La historia cuenta lo que sucedió, la poesía lo que debía suceder

La felicidad es algo extraño, no todos estamos destinados a alcanzarla. Algunos te dirán que sólo las encuentran aquellos que la buscan, mas se equivocan. No siempre depende de ti el lograrla” –aquellas fueron sus palabras.

Aquella chica de ojos castaños tenía su propia filosofía de la vida y me la iba enseñando con cada sorbo de albariño como quien se desprende de su mayor tesoro. No, no estaba borracha; al menos, no lo mostraba; yo podría estarlo bastante más. Todo aquello era muy distinto de lo que podía imaginar por mí mismo meses atrás. Sinceramente, hoy creo que nadie llega a alcanzarlo, a entenderlo, si nunca antes estuvo allí; aquella tierra te trasporta a otros mundos, a otro tiempo: no hay bien ni mal: felicidad o preocupación: envidia o agonía. “La única vía de escape a una realidad que nos atormenta al no alcanzar a entender la propia realidad que nos rodea”.

Cada instante a su lado era una implosión. Degustar aquel vino de la tierra estaba siendo la mayor lección de mi vida: la enseñanza de un maestro que deja su pupilo responda por sí solo a las preguntas: “¿Cómo valorar la felicidad, por momentos o recuerdos, o hay que medirla por la satisfacción en la vida?”. Otro sorbo más y una respuesta que no conocía. Un par de más. ¿Acaso se puede medir la felicidad? ¿La utilidad que ésta te reporta? Como economista sabía que, la felicidad o el dolor no pueden ser medidos en una escala: no tiene sentido, no es posible.

El jugo de uva no paraba de correr por nuestras copas, con la luz de aquella bombilla sus labios brillaban iluminados con la humedad del licor. Hablaba y yo escuchaba. Aprendía. Absorbía. Y, sobre todo, me sorprendía: jamás pensé que aquel viaje cambiara mi forma de ver la vida: cambiara mi forma de ser. Jamás pensé que allí me encontraría con sorpresas tan cotidianas antaño como la honradez.

Acostumbrado a un ritmo de vida atroz donde se impone la premura antes que la documentación, vivir en eso que llaman algunos era del copy-paste, y en un tiempo que obliga a obviar el primero que habló sobre algo. Ella rompía todos esos esquemas del mundo real, y reconoció que su filosofía, igual que yo en aquel instante, bebía de personas anónimas; o quizás no tan anónimas, ambas fuentes tendrían un nombre pero por desconocimiento u olvido de los nombres éstos no eran más que simples merecedores de nuestros respetos. Quizás sus fuentes sí fueron conocidas o rememoradas en un tiempo, incluso ahora por los más estudiosos de las letras; mas, las mías, siempre fueron, son y serán, simples campesinos, agricultores que dejan su vida para ganarse unos pocos euros. “¿Acaso ellos podrían ser más felices que los primeros?

Si quieres, escúchame”, repetía. Siempre si yo quería. Era tan distinta del mundo corriente, de la vida que había dejado atrás para comenzar aquel viaje. Fuera de allí todo es obligaciones por imposición, ojos castaños rompía todos esos esquemas. Muchos podrían decir que era mejor: yo era uno de ellos. Estar allí, a su lado, degustando aquellas fuentes, y aprendiendo fue lo más cerca que estuve de la felicidad, de ésta existir… y su última frase de la noche ayudó a rozarla.

La última frase que me comentó aquella noche, cuando acababa la última gota del licor gallego sí me dijo su autor, Malinowski; tras ella, se fue a la litera y me dejó allí sin opción a réplica –opción que otras veces antes había obviado por temor–. Me encontraba allí, sólo. Bajo el manto de las estrellas; mil pensamientos en mi cabeza que me iluminaban, porque hacía pocos minutos que el dueño de aquel bar-albergue había apagado las luces de la fachada y nos había cobrado las botellas que nos bebimos: estaba solo, algo mareado, y pensando que la felicidad era algo inalcanzable, que sólo los elegidos podían optar a ella aunque, ese tal Malinowski me animaba a lo contrario:

Ahora es el momento de hacer lo que más quieres. No esperes al lunes, ni esperes a mañana. Que no aumente en ti la caravana de sueños pisoteados. Ya no esperes”.

Déjame Entrar en tu Cama

Déjame entrar en tu cama, y llenar tu cama de estrellas.Aquellas fueron sus palabras. Extraña forma de ligar con una chica, pensé cuando le oí decir eso, pero efectiva como pude comprobar horas después. “Demasiada cama”. Mi respuesta fue tajante, pero no desistió. Mis amigas me insistían en darle una oportunidad. No era feo. Era guapo. Rubio, ojos azules, esbelto y bien vestido; además, no estaba bebido. Inusual en aquel bar. Diferente a lo típico de esas noches. Volvió a acercarse a mí una vez más: “aún me quedan estrellas para tu cama”, atacó.

Está bien, pero antes de llegar a ella tendremos que ver esas estrellas que comentas.

Sólo fueron un par de copas las necesarias y acepté sus juegos de niños. Encontramos aquellas estrellas y las fuimos recogiendo por el camino. Ahora mi cama está llena de estrellas, pero mi cartera vacía.