Escribo

Y al final supongo que era verdad aquello de que sólo escribo cuando estoy mal era cierto, ya ni escribo.

T’estimo, por Mireia Muñoz

Tu, que em toques dolçament
Entre carícies de seda…
Somrius, regalant-me
Tonelades d’amor…
Inicies a foc lent, un camí
Màgic, intrèpid, aventurer…
Obrint portes cap el meu cor.

{Mire, la fadeta}


T'estimo


Tú, que me tocas dulcemente
Entre caricias de seda…
Sonríes, regalándome
Toneladas de amor…
Inicias a fuego lento, un camino
Mágico, intrépido, aventurero…
Abriendo puertas hasta mi corazón.

Secreto

¿El secreto de mi felicidad, de mi sonrisa? –dijo– Es más sencillo, y a la vez complicado, de lo que crees… El secreto está en no pensar, el resto depende de ti.

Cuando No Queda Nada

Dejé atrás todos mis sueños, jamás seguí mis instintos, estaba seguro que no me llevarían a ningún sitio: ¿Por qué caminar en busca de tus sueños si corres el riesgo de no alcanzarlos nunca? Esa fue la pregunta que me acompañó durante todos los días de mi vida y jamás le di una respuesta que me llevara a luchar por ellos. Era mejor guiarme por los deseos más oscuros y conseguir subir a la cima en solitario sin sueños, ni acompañantes.

Y ahora desde aquí observo mi vida, mis recuerdos, mis temores y mis fallos. Sí, es cierto lo que dicen: todo es como una película en la que el protagonista eres tú. ¿Y sabes que es lo más triste? ¿Sabes que he descubierto? Que fui como aquel califa cordobés, Abd al-Rahman III al-Nasir, que a lo largo de su reinado de cincuenta años tan sólo conoció catorce días de felicidad. Más de 18.000 días vividos y menos de medio mes de alegría.

Me siento tan raro. Observo todos mis movimientos, veo los errores e intento remediarlos, me aconsejo, me grito… pero sé que es inútil, ahora es tarde. Ya no queda nada por lo que luchar, ni nada que perder: todo se quedó atrás, todo lo dejé abajo. Quién quiera que dijese que nunca es tarde mintió, ya es tarde, siempre lo fue para mí. Ahora empiezo a entenderlo todo, y ahora que soy consciente ¿de qué me sirve? No puedo hacer nada, ni siquiera llorar, no quedan lágrimas que derramar. Todas se quedaron allí abajo en los ojos de los demás, nunca en los míos.

Me veo con veinte años, era todo lo que un hombre de esa edad desearía tener, pero aún así yo no tenía nada y no sentía nada. Por dentro mi vida estaba vacía: mi familia rota y yo estaba solo, sin nadie a mi lado. Y nunca la tendría ya que jamás luché por un amor. En aquellos tiempos me había enamorado de una mujer de treinta y tantos años, me habían cautivado sus ojos y su pelo pero la dejé escapar igual que ella dejaba escapar mis sonrisas.

Es en estos momentos cuando no queda nada cuando lo quiero todo, hasta decirle a aquella mujer de que la amaba, y que daría mi vida por estar a su lado. Pero, veo como en aquel momento preferí jugar a su juego de miradas esquivas y perderme por siempre de su vida. Desaparecer para siempre en la oscuridad que reporta la soledad, creyendo que tal vez así sería más feliz. Jamás acepté que podría dañarme la penumbra, siempre me sentí tan cobijado en ella. Cuán equivocado estaba.

Ahora sé que mi vida fue fruto de los siete pecados capitales: la ira y la envidia nunca me dejaron ser feliz; la lujuria y la gula destruyeron mi alma; la avaricia y la soberbia nunca me dieron lo suficiente; y la pereza acompañada del resto siempre me impidió luchar por los pocos sueños que me iban quedando. Pero todo eso ahora es muy fácil de ver e imposible de remediar. Ahora dispongo de toda la eternidad para recrearme en mis pocas virtudes y destruirme una vez más en mis errores, en los fallos que no deseaba ver. En aquellas noches de lujuria desenfrenada en las que creí ser feliz con prostitutas, dónde sólo importaba la lujuria para poseerlas, la avaricia de ser más que nadie, y la soberbia de creerme el mejor.

Sin embargo si hubiera encontrado el valor para mirar en mi alma hubiera descubierto que estaba vacía, tanto como mi vida. Me veo y me repugno al recordar cómo uno a uno fui pisoteando a todas las personas que se interpusieron en mi camino hacia la gloria, hacia el ascenso. Los humillé igual que desprecié a todos aquellos que intentaron ayudarme a ser mejor persona. Siento que nunca tuve un ápice de humanidad, ni creí necesitarla. Se me hacía tan fácil ascender solo que jamás pensé en hacerlo acompañado. Cegado por el poder mi único sueño, o eso creía, era subir más y más alto. Tan alto que todos supieran de mi nombre, de mi fama, de mis empresas… y ahora aquí ¿de qué me sirve un nombre?, ¿de qué me sirve un pasado?, ¿de qué me sirve el haberme creído un Dios cuando la felicidad nunca estuvo en mi vida?

