Maktub

No sé muy bien por qué, pero de repente dije: “Estamos en este mundo sólo una vez”.
“Estamos aquí ahora”, dijo Verónica, como si pensara que era importante recordarlo.
{Jostein Gaarder; La joven de las naranjas}

Familia al completo en el Albergue de Miño.

Hace ya bastantes semanas regresé, otra vez, del Camino de Santiago, esta vez el itinerario elegido fue el Camino Inglés, poco más de 120 kilómetros desde Ferrol hasta Santiago. Fui solo, como siempre, y a pesar de ser la cuarta vez estaba aterrado, tenía miedo a lo que me podría encontrar. Pánico a lo que me depararía, o más bien de lo que no se me depararía: quizás poca gente, tal vez más duro de lo esperado, igual no podría desconectar tanto como necesitaba, o no encontraría nada ni nadie.

Las primeras etapas del Camino eran bastante cortas, al menos en la guía. La primera me llevó hasta Neda, llegué sobre las 11:30; fue un día raro, del que, ahora mismo, recuerdo dos cosas: la mirada de un gato y un pequeño texto que escribí a una chica; y por otro lado, el horóscopo de la revista Cuore (que llevaban otros peregrinos) para Virgo diciendo que conocería a alguien especial y no se equivocó…

Y todo por meterme en una conversación trivial entre dos chicas valencianas y dos peregrinos catalanes (de los que nos separaríamos y volveríamos a encontrarlos muy cerca de Santiago cuando todo había cambiado para todos). Y sin ser invitado a ella me dijeron que me parecía a Dani Rovira y si era primo de Pablo Alborán –como todos los malagueños–, por supuesto hubo tiempo para echarme más años de los que tengo. Tras aquellas bromas y la desilusión de saber que no, no soy primo de Pablo nos tomamos unas cañas, cenamos un bocata hecho a navaja con biofrutas, y nos acostamos pronto. Éramos peregrinos, el día comenzaría temprano, sobre las siete.

Pero antes de dormir, mientras pagábamos al hospitalero, nos presentamos. Recuerdo que una de ellas, para que las diferenciáramos, se presentó diciendo: “Rosa, como mi manchita rosa”. La otra chica, rubia y con una voluntad de hierro, Silvia. Y ellos, Juan Carlos y Francisco.

El día siguiente comenzó el verdadero camino, las risas, los desvíos por polígonos de Estrella Galicia, y las fotos en las cuestas para descansar y respirar… anduvimos no sé cuántos kilómetros, nos saltamos el albergue de Pontedeume porque como buen experto peregrino me lo pasé y no vi las flechas ni las conchas y como nos encontrábamos fuertes –unos más que otros– y con mucha voluntad –unas más que otros– continuamos hasta Miño, dejando atrás a los peregrinos catalanes. Por el camino nos encontramos a un voluntario del albergue que comentó que nos quedaba poco y nos dio ánimos a continuar. Llegamos sobre la hora del almuerzo y se asombró un poco al vernos allí. De hecho, a Rosa y a mí nos preguntó por nuestra hija: Silvia. Muchas veces me han echado más edad de la que tengo, pero nunca me habían hecho padre, y a Rosa y Silvia supongo que madre e hija tampoco.

Aquella tarde y aquella noche (con cena comunal incluida) fuimos intimando y conociéndonos más, contando parte de nuestras vidas, tonteando y compartiendo confidencias, o vacilando de gemelos y dando un beso de buenas noches antes de que todo el mundo volviese. Supongo que aquí fue empezando todo, aquel día empecé a adaptar mi papel e intentar cuidarlas y enseñarles todo lo que sabía del camino, de la magia lo inunda. Y, sobre todo comencé a comprender que yo también debía aprender de ellas: a ser más lanzado, a luchar por lo que quiero, a no tener miedo a los cambios, a llorar de rabia si hace falta y coger más fuerzas, a saltar al vacío… en definitiva a VIVIR y zacá el zaco al zó pa que ze zeque.

Al día siguiente, miércoles, la escala fue en Presedo: punto de inflexión, día de cambios.
El albergue estaba al lado de un cementerio en una calle donde no había nada más, y en la aldea tampoco. La comida se pidió a un restaurante a cuatro o cinco kilómetros, y allí compartimos mesa e historias con cordobeses y un madrileño-gallego, y taxi mediante cañas en el pueblo al caer la noche.

