En Tiempos de Allāh

Cuenta una leyenda, o quizás sea una realidad, que en el año 1487 de la Gracia de Nuestro Señor Jesucristo cuando el imperio musulmán en al-Ándalus sólo se reducía al sureste de Andalucía, al Reino de Granada. Éste estaba bastante desarticulado, lejos quedaba ya el recuerdo de la cohesión y la grandeza de la época califal, ahora sólo eran la sombra de lo que en su día fue. Según esta leyenda en el distrito de Zalia, junto al río Guaro vivía un guerrero musulmán, un defensor de la fe islámica.

Este guerrero había pasado su vida protegiendo al oficial de Boabdil que debía mantener la paz y la fe en aquellas tierras. Antes de él, su padre había defendido a otros reyes de taifas, y así sucesivamente hasta la era del emirato independiente dónde su familia empezó a defender a los Omeyas, pero de aquello hace ya muchos años… Este guerrero a pesar de su condición siempre había gozado de una gran dotación económica que le permitía vivir tranquilamente, y pagar sus impuestos.

Siempre fue leal a la causa de defender a su protegido, hubiera dado la vida por él. Y de hecho en aquellos momentos estaba a punto de darla. Según la leyenda, fue en una tarde de aquel 1487 cuando él bajó al río a dar de beber a su caballo, su fiel corcel. Allí en el río pudo ver a unas cuantas mujeres con el velo descubierto. Quiso hacer como si no hubiera visto nada y no decírselo al oficial pues esa actuación, estar sin velo, conllevaba la muerte para la mujer y sintió pena por ellas. Miró a sus alrededores. No había nadie.

Segundos más tarde aquellas jovencitas empezaron a desnudarse para bañarse en el río para jugar con los peces y las corrientes de aquel agua tan cristalina. Él se bajó del caballo con suma suavidad, se alejó un poco para no asustarlas, y lo ató a una higuera que había cerca del río. Poco a poco entre la hierba se iba acercando a aquellas mujeres sin velo, ahora desnudas de cuerpo entero. Lo que estaban haciendo no tenía perdón de Alläh: desnudarse y bañarse a orillas del río lejos de la intimidad que da la soledad de la habitación. Pero si alguien lo descubriese tampoco tendría perdón para él.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca pudo reconocer por el tono que sus voces no eran de mujeres sino de niñas, ¿pero qué hacían unas niñas allí? A pesar de haberse acercado seguía sin entender lo que decían, debía que acercarse más. Aquellas niñas deberían tener entre quince o diecisiete años. Motivado por la curiosidad se volvió descuidado y aquellas muchachas le descubrieron, asustadas corrieron fuera del agua tapándose como podían y gritando algo que no alcanzaba a entender. Sólo una seguía en el río sin moverse y sonriéndole. Aquella chica le había seducido con los ojos. Estaba paralizado, no podía dejar de mirarle a los ojos, quería hablar, decirle algo…

Pero su cuerpo no le respondía: estaba petrificado por la mirada de aquella chica que se mostraba ante sus ojos desnuda y era el cuerpo más hermoso que había visto en su vida, ni todas las mujeres del harén de Boabdil podrían equipararse a su belleza. Era más hermosa que todas las vírgenes que le esperaban en el paraíso. Era la lujuria, el deseo, el instinto animal que corría por sus venas. Esa muchacha a la que no entendía cuando hablaba y lo había dejado paralizado era todo lo que él deseaba. Y entre ellos sólo se interponían aquel pequeño río, la mirada de esa joven y de fondo las amigas de la chica ya vestidas gritando algo que él no entendía.

Su amor, su diosa, movió los labios y sus compañeras se fueron de allí, quedaron solos. Ella le hizo un leve gesto con la mano. Él entendió que le estaba invitando a acercarse. Cuando se dispuso a hacerlo ella le hizo otro gesto y lo detuvo, quería que se quitara la ropa, él lo entendió y lo hizo…

Ahora sí se acercaba decidido y ella lo esperaba. Ella se arrodilló en el agua y jugueteaba: la cogía en sus manos y se la rociaba desde su rostro hasta sus rodillas sin dejar de recorrer ni un rincón de su cuerpo. Él no podía soportarlo disfrutaba viéndola, gozaba imaginando, quería correr para acercarse más a ella… pero se paró en seco, y esta vez no era por la mirada de aquella deidad mundana. Si no el color de su piel y la falta de comprensión de sus palabras. En aquel momento lo entendió: aquella chica y sus amigas eran cristianas, y él había jurado a su rey y a Alläh que mataría a todos los cristianos que no abrazaran la ley coránica. Pero ¿qué hacer?

Ante sus ojos una belleza desnuda que jamás volvería a contemplar, una divinidad dispuesta a todo en aquel río. Se decidió, si para disfrutar que aquel premio debía dejar a un lado Alläh: lo haría. Sería perseguido por los que antes llamó sus hermanos, condenado por sus semejantes, y desterrado al infierno por su Dios. Pero era humano y le pudo la lujuria: no quería vírgenes en el cielo, quería diosas en la tierra, diosas como la que se mostraba ante él jugando con el agua y llamándolo.

Decidió dar el paso y meter el pie. El agua estaba helada pero nada podría detener su deseo. Una vez dentro su musa se levantó. Las gotas de agua sobre su rostro y su cuerpo le hacían brillar, sus cabellos castaños en la espalda, su tez blanca… la hacían perfecta. Y él con el pelo corto y oscuro, su cara imberbe, su torso fuerte, su piel oscurecida… Diferentes en todo pero un mismo deseo: el amor, la pasión desorbitada entre dos culturas: el sexo prohibido.

Por momentos las gélidas temperaturas del agua se tornaron en calor. Cuerpos unidos bajo las aguas, respiraciones contenidas, lascivia guardada a punto de salir, manos desesperadas por llegar al cuerpo del amante, y palabras confusas… Todo entra en juego y todo se desvanece con una mirada de lujuria saciada y el suspiro de los amantes.
Las aguas del río vuelven a su cauce, vuelven a cristalinizarse. Los amantes respiran sosegados, la pasión y el agua casi los ahoga. Ella vuelve a hablar, esta vez unas palabras que él logra entender y responder:

إذا أردت، سأرافقكَ في الهرب
(Si quieres huiré a tu lado)
كلاَّ، سأكون أنا الذي يتبعكَ
(No, seré yo quién te siga)

El nombre de él era قلب السلمية (Corazón de la paz). El de ella, Alba, como su nuevo amanecer. Y junto a ellos una nueva vida empezaba a nacer.