Fisterre (III de III)

Ni Blanca ni yo abrazamos el Santo. Demasiada cola y demasiadas cosas por hacer… La principal, y tal vez la única que no sería sólo un recuerdo, recoger la compostelana. Allí, tras otra espera –tal vez no menor que la necesaria para abrazar a Santiago– pudimos recoger aquella acreditación que afirmaba habíamos llegado a la iglesia, aunque se recogía en la Oficina del Peregrino, con fe cristiana. Y en aquel papel, Blanca conoció por primera vez mi nombre. En el Camino éstos no importan, el peregrino va más allá. Pero, según rezaba mi compostelana, Iacobus. Sanctus Iacobus; Sant Iaco; Sant Iago: Santiago.Acabó nuestro sueño idílico. Aquella noche volvimos a dormir juntos en una habitación, volvimos a fusionar nuestros cuerpos sin ocultarnos de nada, ni de nadie. Mas fue la última vez, por la mañana nos separaríamos. Yo lo sabía, ella lo sabía, el Camino lo sabía. Y al despertar comprendí la frase que había leído en el libro de firmas de la oficina:

Fue un golpe de mala suerte lo que nos trajo hasta aquí”.

La segunda parte de mi viaje se me antojó más extraña que la primera, pero a la par más hermosa. Ésta vez sí eran paisajes gallegos en su pleno esplendor. Ésos con los que sueñas cuando te hablan de estas tierras. Sí; esos bosques inmensos dónde viven las meigas entre la niebla. Donde las bruixas hacen algo más que jugar. Donde habita la Santa Compaña. Donde sólo su compañía ahuyentaba todo el miedo que mi alma sentía.

A ella, la conocí en Negreira. Otro pequeño pueblo, el primero de la segunda fase de mi Camino. Un albergue pequeño de no más veinte, o veinticuatro plazas. Yo volvía a estar solo. Y ella, este año, también. Nos tocó dormir en la misma habitación. Junto a otra pareja más. Imagino que estar solos los dos hizo unirnos más, que entabláramos esa amistad: ir con alguien es cerrar puertas. Que me dejara aprender a su lado, y disfrutar de su sonrisa. Era tan distinta de Blanca; parecía tener todas las respuestas que yo no encontraba.

Era pintora, según me dijo. Había estudiado Bellas Artes, y ahora se dedicaba en cuerpo y alma a su pasión. Era su forma de vida. Y el Camino sería parte de su nueva colección. No todos los meses podía comer en los mejores restaurantes pero hasta la comida más ínfima supera la gloria si estás a gusto con tu alma. Y aunque para ti no tengas todas las respuestas para los demás sí puedes tenerlas porque quizás sea verdad que siempre es más fácil solucionar la vida del resto que la tuya propia.

El día siguiente, en Santa Mariña, Aura se confesó conmigo, y yo un poco más con ella. Le hablé con lágrimas en los ojos de mi vieja relación, aquella que había terminado y motivado el inicio de mi viaje; le conté sobre Blanca, sobre cómo una persona puede tambalear tu mundo con una sola mirada; sujetándole la mano, le susurré que estaba más perdido que nunca. Y ella me habló de su soledad y atacó directamente a la mía: “Tampoco ayuda engañar al corazón por el miedo a estar solo, porque sigues estándolo; en la vida, hay que ser fiel a uno mismo. No creo en mundos que se tambalean. No, ya no…

Sus palabras me animaban a solucionar los viejos problemas que había dejado antes de salir. A buscar respuestas. A hacerme ver que si llevaba dos semanas haciendo el Camino y no había usado el móvil para hacerme el fuerte, la seguía amando y podría volver e intentarlo. Intentar arreglar los problemas, recuperar una vieja relación, y, quizás, descubrir que aquella tercera persona no era tal. Quizás seguía sintiendo algo por mí.

Una nueva despedida. Nuestros caminos sólo se habían rozado, habíamos intentado curar nuestras almas en ese cruce pero no lo logramos. Ella salvó la mía de la morgue, volvía a estar en la UCI, pero yo ni había visitado su habitación. Hospital nos separó. A las afueras una rotonda con un mojón xacobeo señalando a Finisterra y a Muxía fue testigo de nuestro abrazo. De la despedida de la segunda persona, en tiempo, que había marcado mi camino; y la primera, en profundidad, que había marcado mi Camino.

Fue un golpe de buena suerte lo que te trajo hasta aquí.

Blanca y Aura. Dos mujeres tan distintas. Aura y Blanca. Dos formas de ver la vida. Ambas habían sido la tangente de mi círculo, sólo puntos en común que crees pueden hacer cambiar de rumbo tu destino, elipsar tu circunferencia, pero no desvían ni un grado el ángulo de tu vida. Al final todo termina igual. Yo en Cee, ella en Dumbría. Yo en Finisterra y ella en Muxía. Yo en Fisterre y ella en el Santuario.

Llegué a aquella ciudad. Última gran decepción del camino. Pero no cesé de andar, mis pasos me llevaron al faro. Como la estatua del peregrino me enfrentaba a la adversidad. Necesitaba ver el atardecer, el último resquicio de magia que buscaba. Ver desde el fin del mundo como el sol que es devorado por el mar la mañana siguiente emprende un nuevo combate contra las olas aun sabiendo que no vencerá. Anhelaba resurgir mi alma y volver a intentarlo. ¿Contra quién luchaba? No lo sé. Tal vez el Camino sólo fue un sueño efímero. Quizás una lección por aprender. Tal vez este viaje no tenga futuro. Quizás sólo queda el pasado que creí abandonar, y el Camino sólo fue un camino.