Predecesor

Seguía sin comprender la razón de tu viaje,
No entendí, no alcancé a descubrir los motivos,
Hasta que te encontré en un sueño (otra vez).

Me costaba tornar la vista atrás, despertar;
Gritarme, abofetearme la cara y entenderlo:
El camino. Mis recuerdos. El peregrinaje.
Yo tuve la culpa, yo fui el culpable, yo te dejé atrás.

Una despedida siempre viene precedida de un viaje,
Y no al revés.

Volví tan enamorado de aquellas espigas de trigo:
De sentir el viento rugir entre los cereales,
De sentir el olor a paja tostada por el sol,
Fue el único lugar capaz de salvarme del abismo.

Y al volver mi boca dibujó una mueca en tu boca
Envidiabas el brillo de mis palabras y marchaste.
Seguías sin comprender la razón de mi viaje.

Las Cosas que Nunca te Dije – III

Quiero creer que nunca supiste lo que yo sentía, que no te di la opción de adivinarlo, ya sabes: teatro y disciplina. Soy tan estúpido que así me siento mejor, suficiente con un imposible. Aunque temo que quizás lo llegaste a intuir justo antes de la cena que habíamos planeado para aquellos días. Sí, yo fui bastante insistente en que fuese en aquel restaurante lejos de todo y todos, y después salir a tomar algo por allí, e incluso hablé de reservar un hotel –que ya estaba reservado– donde quedarnos a dormir aquella noche para evitarnos el cansancio y poder tomarnos alguna copa sin problemas.

Mi intención era hacerte el amor ese día hasta que me dijiste que no, que te habías puesto mala, un cólico precisamente, y tendríamos que cancelar la cena –y el hotel, pero eso tú no lo dijiste– y dejarla para otro día. Solo te dije bueno, que no te preocuparas, lo cancelábamos. Daba igual, lo importante era que mejoraras, lo demás daba igual… Pero no era verdad: nada daba igual, me sentó mal y no llegué a creerme aquel problema gastrointestinal. No tenía ningún derecho a decidir sobre tus sentimientos por muy fuertes que fuesen los míos pero tampoco tenía necesidad de soportar la mentira. Duele que mientan cuando la otra parte sabe que nada es cierto… Aunque ahora sí da igual.

Y da igual por una sencilla razón: entiendo todo imposible. Lo comprendo todo aunque me cueste aceptarlo o creerlo. Por eso, esta noche he decidido deshacerme de todas las cosas que nunca te dije, en unos días sale mi vuelo hacia Alemania. Al final encontré valor, y como tantos otros jóvenes españoles de nuestra edad hago la maleta con las pocas cosas que tengo y voy hacia lo desconocido. ¿Qué tenemos que perder? Ellos no lo sé, yo nada. Aquí ya no me queda nada que mantener, llevo mucho tiempo buscando un trabajo que no se me ofrece, algo para combatir la desidia y no lo encuentro. Allí tendré la oportunidad de comenzar de cero.

Ha sido una decisión dura pero creo que será la correcta, igual que mi ex, igual que esta carta. Soy consciente aquí puede virar el rumbo del resto de mi vida, pero llevo mucho tiempo pensando, dándole vueltas en mi cabeza, sopesando pros y contras, sin comentar con nadie: tenía miedo que me convencieran para no ir. Será duro y difícil, apenas tengo unas nociones básicas de alemán pero no es fácil vivir cada mañana robándole minutos al reloj para que este pase, escapar del tiempo y esconderme de los recuerdos para no encontrarte en ellos, para no cruzármela en el callejón de la memoria. A partir de ahora y por una vez la distancia será el pilar de la felicidad. Nunca te dije nada de esto, nunca se lo dije a nadie… a veces yo también sé guardar secretos.

Claro que tengo miedo que todo falle, que allí tampoco pueda conseguir lo que anhelo. Pero, ahora mismo es un mundo lleno de posibilidades, el trabajo soñado y la oportunidad para encontrar el clavo que necesito. En España no tengo ninguna opción, ningún trabajo donde matar las horas, mutilar las mentiras y silenciar los imposibles; no hay clavos que buscar porque aún no soy el martillo que pueda ayudar a sacar los que llevo.

¿Realidad o ficción? ¿Razón o locura? Elijo locura, ficción, sueños: huir: escapar de mí.

Imagínate mi vida durante los últimos meses, sobre todo en las últimas semanas con las decisiones ya tomadas y los errores cometidos. Mi cabeza tenía claro que no podía seguir con ella. Solo era engañarnos, tantas discusiones, tantas dudas, y tantos desvelos en la noche que la poca magia que quedaba terminó por apagarse. El futuro se había situado demasiado pronto en el presente y no pude soportarlo –sigo sin saber realmente qué pensaba ella–. Decidí lo mejor sería dejarlo antes que hacernos –hacerle– más daño, yo no podía darle lo que ella pedía: mi amor se había tornado plomo y ella no podía mantener la balsa a flote. Aquella noche lloró, lloré, lloramos… y no te escribí, aunque todo me decía que lo hiciera. No quise ser tan frío: teatro y disciplina.

Te escribí al par de días, intentaste darme ánimos, te propuse vernos en unas semanas. No pudo ser. La oportunidad perdida dio lugar a estas confesiones, a contarte todo lo que había ocultado en este tiempo… pero incluso en todas estas palabras no ha tenido cabida aún el verdadero motivo para comenzar la carta; es verdad que uno de ellos ha sido decirte que no me creí la excusa y otro para despedirme pero hay algo más, cuando “enfermaste” fui consciente de todo lo que no había querido ver en todos estos años: nunca te podré tener.

