Las Cosas que Nunca te Dije – II

Créeme vivir así fue muy duro para mí, y sobre todo por ella, aunque siempre le creí ajena a las mentiras el dolor era inevitable. Todo lo que hacía era por –y para– protegerla, nadie quiere ser el clavo del refrán. Yo, por mi parte, sigo sin saber cómo vivirías tu relación, a pesar de todo nunca tuve el valor para preguntar, para acercarme a ti. A veces lo intentaba a través de ella: con el tiempo, discusión tras discusión aprendí a dar rodeos para no levantar sospechas. Sabía que tú y ella os habíais hecho amigas y aprovechaba aquello para ir teniendo noticias tuyas cuando mi mente me decía que no debía preguntarte o hablarte directamente: le utilizaba, le preguntaba por alguien que tuviese una mínima relación contigo y así hasta que me iba aproximando a tu círculo y, por fin, llegabas tú.

Siempre oculto tras una máscara, una mentira que lo oculta todo. Porque no estaba tan loco: no me atrevía a decirle lo que sentía por ella. El pecado que siempre estuvo inherente se iba haciendo más patente: no estaba enamorado de ella como para seguir con aquella relación. Quizás ella lo estaba viendo, pero si insinuaba algo yo volvía a vivir en la espiral, en los bordes, en rodeos y lo desviaba todo: no ocurría nada.

Realmente no toda mi relación fue mal, no tengo que engañarte ni engañarme ni engañarla: había momentos en los que todo funcionaba –alguien diría que incluso bien–. Quizás no deba decírtelo, pero cuando se escribe una carta de puño y letra solo tienes una oportunidad para desarrollar las ideas, para expresar tus sentimientos y quizá esta parte de mi vida te haga ver la razón de todas estas confesiones: las dudas.

Siempre he pensado que cuando no estás cerca de la persona por la que sientes todo es más fácil, ¿no? Al fin y al cabo el peso de la rutina acaba apagando los recuerdos y este desvanecimiento se lleva consigo el sentimiento, el dolor y los imposibles.

Por ello mentiría –y no puedo mentir más– si te dijera que siempre estuve enamorado de ti porque no es verdad, lo que sí es verdad es que siempre te quise, te pensé y te necesité pero de distinta forma según el tiempo o la situación de pareja que estuviese viviendo. De algún modo siempre estabas en mi mente, incluso soñé que tú fueses ella, pero también llegué a disfrutar tanto a su lado que la felicidad me inundaba y tu recuerdo era solo eso: un recuerdo ahogado sin espacio para clavos ni martillos. Entendí que para olvidarte necesitaba tomar distancia, pero nunca la alcancé por el suficiente tiempo como para que ello ocurriese, hasta ahora.

Soy consciente del motivo: me faltaba valor. Valor, qué irónico, ¿verdad? Simplemente cinco letras que representan tanto que yo jamás lo tuve. Valor para dejar de hablarte, valor para serle sincero a mi pareja, valor para enfrentarme a la realidad y dejarlo todo atrás: tomar las riendas de mi vida, abandonar los imposibles y las mentiras porque ¿sabes otra cosa? Siempre me gustó pensar que tuvimos un romance fugaz, tan fugaz que tú nunca llegaste a saberlo (un imposible) y cuando la tristeza me superaba solía pensar que nuestra pasión ardió tan rápido que ni las ascuas quedaron (una mentira), o quizás fue que solo ardió de mi parte (la burda realidad).

Y tal vez sea esa falta de valor la que me impida enfrentarme a los recuerdos y traer al presente cuándo y cómo me enamoré de ti. O siendo menos poético pero más realista, quizá ocurra como el conocernos, hace ya tanto tiempo que no logro recordar qué fue lo que me enamoró. Me gustaría decírtelo, no es como el conocernos, esto sí es importante pero no lo sé. Tal vez fuese que mostrabas todo lo que yo quería ser, aunque cuando uno es un crío –yo ya estaba enamorado entonces– no se preocupa por la proyección que reflejan los demás, ni por lo que quiere ser. Eso llega con la juventud y la adolescencia. A esa edad el amor es más platónico que carnal, más fantasioso que real. En mi caso empezó así y se fue tornando en amor adulto tan suavemente que no me di cuenta de ello, tan delicadamente que jamás te hice verlo. Jamás te lo dije.