Ibn Hazm – El collar de la paloma

SOBRE QUIÉN SE ENAMORA POR UNA SOLA MIRADA

A menudo prende el amor en el corazón por una sola mirada; mas en esto cabe distinguir dos modalidades.

Es la primera lo contrario de lo que acabamos de ver en el capítulo precedente, pues consiste en que el hombre se enamore de la figura externa de una mujer, sin saber quién es y sin conocer su nombre ni dónde vive, cosa que a más de uno ha sucedido.

Mi amigo Abü Bakr Muhammad ibn Ahmad ibn Ishiiq -a quien se lo había referido una persona de fiar, cuyo nombre se me ha ido de la memoria, aunque creo que era el cadí Ibn al-Hadda – me contó lo siguiente:

El poeta Yusuf ibn Harun, más conocido por al- Ramadi, pasaba junto a la Puerta de los Drogueros de Córdoba, que era el sitio de reunión de las mujeres, cuando vio una muchacha «que -según dijo- se apoderó de las entretelas de mi corazón y cuyo amor se filtró por todos los miembros de mi cuerpo». Dejó entonces el camino de la Mezquita y se puso a seguirla: ella tiró hacia el Puente y lo cruzó camino del lugar que llaman el Arrabal. Al pasar entre los jardines de los Banü Marwan (¡Dios los haya perdonado!), trazados sobre sus tumbas, en el cementerio del Arrabal, al otro lado del río, vio la muchacha que él se apartaba de las gentes, sin otro intento que seguirla, y entonces se dirigió a él y le preguntó:
«–¿Qué quieres, que vienes tras de mí?» Él le ponderó el gran tormento que por ella sentía.
«–Déjate de esas cosas -le dijo- y no me busques la perdición. No puedes lograr tu intento ni hay modo de conseguir lo que quieres.»
«–Me contento con mirarte», dijo él, y ella atajó:
«–Eso sí puedes hacerlo.» Entonces él volvió a preguntarle:
«¡Oh señora mía! ¿Eres libre o esclava?»
«–Esclava.»
«–¿Cómo te llamas?»
«–Jalwa.»
«–¿Quién es tu amo?»
«–¡Por Dios! Antes sabrías lo que hay en el séptimo cielo que eso que me preguntas. ¡Déjate de imposibles!»
«–¡Oh señora mía! ¿Dónde volveré a verte?»
«–Donde hoy me has visto, y a la misma hora, todos los viernes.» Y añadió: «–Y ahora, ¿te vas tú primero o me voy yo?»
«-Vete tú primero, con la guarda de Dios.
»
Partió ella camino del Puente y él no pudo seguirla, porque a cada paso se volvía para ver si iba tras ella o no. Cuando hubo traspuesto la puerta del Puente, corrió en pos de ella, pero ya no pudo encontrar su rastro. Dijo Abu Umar, que es el propio Yusuf ibn Harun: «¡Por Dios! Desde aquel instante hasta ahora no me separo de la Puerta de los Drogueros ni del Arrabal, sin que haya vuelto a tener noticias suyas y sin saber si es que se la sorbió el cielo o si se la tragó la tierra. Pero por ella mi corazón está más ardiente que un ascua.»

Esta Jalwa es la misma que canta en sus poesías. Luego de ocurrir esto y del viaje que por su causa hizo a Zaragoza, consiguió tener noticias suyas; pero es una historia muy larga.

Como este episodio hay muchos, y sobre este asunto he dicho en un poema:

Pecaron mis ojos moviendo esta angustia de amor en mi corazón,
y mi corazón envió las lágrimas para vengarse de los ojos.
¿Cómo encontrar justas estas represalias del llanto,
cuando anegan las pupilas con sus fluidos torrentes?
Antes que la viese nunca la encontré para conocerla,
y el momento en que la vi fue nuestro último encuentro.

La segunda modalidad es lo contrario de lo que veremos, si Dios quiere, en el capítulo siguiente a éste, y consiste en que el hombre se enamore, por una sola mirada, de una muchacha de quien conoce nombre, domicilio y origen. En este caso lo que puede ocurrir es que el amor se consuma rápidamente o que perdure. Ahora bien: el que un hombre se enamore por una sola mirada e improvise su afecto por una ojeada pasajera, indicio es de poca constancia, nuncio seguro de próximo olvido y prueba de versatilidad e inconsecuencia. En todas las cosas ocurre igual: las que crecen de prisa, de prisa se consumen, en tanto que las que tardan en nacer tardan también en acabarse.

Yo conozco un mancebillo, de los hijos de secretarios de la corte, a quien, al pasar por una calle, vio una mujer de noble cuna, elevada condición y muy guardada, desde una celosía de su casa, a la que estaba asomada. Gustáronse uno a otro, y durante algún tiempo estuvieron cruzando cartas, con mayor sutileza que la del filo de una espada.

Si no fuera porque en esta risala mía no me he propuesto declarar los ardides ni contar las mañas de los enamorados, podría citar casos, cuya veracidad me consta, que dejarían perplejos a los más entendidos y llenos de asombro a los más avisados. Pero mejor es que Dios nos favorezca corriendo sobre nosotros y sobre todos los musulmanes el velo de su misericordia. Él solo nos baste.