Expectativas

Supongo que si hay algo que nunca aprenderé es a no hacerme ilusiones, sólo soy un niño pequeño que vuelve a caer en las mismas trampas. Alguien tan ingenuo que cuando le prometen mil veces que el imposible sí se harán realidad cae por muchas dudas que tuviera en su corazón; pero esas promesas que consiguen lapidar mis dudas nunca suceden. Y siempre sobreviene en el peor momento, cuando ya he repasado mil y una vez las cosas que haría (haríamos), e incluso las que diría. Y desoyendo a mis presentimientos sigo aferrado al sueño, una vez más, hasta que de repente la burbuja explota y me deja sin nada como al principio…

Recuerdo mi época de estudiante, en una de las asignaturas el profesor comenzó a hablar sobre las expectativas que se formaban los agentes económicos y en base a ellas había dos formas para enfrentarse al futuro. O eso es lo que quiere recordar mi ya desgastada memoria, porque a aquellas teorías nunca llegué a prestarle demasiada atención. La primera de ellas serían las expectativas racionales que decían que los agentes iban aprendiendo de sus errores del pasado y por tanto, poco a poco, sus expectativas se acercaban más a la realidad. Y, por otro lado, las adaptativas, que en función de lo ocurrido en el pasado predecirían lo que pasaría en el futuro: si antes fue mal esperarían a que el futuro también fuese mal.

Ahora ha pasado el tiempo, he tenido las oportunidades necesarias para hacer previsiones y formarme expectativas sobre lo que ocurrirá, me han hecho demasiadas promesas que no salieron tal y como se prometieron. Por eso creo que dentro de esa teoría macroeconómica no se me recoge: sigo cayendo en palabras que desde un principio sé no se cumplirán pero me aferro al sueño. No logro aprender de mis errores y siempre, sistemáticamente, vuelvo a caer en los mismos, vuelvo a equivocarme. Si fuesen adaptativas sabría que si en el pasado salió mal ahora también puede salir mal. E incluso con las racionales, habría ido aprendiendo de mis experiencias pasadas, de todos los errores y en este tiempo habría logrado comprender que las cosas nunca son como se imaginan, que la macroeconomía no se puede aplicar a la vida real, a esta hay que aplicar la Ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Nada más.

Aunque, realmente, yo también había prometido cosas que no pude cumplir. Lo recuerdo muy bien, fue durante un almuerzo, aquella promesa –que ni pensé ni cumplí– estaba contrapuesta a otra que había hecho antes –que sí había sido pensada, pero, como las que recibía, no había sido demandada–. Daba igual: ambas me dañarían igualmente. Imaginaba que prometer aquello me acercaría más al objetivo e intentando protegerme del dolor, del miedo y de las lágrimas lo hice… Nada sirvió de nada, porque volvieron las lágrimas y el dolor: la burbuja explotada y el quedarme sin nada.

No obstante, tal vez, a pesar de todo puede ser que sí haya aprendido algo de los errores: las cosas nunca suceden como quieres que sucedan por muchas promesas que haya y quizá todo estuviese dispuesto de un principio. Las promesas sólo estaban ahí para no dañar con imposibles, pero desde este lado todo parece demasiado cruel, dejarte soñar para caer a la tierra… pero… ¿y por qué no? Las casualidades no existen por mucho que quieran hacernos creer esa idea desde fuera. Todo tiene un motivo, una razón, un porqué.

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