¿Jugamos?

Te vi a hurtadillas, espiándote, como aquel que sabe hace lo que no debe, rompiendo las reglas del juego de desconocidos, queriéndome acercar a ti y seguir sin encontrar el valor para ello. Decirme que no lo hago por no quebrantar tu mutis o el silencio que inunda el vagón, la película que ponen solo se escucha por los auriculares y apenas quedamos ya gente dentro. Volver a mirarte entre los asientos, distinguir tu brazo, tu pelo castaño claro, tus uñas pintadas, y tu reloj blanco.

Ver también, en el asiento del pasillo, una mochila y un pañuelo atado a un lado. No recuerdo bien en qué estación te subiste, sé que fue después de Madrid, bastante después y has aguantado muchas más. Si no fuese por la mochila dudaría que fueses peregrina, pero aún no sé si serás parte de mi Camino o te bajarás en Santiago, Sarria ya ha pasado. Pero bueno, es algo que solo el fin del Camino me dirá.

Y, al final, solo una pregunta: ¿Por qué siempre acepto aquellos juegos donde las reglas están dictadas de forma que me toca perder desde el principio?