Bucle

Salir a la calle, bajo la lluvia, acercarme a ella.
Y comprar un paquete de tabaco, locuras que acabarán conmigo, yo que no sé tragarme el humo pero sí el valor. Prender el cigarro, extraño ritual que siempre me apaciguó. Llevar a mi boca el cigarro, encender el mechero y cerrar los ojos.

Salir a la calle de mi habitación, desnudo, y encender otro cigarro.
Son demasiados ya, pero aprender a tragarme el humo y ser capaz de hacerle un hueco en el pecho junto al valor. Terminar por expulsar todo el humo, verlo desvanecerse y no la cobardía. Apagar el cigarro, tirar la colilla.

Volver a comprar tabaco, yo que no fumo, por no tener los cojones de besarte. Y apagar los nervios en cada calada, mientras espero por volver a verte, y sonreírte, pero sin besarte… siempre sin besos, nunca con besos.

Vas por la calle…

Vas por la calle, una de las principales de tu ciudad, pensando en tus cosas, fijándote en las demás personas, en los estilos de ropas que llevan y en los grupos urbanos en los que los clasificarías. Estos para punkys, estos pijos, aquellas, intentos de new-pijos. Aquel de enfrente, con esas gafas, hipster. Y este, este con estas pintas, casi, casi mejor no clasificarlo.

Pero de repente, mientras miras a los ojos a las personas intentando disimular que los estás clasificando hay una persona que te devuelve la mirada y sonríe. Te quedas paralizado pensando en que estará pensando y por qué te sonríe. ¿Quizás te ha clasificado antes que tú a ella? ¿Quizás te conocía de antes? ¿Quizás se haya acordado del chiste que le contó el primo el fin de semana pasado? Quizás…

Y cuando por fin comprendes que no vas a adivinar porqué lo ha hecho, y quieres devolvérsela, resulta que ya no está ahí e inocentemente le sonríes a un desconocido. Y todo vuelve a empezar…

Déjame Entrar en tu Cama

Déjame entrar en tu cama, y llenar tu cama de estrellas.Aquellas fueron sus palabras. Extraña forma de ligar con una chica, pensé cuando le oí decir eso, pero efectiva como pude comprobar horas después. “Demasiada cama”. Mi respuesta fue tajante, pero no desistió. Mis amigas me insistían en darle una oportunidad. No era feo. Era guapo. Rubio, ojos azules, esbelto y bien vestido; además, no estaba bebido. Inusual en aquel bar. Diferente a lo típico de esas noches. Volvió a acercarse a mí una vez más: “aún me quedan estrellas para tu cama”, atacó.

Está bien, pero antes de llegar a ella tendremos que ver esas estrellas que comentas.

Sólo fueron un par de copas las necesarias y acepté sus juegos de niños. Encontramos aquellas estrellas y las fuimos recogiendo por el camino. Ahora mi cama está llena de estrellas, pero mi cartera vacía.

Sin Pasado

Fuera llovía. Entró aquel filósofo en la cafetería. Allí todos saben que lo es, pero nadie dice nada. Aquella era una cafetería de un barrio pobre y marginado. El ambiente que había en ella no se podría decir que fuera el más apropiado para pensar o escribir. Sin ir más lejos, aquellas mesas donde él estaba sentado habrían sido limpiadas una vez: el día que salieron de la tienda de muebles. Y los sillones no estaban mucho mejor. Pero sin embargo, a pesar de estos pesares, para aquel filósofo ése era el mejor lugar para escribir y desarrollar sus ideas, él encontraba allí cierto encanto que no había hallado en el resto de la ciudad.

Alguna vez ya había tenido problemas con los vecinos de aquel suburbio, pero jamás pasaron de darle una pequeña paliza a la salida del bar y robarle lo que llevaba. Heridas que, como él decía, sanarían más tarde o temprano. Pero los hurtos de escaso valor material, y de grandes ideas, nunca más los podría volver a replicar, ya que como él pensaba para sus adentros: “Si una idea se va es que no merece la pena”. El perder los folios le dolía más que el dinero, o el dolor físico. En todos esos papeles se iban horas y horas de pensamientos, de sueños, de ideas que nadie jamás sabría ver igual que él. Y si le daban una paliza debería estar unos días en el hospital sin poder escribir.

Por eso para intentar evitar perder una idea, siempre escribía todo lo que le pasaba por su mente. Y ese bar era su mejor lugar. El dueño ya lo conocía y, para ser sinceros, no le agradaba demasiado que hubiese elegido su local para dejar volar su imaginación. Pero él era el único que pagaba sus copas en el mismo día, y podríamos decir también que en el mismo mes. Lo único que se tomaba siempre era un vaso de tubo con leche fría mezclado con un chorrito de Baileys. Si algún día consideraba que la leche no estaba lo suficientemente fría o tenía demasiado Baileys, le pedía al camarero que se llevara la copa, y le preparase otro solventando ese error. Luego pagaba ambas consumiciones, y se sentaba en la mesa.

