Sin título -aún-

Sigo buscándote en mis sueños,
sigo perdiéndote como el humo,
Sigo olvidándome de ti cada amanecer,
sigo esperándote aquí… al filo de este abismo.*

Ya no puedo ni mirar los olivos con los mismos ojos,
todos me recuerdan lo que íbamos a hacer y no hicimos.
Ni siquiera he sido capaz de disfrutar de tu playa,
aquella donde solo rehúyo para pensar y llorar,
la misma donde una vez te sentí mía mientras mentías.
Me enseñaste a no confiar en las promesas, a saber
que por muy brillante que parezca la magia no es más que fantasía.

Y ahora cuando podría ser feliz, después de tantos meses,
me enfrento a la verdad: no soy feliz si quito las máscaras.
Y como el sudor que recorre mi piel bajo el sol de septiembre
me siento engorroso, sucio, bajuno y poco apetecible.
Como aquel al que las musas y la poesía abandonaron para irse lejos
me siento vacío, inútil, bajuno y poco apetecible.

Ya no puedo ni pensar, ni sé por qué hago las cosas que hago,
dejo la mente en blanco, sin recuerdos, para que no duela,
pero acaba ocurriendo y acabo viendo olivos junto al acantilado.

Al filo de este abismo… y al filo de este abismo te extraño… herido…*

*Versos de Siddharta, canción “Al filo”:

Las Cosas que Nunca te Dije – II

Créeme vivir así fue muy duro para mí, y sobre todo por ella, aunque siempre le creí ajena a las mentiras el dolor era inevitable. Todo lo que hacía era por –y para– protegerla, nadie quiere ser el clavo del refrán. Yo, por mi parte, sigo sin saber cómo vivirías tu relación, a pesar de todo nunca tuve el valor para preguntar, para acercarme a ti. A veces lo intentaba a través de ella: con el tiempo, discusión tras discusión aprendí a dar rodeos para no levantar sospechas. Sabía que tú y ella os habíais hecho amigas y aprovechaba aquello para ir teniendo noticias tuyas cuando mi mente me decía que no debía preguntarte o hablarte directamente: le utilizaba, le preguntaba por alguien que tuviese una mínima relación contigo y así hasta que me iba aproximando a tu círculo y, por fin, llegabas tú.

Siempre oculto tras una máscara, una mentira que lo oculta todo. Porque no estaba tan loco: no me atrevía a decirle lo que sentía por ella. El pecado que siempre estuvo inherente se iba haciendo más patente: no estaba enamorado de ella como para seguir con aquella relación. Quizás ella lo estaba viendo, pero si insinuaba algo yo volvía a vivir en la espiral, en los bordes, en rodeos y lo desviaba todo: no ocurría nada.

Realmente no toda mi relación fue mal, no tengo que engañarte ni engañarme ni engañarla: había momentos en los que todo funcionaba –alguien diría que incluso bien–. Quizás no deba decírtelo, pero cuando se escribe una carta de puño y letra solo tienes una oportunidad para desarrollar las ideas, para expresar tus sentimientos y quizá esta parte de mi vida te haga ver la razón de todas estas confesiones: las dudas.

Siempre he pensado que cuando no estás cerca de la persona por la que sientes todo es más fácil, ¿no? Al fin y al cabo el peso de la rutina acaba apagando los recuerdos y este desvanecimiento se lleva consigo el sentimiento, el dolor y los imposibles.

Por ello mentiría –y no puedo mentir más– si te dijera que siempre estuve enamorado de ti porque no es verdad, lo que sí es verdad es que siempre te quise, te pensé y te necesité pero de distinta forma según el tiempo o la situación de pareja que estuviese viviendo. De algún modo siempre estabas en mi mente, incluso soñé que tú fueses ella, pero también llegué a disfrutar tanto a su lado que la felicidad me inundaba y tu recuerdo era solo eso: un recuerdo ahogado sin espacio para clavos ni martillos. Entendí que para olvidarte necesitaba tomar distancia, pero nunca la alcancé por el suficiente tiempo como para que ello ocurriese, hasta ahora.

Soy consciente del motivo: me faltaba valor. Valor, qué irónico, ¿verdad? Simplemente cinco letras que representan tanto que yo jamás lo tuve. Valor para dejar de hablarte, valor para serle sincero a mi pareja, valor para enfrentarme a la realidad y dejarlo todo atrás: tomar las riendas de mi vida, abandonar los imposibles y las mentiras porque ¿sabes otra cosa? Siempre me gustó pensar que tuvimos un romance fugaz, tan fugaz que tú nunca llegaste a saberlo (un imposible) y cuando la tristeza me superaba solía pensar que nuestra pasión ardió tan rápido que ni las ascuas quedaron (una mentira), o quizás fue que solo ardió de mi parte (la burda realidad).

Y tal vez sea esa falta de valor la que me impida enfrentarme a los recuerdos y traer al presente cuándo y cómo me enamoré de ti. O siendo menos poético pero más realista, quizá ocurra como el conocernos, hace ya tanto tiempo que no logro recordar qué fue lo que me enamoró. Me gustaría decírtelo, no es como el conocernos, esto sí es importante pero no lo sé. Tal vez fuese que mostrabas todo lo que yo quería ser, aunque cuando uno es un crío –yo ya estaba enamorado entonces– no se preocupa por la proyección que reflejan los demás, ni por lo que quiere ser. Eso llega con la juventud y la adolescencia. A esa edad el amor es más platónico que carnal, más fantasioso que real. En mi caso empezó así y se fue tornando en amor adulto tan suavemente que no me di cuenta de ello, tan delicadamente que jamás te hice verlo. Jamás te lo dije.

