¿Es lo importante la meta…?

Cita en una iglesia de Astorga

Este año me volví a enfrentar de nuevo al Villa de Periana, en el que designios del destino (curioso eufemismo para evitar decir mil adjetivos) no gané. Hace dos años escribí un relato especialmente para la ocasión, como la mayoría de mis textos, una historia de amor, que tampoco llegó a ganar. Al año siguiente, el pasado 2011, el tiempo apremiaba y no encontraba la inspiración necesaria, así que revisé y retoqué aquel relato, quizás así podría optar a llegar más lejos, tampoco fue así. Aquel relato, Carpe Diem, gracias a mi amiga Gema, también fue presentado en el blog de Periana y Pedanías. Hoy, sólo quiero presentar el relato que presenté este año, y que está colgado en el citado blog también. Aquí.Casi desde que empecé a escribir, mis relatos se han situado en lugares, situaciones desconocidas para mí a los que, por lo general, no llegué a describir con demasiado detalle. Me centraba más en los sentimientos de los personajes, expresando formas de sentir diferentes, formas de ver la vida y de amar que yo iba encontrando en el transcurso de mi vida, en conversaciones con amigos, o sentimientos que yo había sentido. Pero manteniendo las distancias. Quizás haya sido por el miedo a que la gente, erróneamente, asemeje al escritor con el autor: todos lo hacemos. A veces es cierto, otras no. En toda obra hay ciertos toques de realidad y otros miles de fantasía (Cervantes y Alonso Quijano; Baroja y Andrés Hurtado; Eloy Moreno y el protagonista de ‘El bolígrafo de gel verde’; incluso, Rafael Fernández y Sigmundo). Y ahí es dónde está el reto del autor, jugar con esa línea divisoria entre la realidad y la ficción.

En este caso, decidí romper con ese tópico, ¿por qué no iba a poder contar una historia de ficción en sitios que conociera? ¿Por qué no aunar los recuerdos con vivencias que jamás ocurrieron? Muchos autores antes de empezar a escribir viven un tiempo en los lugares que describirán, estudian sobre su historia, su cultura, la forma de ver el mundo… Todo ello le da un matiz a su obra especial: realismo.

En mi primera novela se habla del Camino, gran error el hablar de él sin haber estado nunca, pero en mi último libro intento redimirme de ese error; cuento todo lo que fue, y significó para mí el primer viaje. Una prosa que es pura realidad donde no hay hueco a la ficción; me baso en sentimientos, en mi último relato busco la narrativa, describir lugares, darle vida a los personajes. Es un relato para un concurso, no mi vida.

Sin embargo, cualquiera que haya sido peregrino, o que desee serlo se verá reflejado, en mayor o menor medida en él. En un momento del texto hay una frase que refleja fielmente este sentido, ése carácter del peregrino, dice así:

“Me preguntó cuál era el motivo de mi viaje. No tenía la respuesta, por eso contrataqué: ¿y cuál es tu motivo para hacer el Camino? Sí, ella usó viaje, yo Camino.”

Otros detalles reales son las interpretaciones a las que llegamos mis compañeros y yo en el Camino. La estatua de Negreria al emigrante. Y algo, que tal vez no todos los peregrinos conozcan, pero sí los muy allegados a Ponferrada es el bar que describo, no recuerdo el nombre del mismo, pero sí que fue una amiga de un comperegrino la que nos llevó hasta allí:

“Aquel bar, era la típica tasca de pueblo. Pequeña, oscura, con poca gente y, sobretodo, peculiar. Con un mapa en la pared tan mágico que hasta la leyenda rezaba: Todos los animales son iguales, pero unos más que otros.”

El desvío antes de Villafranca que aparece en el relato, también es real. Igual que lo es el albergue de Santa Mariña –aunque desde hace poco tiempo, han abierto otro pequeño albergue en el pueblo (o aldea)–. O la pulpería Ezequiel de Melide y el paseo por el Tambre. Pero, también siendo sinceros a la realidad el protagonista recorre lugares en los que yo sólo estuve de paso (Sarria, por ejemplo). ¿La razón? Necesitaba acortar la historia y sabía que si citaba todos los lugares por los que pasé me habría extendido en demasía.

Las mismas desilusiones que siente el protagonista (que sí tiene nombre, pero lo dejo para aquel que desee leerse el relato) las sentí yo: ni el Monte do Gozo, ni Santiago en sí, ni siquiera Fisterra fueron tanto como me imaginé. Al jugar con eso en el relato, describía también las desilusiones de la vida. Aunque en él, no quedó tiempo para describir la bella ciudad de Muxía, en la que pasé un día de mi segundo Camino, y en el relato fue la chica quién conoció la ciudad.

También, como me gusta a mí, muchos juegos de palabras: en los nombres de los personajes, en las frases cortas, en los sentimientos…

“Fue un golpe de mala suerte lo que nos trajo hasta aquí” […] “Fue un golpe de buena suerte lo que te trajo hasta aquí”

“Yo en Cee, ella en Dumbría. Yo en Finisterra y ella en Muxía. Yo en Fisterre y ella en el Santuario.”

Incluso, el relato continúa con la teoría que me presentó el mismo comperegrino que me llevó a aquel bar, el juego de la Oca y el Camino, el avanzar de casilla:

“para poder comprenderlo todo y avanzar de casilla en este juego.”

Y ahora sólo te queda, si quieres, conocer el resto del relato visitar la web de una gran amiga. Si quieres entender la verdadera historia de este Camino de Santiago que llevó a un peregrino a buscar redención, la exoneración de toda culpa, y el perdón que tanto implora su alma, la encontrarás en:

Periana y Pedanías: Fisterre