Salamanca

Salamanca

Quisiera creer que aprendí, que llegué a comprender que por muy lejos que vaya, por muchos kilómetros que recorra de una forma u otra, los problemas van a seguir estando a mi lado; que escapar no siempre, o más bien nunca, es la solución. Pero ha de ser que soy mal alumno y sigo repitiendo el curso porque esa lección nunca logro aprobarla, y sigo huyendo tan lejos como puedo, siempre a solas, creyendo que así será mejor, que así podré enfrentarme a todo aquello de lo que huyo. Pero el suspenso no logra desaparecer y ya no quedan convocatorias para volver a intentarlo.

Habría otra oportunidad, o la hubiese habido. La otra asignatura que podría servir para convalidar esta es aquella de la que todos me hablan, que todos me recomiendan y yo no logro encontrarle el encanto, porque me falta algo de valor (ya sabes aquello de teatro y disciplina, máscaras y marketing). Ya sabes, eso de decir las cosas a la cara. A veces, bastaba con eso y habría aprobado. Pero no todo acaba ahí, porque si te hubiese dicho que me gustabas la nota correspondería al bien; un te quiero sincero, notable. Y sí me hubiera esforzado, si realmente lo hubiese apostado todo, si me hubiese entregado al máximo y haberte hecho entender que habría podido llegar a amarte –aunque entre tú y yo, casi casi llegué– y que ahora, tras tantos kilómetros de por medio nada tiene solución, el sobresaliente. Y si todo lo hubiese dicho mirándote a los ojos, sin que me temblara la voz, cogiéndote de la mano y besándote… ahí habría estado la Matrícula de Honor.  Pero al seguir solo, sigo suspenso.

Créeme, no lo digo solo por decir (no, esta vez no), esas asignaturas son más difíciles de lo que parecen, y son para chicos sinceros. Personas que no se esconden, que se atreven y que saben no dañarán a nadie ni con sus palabras ni sus actos, ni tan siquiera a ellos mismos. Y, como sabes, yo no soy un chico sincero, simplemente soy un chico bueno, bueno de esos que ya no quedan… Aunque en el fondo sé que da igual ser un chico sincero o uno bueno, porque tú, tú siempre elegirás al chico malo. El malo, aquel que la primera vez que te vea cuente la historia más inverosímil y te bese mientras fumáis o ese otro que, también la primera vez, te trate como si ya estuvieses en su cama y no deje centímetro de tu piel por tocar.

¿Lo único bueno de todo esto? Que el curso está empezando ahora, que aún puedo elegir ser bueno, sincero o malo, o ser yo mismo y tal vez aprenda que de nada sirve viajar a solas setecientos kilómetros, o mil, o varios miles; que tampoco sirve pasarme tres, siete o diez horas en un coche o un tren. Tal vez aprenda también que por muy bien que lo haga, que por mucho que cuide y mire por ti esperando algo más ese algo nunca llegue (ni siendo sincero). Quizá entienda que me equivoco en la idea anterior y si cuando tuve la oportunidad te hubiese besado todo habría sido distinto (o igual pero sabría que al menos, lo intenté y no haría daño a nadie). Porque ahora yo, yo sigo estando solo; y tú, tú… no quiero saberlo pero aprobaste todo.