Mentiras

Ya no me dañan tus besos, apenas te echo de menos.
El dolor de las promesas rotas se esfumó,
Aquel sabor a derrota dejó de estar presente.
Esa necesidad que me había inventado desapareció.

Miro al pasado y nunca te tuve, tú dispusiste:
De mí, de mis sueños, de mi deseo. Pero hasta ahí.
Los límites los ponías tú; y a mí, como embrujado,
Me parecían que eran los adecuados, los máximos.

Mas, lo sé, y no te culpo, me avisaste pero ya era tarde.
Me había enamorado mucho antes, y había tantos sueños,
Hicimos planes juntos; sí, es cierto, fantaseando, pero los hicimos.
Y ahora, ni tengo ni me importa nada.

No te olvidé, el sentimiento no cambió tan sólo
Lo hizo la realidad: mi realidad, tu realidad.
Pero como cantaba aquella melancólica voz…
Ya no me dañan tus besos, ya casi no me acuerdo de ti,
Apenas te echo de menos, por esta noche… yo sólo pienso en mí

Toledo

Recorrer las calles de esta ciudad,
Pasear en solitario, sin ganas de llevar nada a la boca que no sea un beso tuyo,
Sin más abrigo que ese abrazo no me puedes dar,
Una ciudad llena de leyendas y misterios: ¿por qué no me amas?

Decenas de pescadores para un solo río y solo uno consigue capturar la carpa.
-¿Te imaginas tú y yo bajo una carpa?-
El pescador vuelve a soltar su pequeño trofeo, tal vez el único de la mañana.
-No pasaría nada si compartiéramos ese momento, ¿verdad?-

Calles empedradas de tajos, lejos del Tajo, entre murallas y montañas,
Ciudad inexpugnable, asediarla o morir en el intento.
Nadie puede entrar, nada salir. Ni los recuerdos ni la esencia.
Desde el alcázar solo se vislumbra más tristeza, como el mazapán que aplasta.
Tantos kilómetros ¿para qué? Tantos sueños ¿por qué?
Para saborear la derrota, algo que llevarme a la boca
Por sentir el vacío, un abrigo difícil de combinar.

Me cuentan historias de aguadores que llenaban aljibes,
Ahora desde ellos te dan el desayuno y en el resto de la casa, cobijo.
Casas con esferas que avisaban había agua, manzanas rodeadas y casas corridas
Una solo separada del resto, rodeable, una sola. Abandonados a nuestra suerte.

Y no soy nada, y sin serlo todo cambia, vuelve a perderse ese punto,
A sentir el miedo de andar por unas calles vacías y oscuras,
Volver a ausentarme en un lugar desconocido con mis pensamientos,
con las dudas y las sombras que acechan. Solo busco una sonrisa.

La Muerte de Nuestro Amor

Es inútil que busque tu sonrisa
Cuando el dueño de tus lágrimas soy yo.
Nada vale anhelar rozar tus labios
Cuando mi boca, para ti, sólo es espino.

Tu risa, aunque tenue, aún retumba en mi mente
Y tu silencio al verme paraliza mi corazón;
Recuerdo cuando mi mirada tornó tu reflejo serio,
Frente a mí no alzaste ni los ojos, sólo el dolor.

Recuerdo que no respiraste, por miedo.
Temías que pudiera adivinar el dibujo de tus senos,
Bajo tu ropa, recordar el tacto de tus pechos.
Hiciste bien, pero me dolió en el alma.

Sabía que mi sola presencia te dañaba,
No debía seguir allí para hacernos más daño.
Al estar junto a ti sólo borraría los buenos momentos
Que pasamos juntos cuando creí que me amabas.

Ya sólo me quedará soñar con tu sonrisa,
Recrearme en los viejos momentos, en los besos
Que le robamos a la noche, a la mañana, y a la vida.
Para mí me llevaré aquellos que aún le debemos a la muerte.

Los que le debemos a la muerte de nuestro amor.

Roto

Y estas lágrimas que hoy derramo no son metáforas:
son reales. Enjuagan mi cara, mas no arrastran mi dolor.
El fin de un sueño, de toda una vida (aún por llegar).

Me dicen que tal vez esa hija que ansié nunca vendrá:
no entre mis brazos. Jamás compartirá mi esencia, mi sangre.
Walläda, Scheherazade, Daniela todo serán recuerdos
de algo que jamás sucedió (los peores).

Una enfermedad que hace dos años ni sabía existía:
¿el nombre? No importa; ¿mi vida? Seguirá aquí;
¿las consecuencias? Poco más leve dolor arbitrario;
¿la realidad? Un sueño perdido, mi mayor sueño.

¿La esperanza (si sí la hay)? Diagnóstico no definitivo.

— – —

Este pequeño poema lo publiqué hace algunos meses en el blog de Asociación Di-fusión-a2, desde entonces las cosas han cambiado, sé que sí hay esperanza. Pero, lo importante no es la historia que conlleva el poema, sino que allí, en el blog, una vez al trimestre subo algún poema o texto inédito, el miércoles próximo publicaré otro. Aparte, junto a mí hay grandes autores que también participan en él, echadle un ojo porque merece la pena, de verdad