Siento que fui como el sultán del sufí: a pesar de poseer dinero, poder y posición social, tenía dos esclavos: la avaricia y la ira, que hacían moverme de forma ruin. Sin embargo, aquel sultán se arrodilló ante un derviche harapiento, algo que yo jamás hice ante nadie. Ninguna vez me di por satisfecho, nunca acepté un no por respuesta de alguien más bajo que yo, y de personas más altas, muy pocas veces también. Pero lo perdí todo y todos aquellos que trabajaban para mí, todos los que me rodeaban me dieron la espalda: a mí que lo tuve todo y fui su señor. Aquello me enfureció aún más y sólo acabó por desprestigiar más mi caída y adelantar mi muerte. Hoy, al fin, soy consciente: nunca tuve la razón y mucho menos merecí una mano amiga.

Ahora por fin sé cuáles fueron mis catorce días de felicidad: trece de ellos fueron en mi infancia cuando aún era un alma pura y no estaba corrompida, cuando no tenía la edad suficiente para comprender lo que pasaba. Fueron doce años los que viví con mis padres, en los siete últimos empecé a ser consciente de la realidad de mi familia. Casi todas las noches escuchaba sollozos de mi madre o los gritos de mi padre. Mi padre obligaba a mi madre a prostituirse para pagar los gastos de la familia, y si ella no quería le pegaba hasta hacerla cambiar de idea. Yo jamás me enfrenté a mi padre, no encontraba el valor suficiente. Fue una noche en una discusión cuando a mi padre se le fue la mano y mató a mi madre, luego él se suicidó. Y yo quedé solo para el resto de mi vida.

Tras sus muertes quedé desamparado. Mi familia, o la que yo pensaba mi familia, me dio la espalda y me mandó a vivir a las calles de aquella fría ciudad, a los barrios bajos y fríos de aquel suburbio. Desde entonces y hasta mi muerte no hubo mayor felicidad que la contaminada por el alcohol, los vicios, las drogas, y los pecados.

El último día feliz de mi vida fue el último día de mi vida: cuando fui consciente de que todo acabaría. Y el día más triste, si tuviera que elegir sólo uno fue descubrir que estaba solo: que todos me odiaban como al mismísimo Belcebú.

El día de mi muerte empezaba a ser consciente de todos los errores, por eso cuando llegó la hora de la cita y vi acercarse la muerte con paso lento pero certero no intenté huir, ni pedí una segunda oportunidad, simplemente sonreí y fui feliz. Siempre he sido conocedor de mis errores pero jamás intenté remediarlos, ni siquiera evitarlos. Esa era la única forma que tenía de actuar vicio tras vicio, error tras error. Ahora para el resto de la eternidad sólo queda descansar y buscar a la dueña de las miradas esquivas para, ahora sí, luchar por pasar el tiempo junto a ella.

Mañana

–Lo único que te pido es que mañana, al recordarme, sonrías.

Él lo sabía muy bien, la realidad siempre nos supera y a veces lo único que se puede pedir a alguien es que te recuerde e incluso eso demasiado. Pero él lo intentaba siempre, intentaba hacerle feliz, evadirla de los problemas, sorprenderla… tratarla como algo más de lo que eran porque así tal vez, solo tal vez, mañana al recordarle, sonreiría.

Parando…

Basar mi felicidad en tu estado de ánimo es la mayor locura que he hecho nunca.

Pero mi risa está atada a ti, no quiero creer que te ame porque no siento que “eso” sea algo tan leve; pero sí te has tornado importante en mí, en mis días y mi mente. No sé cómo lo haces, pero sólo contigo logro olvidar al resto. Solo contigo puedo hacer desaparecer demonios.

Pero lejos de ti, o si te siento y veo mal todo vuelve a derrumbarse y no sé qué hacer.

Y se me pasa por la cabeza de nuevo grandes locuras que no me llevarán a ningún lado, porque vuelvo a sentirte prohibida, a creer (y saber) que este sentimiento es solo de una dirección, y temporal. No tengo nada que darte haga te quedes aquí, no puedo parar el tiempo por siempre pero sí soñar locuras y no llorar en la noche.

No llorar.