Aquel día fue una de las pocas veces que he llegado a un albergue y no he encontrado sitio (estábamos casi todos los de las noches anteriores y el nuevo grupo). Lo único que sabía era que no quería irme de allí, no quería separarme de ellas. Las chiquitas me propusieron dormir las dos juntas en una cama pero era una locura y no descansarían, la hospitalera tendría colchones o algo… pero de allí no nos movíamos y no iban a compartir por mí después de tanto andar. Al final, cuando pagamos, haciendo el recuento sobraba una cama aunque siempre podría haber dormido en una colchoneta junto a Pedro, otro peregrino bastante peculiar de madre gallega, padre ruso y que trabajaba en Estados Unidos.

También fue en Presedo donde por primera vez en el viaje dediqué mayor tiempo del necesario a los fantasmas que se quedaron en la costa cuando debí prestar atención a los que allí estaban, y erré porque una cosa es saber lo que has de aprender y otra muy distinta es poner en práctica la lección: ojalá todo fuera tan fácil como hacer un buen nudo y tensar la cuerda.

A partir del día siguiente las cosas siguieron cambiando… el jueves tenía un regusto extraño, supongo el dolor iba creciendo en todos y por primera en vez en cuatro años abandonaba el Camino por una lesión de una comperegrina, de una parte de mi viaje. Y aunque algunos no lo entiendan, ellas iban juntas y yo solo, en aquel momento –y siempre– prima más el ayudar y compartir que el simple hecho de llegar andando, porque ya “éramos”, ya “íbamos”. Yo ya había estado otras veces en la ciudad de las estrellas, había llegado hasta ella andando y tenía dolores en el tobillo, perdía fuerzas y el cansancio comenzaba a ganar la partida. Lo que en un principio iba a ser algo simple y sencillo se me estaba complicando, el cambio de planes no me vino tan mal.

Saltamos la etapa de Hospital de Bruma para dormir, ambulatorio y taxi mediante, dos noches en Sigüeiro en un albergue turístico, con una dueña un poco especial a la que la televisión gallega entrevistó poco después de lavarse el pelo tras el tratamiento con aceite de argán. Pero todo hay que decirlo: descansar abrazado sobre un colchón “viscolástico” y compartir confidencias en él, o sentado en el suelo de hormigón antes de que empiece o cuando escampa el chove miudiño hace que todo tome otro color aunque sigas teniendo la rodilla vendada, aunque sigas dándole vueltas a los errores (con el tiempo y la distancia es más fácil), porque, quillo, con una Estrella Galicia todo tiene otro color. Y ya el dormir en un colchón “Reford”, como el actor, lo vuelve a empeorar todo por mucho que lo anuncien como bueno, pero reencontrarte con peregrinos se agradece y compensa una mala noche con los riñones en el sueño –siempre mejor uno mal que tres–.

Finalmente, los dos últimos días de mi viaje los pasamos en Santiago, volviendo a reencontrarnos con peregrinos que nos acompañaron en el Camino, y como siempre acaba ocurriendo en los sueños: con el despertar. A veces no basta con una pequeña cena a oscuras en el jardín del albergue, ni con el cuadre de los días restantes para las niñas, ni siquiera con orujos y wiskis o ginebras, tampoco con un cigarro de liar fumado a modo de despedida, no basta con un abrazo… Las echo de menos. Echo de menos aquellos días, la fuerza de voluntad, los mi arma, el enseñarme refranes en valenciano, la mochila de hora de aventuras, la complicidad, las risas, y su manchita…

…quizás nos volvamos a encontrar, quizás no todo está escrito,
perquè plou poc però per a lo poc que plou, plou prou.

Una respuesta a “Maktub”

  1. Volver a recordar todos esos momentos desde otros ojos ha sido maravilloso , gracias por compartir todas tus vivencias sobre otros caminos con nosotras. Recuerdo perfectamente el momento te pareces aa Dani Rovira ! O eres primo de Pablo Alboran? ( una lastima que no sea así )En ese momento como tu bien dices empezó una relación de amistad bonita . Fuiste s dejando de ser introvertido (cosa que me enorgullece) y al final no fue mi camino , sino nuestro camino.

    Con amor, Rosa ,como mi manchita.

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