No volvía a musitar palabra alguna en toda la tarde. Se acercaba al rincón, se sentaba y soltaba su pequeño maletín. Sacaba algunos folios, tres para ser exactos. Siempre tres como el número de bolígrafos que ponía encima de la mesa: azul, negro y rojo, en orden alfabético. Aunque siempre cogía sólo el azul para escribir.

Si le preguntaras a algún asiduo a aquel bar, como él, qué color usaba no sabría decírtelo pues su estancia permanecía tan distante y ausente que todos llegaban a abstenerse tanto que pensaban que ya no estaba allí y sólo tenían que echar la vista atrás para darse cuenta de que estaban en lo correcto. Pero siempre había alguien que decía que no, que aquel triste filósofo estaba allí aguardando que llegasen las nueve de la noche para marchar.

Y siempre era allí en la puerta de aquel garito donde le propiciaban las palizas para robarle unos pocos euros, aquellos gamberros siempre solían ser los mismos se habían vuelto tan rutinarios como él. Por eso, y porque el dinero no le sobraba cuando salía de casa sólo se llevaba lo suficiente para pagar dos trayectos de autobús y dos copas, la que se tomaba y otra por si había de pedírsela al camarero. Nada más, ni móvil, ni llaves, ni identificación, nada en sus bolsillos, y en su mano izquierda siempre el mismo maletín, lo único que le respetaban, con los tres folios y la terna de bolígrafos. Tan impolutos e intactos los útiles que parecía que nunca los hubiera utilizado, como si siempre fuesen los mismos. Como si aquel señor no fuera filósofo sino una sombra de lo que en un triste pasado fue. Lástima, aquel hombre ni siquiera era una sombra de un pasado: nunca tuvo pasado. Y si lo tuvo ahora no lo recuerda.

Él tan sólo sabe que vive en la calle bajo un árbol entre cartones, ni siquiera puede tener un triste banco como otros de sus compañeros nocturnos. Sólo sabe que cada día pide dinero por las mañanas y algo de comida. Unos días come más, otros pasa hambre, pero las monedas que consigue son para el autobús y las dos copas, y si obtiene algo más lo guarda en su maletín para cuando tenga el suficiente dinero ahorrado ir a la lavandería y lavar su ropa; ya comerá de la caridad, o no comerá. Pero ha de ir al bar a desarrollar sus ideas, siempre, pase lo que pase.

Además, su rutina es su rutina y no la puede dejar. La ropa la lleva siempre puesta, por eso necesita lavarla, no tiene otra. Pero que cualquiera que lo viera por el bar no sabría discernir si es vieja o nueva. Y esa es la razón de ir a aquel bar: está tan lejos de dónde pide dinero, de dónde lo ven dormir en la calle que allí él puede ser quién quiera ser, y puede que acierte con su vida pasada.

Su vida es tan triste que ni siquiera tiene un nombre, a nadie le importa cómo se llama este hombre de múltiples caras: por las mañanas es un vagabundo olvidado, por las tardes un filósofo que desarrolla sus ideas en un bar de mala muerte, y por la noche un alma arrinconada a los pies de un ciprés, como su pasado.

Él aún no lo sabe pero descansa bajo el mismo tipo de árbol que meses más tarde cubrirá sus restos mortales, pronto una de esas palizas será más grave que las de antes, y morirá desangrado en la puerta de aquel local, aferrado a aquel maletín como si su, ya inexistente, vida dependiera de los útiles de escritura que un día compró y jamás estrenó:

Porque él no sabía escribir.

España va bien

Un día más. La misma rutina. Sacar el coche del garaje, girar a la derecha, tener cuidado en el ceda el paso, no se ve bien quién viene. Unos cincuenta metros y a la izquierda. Paso de peatones. Salir, y meter segunda. La glorieta, tercera salida, dirección a la capital, y tercera. Quinientos metros y cuarta. Coger la incorporación a la autovía, reducir a tercera antes de entrar; siempre hay tráfico. Encender la radio, el mismo programa de siempre, las mismas noticias económicas: España va de mal en peor. El paro vuelve a subir. Meter quinta al coche antes de que hablen de la deuda y la prima de riesgo. Mirar el reloj, llego bien al trabajo –como siempre–. Tengo que entregar el informe. Girar a la derecha mientras reduces a cuarta en la curva peligrosa. Pensar que lo has perdido todo. Algo distinto. Girar hacia la izquierda, hacia el puente. Saber que lo pierdes todo para siempre.