Quimeras

El valor de una promesa está en la persona que la hace. Ésta se cumplió, por eso sé que valió la pena aquellos días en los que nos conocimos. Ahora mismo pienso en aquellas palabras que leí hace algún tiempo, en un libro de Khaled Hosseini: “Tal vez sea injusto, pero a veces lo que sucede en unos días, incluso en un único día, puede cambiar el curso de una vida”. Aunque para mí, aquel día cuando nos conocimos no fue injusto, sino mágico, es lo que tiene aquel lugar: magia y la posibilidad de que las quimeras se tornen realidad.

El espacio nos unió, y una decisión (quizá) incorrecta nos separó aquella tarde, quizás yo buscaba algo más y sabía no podría tenerlo: no entonces. No debía y no ocurrió jamás. Por eso me alejé, pero no sin la promesa de volver a vernos, de sentir otro abrazo como aquel que nos despedía pero que nos acercara. Otra quimera imposible: el tiempo nos irá separando y nos olvidaremos, pensé.

Pero días más tarde de nuevo el mismo camino que nos unió y separó jugaba con nosotros y nos ponía frente a frente con un sabor triste, sabiendo esta vez que sí sería imposible recuperarnos. Sin embargo, cuando todo acabó algo cambió: no nos distanciamos, sino que estuvimos unidos en la distancia, manteniendo viva aquella promesa de un abrazo que lo cambiase todo. Una vez sentirme protegido entre sus manos, apoyado en sus palabras y en sus gestos sin pedir nada a cambio me salvó de un error. Y ahora volvía a necesitar un abrazo de este tipo, reencontrarme con ella y darle un giro a mi vida, estabilizarla y seguir adelante.

La echaba mucho de menos. Pero tuve (tuvimos) la suerte de que a veces las estrellas se alinean y la vida juega a nuestro favor. La quimera se tornaba realidad. Por segunda vez un abrazo suyo me centraba y evadía mis problemas. Realmente aquel abrazo fue breve, y en un lugar muy distinto a la magia del primero, pero horas más tarde vendrían más, incluso uno con sabor a despedida…

O una confesión de que hay más sinónimos para hablar de los sueños imposibles, que no sea quimera. Comentarios sobre aquellos que no entienden, o no pueden aceptar, que el corazón de la otra persona no sienta lo mismo que el suyo, y que prefieran perderlo todo a tenerla de algún modo: que se lancen al tajo del rencor y se ofendan cuando la sinceridad les evita más dolor. Hablamos mucho de sentimientos imposibles, de deseos ocultos e incluso hubo confesiones que se quedarán en nuestra memoria para siempre.

Igual un eclipse de luna dura sólo unos instantes, las estrellas que nos guiaron también lo hicieron; sin embargo el tiempo suficiente para recuperar la fe en las promesas, para saber que todo mereció la pena, y para vivir toda aquella magia comprimida en sólo dos noches. No pude rozar sus labios, aunque era uno de mis mayores deseos, pero todo era perfecto, no hicieron falta besos. No merecía la pena estropear aquel sueño, aquello era una ilusión, una quimera hecha realidad. Y nuestros labios no podían rozarse, tan sólo debía nacer de ellos una promesa: el reencuentro; junto al mar.