Fisterre (II de III)

En el camino hacia Villafranca intimé con Blanca. Habían empezado en León, algunas etapas antes que yo. Se quedarían en Santiago, yo llegaría hasta Finisterra. Era morena, con el pelo largo, la piel oscura también, delgada tras el Camino. Unos ojazos verdes increíbles, y los días de viaje le habían tonificado las piernas, y el pecho resaltaba bajo las almohadillas de la mochila. Blanca… Blanca… Blanca… Su nombre resonaba en mi cabeza desde que me lo dijo aquella noche en el cuarto. Dormimos juntos. Recuerdo cómo se escondió en el saco para quitarse la ropa y dormir. Recuerdo tantas cosas de ella, y de nuestro primer día…Aquella tarde no comimos juntos. Yo no almorcé. Seguía pensando en el pasado y en la llamada del día anterior. Nunca se puede dejar de pensar en el pasado. Nunca se puede. Nunca. Blanca me preguntó cuál era el motivo de mi viaje: dichosa pregunta. Intenté responderle sin parecer pedante, pero a la vez interesante. No tenía la respuesta a la pregunta, por eso contrataqué hacia ella: ¿y cuál es tu motivo para hacer el Camino? Sí, lo recuerdo muy bien, ella usó viaje, yo Camino.

Yo simplemente quería un motivo para seguir y allí lo tenía. Era ella. El encuentro con el monte, con el río… con el mismo Dios quizás, la luz, la claridad… con Blanca.

Caminamos varios días sin problemas, hasta que llegamos a Sarria donde fue necesario reservar albergue. Tuve que volver a encender el teléfono y llamar, y lo que ello implicaba: recibir mensajes de llamadas perdidas. Varias de mi familia, que sin dudar devolví. Después también tenía más llamadas de mi pasado, que volví a obviar, pero me hicieron daño. Blanca lo notó sólo con mi mirada porque no dije palabra…

Cuánto más quieres que algo desaparezca, más daño te hace. Si no podías con ello has hecho bien en dejarlo.
Pero… –acerté a decir– ¿cómo sabes eso? Si aún no he podido decir nada; si ni siquiera he podido asimilarlo yo.
Shhhh. No digas nada. –Y entonces me besó.

Le seguí el beso. Y no dijimos nada de aquello, apagué el móvil y olvidé los recuerdos. Al menos lo intenté. Renacer. Y de nuevo, una ciudad-encuentro, un punto de origen para muchos. La ciudad más cercana de Santiago donde entregan la compostelana. Por lo tanto, otro buen lugar para comenzar. Para ser uno más. Sólo un peregrino, un peregrino solo en busca de darle un sentido a su vida. Y quizás lo estaba encontrando, o tal vez estaba yendo demasiado rápido. Shhhh.

Desde Sarria a Portomarín, y de éste a Palas de Rei. Dos días que pasaron muy rápido, aunque clarividentes. O eso pensé. No hubo comentarios sobre aquel beso, pero cada vez que la miraba a los ojos veía algo más. Un brillo especial. Una compenetración más allá de las palabras o de los amantes. No encendí más el móvil: no hacía falta. La relación había acabado antes de dar el primer paso, antes de sujetar por primera vez la mochila, de clavar el bordón en tierras castellanoleonesas y yo había renacido en aquella ciudad con un beso. Los problemas habían desaparecido, o al menos, se habían ocultado bajo la luz de unos labios. Todo un mundo de sombras empezaba a nacer en mi interior.

Llegamos a Melide, ciudad donde era imposible pasar sin probar el fantástico pulpo a la gallega de la pulpería Ezequiel. En el almuerzo, el grupo de Blanca, y entonces también el mío, sufrió una baja. Pero, con una sonrisa provocada por la felicidad que da el saber que has cumplido tu Camino, tu misión. Se quedó en el albergue de Melide a dormir, nosotros, por la tarde, avanzamos hasta Castañeda. Blanca y yo, dormimos en un pequeño albergue privado, el Albergue Santiago. Dormimos los dos en una habitación. Solos.

Y desde entonces mi camino, mi vida, mi cometido ha sido la constante búsqueda de esa palabra que explique, de esa metáfora que exprese, de esa pasión que narre lo que llega a sentir un enamorado segundos antes de dar ese beso, ese primer beso que abra la puerta al resto. Ese instante cuando tus pupilas se clavan en los ojos del amante, mientras le sujetas la cintura con tus manos. Sin decir nada. Perdido en la inmensidad del océano que son sus ojos. Ahogado en lo eterno de lo efímero. Sin palabras que lo describan.

Hicimos el amor cuando su boca consiguió rescatarme del aguamarina de sus ojos.

El día siguiente, y tras ocultar nuestra historia, llegamos a Pedrouzo. En la noche, cuando todos dormían aprovechando que mi litera era la del suelo, y que cualquier ruido sería ocultado entre los ronquidos, abrí la puerta y salí a la calle. Encendí el móvil. Esperé. Saqué un cigarro. Lo encendí. Primera calada. Editor de mensajes. Segunda calada. Activar texto predictivo. Expulsar todo el humo. 5-6-0-7-4-3-6-8-6. Tercera calada. Enviar. Apagar el cigarro. Apagar el móvil. Volver a la cama. No lograr dormir.

El fin del viaje no pudo tener peor epitafio. Desde la Plaza del Obradoiro Santiago de Compostela era una ciudad gris, triste, y fea. Una ciudad gris forjada sobre las rocas de sus grandes monumentos, sobre la catedral que poco a poco iba dejando paso al musgo en las infinidades de sus torres. Triste porque la niebla era su segundo apellido, y ésta, en la noche, no dejaba ver aquel campo estrellado que rezaba en el primero. Y fea porque abandoné mi amor peregrino allí. Un amor insólito, romero y penitente. Herrado y errado.