en sus pensamientos. Miró el reloj y eran las siete y diez; “Ya debería haber empezado, se están retrasando”, pensó. Y acto seguido como si le hubieran leído la mente, empezaron a sentarse los ponentes en la mesa y ella desde la tarima comenzó a presentar la conferencia anunciando al resto de acompañantes y haciendo un breve resumen de los temas a tratar. Pero él no podía enterarse, no le importaba. Sólo quería verla a ella.

Si fuera posible estaba más bella de lo que recordaba: aquel pantalón negro, y aquella blusa roja la hacían parecer una diosa. La blusa, tenía un escote que insinuaba mucho más de lo que llegaba a enseñar, tal vez eso sería una señal para decirle que estaba casada, y sentía pudor; o quizás sólo sería un juego de mujeres. Ese escote le dibujaba los senos de una forma espectacular, los mismos pechos que tantas noches de sueño le habían quitado. Y encima de esos pechos su cuello de cisne y su dulce rostro, todo en ella era perfecto para amarla.

Sus ojos castaños similares a dos luceros se hacían uno con el color de su pelo, el cual, intencionadamente, sombreaba parte de su cara. Esos ojos eran con los que soñaba cruzar una mirada y transformarla en sonrisa para devolvérsela a través del viento hasta su boca, y tal vez con la magia de aquel gesto, transmutar la sonrisa en palabras, y las palabras en amor. Pero aquellos ojos no cruzaron miradas. Él creyó que ella lo esquivaba pero era difícil saberlo con seguridad: había demasiada gente como para fijarse en alguien y estaba demasiado nerviosa para pensar en él. Pero, el principal motivo posiblemente sería que no lo recordaría.

Fueron los aplausos los que le volvieron a traer del mundo de sus pensamientos para decirle que la conferencia había salido bien. Él aplaudió como el resto, y tras unos segundos de cortesía se fue. ¿Realmente salió todo bien? ¿O sólo fue la conferencia? Porque aquel chico al acabar la conferencia se fue de allí triste, muy triste: habían estado a escasos metros, él la había mirado a los ojos, había intentado sonreírle, pero ella no se había inmutado… Aquel chico perdió la ilusión del amor por una mirada cómplice que nunca se dio.

Pero cuando estaba saliendo por la puerta del Aula Magna de la facultad, ella dijo si alguien quería hacer alguna pregunta a los conferenciantes. Él se giró y volvió a sentarse en su sitio allí cerca de la tarima. Mientras, un compañero hizo una pregunta que él no logró entender, cuando la respondieron le tocó el turno a él. Alzó la mano y ella le miró y le dio la palabra. Sin embargo, ni en los ojos ni en las bocas de ellos podían verse alguna expresión. Conservando esa imperturbabilidad le preguntó: “¿Tiene usted pareja?”, y se sentó en su sitio a esperar la respuesta mientras el resto del auditorio se quedó tan atónito como ella.

Tras unos segundos, para él horas de silencio, ella se atrevió a contestarle bajo la mirada acusatoria del resto de acompañantes. Él si sabía el nombre de ella, Rosa, pero ella no sabía el suyo, así que sólo le dijo:
–“Lo siento chico, no hablo de mi vida privada en estos lugares, pero te diré que sí, estoy casada, aunque no tenga nada que ver con el tema de la conferencia. Y ahora, ¿alguna pregunta seria?”.
Él sólo se fue de allí con la cabeza agachada.