Jugando a ser Dios

En su habitación tecleaba insaciablemente las teclas de su viejo ordenador, y en la pantalla aquellas letras iban contando la historia de alguien. Esa persona que nunca existió. Ésa que nunca respiro más allá de un soplo de tinta virtual. Aquella que jamás le amó. Aquella que sólo tenía la conciencia que otro Ser había dispuesto para ella. Pero sin embargo su único amigo, su vía de escape, su forma de volar.En la soledad del día, cuando el resto de las personas trabajaban él vivía esa historia, se convertía en su propio protagonista: respiraba, adquiría conciencia. Amaba; le amaban.Aquel personaje era su único amigo, y a la vez su alter ego pero en el fondo alguien que no existía. Desde las paredes de tu habitación, con sólo una tenue luz en el techo, y la claridad de la pantalla de tu ordenador no puedes vivir demasiadas aventuras, pero sí hay personas que pueden vivir por ti, puedes otorgarle tus sueños, tus metas, hacer que luchen por lo que tú no eres capaz, o entregarse al amor que tú dejaste escapar.

En los últimos años apenas había vivido su vida, se había centrado en otros mundos: los literarios. Tanto propios, como de otros grandes autores consagrados y otros aún desconocidos. Pero era allí donde se sentía Dios. Había crecido entre libros, y siempre disfrutó con la narrativa, con el poder que tienen los autores sobre sus creaciones. Autores que, a veces, resultan demasiado benévolos con sus personajes, autores que les hacen sufrir por amor, y otros que impiden nunca alcancen su objetivo, ése tesoro que buscan; incluso otros que sólo nos han de contar la historia de esos seres. ¿Por qué actúan como actúan? Por qué… Todos ellos eran Dioses de sus pequeños mundos, y él también quería sentir esa sensación.

Sin embargo, aquel juego se le había escapado de las manos.

Incluso ni Dios, de existir, puede ser omnipresente en todo el Universo; él sí quería serlo: omnipresente. Ése sería su adjetivo. Quería saber a cada instante lo que pensaban sus personajes, lo que pasaba por sus mentes. Qué harían cuando estaba durmiendo, o cuándo estaba escribiendo sobre otros personajes, ¿de verdad era dueño de su creación? ¿Y si no lo era? ¿Su personaje estaría de acuerdo con él? ¿Actuaría como el disponía? ¿Estaría motivado, sin sus dictados, para llegar a alcanzar sus fines?

Quería entregarle sus sueños a su creación, pero debía estar seguro que ella quería recibirlos. Y por eso se pasaba las horas en la habitación, escribiendo y borrando casi cada frase que escribía. El personaje debía sentir como él, pero no podía ser él. Tenían que luchar por las mismas metas, conseguir que todo aquello pareciera natural, pero tenía que ser artificial: sólo una salida para que a su creación no le diese tiempo a cambiar de idea.

A veces, incluso, se iba al principio de su trabajo, a las primeras páginas de aquella novela que estaba escribiendo sin descanso. Buscaba alguna coma, alguna palabra que no hubiese escrito él, que no recordara haber escrito y que cambiara por completo el rumbo de su historia. Siempre las encontraba. Esas palabras, esos signos de puntuación para él lo habían escrito sus personajes cuando estaba durmiendo, cuando no era el señor de ellos. Su desesperación iba en aumento. ¿Cómo iba a poder convencer a alguien de aquellos caminos que seguían sus personajes si ni él los comprendía? ¿Cómo convencerte que no era él pero a la vez sí lo era?