Eres maestra y lo sabes. Muchas veces la única forma de aprender algo es escribiéndolo, repetirlo decenas de veces en un folio como si el papel fuese el profesor, como si con la tinta la lección adquiriera conciencia y se volviese fuerte: imborrable. Lo hacen tus niños cuando intentan aprenderse la lección para los controles, cuando les castigas y hacen repeticiones con la frase que condena su acto, y ahora lo hago yo para evitar volver a caer en los mismos errores, para decirme que en la distancia todo será más fácil –para mí–, y que es lo único que importa.

Mas, antes de despedirme permíteme que comparta contigo la última gran enseñanza que puedo llevarme de estos años: ocultar un secreto nunca ayuda a nadie. Aún sigo sin comprender si desvelarlo como hago ahora ayude, quiero irme en paz y no queda más remedio que hacerlo, dejaré que el tiempo sea mi mentor. Sería imposible luchar y vivir cualquiera de estas historias en Alemania –mentirle a ella o mentirte a ti–, porque como dijo Guillermo Martínez no me quedaré con ninguna de las dos, y entonces ¿no sería un final feliz? Claro que no, los finales felices están terminantemente prohibidos en las actas de la novela contemporánea. ¿Cómo terminaría todo entonces? Yo me iría, y nada más.

Él siempre se va.

Desenamorarte

Y no lo conseguía, no lo conseguía jamás, y ya había pasado mucho tiempo desde el último imposible, no podía borrar el recuerdo de su cabeza, ni de su corazón. Había, tenía, un algo que le hacía caer cada noche en el mismo dolor, llorar en sus sueños, y despertar con una extraña angustia en su cuerpo; aquella que ni otros labios habían podido robar, la misma que se alimentaba de más imposibles, de más promesas vanas que ambos sabían no se cumplirían pero una de las dos partes pensaba que minimizaría el dolor o eso pensaba la otra parte … porque, al final, el error nunca está en amar sino en no poder desenamorarte en el momento adecuado…

Amar, Temer, Partir

He roto mi promesa, ¿ya qué más da? Ha pasado un año desde aquel día. Me hiciste prometer que no habría llamadas, ni cartas, ni siquiera emails, como tampoco intentaría ponerme en contacto contigo por ningún medio. Y créeme, que lo intenté, al menos las tres primeras; la última sólo a medias.Aún recuerdo tu rostro aniñado, tus ojos verdes y pelo negro, aquellas lágrimas en tus ojos por esta despedida imprevista, rápida y fugaz. Y a pesar todo aquello tenías la fuerza suficiente para hacerme jurar que no volveríamos a saber el uno del otro cuando volviésemos a nuestros mundos. Sabías que al principio todo es magia, todo son recuerdos imborrables, promesas de volver a vernos y decirnos aquello que no dijimos… pero con el tiempo todo ello se agota, se esfuma y sólo quedan meros contactos de rigor. Conversaciones como las que tendrías en el ascensor con ese vecino del séptimo.

Tú odiabas aquello e imagino seguirás odiándolo. Y este correo no hará más que levantar viejas heridas, reafirmarte en tu idea, pero no he podido evitarlo, ayer leyendo el periódico algo me hizo recordar nuestra historia. La primera semana que estuvimos separados deseaba a cada segundo volver a oír tu voz, saber de ti y volver a ver tu rostro. Mas lo primero era imposible por nuestra promesa, y volver a verte también, no tenía ninguna foto tuya. Pensé en llamarte ocultando el número de móvil, pero entendí que ya no éramos niños pequeños para andar jugando a esos juegos, al escondite. Durante aquella semana y la siguiente también pensé en buscarte por las redes sociales, pero jamás te encontré en ninguna de ellas. Tal vez usas otro nombre, otro correo o quizás no estés dentro de ellas. No lo sé.

Fue pasando el tiempo y no pude más que darte la razón, tu recuerdo, nuestra historia se fue difuminando dentro de la esencia de mi mundo. El día a día es un verdugo cruel contra los recuerdos, los ahoga y los minimiza, los aprieta y los absorbe, los destierra y los cambia por otros. Poco a poco te fui olvidando. Ya sólo a veces, ocasiones muy puntuales, sentía la necesidad de saber de ti, pero sólo por mera cortesía –esa cortesía de ascensor–, y siempre por falta de tiempo y en menor medida por la promesa –cada vez menos presente pero más real– nunca me puse en contacto contigo. Hasta hoy.

Leer el periódico fue algo que me enseñaste tú, o mejor dicho que tú me habituaste a hacer en aquellos días, sin embargo, con el paso del tiempo con el paso de las semanas aquello fue formando parte de mi rutina diaria, amoldándose a mi vida, evitando traer recuerdos de otros tiempos hasta que olvidé que todo esto empezó por ti, pero ayer algo me trajo de nuevo a la realidad. Me llevó a romper la promesa.

El periódico sólo daba una lista de los becarios que habían obtenido una beca Talentia para irse a estudiar fuera de Andalucía, y tú eras una de ellas. Casualidades de la vida, o tal vez por ti, vas a ir a estudiar a mi país, quizás no lo sepas pero en unos meses regresaré allí y con ello habrá otra oportunidad de empezar de cero. Habrá otra oportunidad por la que romper nuestra promesa no haya sido en vano. ¿Lo intentamos?