Esencia

Y cuando volvió a la realidad comprendió que si en el sueño podía huir del pasado, fuera de él también sería posible evitar que su esencia le impregnara.

El Tren

Volvió a despertarse en mitad de la noche. Tiempo atrás hubiera sido algo inusual en ella pero, en la última semana estaba haciéndolo a menudo. Se incorporó como pudo en la cama, no quería molestar a su acompañante. Encendió la luz de la lámpara que le acompañaba en su mesilla de noche y él sólo arrugó los ojos y le dijo, casi en sueños, que la apagase. Ella, como últimamente, se disculpó mientras él sólo refunfuñaba por haberlo despertado y siguió durmiendo como si nada. Ella lloraba, lloraba demasiado y tal vez podría volver a despertarlo con su llanto de cocodrilo, cómo tantas veces le había dicho él. Por eso se fue del cuarto, no quería molestarlo más. Él seguía inmerso en un profundo sueño ajeno a las lágrimas y los sentimientos de su mujer. Debía descansar ya que, según él, él era quién sacaba la casa adelante.

Ella estaba en el salón como las noches anteriores. Pensó que tenía que actuar en aquel momento o dejarlo pasar para siempre, pero todas las noches pensaba lo mismo y no hacía nada. Desde hacía mucho tiempo la relación no era como antes: habían cambiado muchas cosas, quizás demasiadas como para seguir inmersa en esa pesadilla, en ese velatorio, y en esas disculpas sinceras pero mal agradecidas.

Esta vez es la definitiva, de esta noche no pasa. Se decía una y otra vez. Pero seguía sin encontrar el valor para volver al cuarto a vestirse, para enfrentarse de nuevo a los quejidos de su marido. Fue a la cocina, allí estaba la lavadora y el cesto de la ropa sucia. Buscó en él y sacó la que creyó más limpia. Se vistió bajo aquella tenue luz y de nuevo volvió al salón. Ningún día había llegado tan lejos y sólo sabía que quería seguir a cualquier precio.

Con la mirada intentaba averiguar dónde había algún trozo de papel y algún bolígrafo. Recordó que él siempre guardaba algunos folios debajo del televisor para las urgencias, y un bolígrafo también al lado del televisor. Los cogió y se sentó en la mesa. Algunas lágrimas empezaron a mojar los folios. Pensó en despedirse por siempre o no hacerlo nunca. Y tristemente fue nunca, nunca le escribió una carta de despedida, nunca le escribió un adiós. Ni siquiera se lo merecía. Su despedida para él fueron sólo unas disculpas mal aceptadas.

Cogió algo de dinero y abrió la puerta principal tan suavemente como su excitado pulso le permitía. Al cerrarla lo hizo con una suavidad que no se conocía en esa casa desde tiempo atrás, pues él siempre la cerraba a portazos por su mal humor y ella apenas salía a la calle. Lo que menos quería en aquel momento es que él se despertara y la viera marchar. Bajó las escaleras y se encontró enfrente de la puerta que daba a la calle, no fueron muchas escaleras, vivían en la primera planta del bloque pero en esos instantes le parecieron que vivía en el décimo.

Una vez que pisó la calle sintió como el aire fresco le acariciaba la cara, se sintió viva. Ahora sólo tenía que seguir viva lejos de allí. Lo mejor, pensó, sería ir a la estación de trenes podría ir a cualquier lugar desde allí, y tenían servicio nocturno.

Esta idea la llevaba pensando tanto tiempo que a pesar de no haber ido ni una vez conocía el camino como la palma de su mano. La brisa que segundos antes le hizo recordar que estaba viva se intensificaba y comenzaba a ser desagradable por el frío. Se apresuró en llegar a la estación y, por primera vez, coger el tren. Todo era nuevo para ella. En aquellos momentos aún dudaba de lo que hacía, pero a la vez sabía que no volvería a despertarse en la noche y recibir broncas, ni desprecio cuando se abriera la puerta de la casa.

Una vez en la estación se acercó a la ventanilla de información, y pidió un billete para el siguiente tren fuese cual fuese y fuera dónde fuera. No le importaba. De todas formas nadie la estaba esperando en el destino, nadie sabía que estaba allí, nadie sabía quién era ella. Le preguntó a aquella chica de ojos verdes y pelo castaño, dónde tenía que cogerlo, a modo de disculpa por la pregunta tan evidente le contó que era la primera vez que cogía un tren. Y aquella muchacha sonriéndole le explicó que tenía que sentarse en el andén 5 y que pronto lo vería llegar.

Se acomodó en aquellos fríos bancos con la espalda sobre la pared. De nuevo quiso pensar sobre lo que estaba haciendo pero el frío era tan intenso que su mente sólo podía pensar en abrazarse a sí misma para no morir helada. Como le dijo la señorita de información, el tren no tardó demasiado en llegar. Agarró fuertemente el billete y dudó un segundo en si montarse o no. Si se montaba sería la última vez que pisaría esa ciudad, si no lo hacía todo volvería a empezar a la mañana siguiente o incluso sería peor. Agarró aún más fuerte el billete hasta que le dolió la mano. Y entonces se lo entregó al operario que al mirarla y le sonrió. Ella no pudo devolverle la sonrisa, algo en su corazón le hacía estremecerse.

Buscó su sitio y una vez sentada, echó una mirada rápida al tren: no había casi nadie si acaso cuatro o cinco personas más que ella, pero era normal a esas horas de la madrugada. Quiso pensar por última vez en su todavía marido, en su todavía hogar, y en su todavía vida… pero se quedó dormida y cuando despertó ya estaba amaneciendo. Miró por la ventana y vio el mar por primera vez en mucho tiempo. Junto al mar una triste palmera solitaria, tan solitaria como ella.

Un triste árbol en la arena, tan triste como ella, pero aún así se mantenía en pie. En pie a pesar de estar solo, de no tener nadie que le apoyara, ni nadie en quién apoyarse. Pero seguía ahí firme como si estuviese acompañado. La palmera por sí misma tenía la suficiente fuerza para seguir. Y ella por primera vez en mucho tiempo sonrió, si la palmera podía mantenerse ella también podría.

Una voz grabada avisó a los pasajeros que el tren estaba llegando a su destino, tomó aire y se puso de pie: Ahora sí empezaba su nueva vida.