Estudios

Llevaba dos meses sin apenas salir de su cuarto. Tan sólo unos momentos para comer, ducharse, y si creía tener tiempo para hablar con sus padres, pero desde el último mes ni siquiera hablaba con ellos. Incluso se duchaba cada dos días, estaba estudiando para los exámenes del último año de Arquitectura. Desde joven, desde que llegó por primera vez al instituto había estado estudiando sin parar, sin tener tiempo para relacionarse. Al llegar al instituto dejó atrás a sus antiguos amigos, algo que suele pasar a menudo, pero el problema no era aquel; sino, que no hizo otros nuevos. No tenía tiempo: debía estudiar. Tanto estudiar al final tuvo premio. Los profesores del instituto, incluso los más antiguos, no recordaban un alumno tan brillante en la Educación Secundaria.

Al llegar a bachiller ya tenía muy claro lo que quería estudiar. Sus padres, sus hermanos mayores, sus tíos, sus primos, sus abuelos, toda su familia le decían que estudiara Arquitectura, y él nunca dijo que no le gustase y siempre asintió hasta el punto de, con el tiempo, empezar a amar la carrera. En bachillerato y en selectividad sus notas solo fueron de matrículas de honor, como en la ESO. Todos estaban orgullosos de él, y él estaba cansado de tanto estudiar para conseguir ser el primero y no defraudar a nadie. Quería pasarse el verano descansando con los amigos, pero no tenía ninguno. Los había perdido a todos por centrarse en los estudios.

En el fondo quería pensar que daba igual, tendría más tiempo para centrarse en la facultad y su futuro. Aquel verano lo pasó sin amigos. Pero al fin y al cabo: “¿quién los quiere si solo son un impedimento para avanzar? Si solo impiden escalar en la vida y hacen perder el tiempo”, pensaba una y otra vez. Llegó a la universidad. Aquello era mucho mejor de lo que imaginaba, de lo que le habían contado sus hermanos, pero no tenía tiempo para disfrutarlo. La época de los buenos momentos de estudiar poco habían acabado, ahora tenía que estudiar mucho más y no tendría la oportunidad de descubrir aquello. Ni de buscarse una pareja que le amara, ni nadie que se preocupase por él.

Y ahora han pasado tantos años, todos con las mejores notas de su promoción y algunas veces hasta los mejores proyectos de la historia de la facultad, pero esas fueron menos, aunque también las hubo… En definitiva, había grandes empresas privadas y públicas para las que había trabajado de becario en sus vacaciones. Y ahora, en cuanto acabara ese examen ya tenía sitio en una empresa de gran renombre internacional. Pero, claro, tendría que acabarlo, ya que daban por hecho que lo aprobaría con buena nota. Toda su familia estaba pendiente a la llamada que dijera que ya había hecho el examen, y cómo él siempre decía: “me ha salido mal”. Tan mal como puede ser una matrícula de honor.

Las horas pasaban y también lo hacían los minutos; ya más de lo que solía tardar en hacer los exámenes. Al principio su familia pensó que como era el último quizás quería esmerarse más de lo que lo había hecho en toda su vida; algo difícil, la verdad. También pensaron que se había quedado hablando con los profesores: sus únicos amigos desde que pisó el fatídico instituto. Pero los minutos, los segundos, eran demasiados para seguir sosteniendo esas hipótesis: algo había pasado. Y sus sospechas se confirmaron cuando recibieron una llamada de la universidad, era el profesor que debía hacerle el examen. Les dijo que su hijo no había aparecido por allí, si ellos sabían que le había pasado.

Tras las pertinentes explicaciones por ambas partes la madre decidió llamarlo al móvil, “¿por qué no lo habré hecho antes?”, pensó. Pero su sorpresa fue mayúscula. El móvil de su hijo estaba en la casa, sonaba en su cuarto. “No puede ser… Me habré equivocado”, pensó, “habré llamado a su hermano”. Volvió a marcar y volvió a sonar el teléfono. Esta vez no había duda: su hijo no se había llevado el móvil, ni los libros, ni los apuntes para el examen, ni nada…

Sin embargo había una pequeña nota algo borrosa en el escritorio, como si la hoja hubiera sido mojada por leves gotas de agua. Pensó en si debía cogerla o no, a él no le gustaba que tocaran sus cosas: siempre fue un poco iracundo y solitario, por eso no le dolió tanto el no tener amigos. Pero la madre sintió una corazonada y tuvo que leer…

Desde que entré en el instituto nunca fui dueño de mi vida. Perdí toda unión con el mundo exterior, sólo importaban los libros. Ese fue el modo de pensar que me enseñasteis y hoy acabaría todo. Mañana todo sería distinto, no tendría que estudiar más… Y al fin sería libre… Pero no quiero esa libertad, estoy acostumbrado a vivir entre libros, y esa es mi única vida. Esa fue mi única vida… mañana no será nada.
Siento mucho no haber acabado esta carrera que tanto os gustaba y que a mí, como mucho, me llegó a resultar indiferente. Siento mucho no ser ese hijo que trabajará en Estados Unidos, Japón y Europa… A partir de ahora, con suerte, sólo seré un recuerdo.