Estudios

Llevaba dos meses sin apenas salir de su cuarto. Tan sólo unos momentos para comer, ducharse, y si creía tener tiempo para hablar con sus padres, pero desde el último mes ni siquiera hablaba con ellos. Incluso se duchaba cada dos días, estaba estudiando para los exámenes del último año de Arquitectura. Desde joven, desde que llegó por primera vez al instituto había estado estudiando sin parar, sin tener tiempo para relacionarse. Al llegar al instituto dejó atrás a sus antiguos amigos, algo que suele pasar a menudo, pero el problema no era aquel; sino, que no hizo otros nuevos. No tenía tiempo: debía estudiar. Tanto estudiar al final tuvo premio. Los profesores del instituto, incluso los más antiguos, no recordaban un alumno tan brillante en la Educación Secundaria.

Al llegar a bachiller ya tenía muy claro lo que quería estudiar. Sus padres, sus hermanos mayores, sus tíos, sus primos, sus abuelos, toda su familia le decían que estudiara Arquitectura, y él nunca dijo que no le gustase y siempre asintió hasta el punto de, con el tiempo, empezar a amar la carrera. En bachillerato y en selectividad sus notas solo fueron de matrículas de honor, como en la ESO. Todos estaban orgullosos de él, y él estaba cansado de tanto estudiar para conseguir ser el primero y no defraudar a nadie. Quería pasarse el verano descansando con los amigos, pero no tenía ninguno. Los había perdido a todos por centrarse en los estudios.

En el fondo quería pensar que daba igual, tendría más tiempo para centrarse en la facultad y su futuro. Aquel verano lo pasó sin amigos. Pero al fin y al cabo: “¿quién los quiere si solo son un impedimento para avanzar? Si solo impiden escalar en la vida y hacen perder el tiempo”, pensaba una y otra vez. Llegó a la universidad. Aquello era mucho mejor de lo que imaginaba, de lo que le habían contado sus hermanos, pero no tenía tiempo para disfrutarlo. La época de los buenos momentos de estudiar poco habían acabado, ahora tenía que estudiar mucho más y no tendría la oportunidad de descubrir aquello. Ni de buscarse una pareja que le amara, ni nadie que se preocupase por él.

Y ahora han pasado tantos años, todos con las mejores notas de su promoción y algunas veces hasta los mejores proyectos de la historia de la facultad, pero esas fueron menos, aunque también las hubo… En definitiva, había grandes empresas privadas y públicas para las que había trabajado de becario en sus vacaciones. Y ahora, en cuanto acabara ese examen ya tenía sitio en una empresa de gran renombre internacional. Pero, claro, tendría que acabarlo, ya que daban por hecho que lo aprobaría con buena nota. Toda su familia estaba pendiente a la llamada que dijera que ya había hecho el examen, y cómo él siempre decía: “me ha salido mal”. Tan mal como puede ser una matrícula de honor.

Las horas pasaban y también lo hacían los minutos; ya más de lo que solía tardar en hacer los exámenes. Al principio su familia pensó que como era el último quizás quería esmerarse más de lo que lo había hecho en toda su vida; algo difícil, la verdad. También pensaron que se había quedado hablando con los profesores: sus únicos amigos desde que pisó el fatídico instituto. Pero los minutos, los segundos, eran demasiados para seguir sosteniendo esas hipótesis: algo había pasado. Y sus sospechas se confirmaron cuando recibieron una llamada de la universidad, era el profesor que debía hacerle el examen. Les dijo que su hijo no había aparecido por allí, si ellos sabían que le había pasado.

Tras las pertinentes explicaciones por ambas partes la madre decidió llamarlo al móvil, “¿por qué no lo habré hecho antes?”, pensó. Pero su sorpresa fue mayúscula. El móvil de su hijo estaba en la casa, sonaba en su cuarto. “No puede ser… Me habré equivocado”, pensó, “habré llamado a su hermano”. Volvió a marcar y volvió a sonar el teléfono. Esta vez no había duda: su hijo no se había llevado el móvil, ni los libros, ni los apuntes para el examen, ni nada…

Sin embargo había una pequeña nota algo borrosa en el escritorio, como si la hoja hubiera sido mojada por leves gotas de agua. Pensó en si debía cogerla o no, a él no le gustaba que tocaran sus cosas: siempre fue un poco iracundo y solitario, por eso no le dolió tanto el no tener amigos. Pero la madre sintió una corazonada y tuvo que leer…

Desde que entré en el instituto nunca fui dueño de mi vida. Perdí toda unión con el mundo exterior, sólo importaban los libros. Ese fue el modo de pensar que me enseñasteis y hoy acabaría todo. Mañana todo sería distinto, no tendría que estudiar más… Y al fin sería libre… Pero no quiero esa libertad, estoy acostumbrado a vivir entre libros, y esa es mi única vida. Esa fue mi única vida… mañana no será nada.
Siento mucho no haber acabado esta carrera que tanto os gustaba y que a mí, como mucho, me llegó a resultar indiferente. Siento mucho no ser ese hijo que trabajará en Estados Unidos, Japón y Europa… A partir de ahora, con suerte, sólo seré un recuerdo.